Silencio

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Creo que la retracción de estos intelectuales fue también un error: creyeron que no se podía hacer nada; dentro de la política efectivamente era así, pero es que dejaron de escribir sobre política, de hacer sentir su presencia independiente, de ayudar a las mayorías a formar opiniones más discretas que las imperantes. Se confunde muchas veces la superficie visible de una sociedad con su realidad profunda.

Julián Marías. España ante la historia y ante sí misma [1898-1936].

Hace ya unos cuantos años que leí por primera vez estas frases y extrañamente la sensación no ha cambiado, aunque sí que lo ha hecho el armazón que la sustenta. Como a todos, la vida me ha cambiado.

Es complicado comparar un época con otra, las circunstancias no son las mismas, pero puede que eso no modifique mucho el resultado global. La Historia se repite, me decían cuando estudiaba, y yo me preguntaba si eso no cuestionaba directamente su utilidad. Deberíamos de preguntarnos ¿Por qué se repite? ¿No podemos salir de ese círculo vicioso?

El caso es que me resulta preocupante que, pese a la facilidad y la velocidad con la que las informaciones circulan, con la que las ideas viajan por el espacio y el tiempo, parece que sólo exista una forma de hacer las cosas y que cualquier otra alternativa es, cuando menos, improductiva y se apagará en el silencio.

No es cierto que todo el mundo calle, hay voces muy sabias que siguen hablando y es de agradecer. Pongo como ejemplo un fragmento de una entrevista a José Luis Sampedro, por lo que dice y por la admiración que me despierta.

Tampoco es cierto que nadie escuche. Pondré un ejemplo personal: Un buen día me encontré un un blog con una entrada sobre la situación en Islandia. Me llamó la atención, sobre todo porque no había ni leído ni escuchado nada al respecto en los medios de comunicación tradicionales (si bien es cierto que este blog está asociado, por decirlo de alguna manera, a un periódico). Como me parecía interesante, se la remití a algunos amigos. Al cabo de unos días uno de ellos me comentó: Me ha llegado alguna otra cosa sobre Islandia, es curioso que nadie diga nada sobre eso.

Ha pasado más un mes de aquello y un chaval de dieciocho años, estudiante de derecho y ciencias políticas y aficionado al Twitter, me dice esta tarde en el gimnasio: Ahí te enteras de muchas cosas que no salen en las noticias, hay una rebelión importante en el sur de Irán (yo no tenía ninguna noticia al respecto). ¿Has oído lo de Islandia? Nadie dice nada de eso aquí.

Me queda la esperanza de que, si no callamos aunque muchas veces no nos apetezca hablar, si seguimos explicando que toda moneda tiene una cara y una cruz y muchas veces es complicado saber cuál es cuál, que hay que mirar al futuro para construir un presente digno, algún día nuestra voz será lo suficientemente fuerte como para que se sienta. Un poco de fe no viene mal para seguir navegando por este mundo, al menos su brisa nos refrescará el rostro mientras dura la calima.

Hay otras veces en las que el silencio se rompe, como cuando hay un atentado terrorista, cuando se desata una revolución o, como acaba de pasar, cuando a despertado el debate nuclear. Pero ha tenido que ser la Naturaleza la que en esta ocasión levante la voz para que todos la oigamos. ¿No sería mejor intentar hablar y escuchar desde un principio? Después, tocará actuar en consecuencia… Aunque eso me temo que es aún más difícil, pero también habrá que intentarlo.

P.D.: Resulta que hoy (3/4/2011) me encuentro en el diario El País varios artículos sobre Islandia. ¿Casualidad? Puede ser, o puede que un montón de susurros insignificantes juntos empiecen a ser audibles y no puedan obviarse.

