Low Mist

Se insinúa la noche. La festiva
polvareda se va posando entre los setos
del arrayán. Los niños, poco a poco,
desaparecen. Ya tan sólo queda
lo que fue tu presencia, lo que sigues
siendo tú, ni siquiera polvo ya,
pero que justifica
la inmensidad del cosmos.

Rafael Guillén

Melancholy

Leyendo un libro, un día, de repente,
hallé un ejemplo de melancolía:
Un hombre que callaba y sonreía,
muriéndose de sed junto a una fuente.

Puede ser que, mirando la corriente,
su sed fuera más triste todavía;
aunque acaso aquel hombre no bebía
por no enturbiar el agua transparente.

Y no sé más. No sé si fue un castigo,
y no recuerdo su final tampoco
aunque quizás lo aprenderé contigo;

yo, enamorado, soñador loco,
que me muero de sed y no lo digo,
que estoy junto a la fuente y no la toco.

Soneto con sed. José Ángel Buesa

Me basta así

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo, mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.)

Pedro Guerra le puso música a varios poemas de Ángel González en el disco La palabra en el aire (2004).

Aprendí

Aquí estoy, casi treinta años después de los cuarenta más que me daba ni imaginando lo rápido que pasarían. Ahora pido treinta más porque el viaje lo vale a pesar de las noches de insomnio las pequeñas y grandes decepciones las pinzas del dentista y el reggaetón. Me preguntaba si habría aprendido algo para ese “entonces” que resulta ser hoy y me respondo que algo sí.

Aprendí que vivir con miedo escondiendo el corazón o pendiente de agradar es la mayor traición a la verdadera esencia; que aunque el esfuerzo por tomar el camino más largo y difícil sea agotadores mucho mejor que morder el anzuelo de lo que te hipoteca el alma.

Aprendí que el amor no puede todo y que por mucho que se ame a veces hay que decir basta y cerrar la puerta de lo que no hace crecer o de lo que lastima; que la pasión que uno trajo al mundo es para darla a manos llenas a los otros porque ahí está el brillo del espíritu en su plenitud y que el que lo ostenta como lustre de su ego no entendió a qué vino. Estos años trajeron angustias y desasosiegos, claro, aunque debo admitir que fueron menos que las alegrías y que se alimentaron, siempre, de mi miopía, de los árboles que me tapaban el bosque.

Aprendí a ser solo y a estar solo, que no son lo mismo. Estoy solo desde que se fueron mis viejos, esa ancla bendita que lo hace a uno sentir que la gravedad es suficiente para mantener los pies sobre la tierra. Soy solo ante mí y ante Dios (no importa cómo lo describa o sienta porque también cambió cómo lo veo y vivo) y esa soledad de vivirme queriéndome (aunque siempre me reproche algo y me esté exigiendo cambios) me abre al otro a quien no se puede ver cuando se está en guerra con uno mismo.

Aprendí que somos un puñado de aprendices en todo pero que cuando tendemos la mano todo se multiplica para bien; que las convicciones hay que defenderlas con orgullo siempre y cuando hayamos revisado que aspiren al bienestar de todos y aún así dispuestos a volver al tablero una y otra y otra vez porque ninguna verdades de acero ni ninguna posición debe volverse indiscutible.

Aprendí que lo que queremos puede tardar en llegar o no llegar a verlo nunca pero que haberlo anhelado y trabajado incansablemente para hacerlo realidades un sentido de la vida; que tratar de dejar este jardín más bello y fértil que como lo encontramos es una buena guía para andar el camino.

Aprendí de lo oscuro que me habita y a abrazarlo antes que negarlo, ya que ocultarlo siempre lleva a engendrar peores monstruos; que el miedo que me da, hoy, la muerte es muy distinto y no pasa por duraren el tiempo sino por la pena de que un día la posibilidad de descubrir y asombrarme y compartir termine, el dolor de una hoja en blanco que yá no se llenará de garabatos para comunicar cómo se ve desde aquí adentro.

Aprendí que hay gente a la que no le importa el otro porque no lo ve y que eso mismo le habilita los circuitos de la mezquindad más peligrosa. Ante eso me levanto y denuncio aunque yo mismo caiga, a veces, en la misma trampa.

Aprendí también a no vivir tan necesitado de respuestas, la juventud me vio pasar con un hambre insaciable de saber, como si hubiera una llave o un mapa del tesoro para encontrar el gran secreto y sólo eso fuera a darme paz. Hoy, con el caballo más manso, alcanzo a vislumbrar una verdad más humilde más de un día a día más humana, una lucecita que dura lo que tenga que durar, en uno pero que compartida no se muere nunca: una verdad de mi mano en tu mano de mis ojos enlanzados con los tuyos de poema que danza de música que sueña de vino que transmuta una verdad de beso de buenas noches de caricia a un animal que duerme de barricada a la injusticia de canto de amor para la Tierra.

Pedro Aznar

Pueden escucharlo, en la voz de su autor, en su página de Facebook.

