Pasado

Coleccionismo deportivo: Siluetas del ajedrez ruso - Genna Sosonko - Foto 2 - 27244498

Al mirar al pasado, me doy cuenta de que algo ha cambiado. Soy consciente de que el pasado envejece con cada día, se ahoga en el presente y es revivido con dificultad. En realidad estamos escribiendo sobre aquello en lo que ese pasado se ha transformado en presente. Es mucho más fácil escribir sobre el pasado que estar en él. Lo no realizado, lo perdido, lo que podría haber sido llevado a cabo y nunca se realizará, hacen el pasado permanentemente triste. Para aceptar el pasado, se requiere el coraje de la reconciliación, la habilidad de ver todo de la manera en que realmente ocurrió, sin adornos, envoltorios o ilusiones.

Sé que la memoria es optimista. Ciertas escenas aparecen ante mí ahora, décadas más tarde, más idílicas que lo que fueron en realidad o, en cualquier caso, menos teñidas por las emociones del momento. La memoria no sólo es capaz de borrar los tonos oscuros de las penas del pasado, sino que también posee la habilidad de alegrar los recuerdos dolorosos.”Al recorrer los palacios de la memoria”, como decía San Agustín, algunas veces tropiezo con algo divertido o insignificante. Mi memoria constantemente se desvía de los caminos prinicipales, pero algunas veces algún acto frívolo, una broma o una palabra, al azar, puede tener más significado que autorizados documentos.

A la edad de 88 años, Bertrand Russel recordaba a Gladstone, al que había visitado en 1889 cuando éste último era ya un anciano. Después de cenar, ellos –los únicos hombres- continuaron en la mesa, Russell, que entonces tenía 17 años, esperaba oír algo divino.”Este es muy buen Oporto. Deseo saber por qué me lo han dado en un vaso de Burdeos”, dijo Gladstone. Yese Oporto, vertido en un vaso de Burdeos, está más cerca de mí que todos los dichos del gran hombre inglés.

“Para correspondencia”, un muchacho me respondió en un torneo en Indonesia en 1982. Todavía hoy recuerdo su astuta sonrisa. Acababa de darle mi autógrafo y me pidió también que, al lado, le escribiera mi dirección.

Veo a Misha Tal, encendiendo otro cigarrillo y tachando con un movimiento nerviosos una jugada ya escrita en la planilla. Veo las pobladas cejas de Polugievsky y su pesarosa mirada antes de asestar el golpe decisivo en una de nuestras partidas. De la partida en sí misma permanecen en mi recuerdo sólo sus vagos contornos y recientemente, para restaurarlos, tuve que recurrir a mi base de datos en el ordenador,

Lev_Polugaevsky_1984

tal

Soy de esas personas que son fuertes en la mirada retrospectiva y muy a menudo en la vida; y también en el ajedrez, he confiado en el “avoss” ruso: regresará y de alguna manera saldrá bien.

Ahora me enoja el hecho de que muchas conversaciones con los protagonistas de este libro hayan sido olvidadas. También lamento que las preguntas, cuyas respuestas podrían ser de interés para el lector, simplemente nunca fueron planteadas. En ese momento esas preguntas no se me ocurrieron: las trivialidades de todos los días parecían más importantes. Las raras anotaciones de aquellos días son una ayuda poco interesante para la memoria, y las viejas fotografías sólo pueden espantar los recuerdos. Es una muy conocida paradoja que cuanto más se miran las características familiares en fotografías de un pasado distante, más pálidas se tornan las imágenes.

Aquellos sobre quienes he escrito, ya no están entre nosotros. Pero eso depende de cómo lo iremos. Veo sus rostros, sus gestos y sus maneras de hablar. referirnos a ellos significa regresar al río Leteo, donde no hay futuro sino sólo pasado; allí donde todo, una vez y para siempre, está puesto en su lugar.. Veo al joven Lev Polugaievsky en la playa, en Suchumi; a Misha Tal, tratando de averiguar del sonriente Maestro cómo comenzó exactamente la guerra civil en España; a Semyon Furman, inclinado sobre su radio a transistores; a Olga Capablanca, examinando un medallón, que representaba al último zar ruso, en la vidriera de una tienda de antigüedades en la Quinta Avenida de Manhattan.

capablanca24

Semyon_Furman

Sé que el tiempo hace con la gente lo mismo que el espacio con los monumentos: si uno se detiene a contemplarlo demasiado cerca o demasiado lejos, se arriesga a no ver nada; tanto la una como los otros pueden apreciarse mejor a una determinada distancia, desde un punto especialmente elegido.

