El cerebro no busca la verdad sino sobrevivir

Tu cerebro te enseña un mundo ampliamente coloreado por la vanidad.

Cordelia Fine


El capítulo 78 de Redes nos presenta, a través de una entrevista con Cordelia Fine, un cerebro intentando acomodar la realidad a nuestros intereses. Inconsciente y memoria se esmeran en resaltar lo bueno y olvidar lo doloroso. De aquí nacen los mecanismos los que nos hacen caer en estereotipos y prejuicios que desembocan con más frecuencia de la deseada en tensiones y conflictos.

En una parte del programa titulada Cuando los prejuicios del cerebro… matan, investigadores del Campus por la Paz de la UOC, explican con ejemplos del conflicto de los Balcanes cómo se emplean estos mecanismos en los conflictos bélicos para manipular a las masas. Esta parte resulta a la vez dolorosa y aleccionadora.

Se hace hincapié el la importancia de coordinar cerebro racional y cerebro emocional.

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Capacidades (y II)

Por la ignorancia se desciende a la servidumbre, por la educación se asciende a la libertad.

Diego Luís Córdoba


educacion

 

Mi intención con esta entrada no es la de dar recetas, los años me han enseñado que lo que a uno nos vale no tiene que funcionar en otros y que es difícil convencer a los demás que cambien su modo de proceder. Sólo pretendo exponer una situación que no me parece adecuada y que cada cual obre en conciencia.

Si el panorama que planteamos en la entrada anterior es cierto. ¿Quiénes son los culpables de esta situación? Al pertenecer a un estado democrático, tendré que concluir que la responsabilidad es de todos: mientras que no se demuestre lo contrario, tenemos voz y voto. Evidentemente, algunos colectivos están en disposición de hacer más que otros: hay políticos, hay docentes y hay padres.

El tema de los padres daría para varias entradas pero, como no he tenido la suerte de serlo, me abstendré de opinar para que no se me acuse de hablar de lo que no conozco (aunque puede que mi condición de hijo me de cierta vela en este entierro).

El que a los políticos les importe poco esta situación me parece muy razonable: un pueblo culto quizás los mandara a la mayoría al paro (lo cual sería una buena medida de ahorro frente a la crisis). Pero el caso de los docentes es, cuando menos, más delicado.

Hace poco comentaba este asunto con un compañero cuya esposa es profesora de secundaria. Me traslada quejas sobre críos sin interés, que no aprenden, que no quieren hacer nada (esos ni nis de los que se habla ahora), que carecen de educación… Que mucha culpa es de los padres que se olvidan de que ser padre implica responsabilidades que no todos asumen.

Se me ocurre plantear que los docentes también tienen culpa del cuadro pintado. Que probablemente nos encontremos con un colectivo que, por su formación, ha estado (y sigue estándolo) en disposición de prever la situación actual y en obligación de clamar a los cuatro vientos lo que pasaba (y sigue pasando). De un colectivo que, por su poder, podría plantarse y no aceptar reformas sin sentido del mismo modo en que otras veces se han plantado para reclamar por su situación laboral.

No digo que todos los docentes hayan olvidado su función, pues todos tendremos ejemplos en contra a los que acudir. El caso del profesor Lledó, al que nos referíamos el otro día, es un buen ejemplo.

Mi compañero opina (probablemente con razón) que los docentes no son precisamente un colectivo unido (aunque yo puntualizaría que según para qué), sino que hay intereses diversos, sobre todo si pensamos que un buen puñado de ellos también pretenden ejercer de políticos.

Volviendo al profesor Lledó, en su defensa del sistema educativo alemán se encontró con una paradoja que no pudo resolver: Su discurso parte del supuesto de que un buen sistema educativo (para él el alemán lo es) debe producir ciudadanos competentes, educados, libres y cultos. Pero, si esto es así, ¿cómo nace en ese pueblo el nazismo?

En relación a esto, recuerdo de en la escuela y el instituto nos ensañaban la importancia de la historia: su estudio muestra que ésta se repite una y otra vez, debemos estudiarla para no repetir errores. Yo pensaba: si la historia se repite tanto, ¿no será que realmente no sirve para nada? O, más exactamente, no servirá para nada mientras seamos (como colectivo) como somos.