Yes, I Have Ghosts

The heat of the sun stayed on through the night
Made spectres of strangers playing games with my sight
I passed through the station, a face in the crowd
The whistle was blowing, the barrier came down

There was my baby, in another’s embrace
I called out her name in shame and disgrace

Yes, I have ghosts, not all of them dead
Making dust of my dreams, spinning round and around
Around in my head

Train on the tracks, teeth of the zip
The slider moves down, we were joined at the hip
Stealing the groove, the widening gap
Unfastening rails from a past with no map

Yes, I have ghosts, a fleeting sight
It’s always the living that are haunting my nights

Where is the sweet soul that you used to be
Gone like a thistle that’s blown on the breeze
I guess when it’s over, this haunting will end
The waiting, the baiting, my killer, my friend

Yes, I have ghosts, not all of them dead
And they dance by the moon, millstones white as the sheet
On my bed

A Theater for Dreamers es un audiolibro de la escritora Polly Samson, esposa de David Gilmour y su letrista desde la última época de Pink Floyd. Allí aparece originalmente esta canción en la que está acompañado por la voz y el arpa de su hija Romany.

La he puesto en bucle muchas veces y no me canso de escucharla.

El camaleón que finalmente no sabía qué color ponerse

Chameleon Furcifer pardalis Ambolobe 2 years old, Madagascar endemic Panther chameleon in angry state, pure Ambilobe; Shutterstock ID 661154740; Nombre de Revista: Viajes NG; Nr de la revista: 213; Mes de publicación: Diciembre; Cliente/ Licenciatario: RBA revistas

En un país muy remoto, en plena Selva, se presentó hace muchos años un tiempo malo en el que el Camaleón, a quién le había dado por la política, entró en un estado de total desconcierto, pues los otros animales, asesorados por la Zorra, se habían enterado de sus artimañas u empezaron a contrarrestarlas llevando día y noche en los bolsillos juegos de diversos vidrios de colores para combatir su ambigüedad e hipocresía de manera que cuando él estaba morado y por cualquier circunstancia del momento necesitaba volverse, digamos, azul, sacaban rápidamente un cristal rojo a través del cual lo veían, y para ellos continuaba siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como un Camaleón azul; y cuando estaba rojo y por motivaciones especiales se volvía anaranjado, usaban el cristal correspondiente y lo seguían viendo tal cual… Esto solo en cuanto a los colores primarios, pues el método se generalizó tanto que con el tiempo no había ya quien no llevara consigo un equipo completo de cristales para aquellos casos en que el mañoso se tornaba simplemente grisáceo, o verdiazul, o de cualquier color más o menos indefinido, para dar el cual eran necesarias tres, cuatro o cinco superposiciones de cristales. De esta época viene el dicho de que todo Camaleón es según el color del cristal con que se mira.

Augusto Monterroso

Sustituyamos camaleón por cultura, sustituyamos intereses espúrios políticos por intereses y circunstancias contextuales y sustituyamos a los otros animales por otras culturas que miran a una cultura diferente a la suya. Si queremos responder a la pregunta ¿cuál es el color de esa cultura?; o, dicho de una manera más apropiada para el caso ¿cómo es esa cultura?, la respuesta sólo puede ser ésta: depende. No hay una verdad absoluta sino que ésta es relativa; no hay una realidad estable, como el camaleón no tiene un color estable, sino variable dependiendo del contexto, de las circunstancias históricas, de los contactos con otros, de factores ambientales previsibles o indeterminados… Pero no sólo de eso, la veremos de una u otra forma dependiendo del cristal con que miremos. está claro que habrá tantas percepciones de una cultura como diferentes sean los ojos culturales que la miren. Incluso si se pretende, como quiere hacer la Antropología, una mirada transparente, desprejuciada y neutra, eso no se consigue plenamente de modo que ni siquiera el antropólogo, que aprende acerca de la necesidad metodológica de la mirada neutra, consigue mirar con un cristal absolutamente traslúcido. Aunque no quiera, su mirada está condicionada por su cultura.

Julián López García. El relativismo cultural. Ensayo incluido en el libro Equipaje para aventurarse en Antropología.

I Waited For You

A Baker hay que saber donde y cuando buscarlo, ya que su frágil esencia es un bien esquivo.

Lorenzo Orriols

Cartografía, 13

Todo se ha detenido,
el agua en el agua,
quieto el viento
y las olas quietas.

Todo se ha detenido
con la última luz de la tarde.

Todo se ha detenido,
me dejo sentir en este sordo vaivén
y reconozco mis palabras
diluidas en el agua,
mis palabras perdidas
en el espejo sin tiempo del agua.

Palabras que emergen
cada vez con más fuerza
desde el fondo de este paraje deshabitado.

Me paro a escuchar el eco
como si mías no fueran ya,
y la mirada, presa del agua,
no vuelve a mí.

Dori Hernández Montalbán. Los sueños del náufrago (2017).

Never Let Me Go

Compuesta por Jay Livingston con letra de Ray Evans, Never Let Me Go es una hermosa balada presente en el repertorio de grandes artistas. Fue compuesta para la banda sonora de la película de Michael Curtiz The Scarlet Hour, un clásico del cine negro de 1956. Allí la interpretaba Nat “King” Cole.