Genna Sosonko, Siluetas del ajedrez ruso.

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El hombre imaginario

parracarabn

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario.

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios.

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios.

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario.

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.

Nicanor Parra

Retrato de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez

“Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados”.

Pueden seguir leyéndolo en Calle del Orco: Retrato de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez

El triunfo del Subsuelo

.Barrio de Cuevas Ermita Nueva

A la noche, a altas horas,

cientos de fantasmas salen del subsuelo.

Son bultos de hombres cenicientos

que se acurrucan en las esquinas.

Y esperan. Esperan

a que el sol les disipe muy de mañana

y la oscuridad les lleve de nuevo

otra noche ahí, y así por siglos.

A una cierta hora de la noche

salen del subsuelo.

Son las miradas de humo

y carne de ceniza, y sangre

de silencio hecho de un montón

de alas quemadas de mariposa.

Y levantan a veces la mano

en ademán que no sabes si es

de llamada o despedida.

Salen de la alcantarillas,

de bajo los adoquines mismo,

como una flama de agobio eterno.

Y siempre a una hora exacta, aunque sea

distinta cada día.

Son los bultos contrahechos de antiguos

hacendados, de hidalgos avarientos,

prelados lascivos, damas orgullosas,

gentes de espadón y devocionario.

Robaron, mataron, mintieron. Fueron

inmortales. Por eso la muerte no les llevó

consigo. Y quedaron así, un brazo arriba

cada noche saliendo del cieno o del asfalto.

Me dicen ven. Los ojos no se los veo.

Antonio Enrique

Sinergia

Todos estos tangos están empapados de historias, del erotismo de aquellos tiempos, de la belleza y del misterio y de una increíble nostalgia que, para variar, es nuestro rasgo nacional. Nosotros tenemos ese anhelo y nostalgia en cada frase,una esfera de melodías y tonos muy rica, pues para Gonzalo todo aquello supuso un tema fantástico.

Anna Maria Jopek

Minione

El DRAE define el término sinergia como la acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales. Lo escuché mencionar por primera vez cuando era estudiante de química, nos explicaron que una mezcla de varios agentes extractantes podía conseguir mejor resultado que cada uno por separado. A día de hoy, el Gold Book de la IUPAC lo define poco más o menos como yo lo he hecho. Es un fenómeno casi mágico, en el que uno más uno suman más de dos, similar al que se obtiene cuando personas con diversos puntos de vista se unen en pos de objetivo común y lo consiguen más fácilmente y mejor que si actuaran cada cual por su lado. Quién sabe, tal vez el amor sea una suerte de sinergia.

Hay que señalar que, como pueden suponer, la realización de una mezcla  no es condición suficiente para lograr el efecto, lo que hace que sea un fenómeno más interesante. En música, por ejemplo, es frecuente que se mezclen tendencias, culturas y procedencias. Unas veces el resultado es admirable y otras no lo es tanto.

Debió de ser a finales de dos mil diez cuando descubrí un disco titulado Upojenie, una colaboración entre Pat Metheny y una cantante polaca de la que nunca había escuchado nada, Anna María Jopek. Hoy me sorprendo al comprobar que no he puesto nada de ese disco aquí (aún), recomiendo fervientemente escucharlo y disfrutarlo. Para mí fue una agradable sorpresa, una música de esas que puede cicatrizar heridas y que llegó en un momento muy oportuno pues, la música, como tantas veces repito de los libros,.precisa de la oportunidad para ser disfrutada en su totalidad. En este disco, el sonido de los instrumentos de Metheney y su grupo se entrelaza con la voz de Jopek para producir un resultado que me atrevo de calificar de sinérgico.

