El libro de la memoria (Paul Auster)

Descubrí que no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de un hombre muerto. Los objetos son inertes y sólo tienen significado en función de la vida que los emplea. Cuando esa vida se termina, las cosas cambian, aunque permanezcan iguales. Están y no están allí, como fantasmas tangibles, condenados a sobrevivir en un mundo al que ya no pertenecen.

Paul Auster, Retrato de un hombre invisible.

 

La invención de la soledad

 

Llegué a este libro por casualidad, o quizás sea más preciso apuntar que fue por una serie de casualidades que se sumaron en un instante y que se proyectaban a través de los años, muchos años.

Nada más empezar a  ojearlo me di cuenta de que era un libro que debía leer y que ese era el preciso momento de hacerlo. No es lo más habitual en mi tradición, pues las más de las veces los libros tienen que esperar pacientemente su oportunidad. Tal vez un día que recupere algo de lo necesario para escribir me anime a contarlo.

Tampoco ha sido un libro que devorara de un tirón, sino que fue acumulando momentos con diligencia, discreción y paciencia. Fue como si tuviese su propio tempo y fuera preciso respetarlo.

 

Coloca una hoja en blanco sobre la mesa y escribe estas palabras con su pluma: Fue. Nunca volverá a ser.

Ese mismo día, más tarde, regresa a su habitación. Coge otra hoja de papel, la coloca sobre la mesa frente a él y escribe hasta llenarla con palabras. Más tarde, cuando relee lo que ha escrito, le cuesta trabajo descifrar la letra y las pocas palabras que logra comprender no parecen expresar lo que pretendía decir. Entonces se va a comer.

Esa noche se dice a sí mismo que mañana será otro día. Palabras nuevas comienzan a cobrar forma en su cabeza, pero no las escribe. Decide referirse a sí mismo como A. Va y viene de la mesa a la ventana, enciende la radio y enseguida la apaga. Fuma un cigarrillo.

Luego escribe: Fue. Nunca volverá a ser.

Nochebuena de 1979; su vida ya no parecía transcurrir en el presente. Cada vez que encendía la radio y escuchaba las noticias del mundo, sentía que las palabras describían hechos ocurridos muchos años antes. Aunque sabía que estaba en el presente, tenía la sensación de estar contemplándolo desde el futuro, y este presente-pasado le resultaba tan antiguo que hasta los horrores cotidianos que en otro momento lo hubieran llenado de furia, le parecían remotos, como si la voz de la radio leyera la crónica de una civilización perdida. Más tarde, en un momento de mayor lucidez, se referiría a esta sensación como a una «nostalgia por el presente».

Para continuar, una descripción detallada de los sistemas clásicos de la memoria, diagramas, dibujos simbólicos. Por ejemplo, Raimon Llull o Robert Fludd, sin mencionar a Giordano Bruno, el gran nolano quemado en la hoguera en el año 1600. Lugares e imágenes como catalizadores para recordar otros lugares y otras imágenes: objetos, hechos, los objetos enterrados de nuestra propia vida. Mnemotecnia. Para seguir con la idea de Bruno de que la estructura del pensamiento humano se corresponde con la estructura de la naturaleza. Y concluir, por consiguiente, que en cierto modo todo está relacionado con todo.

Al mismo tiempo, paralelamente a lo anterior, una breve disquisición sobre la habitación. Por ejemplo, la imagen de un hombre sentado solo en una habitación. Como en Pascal: «La infelicidad del hombre se basa en una sola cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación». Como en la frase: «escribió el Libro de la Memoria en su habitación».

[…]

Durante casi todos sus años de adulto, se ha ganado la vida traduciendo los libros de otros escritores. Se sienta ante su mesa, lee el libro en francés, luego coge su pluma y escribe el mismo libro en inglés. Es el mismo libro, pero al mismo tiempo no lo es, y la singularidad de esta tarea nunca ha dejado de asombrarle. Cada libro es una imagen de soledad. Es un objeto tangible que uno puede levantar, apoyar, abrir y cerrar, y sus palabras representan muchos meses, cuando no muchos años de la soledad de un hombre, de modo que con cada libro que uno lee puede decirse a sí mismo que está enfrentándose a una partícula de esa soledad. Un hombre se sienta solo en una habitación y escribe. El libro puede hablar de soledad o compañía, pero siempre es necesariamente un producto de la soledad. A. se sienta ante su mesa para traducir el libro de otro hombre, y es como si entrara en la soledad de ese hombre y la hiciera propia. Aunque sin duda eso es imposible, pues una vez que se abre la brecha de una soledad, una vez que la soledad ha sido asumida por otro, deja de ser soledad para convertirse en una especie de compañía. Aunque sólo haya un hombre en la habitación, en realidad hay dos. A. se imagina a sí mismo como una especie de espectro de aquel otro hombre, que está y no está allí, y cuyo libro es y no es el mismo que él está traduciendo. Entonces se dice a sí mismo que es posible estar solo y no estarlo en el mismo momento.

Una palabra se convierte en otra, una cosa se transforma en otra distinta. De esta forma, se dice, funciona del mismo modo que la memoria. Imagina una inmensa torre de Babel en su interior y un texto que se traduce a sí mismo en una infinidad de lenguas distintas. Las frases surgen de él a la velocidad del pensamiento, y cada palabra proviene de una lengua distinta; mil idiomas que gritan a la vez en su interior, con un clamor que resuena en un laberinto de habitaciones, pasillos y escaleras, cientos de pisos más arriba. Repite. En el ámbito de la memoria, todo es lo que es y al mismo tiempo algo más. Y entonces descubre que lo que intenta registrar en su Libro de la Memoria, todo lo que ha escrito hasta entonces, no es más que la traducción de uno o dos momentos de su vida, aquellos momentos que vivió en la Nochebuena de 1979, en su habitación del número 6 de la calle Varick.