Islandia enjaula a sus banqueros

Gente independiente

“La gente no tiene que pagar por las locuras de los bancos”

Lecciones islandesas

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Javier Marías (Veneno y sombra y adiós)

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Tampoco saben ya de nosotros los que dejamos atrás o se fueron de nuestro lado, para nosotros han quedado fijos e inamovibles igual que los muertos, y la sola perspectiva de volver a encontrarlos y de tener que contarles y oírles se nos hace muy cuesta arriba, en parte porque nos parece que ni ellos ni nosotros querríamos contar ni oírnos nada. ‘Qué pereza’, pensamos, ‘esa persona no ha asistido a mis días durante demasiado tiempo. Solía saberlo casi todo de mí, o lo principal al menos, y ahora se le ha hecho un hueco que no podría ser colmado, aunque yo le relatara con todo detalle lo habido sin su conocimiento inmediato. Qué pereza tratarse de nuevo, y explicarse, y que trastorno reconocer al instante las viejas reacciones y los viejos vicios y las viejas zozobras y los viejos tonos, los míos con ella y los suyos conmigo; y hasta los mismos celos mordidos y las mismas pasiones, sólo que acalladas. Ya nunca podré verla como a alguien nuevo, tampoco como a mi ser cotidiano, me resultará gastada a la vez que ajena. Iré a casa a ver a Luisa, y a los niños, y tras estar largo rato con ellos y empezar a reacostumbrarlos, me sentaré al lado de ella otro rato más corto, quizá antes de salir a cenar a un restaurante, mientras esperamos a la canguro que tarda, en el sofá compartido durante tantos años pero ahora como una visita extraña, de confianza y desconfianza, y no sabremos como comportarnos. Habrá pausas y carraspeos, y frases estúpidas e inauditas estando los dos cara a cara, como “Bueno, ¿qué tal te va? o “Te veo con muy buen aspecto”. Y entonces nos daremos cuenta de que no podemos ni estar juntos sin estarlo de veras, y de que además no queremos. No habrá entera naturalidad ni artificialidad completa, no se puede ser superficial con quién conocemos profundamente y desde siempre, tampoco hondo con quien nos ha perdido el rastro y escondido el suyo, y tanto ignora. Y al cabo de media hora, tal vez de una, de dos a lo sumo, a los postres, consideraremos que ya está, y lo que será más raro, que con esa vez basta y me sobrarán trece días. Y aunque impensablemente cayéramos el uno en brazos del otro y ella me dijera lo que llevo tanto tiempo deseando oírle, “Ven, ven, estaba tan equivocada antes. Ocupa de nuevo este lugar a mi lado. No he ahuyentado tu fantasma, esta almohada es aún la tuya y no había sabido verte. Ven y abrázame. Ven conmigo. Regresa. Y quédate aquí para siempre”; aunque en vista de eso yo cerrara mi apartamento en Londres y me despidiera […] e iniciara la tarea rauda de convertirlos en un largo paréntesis –pero hasta los interminables se cierran y luego puede uno saltárselos-, y regresara a Madrid entonces con ella –y no digo que no lo hiciera si hubiera una oportunidad, si me la diera-, lo haría sabiendo que lo interrumpido no puede reanudarse, que aquel hueco permanece siempre, quizá agazapado pero constante, y que un antes un después nunca se sueldan.

Javier Marías (Fiebre y lanza)

Nada peor que buscar el sentido o creer que lo hay. O sí lo habría, aún peor: creer que el sentido de algo, aunque sea del detalle más nimio, dependerá de nosotros o de nuestras acciones, de nuestro propósito o nuestra función, creer que hay voluntad, que hay destino, e incluso una trabajosa combinación de ambos. Creer que nos debemos enteramente al más errático y desmemoriado, divagatorio y descabezado azar, y que algo consecuente se puede esperar de nosotros en virtud de lo que ya dimos o hicimos, ayer o anteayer. Creer que puede haber en nosotros coherencia y deliberación, como cree el artista que las hay en su obra o el poderoso en sus decisiones, pero sólo una vez que alguien los ha convencido que sí las hay.