Samba pa ti (Santana)

Recuerdo que estaba solo una noche y empecé a pensar que mi carrera musical era muy parecida a la de otros guitarristas como BB (King), George Benson o Peter Green. Esa noche escuché Samba pa ti en la radio y sentí que me miraba en un espejo, porque era mi cara, mi voz, mis dedos, mi identidad, mi singularidad. Todo se debe a que cuando la grabé no pensé en nada solo me dejé llevar por los sentimientos puros. Sospecho que esta canción trae embotellada muchas cosas personales, que no sabía como expresar o articular en una letra. Muchas veces me enfado porque no puedo decir el verdadero significado de esta canción y es debido a que simplemente salió de mí. Eso sí que el mundo lo entiende.

Carlos Santana, en una entrevista para la revista Mojo(1).

(1)Encontrado en Historias de una canción.

Quisiera abrir mis venas bajo los durazneros… (Sara de Ibáñez)

Sara_de_Ibañez

Quisiera abrir mis venas bajo los durazneros,
en aquel distraído verano de mi boca.
Quisiera abrir mis venas para buscar tus rastros,
lenta rueda comida por agrias amapolas.

Yo te ignoraba fina colmena vigilante.
Río de mariposas naciendo en mi cintura.
Y apartaba las yemas, el temblor de los álamos,
y el viento que venía con máscara de uvas.

Yo no quise borrarme cuando no te miraba
pero me sostenías, fresca mano de olivo.
Estrella navegante no pude ver tu borda
pero me atravesaste como a un mar distraído.

Ahora te descubro, tan herido extranjero,
paraíso cortado, esfera de mi sangre.
Una hierba de hierro me atraviesa la cara…
Sólo ahora mis ojos desheredados se abren.

Ahora que no puedo derruir tu frontera
debajo de mi frente, detrás de mis palabras.
Tocar mi vieja sombra poblada de azahares,
mi ciego corazón perdido en la manzana…

Ecos de la Academia Olympia

Lo fundamental en la existencia de un hombre de mi especie estriba en qué piensa y cómo piensa, y no en lo que haga o sufra.

Albert Einstein, Notas autobiográficas.

olympia

El 12 de marzo de 1953 coincidieron dos ancianos en París, sus nombres eran Conrad Habicht y Maurice Solovine. A raíz de su encuentro, decidieron enviar una postal de Notre-Dame a su viejo amigo Albert. Las señas en francés indicaban: “Al Presidente de la Academia Oyimpia, Albert Einstein, Princeton, Nueva Jersey, U.S.A.” En el exiguo espacio de la postal escribieron el siguiente texto en alemán:

Al Muy Honorable, Eminente e Incomparable Presidente de nuestra Academia.

En su ausencia, a pesar de disponer de un lugar reservado, se ha celebrado en el día de hoy una sesión solemne y triste de nuestra mundialmente famosa Academia. El sillón reservado, que procuramos mantener siempre caliente, espera, sí, espera y espera su venida.

Habicht

Yo también,  antiguo miembro de la gloriosa Academia, tengo que hacer grandes esfuerzos para contener las lágrimas cuando veo el asiento que usted debería de haber ocupado. Solo me cabe enviarle mi más humilde, respetuoso y sincero saludo.

M. Solovine.

La postal llegó a buen puerto, Einstein contestó también en alemán el 3 de abril, empleando una fingida solemnidad que no ocultaba la nostalgia de un tiempo que hacía mucho que pasó. No en vano, entonces casi todo estaba aún por hacer, mientras que en el momento de responder a la misiva casi todo estaba ya hecho:

¡A la inmortal Academia Olympia!

En tu breve pero activa existencia, querida Academia, te has deleitado, con infantil alegría, en todo lo que era limpio e inteligente. Tus miembros te crearon para mofarse de otras Academias respetables. Tras largos años de cuidadosa observación he llegado a comprender lo justificado de su burla.

Tus tres miembros hemos mostrado, al menos,  nuestra longevidad. Aunque estemos algo decrépitos, seguiremos contando, en nuestro solitario peregrinar, con un rayo de tu radiante y vivificante esplendor. A diferencia de nosotros, no has envejecido ni te has convertido en una inmensa lechuga.

¡A ti nuestra fidelidad y devoción hasta tu último y erudito suspiro!

A.E., ahora solo miembro correspondiente.

No cabe duda que, pese a sus problemas de salud, no había perdido el sentido del humor.

Los tres se habían conocido en Berna en 1902 (Einstein contaba entonces veintitrés años) y se hicieron amigos íntimos. Formaron un grupo que se reunía para leer y discutir obras de ciencia y filosofía al que bautizaron como “Academia Olympia”. Todos ellos vivían al borde de la pobreza, por lo que sus cenas frecuentemente consistían en un par de huevos duros para cada uno. Allí discutieron las obras de Mach, Mill, Platón, Poincaré, Pearson, … Muchas de las ideas epistemológicas de Einstein pueden rastrearse hasta aquellas veladas.