El momento de iluminación que resplandece en el cielo de la soledad.

Pascal en su habitación en la noche del 23 de noviembre de 1654, cosiendo su memorial en el forro de su ropa, para tener a mano en cualquier momento, durante el resto de su vida, el registro de aquel éxtasis.

[…]

Coloca una hoja de papel en blanco ante sí sobre la mesa y escribe estas palabras.

El cielo es azul, negro, gris y amarillo. El cielo no está allí y es rojo. Todo esto ocurrió ayer, todo esto ocurrió hace cien años. El cielo es blanco, huele a tierra y no está allí. El cielo es blanco como la tierra y huele a ayer. Todo esto ocurrió mañana, todo esto ocurrió dentro de cien años. El cielo es de color limón, rosa y lavanda. El cielo es la tierra. El cielo es blanco y no está allí.

Se despierta. Va y viene de la mesa a la ventana, se sienta, se pone de pie. Va y viene de la cama a la silla. Se acuesta, mira fijamente el techo. Cierra los ojos, abre los ojos. Va y viene de la mesa a la ventana.

Encuentra otra hoja de papel. La coloca ante sí sobre la mesa y escribe estas palabras con su pluma:

Fue. Nunca volverá a ser. Recuérdalo.

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Sobre héroes y tumbas (Ernesto Sabato)

´Sobre héroes y tumbas

 

“Los argentinos somos pesimistas (decía Bruno) porque tenemos grandes reservas de esperanzas y de ilusiones, pues para ser pesimista hay que previamente haber esperado algo. Esto no es un pueblo cínico, aunque está lleno de cínicos y acomodados; es más bien un pueblo de gente atormentada, que es todo lo contrario, ya que el cínico se aviene a todo y nada le importa. Al argentino le importa todo, por todo se hace mala sangre, se amarga, protesta, siente rencor. El argentino está descontento con todo y consigo mismo, es rencoroso, está lleno de resentimientos, es dramático y violento. Sí, la nostalgia del viejo D’Arcángelo —comentaba Bruno, como para sí mismo—… Pero es que aquí todo era nostálgico, porque pocos países debía de haber en el mundo en que ese sentimiento fuese tan reiterado: en los primeros españoles, porque añoraban su patria lejana; luego, en los indios, porque añoraban su libertad perdida, su propio sentido de la existencia; más tarde, en los gauchos desplazados por la civilización gringa, exiliados en su propia tierra, rememorando la edad de oro de su salvaje independencia; en los viejos patriarcas criollos, como don Pancho, porque sentían que aquel hermoso tiempo de la generosidad y de la cortesía se había convertido en el tiempo de la mezquindad y de la mentira; y en los inmigrantes, en fin, porque extrañaban su viejo terruño, sus costumbres milenarias, sus leyendas, sus navidades, junto al fuego. Y ¿cómo no comprender al viejo D’Arcángelo? Pues a medida que nos acercamos a la muerte también nos acercamos a la tierra, y no a la tierra en general, sino a aquel pedazo, a aquel ínfimo (¡pero tan querido, tan añorado!) pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia, en que tuvimos nuestros juegos y nuestra magia, la irrecuperable magia de la irrecuperable niñez. Y entonces recordamos un árbol, la cara de algún amigo, un perro, un camino  polvoriento en la siesta de verano, con su rumor de cigarras, un arroyito. Cosas así. No grandes cosas sino pequeñas y modestísimas cosas, pero que en ese momento que precede a la muerte adquieren increíble magnitud, sobre todo cuando, en este país de emigrados, el hombre que va a morir sólo puede defenderse con el recuerdo, tan angustiosamente incompleto, tan transparente y poco carnal, de aquel árbol o de aquel arroyito de la infancia; que no sólo están separados por los abismos del tiempo sino por vastos océanos. Y así nos es dado ver a muchos viejos como D’Arcángelo, que casi no hablan y todo el tiempo parecen mirar a lo lejos, cuando en realidad miran hacia dentro, hacia lo más profundo de su memoria. Porque la memoria es lo que resiste al tiempo y a sus poderes de destrucción, y es algo así como la forma que la eternidad puede asumir en ese incesante tránsito. Y aunque nosotros (nuestra conciencia, nuestros sentimientos, nuestra dura experiencia) vamos cambiando con los años, y también nuestra piel y nuestras arrugas van convirtiéndose en prueba y testimonio de ese tránsito, hay algo en nosotros, allá muy dentro, allá en regiones muy oscuras, aferrado con uñas y dientes a la infancia y al pasado, a la raza y a la tierra, a la tradición y a los sueños, que parece resistir a ese trágico proceso: la memoria, la misteriosa memoria de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que fuimos. Sin la cual (¡y qué terrible ha de ser entonces! se decía Bruno) esos hombres que la han perdido como en una formidable y destructiva explosión de aquellas regiones profundas, son tenues, inciertas y livianísimas hojas arrastradas por el furioso y sin sentido viento del tiempo.”

El barón rampante (Italo Calvino)

Una aventura escrita como juego, pero a veces el juego parece complicarse, transformarse en algo distinto.

Italo Calvino.

 

Incontro con Italo Calvino

Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cosimo Piovasco de Rondó, mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros. Lo recuerdo como si fuera hoy.

Estábamos en el comedor de nuestra villa de Ombrosa, las ventanas enmarcaban las tupidas ramas del gran acebo del parque. Era mediodía, y nuestra familia, siguiendo una antigua tradición, se sentaba a la mesa a esa hora, pese a que ya cundía entre los nobles la moda, llegada de la poco madrugadora Corte de Francia, de almorzar a media tarde. Soplaba un viento del mar, recuerdo, y se movían las hojas.