Sea como sea, el estudio de los grupos es sumamente interesante al respecto y, probablemente, trabajar en esta dirección nos enseñara mucho sobre el comportamiento humano. Hace ya bastante, Gustave Le Bon en La psychologie des foules describió a los grupos como una especie de alma colectiva, dotada de unidad psicológica, donde el individuo se sumerge dándose una degradación de su comportamiento, que se hace irracional y emocional, mediante mecanismos de sugestión y contagio. Con estas ideas, marcó el inicio de las investigaciones que establecen un nexo entre los procesos psicológicos y los fenómenos sociales. No digo que esta explicación (hoy bastante denostada) sea la solución a las paradojas expuestas, pero quizás haya que tenerla en cuenta.

 

Ilustración: http://prensanecochea.wordpress.com/

Sobre Cristiano Ronaldo, los grupos y el descubrimiento de la pólvora

Grupos 1

Reconozco que siempre he tenido una habilidad especial para inventar la pólvora cuando se trata de temas psicológicos. Tal vez alguno de mis amigos de juventud recuerde cuando les daba la tabarra de lo que yo llamaba altivamente “la psicología de colectividades”. En aquellos años yo sabía bien poco de psicología y, la verdad, ahora no es que sea una eminencia en el tema, pero uno va aprendiendo algunas cosillas y de paso va aterrizando desde sus nubes.

Lo que si tenía entonces, y espero que aún conserve por la cuenta que me trae, es la afición a observar el comportamiento de las personas. Siempre que esto en una reunión o paseo por la calle, voy observando cómo actúan aquellos que me rodean. Pienso que es una curiosidad sana, no se trata de meterme dónde no me llaman, sino simplemente de aprender un poco de la naturaleza humana. Y ya que he sacado el tema, voy a poner un ejemplo sencillo relacionado con la psicología de grupos, que es como se conoce a aquello que yo pretendía inventar en mis años de universidad.

Andaba yo el otro día charlando con unos amigos y surgió el tema del “escandaloso” fichaje de Cristiano Ronaldo por el Real Madrid. Una parte de la conversación transcurrió más o menos así:

Un amigo comenta: No hay derecho a gastar esa cantidad de dinero en un futbolista, es una locura y más aún con la que nos está cayendo.

Yo respondo: Bueno, es un negocio, puede salir bien o mal. El caso es que los fichajes atraen gente al campo, publicidad, venta de camisetas, etc. Si ves la televisión, los aficionados quieren que el equipo haga esos fichajes, lo mismo tú y yo preferiríamos que trabajaran la cantera y que los jugadores fueran de la tierra, aunque no ganen ningún título en los próximos cinco años. Pero ni tú ni yo nos vamos a comprar las camisetas ni vamos a pagar un duro por ver un partido.

Contestación: La gente (aparece la diferenciación entre el exogrupo “gente” –los demás- y el endogrupo “yo y los que piensan como yo”) ve lo que le echen por la tele. Lo que tenían que poner son documentales y programas culturales para que la gente aprendiera (o quizás para que cuando tú te sientes ante el televisor, las pocas veces que lo haces, te encuentres con algo de tu agrado).

Mi amigo, aunque algo visceral, es una persona sensata. No seré yo el que disienta radicalmente de su postura y desde aquí aplaudo cualquier intento de culturizar los medios de comunicación de masas. No obstante, los años me han llevado a suavizar creencias, que en otro tiempo fueron mucho más extremistas, hasta dudar seriamente de que mi punto de vista sea el acertado.

Por otro lado, este fragmento de conversación no pretende más que ilustrar  con que facilidad nos ubicamos (yo el primero) en un grupo de personas (el endogrupo) y dejamos a muchos fuera de él (el exogrupo).

Parece que hay una tendencia natural a actuar de esta manera, tal vez para simplificar de algún modo nuestros razonamientos y hacernos la vida más fácil (a estos modos de operar se les conoce como heurísticos y quizás nos ocupemos de ellos en otra ocasión).

Cabe señalar, por otro lado y sin entrar en demasiadas honduras, que la manera de juzgar a los demás se efectúa en función de su afiliación o no al grupo de pertenencia: los miembros del exogrupo aparecen difuminados y se les juzga más severamente, mientras que los miembros del endogrupo mantienen su identidad personal y se les trata con más benevolencia.

Esto es lo que trasciende en primera instancia de la historia de Fray Bartolomé de las Casas que presentábamos el otro día.