Lux aeterna (Cristóbal Vila / Jóhann Jóhannsson)

 

 

Fuente resplandeciente de la luz, del calor, del movimiento, de la vida y de la belleza, el divino sol ha recibido, a lo largo de los siglos, los homenajes atentos y agradecidos de los mortales. El profano lo admira porque siente los efectos de su poder y de su calor; el sabio lo aprecia porque ha aprendido a reconocer su importancia única en el sistema del mundo; el artista lo saluda porque ve en su esplendor la causa virtual de todas las armonías.

Camille Flammarion

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¿Una nueva racionalidad?

El mundo tiene hoy serios problemas para cuya solución necesita cada vez de más ciencia. Pero también de saber aplicarla con una mayor madurez, que sólo podrá alcanzar saliendo de sí misma, en una apertura decidida hacia otros ámbitos, en particular el mundo del arte y del pensamiento humanista(1).

 

Ilya_Prigogine

 

Según Karl Popper el sentido común tiende a afirmar «que todo acontecimiento es causado por un acontecimiento, de suerte que todo acontecimiento podría ser predicho o explicado… Por otra parte, el sentido común atribuye a las personas sanas y adultas la capacidad de elegir libremente entre varios caminos distintos de acción…». En el pensamiento occidental esta tensión al interior del sentido común se traduce en un problema mayor, que William James denominó «dilema del determinismo». Dilema en el que se juega nuestra relación con el mundo, y particularmente con el tiempo. ¿El futuro está dado o en perpetua construcción? ¿Acaso la creencia en nuestra libertad es una ilusión? ¿Es una verdad que nos separa del mundo? ¿Es nuestra manera de participar en la verdad del mundo? La cuestión del tiempo se sitúa en la encrucijada del problema de la existencia y el conocimiento. El tiempo es la dimensión fundamental de nuestra existencia, pero también se inserta en el centro de la física, ya que la incorporación del tiempo en el esquema conceptual de la física galileana fue el punto de partida de la ciencia occidental.

[…]

La cuestión del tiempo y el determinismo no se limita a las ciencias: está en el centro del pensamiento occidental desde el origen de lo que denominamos racionalidad y que situamos en la época presocrática. ¿Cómo concebir la creatividad humana o cómo pensar la ética en un mundo determinista? La interrogante traduce una tensión profunda en el seno de nuestra tradición, la que a la vez pretende promover un saber objetivo y afirmar el ideal humanista de responsabilidad y libertad. Democracia y ciencia moderna son ambas heredadas de la misma historia, pero esa historia llevaría a una contradicción si las ciencias hicieran triunfar una concepción determinista de la naturaleza cuando la democracia encarna el ideal de sociedad libre. Considerarnos extraños a la naturaleza involucra un dualismo ajeno a la aventura de las ciencias y a la pasión de inteligibilidad propia del mundo occidental. Según Richard Tarnas, esa pasión es «reencontrar la unidad con las raíces del propio ser». Hoy creemos estar en un punto crucial de esa aventura, en el punto de partida de una nueva racionalidad que ya no identifica ciencia y certidumbre, probabilidad e ignorancia.

 

Este fragmento está extraído del libro El fin de las certidumbres, de Ilya Prigogine, el último que leí de él (si no contamos relecturas) y que se ha colado aquí casi por casualidad. Tenía otras intenciones en la cabeza cuando mis pensamientos y mis recuerdos me llevaron aquí. Es un libro que habla del pasado, porque el que lo escribe ya se considera parte de él, cree que su aportación a la ciencia ha concluido y es hora de pasarle el testigo a otros. Un libro más sobre el tiempo director de todo, en el que el autor se vuelve elemento partícipe de esa flecha temporal por la que tanto luchó y que tal vez sea tan solo una ilusión, pero la ilusión más transcendental de este mundo.

Cuando estas ideas vienen a mi cabeza aparece siempre la imagen de esta estatua:

 

monuci1

 

Un libro lleva a otro libro, como un pensamiento apunta a otro o una canción conduce a otra; y nunca sabemos a ciencia cierta a qué puerto arribaremos.

Prigogine ya no está de moda, como tampoco lo están buena parte de las teorías que defiende en sus libros. Aún así, hay mucho que aprender de ellos. Allí está,  por ejemplo, la mejor introducción a la obra de Boltzmann que he leído. Reconozco que tengo una deuda personal con sus libros y sus ideas, llegaron en un momento muy oportuno, se quedaron aquí y me descubrieron una forma de acercarse al mundo que no podía imaginarme.

Uno de los aspectos que más se le critica es su tendencia filosofar, según algunos, por encima de lo que debiera hacerlo un científico. Opino no obstante que filosofar nunca está de más, siempre que se haga en su lugar y sin perder la perspectiva. Cada porción del saber humano tiene su espacio propio, pero es probable que deba compartirlo con los demás para que todas evolucionen adecuadamente, no se trata de invadir territorios, sino de establecer una colaboración, una sinergia entre todas. Una alianza de conocimientos,  como la que tantas veces buscó y pregonó este autor.

Sin olvidar las aportaciones que lo llevaron a merecer el Premio Nobel de Química en 1977, sobre todo el concepto de estructura disipativa, tal vez este sea su principal legado.

 

(1) Del prólogo a La nueva alianza.