Así comienza la historia de Cosimo, primogénito del barón de Rondò, que un buen día decide desobedecer a su padre y no comerse los caracoles. Así que, como protesta ante un castigo que considera injusto, trepa a un árbol y no vuelve a pisar la tierra nunca más.

En mi caso, su lectura no pretendía más que ocupar unos ratos del verano, quizás movido por el impulso de una recomendación fugaz; pero tiene razón su autor en la frase que encabeza esta entrada, muchas veces el divertimento se complica y se transforma en otra cosa, porque la novela es delicadamente densa y llena de guiños y alusiones; medio siglo dieciocho pasa ante nuestros ojos y un buen puñado de personajes históricos aparecen salpicados por sus páginas. Sobre esto escriben otros mejor que yo en los artículos que incluyo al final, así que no me extenderé más.

Opino que siempre en la lectura aparece la visión personal del que lee, los paralelismos con nuestra existencia que la elevan a otro nivel. La intención del autor y la del lector se cruzan formando un producto único, irrepetible. Ya escribí sobre este particular en otra entrada, probablemente sea esto lo que haga que el recuerdo de un libro sea capaz de vencer con soltura el paso del tiempo.

Buscando información sobre la novela, me llevé la grata sorpresa de que había inspirado algunas canciones. Por ejemplo, Kiko Veneno le dedicó una en su disco Pequeño salvaje (1987);  está inspirada en la relación que mantienen Cosimo y Viola, a la que conoce cuando ambos eran niños y de la que permanece enamorado toda su vida:

Se conocieron. Él la conoció a ella y a sí mismo, porque en realidad no se había conocido nunca. Y ella lo conoció a él y a sí misma, porque aun habiéndose conocido siempre, nunca se había podido reconocer así.

 

Pequeño salvaje

 

Barón rampante (Kiko Veneno)

Vagabundo por los bosques
llorando destrozado
rechazando la comida
no quiero caracoles 
a los grandes sollozos
como de un recién nacido
acudían los pájaros
que antes me huían.

Ahora lo comprendo
pero es ya tan tarde 
y yo me vuelvo loco 
y ella también sufre
por su manía insaciable de hacer
crecer el amor.

Y yo
no había entendido nada
sin tocar nunca el suelo
desesperado hasta perderla.

Vagabundo por los bosques
llorando destrozado
rechazando la comida
no quiero caracoles no yo bajo no
ni a tu jardín ni al mío.

Si tocas una vez
tierra con un pie
te conviertes en
el último de los esclavos
entendido.

 

 

Sin dejar este tema, podemos escuchar esta otra canción de Pedro Guerra incluida en su disco Ofrenda (2001):

 

Ofrenda

 

El reencuetro de Viola y el Barón (Pedro Guerra)

He vivido trepado a los árboles,
desde arriba cacé jabalíes,
tuve incluso un amigo bandido,
leí muchos libros, canté y escribí.

-¿Has vivido colgado en las ramas
de los árboles sólo por mí?
¿Me amarás por encima de todo?
Cosimo la mira y le dice que sí.

Y pinta un corazón como un tesoro,
como un secreto que se esconde entre las hojas
y dentro una canción,
Cosimo quiere a Viola
mucho mucho, tanto tanto,
mucho más que tanto, a Viola.

-¿Has traído hasta aquí otras mujeres?
Él le dice que no,
bueno sí.
-pero nada te iguala en el mundo
y Viola responde -tú que sabes de mi.

Y descubren los mapas que esconden
cada cual en su forma de ser,
y desnudos durmiendo en un roble
bebieron los rayos del amanecer.

Y siempre el corazón,
como un tesoro
como un secreto que se esconde entre las hojas,
y dentro la canción,
Cosimo quiere a Viola
mucho mucho, tanto tanto,
mucho más que tanto, a Viola.

"Lo que quieras, seré lo que quieras",
eso fue lo que él quiso decir,
pero dijo -soy sólo el que soy
y seré para siempre reflejo de mi.

Ella quiso decir "yo te quiero,
como seas te habré de querer",
pero dijo -sé tú, para siempre,
tú sólo y adiós-
a las rama se fue.

Y ahí queda el corazón,
como un tesoro,
como un secreto que se esconde entre las hojas
y dentro la canción y dentro una canción
Cosimo quiere a Viola
mucho mucho, tanto tanto,
mucho más que tanto, a Viola.

 

 

Para terminar la selección, una canción en italiano del grupo folk Marichka Connection:

 

 

Como dice Juan Manuel Santiago: El barón rampante es un pequeño milagro narrativo, una novela en la que nada sobra ni falta, menos escueta que las otras dos novelas cortas que integran la trilogía Nuestros antepasados (El vizconde demediado y El caballero inexistente), y que tiene un final apoteósico, a la par que coherente.

El final al que alude Santiago no es el párrafo final de la obra, así que puedo añadirlo aquí sin perjudicar al que se anime a leer este libro.

Ombrosa ya no existe. Mirando el cielo despejado me pregunto si en verdad ha existido. Aquella profusión de ramas y hojas, bifurcaciones, lóbulos, penachos, diminuta y sin fin, y el cielo sólo en relumbrones irregulares y recortados, quizá existía solamente para que pasase mi hermano con su ligero paso de chamarón, era un bordado hecho sobre la nada que se asemeja a este hilo de tinta tal como lo he dejado correr por páginas y páginas, atestado de tachaduras, de remisiones, de borrones nerviosos, de manchas, de lagunas, que a ratos se desgrana en gruesas uvas claras, a ratos se espesa en signos minúsculos como semillas puntiformes, ora se retuerce sobre sí mismo, ora se bifurca, ora enlaza grumos de frases con contornos de hojas o de nubes, y luego se atasca, y luego vuelve a enroscarse, y corre y corre y se devana y envuelve un último racimo insensato de palabras, ideas, sueños, y se acaba.