Never let me go!
Love me much too much!
If you let me go
Life would lose its touch!

What would I be without you?
There’s no place for me without you!

Never let me go!
I’d be so lost if you went away.
There’d be a thousand hours in the day
Without you, I know!

Because of one caress my world was overturned
At the very start; all my bridges burned
By my flaming heart! You’d never leave me, would you?
You couldn’t hurt me, could you?

Never let me go!
Never let me go!

Never let me go!
I’d be so lost if you went away.
There’d be a thousand hours in the day
Without you, I know!

Because of one caress my world was overturned
At the very start; all my bridges burned
By my flaming heart! You’d never leave me, would you?
You couldn’t hurt me, could you?

Never let me go!
Never let me go!

Bill Evans le puso su particular sello en su disco Alone, que grabó para Verve en 1968.

Como decía al principio de esta entrada, la lista de grabaciones de este tema es larga y llena de nombres importantes: Shirley Horn, Keith Jarrett, Stacey Kent, Wynton Marsalis o mi admirada Jane Monheit, por citar sólo unos pocos. De seguro en Internet pueden encontrar muchas de ellas. Para terminar, he escogido una versión en la voz de la siempre elegante Nancy Wilson.

Lo que nunca sabré decirte

Hoy quisiera decirte algo,
no sé, ¡me he equivocado tantas veces!,
algo que te lloviese
por dentro, algo como
un aluvión de soledad,
una borrasca de silencio.

Rafael Guillén, poeta nacido en el treinta y tres como mi madre, ha publicado el que dice será su último libro, ese debe ser el motivo de que lo haya titulado Últimos poemas aunque, hace unos días, en una deliciosa entrevista salpicada de las anécdotas de una vida entre versos que publicaba IDEAL de Granada, confesaba que no dejará de escribir “lo que pueda” .Hace ya tiempo, un amigo me decía: lo vi hace poco. ya está mayor. En la entrevista comenta que ya no le importa el futuro, que “yo me apeo en la próxima”.

Me es difícil escoger un poema de este libro. Está lleno de esos versos que, como toda la buena poesía (creo que me repito), dicen lo que yo nunca seré capaz de expresar pero que me resulta extraordinaria e inquietantemente familiar. Precisamente, los que inician esta entrada hacen lo propio en el libro, en el comienzo de una maravilla titulada Pórtico. Es por ello que no descarto que este poemario vuelva a surcar algún día las aguas de este blog. Hoy me voy a detener en un poema titulado Una tristeza húmeda.

Una tristeza húmeda,
a punto ya de desbordarse,
te inundaba los ojos. Todavía
no eran lágrimas. Venía
orillando reproches, unos pasos
por delante de sollozos. Se acercaba
desde detrás de ti. Y velaba
con una acuosa lámina al clamor
de tu mirada.

Cabalgando
desde los más remotos bosques,
de las regiones donde, solitaria, habitas,
me llegaba, no un viento, sino ese
leve temblor de las más altas ramas
anunciando la lluvia.
Era
como cuando te traigo
por la cintura y tu me miras
preguntando. Era como el parpadeo
apenas perceptible de la luz
cuando un objeto se interpone y pasa.
No era la ola, no sino el redondo hueco
de la ola al romper.

Te amé en ese momento en que la otra
que eras entonces tú intentaba
salvarte, sostenerte.

Da vergüenza decirlo


Con los ojos vendados, 
para que no pudieses recordar el camino, 
intenté conducirte 
al refugio sereno donde guardé mi vida.
Da vergüenza decirlo, 
pero a veces los años construyen una casa 
de medios sentimientos, 
de verdades medianas, 
de pasiones dormidas como animales viejos, 
de cenizas y sueños humillados.
Y el cuerpo se acostumbra, 
y las sombras apoyan su cabeza 
en un pecho de sombra, 
y el corazón se siente en paz o se doblega 
a una derrota cómoda sin heridas mortales.

Da vergüenza decirlo.

Con los ojos vendados 
para que no pudieses recordar el camino,
intenté conducirte 
a mi mundo sereno de verdades a medias.
No me ha sido posible.

Esta noche insegura, 
que mueve los relojes con la prisa 
de tu pulso más vivo, 
me envuelve y me repite: 
no te ha sido posible.

Esta noche de viento, 
que fue soltando amarras hasta quedarse tuya 
como un delirio de melena negra, 
me llama y me confirma: 
no te ha sido posible.

Esta noche de gente 
que pasa por las calles con tus ojos, 
con la forma que tienes de vestirte, 
con tu sonrisa de país lejano, 
esta noche me empuja y me convence:
no te ha sido posible.

Y aquí estoy yo, 
que voy soltando amarras hasta quedarme tuyo 
y camino hacia el mar 
con los ojos cerrados, 
como una barca deja su refugio, 
una barca feliz que se repite: 
no me ha sido posible, 
porque nada me importa, 
sólo tu piel, 
                  la piel de una tormenta.

Da vergüenza decirlo.

Luis García Montero, Completamente Viernes (1998).