El sueño de Borges

Al igual que a Félix Molina, a mí tampoco me interesan mucho los premios y, de similar manera, también me he alegrado de que el Premio Príncipe de Asturias se le haya concedido a la Wikipedia.
Hace mucho que la Wiki forma parte de este blog, pues gusto de apoyarme en iniciativas en las que los que habitamos este planeta compartimos lo que sabemos (o pretendemos saber) con los demás sin esperar mucho más que el que otros hagan otro tanto.
Afortunadamente, hay muchas iniciativas así que demuestran que algo de social hay en nosotros (de tribal tenemos mucho).
En la entrada que aquí presento, Félix relaciona el creciente tamaño de la enciclopedia virtual con esas bibliotecas infinitas que Borges pintaba en palabras. También asoma Cortázar, ambos son viejos protagonistas de este sitio. Todo esto hace necesaria la mención.
Borges fue bibliotecario y llevó las bibliotecas a su universo fantástico, probablemente porque las amaba, porque en ellas se sentía en su ambiente, porque quizá (como a mí) le resultaran una suerte de santuario. Es probable que las bibliotecas se vean reducidas más pronto que tarde a curiosos museos en esta era digital que nos envuelve; tampoco será muy doloroso, pues los que crecimos con ellas ya no estaremos. Queda esperar que sea para bien.

félix molina

Wikipedia| VV. AA., 2001

borgespedia

No soy amigo de los premios, qué le voy a hacer: demasiados cadáveres en el armario de los mundialmente conocidos –por ejemplo, sí, esos de Suecia que huelen a pólvora–,  que nunca fueron para los escritores, directores de cine, artistas en general que más frecuento. Y categorías que todavía parecen bíblicamente excluidas del pastel, como el cómic, una nueva forma de hacer arte y literatura… con más de cien años. Soy incluso menos amigo de los premios con nombre de instituciones milenarias a las que les harían falta otros tantos milenios para ponerse al día con la dignidad que se les supone. Sin embargo, curioso misterio, me emocionó la concesión del último premio (y no sé si el primero) que le han dado a la Wikipedia.

En sus sueños, Jorge Luis Borges pobló de bibliotecas crecientes, casi orgánicas, los atlas de su conocimiento, dispersos en…

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El futuro

La librería de Chelo

julio cortazarHoy 12 de febrero se cumple el 30 aniversario
de la muerte en París
del escritor argentino -aunque nacido belga-

JULIO CORTÁZAR

y a pesar de que es mundialmente conocido por su prosa,
también escribió unos cuantos poemarios.
Por éso le dedico este miércoles de poesía.

IN MEMORIAM…

EL FUTURO

Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle,
en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia
los completos de los subtes,
ni en los libros prestados
ni en el hasta mañana.

No estarás en mis sueños,
en el destino original
de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré amor mío,
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me…

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Donde habitan los olvidos…

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos.

Rayuela, capítulo 21. Julio Cortázar.

La rima LXVI de Gustavo Adolfo Bécquer dice así:

¿De dónde vengo?… El más horrible y áspero
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas;
en donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.

De dónde venimos y a dónde vamos. La existencia después de la vida, su fin o su prórroga. Un tema interesante. Hay veces es que la vida parece acabar pero no lo hace y lo que queda entonces no se sabe bien si aún es vida o es otra cosa, un mero sucedáneo a la existencia.

El penúltimo verso da título a un poemario de Luis Cernuda en el que nos muestra, una vez más, que el lenguaje llano no está reñido con la profundidad del pensamiento. Catorce poemas llenos de sentimiento.

Aquí viene el primero de ellos. Ausencia total de métrica y rima. Poesía libre en estado puro, la menos libre de todas, si está bien hecha que diría Goytisolo. Y, de nuevo, la misma idea y de paso otras cuantas más. Romanticismo y surrealismo se funden magistralmente en estos versos.

Donde habita el olvido (1934)

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora;
donde yo solo sea
memoria de una piedra sepultada entre ortigas
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
no esconda como acero
en mi pecho su ala,
sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
sometiendo a otra vida su vida,
sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
disuelto en niebla, ausencia,
ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
donde habite el olvido.

Recuerdo. sueño y olvido aparecen una y otra vez en la obra del poeta, sevillano como también lo fue Bécquer. Octavio Paz explicó muy bien lo que representa su poesía: es un camino hacia nosotros mismos. En esto radica su valor moral.

Los versos parece que expresasen uno de esos momentos de lucidez en los que se alcanza a ver lo que el destino deparará. Una tierra lejana y la desilusión y la incomprensión como única compañía.

Muy posterior, pero con el mismo título, es este precioso tema de Joaquín Sabina, tal vez en guiño a los anteriores. La frialdad y el vacío que, llegado un punto, quedan.