 

Para ir más allá:

La aventura de «El barón rampante», de Italo Calvino en La Palabra Infinita.

El barón rampante. Por Paolo Fava en Papel en blanco.

Galería de espectros: el Barón Rampante en El Boomeran(g).

El barón rampante. Reseña de Juan Manuel Santiago en Bibliópolis.

 

Ilustración tomada de Una vida de novela.

Rayuelas. La lectura como necesidad.

A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros.

Julio Cortázar

Rayuela-de-Julio-Cortázar2

La rayuela es un juego milenario de gran difusión que presenta variaciones en forma y significado(1). Engloba por tanto, muchos juegos. Es también un cronotopo, un entrelazamiento del tiempo y del espacio en una dimensión única que Batjin quiso ver en los argumentos de las novelas y que la antropología generaliza a las sociedades humanas, teniendo siempre presente que hay más interpretaciones del tiempo y el espacio que la he que adoptamos en occidente. Hacer un camino que se pinta en el suelo, de casilla en casilla, que viene a ser el tiempo en el que se recorre el espacio. Espacio y tiempo entrelazando el camino y la vida.

Rayuela es un libro de Julio Cortázar que aspira a ser, como indicaba su autor en la frase que encabeza este texto, muchos libros. De él nos ocuparemos en detalle a lo largo de esta entrada.

También a su manera esta entrada son muchas entradas a la usanza de este blog, aunque puede que no tanto para el que se anime a leerla como para el que se ha dedicado a montarla pieza a pieza a lo largo del tiempo con ánimo de que resultase medianamente coherente. Son unos fragmentos de la novela, unos vídeos y un puñado de pensamientos dispuestos como diría Montaigne para expresar mejor mi pensamiento; es también una introducción personal a Rayuela, una reflexión sobre la lectura y algo más.

Antes de entrar en materia, a modo de preludio, veamos  un episodio de la estupenda serie Imaginantes que resulta muy apropiado para el asunto que nos ocupa:

Esta historia de encuentros y reencuentros se narra en el capítulo seis de Rayuela como sigue:

La técnica consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora. Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de pasar el día solos,  enfurruñados en un café o en un banco de plaza, leyendo-un-libro-más. La teoría del libro-más era de Oliveira, y la Maga la había aceptado por pura ósmosis. […]

De acuerdo en que en ese terreno no lo estarían nunca, se citaban por ahí y casi siempre se encontraban. Los encuentros eran a veces tan increíbles que Oliveira se planteaba una vez más el problema de las probabilidades y le daba vuelta por todos lados, desconfiadamente. No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado. Sentados en un café reconstruían minuciosamente los itinerarios, los bruscos cambios, procurando explicarlos telepáticamente, fracasando siempre, y sin embargo se habían encontrado en pleno laberinto de calles, casi siempre acababan por encontrarse y se reían  como locos, seguros de un poder que los enriquecía.  […] «¿Y si no me hubieras encontrado?», le preguntaba. «No sé, ya ves que estás aquí…» Inexplicablemente la respuesta invalidaba la pregunta, mostraba sus adocenados resortes lógicos. Después de eso Oliveira se sentía más capaz de luchar contra sus prejuicios bibliotecarios, y paradójicamente la Maga se rebelaba contra su desprecio hacia los conocimientos escolares. Así andaban, Punch and Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra…

No falta ya mucho para que la obra cumpla cincuenta años. Su lectura, tras algunas dudas iniciales, me resultó fascinante; algo que me parece meritorio, pues es una pieza revolucionaria y la revolución suele sufrir con rapidez el efecto de la moda y la erosión del tiempo. Rayuela está considerada una obra maestra y muchos defienden que éstas ganan con la edad. Cortázar contaba que la novela nació de la pretensión de escribir un libro en donde el lector, en vez de leerlo de principio a fin, tuviera a su disposición diferentes opciones. Esto lo situaría casi en relación de igualdad con el autor, pues éste también contó con diferentes opciones a la hora de escribir el libro. Propone al comienzo dos itinerarios para abordar la lectura: la tradicional (desde el principio hasta el final propuesto en el capítulo 56) y otra saltando de capítulo en capítulo según un orden prefijado en el tablero de dirección (73 – 1 – 2 – 116 – 3 – 84 – 4 – 71 – 5…). Esta segunda lectura sigue el esqueleto de la primera, pues contiene todos los capítulos salvo uno (el 55) y es considerablemente más larga. Como en un principio no sabía que me encontraría, empecé con la versión breve. Después sentí la necesidad de adentrarme en la otra propuesta. Visto el resultado, recomiendo seguir este recorrido si se dispone de tiempo y ánimo.

El libro aparece dividido en, digamos, tres compartimentos: Del lado de allá, que transcurre en París; Del lado de acá, que acontece en Buenos Aires, y De otros lados (Capítulos prescindibles), que es una amalgama de materiales heterogéneos. La historia transcurre del primero al segundo, saltando caprichosamente al tercero cuyos capítulos, en palabras de su creador, sacan al lector de una situación emotiva […] simplemente para lavarle la cara. Es en este último donde aparece Morelli (realmente ya asomó, pero el lector lo desconoce), el escritor solitario que, por no tener, no tiene ni lectores y que razona como Cortázar lo hace cuando ejerce de escritor(2) y al que Horacio, protagonista material de la obra, intenta comprender. De hecho, de las ideas e inquietudes que esboza en el capítulo sesenta y dos surgiría con el tiempo 62/ Modelo para armar. Muchos críticos han considerado esta tercera parte prescindible para el lector, siendo más bien terreno abonado para estudiosos pues es ahí donde Cortázar se esmera en desarrollar su idea de antinovela. Considero que tienen su parte de razón, pero también hay capítulos que ayudan a la trama principal. No en vano proporciona un desenlace distinto, aunque bien pensado puede que no demasiado aunque, eso sí, más coherente con el espíritu de la obra.