Hace pocos días descubrí un nuevo disco de Anna María Jopek, se titula Minione y allí los arreglos y la producción corren de cuenta de un fabuloso pianista y compositor cubano de nombre Julio Gonzalo González Fonseca, más conocido como Gonzalo Rubalcaba. Ya llevaba tiempo pensando en colocar algo aquí de Rubalcaba, pero no terminaba de decidirme hasta que un día nublado y triste de mayo descubrí esta obra. Para mí, piano y voz femenina son una combinación perfecta. Por eso aquí el efecto de la música  y la voz se me antoja doblemente sinérgico.

Les dejo el vídeo del tema que abre el disco y que, afortunadamente, cuenta con subtítulos.

Y, para matar dos pájaros de un tiro, les pongo también un tema que figura en Upojenie, pero interpretado esta vez junto a otro virtuoso, Makoto Ozone, con quien comparte el disco Haiku. A mí me gusta más esta versión. Espero que lo disfruten, toda esta música puede encontrarse en Spotify

Después de ciento ochenta páginas

Al retornar a Bioy, recordamos nuestro derecho como lectores a soñar otras vidas posibles.

Enrique Vila-Matas.

Bioy2

Yo digo que, con los cuentos, soy menos exigente que con las novelas. Y esto por una razón de prudencia en mi trabajo. Yo más o menos me doy cuenta si voy a poder concluir un relato o no. Si es un cuento, puedo ir aventurándome; si es una novela, trato de aclarar las partes que preveo difíciles para que no me ocurra que, al llegar a la página 170 ó 180, tenga que abandonar el trabajo. Muchas veces me ha pasado eso. Hay varias novelas mías que quedaron así, porque, después de escribir ciento ochenta paginas, me pareció que el tema no era digno de ser leído durante ciento ochenta páginas (lo cual es también una reflexión bastante amarga sobre mi capacidad de juzgar las cosas). Sucede que uno avanza por las historias debido a un encanto que siente hacia ellas. Si a uno no le gusta una historia, mejor que no se ponga a escribirla. Y a veces hubo historias que me gustaron más de lo que merecen gustarme –porque había algo que me caía simpático o que me atraía-, y entonces yo me metía en la historia y, después de escribir ciento ochenta páginas, terminaba descubriendo que el lector tal vez no iba a compartir ese encanto que yo sentí y que no va a poder explicarse para qué se ha leído todas esas páginas de la historia tonta que le está proponiendo el señor Bioy. Eso me ha pasado tres o cuatro veces en la vida.

Fernando Sorrentino, Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares.

Me acababa de levantar aquella mañana de marzo; mientras me aseaba puse la radio, lo primero que escuché fue a la locutora decir: hoy Buenos Aires llora a Adolfo Bioy Casares. No hacía mucho que había leído La invención de Morel, espoleado quizá por aquel prólogo de Borges (no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta), tal vez algo exagerado debido a la amistad que les unía o tal vez no. Luego vendrían más lecturas y se convirtió en uno de esos autores a los que hay que volver a visitar de vez en cuando.

Si quieren saber algo más sobre él, visiten los enlaces que dejo arriba y escuchen su discurso por la concesión del Premio Cervantes (gracias Ana). Pero, sobre todo, lean sus libros.

Feliz día del Libro.

Recordando a Miguel Hernández

Escribí en el arenal
los tres nombres de la vida:
vida, muerte, amor.
Una ráfaga de mar,
tantas claras veces ida,
vino y nos borró.

Miguel_hernandez

Recibió Miguel una carta de su esposa en la prisión de Torrijos, le contaba que ella y su hijo se alimentaban a base de pan y cebolla; escribió entonces las Nanas de la cebolla que muchos han recitado y cantado. Los versos formaron parte del Cancionero y Romancero de Ausencias, un libro que escribió en trozos de papel higiénico que iba escamoteando en la cárcel.

Le decía a su mujer en una carta: Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche.

Moría el 28 de marzo de 1942 en la enfermería de la prisión de Alicante, sólo tenía 31 años. El libro se publicó en Buenos Aires, después de su muerte.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.