Así nos describe ese periodo Banesh Hoffmann, uno de los asistentes de Einstein en Princeton:

En torno a la semana santa de 1902, una semana después de la llegada de la primavera, un rumano, Maurice Solovine, vio en un periódico de Berna un anuncio en que Albert Einstein ofrecía sus servicios como profesor particular de física por tres francos la hora. Solovine, estudiante de filosofía en la universidad de Berna, tenía intereses muy amplios. Se dirigió a la dirección indicada en el anuncio y explicó a Einstein que estaba defraudado de las abstracciones de la filosofía y que quería estudiar más a fondo una materia más sólida como la física. Aquello tocó una cuerda sensible de Einstein, que entabló una animada discusión. Dos horas más tarde, cuando Solovine tuvo que marcharse, Einstein le acompañó la calle, donde siguieron discutiendo por espacio de media hora. Al día siguiente celebraron su primera clase, pero  lo único que hicieron fue seguir con la discusión. Al tercer día Einstein dijo que esas discusiones eran mucho más interesantes que unas clases de física. A partir de entonces, se vieron periódicamente. Pronto se les unió Konrad Habicht, matemático amigo de Einstein. Así nació lo que aquellos tres hombres bautizaron cariñosamente con el nombre de "Academia Olympia".  Lo mismo que otras personas se reúnen  para en vez de jugar a las cartas, Einstein y sus amigos se veían para hablar de  filosofía y de física y, de vez en cuando de literatura o de cualquier otro tema que se les ocurriera, con pasión y muchas veces tumultuosamente. Einstein era quien llevaba la voz cantante. Las  reuniones solían celebrarse en su apartamento, comenzaban con una cena frugal y solían pasar luego a discutir hasta altas horas de la noche, provocando las protestas de los vecinos. Los amigos leían en común y examinaban juntos las grandes obras filosóficas y científicas que más habían influido en el desarrollo de las ideas de Einstein. Sin dejar de ser un hombre solitario, Einstein se encontraba allí en su propio elemento. La Academia Olympia era algo serio, pero sobre todo una fuente de distracción.

Solovine cuenta una anécdota de esos años que muestra la medida en que Einstein podía llegar a abstraerse en un problema de su interés:

En nuestros paseos por Berna pasamos por una tienda de delicatessen donde vimos, entre otros alimentos raros, un poco de caviar en el escaparate. Su precio en Rumania era aceptable, pero en Berna era demasiado caro para mí. Esto no me impidió ensalzar los méritos de caviar en presencia de Einstein. —¿Es realmente tan bueno?— se preguntó. —Usted simplemente no puede imaginar lo delicioso que es— le contesté. Un día de febrero, le dije a Habicht: —Vamos a planear una gran sorpresa para Einstein, vamos a servir un poco de caviar en su cumpleaños, que es el 14 de marzo. Siempre que Einstein comía un plato poco común, empezaba a describirlo efusivamente con términos elogiosos. Nos quedamos encantados con la idea de verle extasiado y usando las palabras más rebuscadas que le vinieran a la cabeza para expresar su satisfacción. Cuando llegó el 14 de marzo, nos dirigimos a su apartamento para cenar juntos. Hice como que me estaba poniendo mortadela y la guarnición habitual en la mesa, aunque realmente puse el caviar en nuestros tres platos, y empecé a hablar con Einstein. Esa noche , él dirigió la conversación hacia el principio de inercia de Galileo. Siempre se ocupaba de un problema, Einstein se evadía por completo de la realidad. Cuando nos sentamos a la mesa, Einstein tomaba bocado tras bocado de caviar sin decir nada al respecto, continuando su discusión sobre el principio de inercia. Habicht y yo nos miramos el uno al otro furtivamente con asombro y, cuando Einstein había comido en todo el caviar, exclamé: —Oiga, ¿sabe usted lo que ha estado comiendo? —Por amor de Dios — le dije—, era el famoso caviar. Y , después de un minuto de silencio sepulcral, él agregó: —No importa. Es inútil servir manjares exquisitos a los paletos; son incapaces de apreciarlos.

Pero todavía estábamos decididos a que disfrutara caviar. Unos días más tarde le llevaos una porción considerable de caviar y, para evitar que lo tratara con absoluta indiferencia, entonamos con la música del tercer movimiento de la octava sinfonía de Beethoven: —Ahora estamos comiendo caviar… ahora estamos comiendo caviar… Mientras lo comía, Einstein comentó: —Admito que es plato muy bueno, pero tienes que ser un epicúreo consumado como Solovine para armar tanto alboroto por ello.

Habicht dejó Berna en 1904 y Solovine hizo lo propio al año siguiente, por lo que la academia no duró mucho. Habicht ejerció como maestro en su ciudad natal, Schaffhausen, y Solovine se trasladó a Paris, donde trabajó como editor y escritor. También fue el traductor oficial de las obras de Einstein al francés.

Pese a su breve existencia, la Academia tuvo un efecto duradero en los tres amigos, que permanecieron en contacto aunque solo fuese por carta. Einstein reconoció muchas veces la importancia de ese periodo en el desarrollo de su pensamiento. Y ya entraba ese mágico 1905 en el que cambiaría para siempre los ojos con los que miramos al mundo. En la primavera de ese año escribía a Habicht: Desgraciado, ¿por qué no no me has enviado todavía tu tesis? ¿No sabes que sería el único que la iba a leer con interés y placer? A cambio, te prometo cuatro artículos… el primero… es muy revolucionario…

 

En la foto, de izquierda a derecha, Conrad Habicht, Maurice Solovine y Albert Einstein.