La aparición de Rayuela en 1963 fue una verdadera revolución para la novela escrita en lengua castellana: por primera vez un autor llevaba hasta las últimas consecuencias la voluntad de transgredir el orden tradicional de una historia y el lenguaje para contarla. El resultado es un libro único, abierto a múltiples lecturas, pleno de humor, de riesgo, de simetrías, de reflejos, de paralelismos y de una originalidad sin precedentes.

Cortázar la define en una carta como una antinovela, la tentación de romper los moldes en que se petrifica este género(3). Fue de este modo como me presentaron a mí el libro. Era un adolescente cuando escuché por primera vez hablar de él en clase de literatura. La posibilidad de leerlo saltando capítulos me llamó la atención (siempre lo hizo lo diferente), así que acudí a la biblioteca pública ese mismo día en su busca. En mi memoria sigue grabada aquella tarde: la estantería dónde estaba, a media altura en un pasillo que comunicaba las dos salas de aquel santuario que ha tiempo dejó de serlo para cumplir funciones más mundanas; la cubierta, que era como mínimo muy parecida a la que aparece más arriba (y que lleva a una versión electrónica del libro), reflejos, luces y olores. La inspección del contenido no me convenció entonces, así que lo devolví a su estante. Son muchos recuerdos para algo que quedó en nada y tampoco merece la pena detallarlos todos. Pasaron bastantes años una de mis vidas hasta que me convencí guiado por otras lecturas de que esa novela debía formar parte de mi biblioteca, pero aún así se resistía a llenar mis ratos libres. El libro ya estaba en casa, pero aún no alzaba la voz. Tampoco es que esto supusiese un drama, pues para libros como éste no existe la noción del tiempo. Tiempo que continuó pasando junto con algunas cosas más una vida más— y, de repente, un impulso (un élan de esos que hablan los franceses y que Henri Bergson elevó a la categoría de concepto) lo sacó de su reposo y su silencio.

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La historia nos narra el amor turbulento de Horacio Oliveira y Lucía (a la que todos llaman la Maga) y su persistencia pese a la separación, sus reuniones con los amigos del Club de la Serpiente (Ossip, Wong, Etienne, Babs …), el jazz, la patafísica, las caminatas por París en busca del cielo y el infierno y el reverso de todo en la aventura simétrica(4) de Oliveira, Traveler (buen amigo de Horacio) y Talita (la mujer de éste) en un Buenos Aires impregnado de recuerdo y reflejos.

Al principio Horacio no sabe siquiera que busca algo. Pero, a medida que avanzamos por las páginas, surge esa necesidad. Reconoce que su deambular por París es la búsqueda de un no sé qué:

Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas.

Después algo pasa (no voy a contar la novela aquí), algo lo suficientemente revelador para que exclame esto es absurdo o esto no tiene sentido. En 1951, antes de empezar a escribir la novela, Cortázar escribía a su amigo Fredi Guthmann: No quiero escribir, no quiero estudiar; quiero, simplemente, ser de verdad; aunque ello me lleve a descubrir que no soy nada(5). Oliveira es también un reflejo de su creador.

Junto a Horacio aparece la Maga, un personaje especial, maravilloso, capaz de aprehender desde la inocencia toda la poesía y la magia de un mundo que para muchos carece de importancia. Esto queda patente en el modo en que se nos presentan el resto de los componentes del club, bosquejados como simples caricaturas de intelectuales (quizás Ossip se salve de la quema) que vagan por un mundo de palabras, razonamientos e imágenes, sin lograr captar lo maravilloso, lo fantástico, lo esencial; algo que para la maga resulta natural y que Horacio admira. Antes presentaba a éste como protagonista material, la Maga es su contrapunto y, sin duda, la protagonista espiritual de la novela incluso cuando desaparece de escena (aunque nunca lo hace del todo). En la obra de Cortázar, lo mágico, lo fantástico, aparece a partir de objetos cotidianos: una flor silvestre, el reflejo de la luna en el Sena, el humo de un cigarrillo que envuelve los rostros, los aromas… también Lucía es un reflejo de su creador. La novela parece muchas veces una sala de espejos. Hay en la obra, como explica Olga Osorio(6), una búsqueda de la sabiduría cuya receta sería para Cortázar una mezcla equilibrada de inocencia y saber. Una mezcla, en definitiva, de las formas de enfrentarse al mundo de Horacio y la Maga.

Rayuela aglutina muchas cosas en un libro. Una historia y un juego literario lleno de juegos(7). Una declaración de principios y un revulsivo para seguir adelante. Una búsqueda y muchos hallazgos. También, y quizás sea lo más importante, presenta una visión de la vida: dudar de todo nos anima a seguir buscando, a seguir indagando en lo que hay fuera y dentro de nosotros. Solo aplicándonos a esta labor podremos sentir que estamos vivos. La vida se mueve como en el juego de la rayuela, dando patadas a un guijarro, de nivel en nivel, superándose. Muy pocos llegan al cielo. Los que se quedan en el camino tienen que volver a la casilla inicial o, simplemente, abandonar el juego, la vida. Cortázar no se consideraba un escritor, escribía para vivir, para sentirse vivo, para seguir vivo.

Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo  con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra,  es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad  necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela  rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo (Et tous nos amours, sollozó Emmanuèle boca abajo), lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. Y porque se ha salido de la infancia (Je n’oublierai pas le temps des cérises, pataleó Emmanuèle en el suelo) se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato.

Una novela que gira en torno al leguaje y en torno a un juego, la rayuela, que es a su vez imagen del camino y de la vida. Cronotopos dentro de un cronotopo. Novelas dentro de una novela.

Pese a todo lo dicho hasta ahora,  al principio el texto me resultó simplemente legible, un libro más. Precisa de una lectura reposada y lúcida, pues el estilo y el lenguaje muchas veces es retorcido, algunas complejo y siempre variable, sorprendente. Mientras leía recordaba esos discos de Pink Floyd que escuchar muchas veces para apreciar todos sus matices. El surrealismo que impregna la obra tampoco creo que ayudase. Tal vez esto me desanimó las otras veces que pretendí abordarlo y también que en aquellos momentos no contaba con las experiencias adecuadas, con el bagaje preciso para aceptarlo y asimilarlo. Desconocía entonces el cómo y el por qué de su lectura. Llegué incluso a dudar de la validez de ese impulso al que antes me refería, pero entonces me encontré con este párrafo al comienzo del capítulo veintiuno:

A todo el mundo le pasa igual, la estatua de Jano es un despilfarro inútil, “en realidad” después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás. Es lo que se llama propiamente “un lugar común”. (Lo entrecomillado va en cursiva en la novela).

Puede parecer intrascendente, pero algo cambió a partir de entonces en mi modo de leer.  Aún quedaba bastante pues la novela no es precisamente breve y, además, admite como ya dije  y necesita en mi opinión de su segunda lectura, pero ya tenía claro que había acertado. Buena parte de mi tiempo, en el que este blog prácticamente ha permanecido inédito, se lo ha llevado Rayuela. Quién sabe, puede que aún me queden más lecturas. Pero, ¿Qué nos lleva a leer? ¿Qué hace que una obra nos atrape? ¿Qué podemos esperar de un libro? Este es el asunto que nos ocupa y Rayuela se convierte así en un instrumento, en una excelente coartada para contar lo que quizás solo sean desvaríos propios.

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La idea de todo esto nació antes, reflexionando sobre la necesidad personal de escribir, de contar cosas aunque sea solo para mí mismo (siempre hay algo que guardar y que a casi nadie importa); es sabido que la escritura en particular y la expresión en general presentan virtudes terapéuticas(8), pero eso es otra historia. Entonces me dio por pensar (aún conservo esa costumbre, aunque ya cuesta) que, por evidente que parezca, para escribir uno necesariamente tiene que haber leído antes y que ésta es una necesidad más primaria. Ya decía Borges que uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído. Pero no solo los que escriben leen, así que hay que buscar más razones, enumeremos unas cuantas: aprender, pasar el rato, evadirse de la realidad, vivir emociones… Es mucho desde luego lo que se nos ofrece y muchas lecturas nos permiten alcanzar estos objetivos.  Martín Garzo opina que cuando leemos un libro siempre estamos esperando que nos ayude a vivir. Es difícil no estar de acuerdo con él y todas las funciones que he citado tienen ese objetivo; pero quiero ir más lejos, quiero centrarme a lecturas especiales, que calan hondo, que permanecen en nuestra memoria durante toda la vida, que hacen algo más que formarnos o ayudarnos a pasar el tiempo. Lo que desconozco es si todos los lectores llegan hasta aquí o si solo algunos experimentan esta sensación que quizás devenga en adicción.

A los que frecuentan este sitio les sonará mi afirmación de que los libros que más nos influyen son aquellos que llegan en su momento oportuno. Algunas de las lecturas que acudieron en mi ayuda han pasado ya por estos parajes y, aunque la mayoría aún carecen de anotaciones al respecto, tal vez las tenga más adelante. Unas veces son piezas que nos ayudan a afrontar lo que nos vendrá, otras que nos permiten entender lo que ya aconteció y otras que parecen servir tanto para un roto como para un descosido, convirtiéndose en una especie de elixir, de remedio que todo lo cura. Es nuestra historia la que responderá a esto, la que irá colocando cada obra con la que nos cruzamos en su lugar adecuado de modo que el resultado nos resulte coherente y, por supuesto, narrable. Ya dijo Marcel Prévost que el hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma. Hay libros que no solo nos ayudan a vivir sino que también nos enseñan cómo hacerlo o, al menos, cómo seguir haciéndolo.

Pongamos un ejemplo. Un párrafo que me llamó poderosamente la atención fue éste del capítulo veintiocho:

Hace rato que mucha gente sospecha que la vida y los seres vivientes son dos cosas aparte. La vida se vive a sí misma, nos guste o no. Guy ha tratado hoy de dar un mentís a esta teoría, pero estadísticamente hablando es incontrovertible. Que lo digan los campos de concentración y las torturas. Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.

Muchas veces me he preguntado por qué conservamos la esperanza cuando todo parece perdido, y puede que simplemente sea porque, como nos cuenta Cortázar, no dependa de nosotros, porque en realidad no nos pertenece. Un libro no tiene todas las respuestas, ni siquiera sabemos cuales tendrá antes de leerlo y siempre quedarán preguntas por contestar que nos llevarán en pos de nuevas lecturas, aunque sepamos que algunas de esas respuestas no las podremos alcanzar. Esta es una de las gracias de la existencia.

La lectura, sea del tipo que sea, siempre constituye un descubrimiento, una aventura. En ciertas ocasiones y bajo determinadas circunstancias  llega a convertirse en una necesidad, pues el único diálogo posible que podemos permitirnos es el que entablamos con un libro, con sus personajes, con las ideas que allí se plantean. La imaginación, mezclada con nuestros recuerdos, hará el resto al sumergirnos en una especie de realidad virtual. A la postre podremos encajar la experiencia que nos proporciona en nuestra biografía, en esa historia coherente que citaba antes y que no siempre es realista que hacemos de nuestra vida.

Comulgar con un libro no es siempre una tarea fácil, pero el esfuerzo tiene su recompensa. Eduardo Galeano opina que si un libro se puede leer impunemente, no vale la pena tomarse el trabajo. Cuando los libros están de veras vivos, respiran; y uno se los pone al oído y les siente la respiración y sus palabras son contagiosas, peligrosamente, cariñosamente contagiosas. Este pensamiento sintetiza buena parte de la tesis que defiendo aquí.

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En el fondo, no solo Rayuela es muchas novelas, todas las novelas lo son, todas las obras son muchas obras, todas las lecturas son muchas lecturas. Nos apropiamos de ellas, las hacemos nuestras al encajarlas en nuestra existencia y las personalizamos, las individualizamos, las hacemos únicas. Recordamos pasajes concretos, olvidamos otros, nos centramos en ciertos personajes, en determinados mensajes, reflexiones y enseñanzas.

Pero también podemos volver esta reflexión a pasiva y considerar como Borges apuntó que no es el lector quien elige el libro; es el libro el que elige al lector. Pensando así, no seríamos nosotros los que descubriríamos que un personaje se nos parece. Sería justo lo contrario: nosotros nos pareceríamos a él.

Así, volviendo a los ejemplos, un día me parecería escuchar al preso fugado de La invención de Morel decirme: sabes que te pareces a mí, aunque no sospechas aún por qué, no tengas prisa, pues tardarás más de una década en descubrirlo, pero lo harás.

Y, de igual forma, Carlos Deza me diría: yo no soy como tú, tú eres como yo, porque yo fui antes que tú. Precisamente de ahí surge el parecido que le encuentras a ese Jacobo o Santiago que lleva mi apellido, pues conserva ese aire de familia que se transmite de generación en generación.

Tal vez Rayuela me escogió también a mí hace justamente  treinta y dos años. Y por eso en mi memoria han permanecido vivos los recuerdos de su descubrimiento, por eso la insistencia en encontrar la ocasión propicia para su lectura (creo que no me ha ocurrido con otro libro), en atesorar las vivencias que me hicieran uno con la obra. Quizás yo sea también un reflejo de Horacio Oliveira: ese pesimismo crónico, ese sentirse tantas veces víctima de la cosidad como explicaba Ossip—, esos paseos solitarios buscando razones para todo lo que que no se alcanza a entender y, así, un buen día, por azar o destino, me topé con la Maga que llevaba un vestido rojo, cortito, y nuestras almas jugaron a encontrarse y reencontrarse una y otra vez por esas calles repletas de sueños de un París que, como la rayuela, como el ajedrez, no es más que una metáfora de la existencia misma.

—Una rayuela en la acera: tiza roja, tiza verde. CIEL. La vereda, allá en Burzaco, la piedrita tan amorosamente elegida, el breve empujón con la punta del zapato, despacio, despacio, aunque el Cielo esté cerca, toda la vida por delante.

—Un ajedrez infinito, tan fácil postularlo. Pero el frío entra por una suela rota, en la ventana de ese hotel una cara como de payaso hace muecas detrás del vidrio. La sombra de una paloma roza un excremento de perro: Paris

—Pola París. ¿Pola? Ir a verla, faire l’amour. Carezza. Como larvas perezosas. Pero larva también quiere decir máscara, Morelli lo ha escrito en alguna parte.

Nuevamente Rayuela ocupa su lugar en una de las librerías de mi despacho, en espera de que alguien, puede que yo mismo, se anime a entablar un nuevo diálogo con él. Ahora toca buscar otra lectura, otra compañía, otro diálogo, otras preguntas y, quizás, encontrar nuevas respuestas.

La literatura, dice Julio Llamazares, es para detener el tiempo, la edad, la escoria de los temporales. La literatura no tiene edad. Ni las bibliotecas(9). Ya lo dijo el maestro Borges: Todo procede de un libro y todo termina en un libro(10).

Para acabar, dejo éste aquí el capítulo siete (que en ambos itinerarios viene justo detrás del seis, con el que empezamos esto) para escucharlo en la voz de su autor:

Para ir más allá

(1) Cuerpo y espacio. Símbolos y metáforas, representación y expresividad en las culturas. Honorio Velasco Maillo. Se puede consultar un resumen del libro aquí.

(2) Morelli: Un escritor de otros lados. Mariana L. Torres.

(3) Carta de Julio Cortázar a Roberto Fernández Retamar.

(4) El tablón de Talita: Primera casilla. Eudald Espluga.

(5) ‘Rayuela’ la conquista de la trasgresión. Elsa Fernández-Santos.

(6) Entender, no inteligir. Sobre Rayuela, de Julio Cortázar. Olga Osorio.

(7) Cortázar y su teoría del juego en Rayuela. Hernán M. Huguet.

(8) Escribe, habla expresa o tus secretos te enfermarán. Núria Costa.

(9) La edad de la literatura latinoamericana. Juan Cruz.

(10) Borges o el viejo anarquista apacible. Conversación de Jean- Pierre Bernès con Gérard de Cortanze.

Adenda

El 28 de junio de 1963 Rauyuela se mostró al mundo. En su cincuenta aniversario se suceden propuestas y recuerdos. Añado unos enlaces que pueden ser del interés de aquellos que se pierdan por estos lares:

Un especial del diario El País.

Otro de La Nación.

Los 50 años de la Rayuela de Cortázar, por Karina Sainz Borgo.

Rayuela Callejera Cortázar. Una curiosa propuesta en Facebook para llevar Rayuela a las calles de las ciudades tomando fotos inspiradas en la novela.

Sobre héroes y tumbas (Ernesto Sabato)

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Todo esto puede estimarse como una muestra de delirio de persecuciones, pero los acontecimientos posteriores DEMOSTRARON que mi desconfianza y mis dudas no eran, por desgracia, tan desatinadas como puede imaginar un individuo desprevenido. ¿Por qué, sin embargo, yo me atrevía a acercarme tan peligrosamente al abismo? Es que contaba con la inevitable imperfección del mundo real, en que ni siquiera el servicio de vigilancia y espionaje de los ciegos puede estar exento de fallas. También contaba con algo que era lógico presumir: los odios y antipatías que debía haber entre los ciegos, como en cualquier otro grupo de mortales. En suma, reflexioné que la clase de dificultades que un vidente podía esperar en la exploración de ese universo, no serían muy distintas de la que un espía inglés podía encontrar durante la guerra en el sistemático pero lleno de grietas y rencores régimen hitlerista.

No obstante, el problema era doblemente complicado porque, como era de esperarse, empezó a cambiar la mentalidad de Iglesias; aunque más que mentalidad (y menos) habría que decir su “raza” o “condición zoológica”. Como si en virtud de un experimento con genes, un ser humano comenzase a convertirse, lenta pero inexorablemente, en murciélago o lagarto; y lo que es más atroz, sin que casi nada de su aspecto exterior revelase un cambio tan profundo. Estar solo en una habitación cerrada y a oscuras, de noche, sabiendo que en ella hay también un murciélago es siempre impresionante, sobre todo cuando se siente volar a esa especie de rata alada y, en forma ya intolerable, cuando sentimos que una de sus alas ha rozado nuestra cara en su inmundo vuelo silencioso. ¡Pero cuánto más horrenda puede ser esa sensación si el animal tiene forma humana! Iglesias fue sufriendo esos cambios sutiles que acaso para otro habrían podido pasar inadvertidos, pero que para mí, que vigilaba astuta y sistemáticamente, eran sensibles.

Juan Cruz le ha dedicado un precioso obituario en El País.

Quería desaparecer, eso está en sus libros, pero quería quedarse, eso estaba en su mirada herida que ahora se acaba de apagar. Ernesto Sábato, un titán disminuido siempre por la constancia rabiosa de su melancolía.

Javier Marías (Veneno y sombra y adiós)

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Tampoco saben ya de nosotros los que dejamos atrás o se fueron de nuestro lado, para nosotros han quedado fijos e inamovibles igual que los muertos, y la sola perspectiva de volver a encontrarlos y de tener que contarles y oírles se nos hace muy cuesta arriba, en parte porque nos parece que ni ellos ni nosotros querríamos contar ni oírnos nada. ‘Qué pereza’, pensamos, ‘esa persona no ha asistido a mis días durante demasiado tiempo. Solía saberlo casi todo de mí, o lo principal al menos, y ahora se le ha hecho un hueco que no podría ser colmado, aunque yo le relatara con todo detalle lo habido sin su conocimiento inmediato. Qué pereza tratarse de nuevo, y explicarse, y que trastorno reconocer al instante las viejas reacciones y los viejos vicios y las viejas zozobras y los viejos tonos, los míos con ella y los suyos conmigo; y hasta los mismos celos mordidos y las mismas pasiones, sólo que acalladas. Ya nunca podré verla como a alguien nuevo, tampoco como a mi ser cotidiano, me resultará gastada a la vez que ajena. Iré a casa a ver a Luisa, y a los niños, y tras estar largo rato con ellos y empezar a reacostumbrarlos, me sentaré al lado de ella otro rato más corto, quizá antes de salir a cenar a un restaurante, mientras esperamos a la canguro que tarda, en el sofá compartido durante tantos años pero ahora como una visita extraña, de confianza y desconfianza, y no sabremos como comportarnos. Habrá pausas y carraspeos, y frases estúpidas e inauditas estando los dos cara a cara, como “Bueno, ¿qué tal te va? o “Te veo con muy buen aspecto”. Y entonces nos daremos cuenta de que no podemos ni estar juntos sin estarlo de veras, y de que además no queremos. No habrá entera naturalidad ni artificialidad completa, no se puede ser superficial con quién conocemos profundamente y desde siempre, tampoco hondo con quien nos ha perdido el rastro y escondido el suyo, y tanto ignora. Y al cabo de media hora, tal vez de una, de dos a lo sumo, a los postres, consideraremos que ya está, y lo que será más raro, que con esa vez basta y me sobrarán trece días. Y aunque impensablemente cayéramos el uno en brazos del otro y ella me dijera lo que llevo tanto tiempo deseando oírle, “Ven, ven, estaba tan equivocada antes. Ocupa de nuevo este lugar a mi lado. No he ahuyentado tu fantasma, esta almohada es aún la tuya y no había sabido verte. Ven y abrázame. Ven conmigo. Regresa. Y quédate aquí para siempre”; aunque en vista de eso yo cerrara mi apartamento en Londres y me despidiera […] e iniciara la tarea rauda de convertirlos en un largo paréntesis –pero hasta los interminables se cierran y luego puede uno saltárselos-, y regresara a Madrid entonces con ella –y no digo que no lo hiciera si hubiera una oportunidad, si me la diera-, lo haría sabiendo que lo interrumpido no puede reanudarse, que aquel hueco permanece siempre, quizá agazapado pero constante, y que un antes un después nunca se sueldan.

Cinco horas con Mario (Miguel Delibes)

Delibes

 

Hijo de hombre, voy a quitarte de repente lo que hace tus delicias, pero no te lamentes ni llores, no derrames una lágrima. Suspira en silencio, sin llevar luto por el muerto; ponte el turbante en la cabeza y cala tus pies, no te cubras el rostro ni comas el pan del duelo, […]. El luto es para recordarte que tienes que estar triste y si vas a cantar, callarte, y si vas a aplaudir, quedarte quieto y aguantarte las ganas…

A don Miguel, In Memorian.