Donde habita el olvido (1999)

Cuando se despertó,
no recordaba nada
de la noche anterior,
“demasiadas cervezas”,
dijo, al ver mi cabeza,
al lado de la suya, en la almohada…
y la besé otra vez,
pero ya no era ayer,
sino mañana.
Y un insolente sol,
como un ladrón, entró
por la ventana.
El día que llegó
tenía ojeras malvas
y barro en el tacón,
desnudos, pero extraños,
nos vio, roto el engaño
de la noche, la cruda luz del alba.
Era la hora de huir
y se fue, sin decir:
“llámame un día”.
Desde el balcón, la vi
perderse, en el trajín
de la Gran Vía.
Y la vida siguió,
como siguen las cosas que no
tienen mucho sentido,
una vez me contó,
un amigo común, que la vio
donde habita el olvido.
La pupila archivó
un semáforo rojo,
una mochila, un Peugeot
y aquellos ojos
miopes
y la sangre al galope
por mis venas
y una nube de arena
dentro del corazón
y esta racha de amor
sin apetito.
Los besos que perdí,
por no saber decir:
“te necesito”.
Y la vida siguió,
como siguen las cosas que no
tienen mucho sentido,
una vez me contó,
un amigo común, que la vio
donde habita el olvido.

Para Zulema Katz y Paco Urondo, que habitan en la memoria.

Letra: Joaquín Sabina y Pancho Varona.

Música: Joaquín Sabina, Antonio García de Diego y Pancho Varona.

Disco: 19 días y 500 noches (1999).

Hay vivencias que nunca caen en el pozo del olvido, intentemos o no mandarlas allí. Forman parte de esa realidad que nos golpea en el momento menos esperado.

Acaso  seamos nosotros los que imperceptiblemente hemos ido a habitar en el olvido, refugiándonos en un mundo construido a base de recuerdos. En lo que fue o también en lo que pudo haber sido y nunca fue.

Cortázar se rebela contra esto:

Me apasiona el hoy pero siempre desde el ayer (¿me hapasiona, dije?), y es así como a mi edad el pasado se vuelve presente y el presente es un extraño y  confuso futuro donde chicos con tricotas y muchachas de pelo suelto beben sus cafés créme y se acarician con una lenta gracia de gatos o de plantas.

Hay que luchar contra eso.

Hay que reinstalarse en el presente.

En origen solo pensaba poner en esta entrada los versos de Cernuda. Al final se ha convertido en una muestra de cómo las mismas ideas reaparecen una y otra vez, persistiendo en el tiempo.

Y, también, en un ejemplo más de las respuestas que siempre pueden encontrarse en un buen libro, pero –como de nuevo advierte Cortázar- sin abusar: Es triste llegar a un momento de la vida en que es más fácil abrir un libro en la página 96 y dialogar con su autor, de café a tumba, de aburrido a suicida…

Rayuelas. La lectura como necesidad.

A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros.

Julio Cortázar

Rayuela-de-Julio-Cortázar2

La rayuela es un juego milenario de gran difusión que presenta variaciones en forma y significado(1). Engloba por tanto, muchos juegos. Es también un cronotopo, un entrelazamiento del tiempo y del espacio en una dimensión única que Batjin quiso ver en los argumentos de las novelas y que la antropología generaliza a las sociedades humanas, teniendo siempre presente que hay más interpretaciones del tiempo y el espacio que la he que adoptamos en occidente. Hacer un camino que se pinta en el suelo, de casilla en casilla, que viene a ser el tiempo en el que se recorre el espacio. Espacio y tiempo entrelazando el camino y la vida.

Rayuela es un libro de Julio Cortázar que aspira a ser, como indicaba su autor en la frase que encabeza este texto, muchos libros. De él nos ocuparemos en detalle a lo largo de esta entrada.

También a su manera esta entrada son muchas entradas a la usanza de este blog, aunque puede que no tanto para el que se anime a leerla como para el que se ha dedicado a montarla pieza a pieza a lo largo del tiempo con ánimo de que resultase medianamente coherente. Son unos fragmentos de la novela, unos vídeos y un puñado de pensamientos dispuestos como diría Montaigne para expresar mejor mi pensamiento; es también una introducción personal a Rayuela, una reflexión sobre la lectura y algo más.

Antes de entrar en materia, a modo de preludio, veamos  un episodio de la estupenda serie Imaginantes que resulta muy apropiado para el asunto que nos ocupa:

Esta historia de encuentros y reencuentros se narra en el capítulo seis de Rayuela como sigue:

La técnica consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora. Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de pasar el día solos,  enfurruñados en un café o en un banco de plaza, leyendo-un-libro-más. La teoría del libro-más era de Oliveira, y la Maga la había aceptado por pura ósmosis. […]

De acuerdo en que en ese terreno no lo estarían nunca, se citaban por ahí y casi siempre se encontraban. Los encuentros eran a veces tan increíbles que Oliveira se planteaba una vez más el problema de las probabilidades y le daba vuelta por todos lados, desconfiadamente. No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado. Sentados en un café reconstruían minuciosamente los itinerarios, los bruscos cambios, procurando explicarlos telepáticamente, fracasando siempre, y sin embargo se habían encontrado en pleno laberinto de calles, casi siempre acababan por encontrarse y se reían  como locos, seguros de un poder que los enriquecía.  […] «¿Y si no me hubieras encontrado?», le preguntaba. «No sé, ya ves que estás aquí…» Inexplicablemente la respuesta invalidaba la pregunta, mostraba sus adocenados resortes lógicos. Después de eso Oliveira se sentía más capaz de luchar contra sus prejuicios bibliotecarios, y paradójicamente la Maga se rebelaba contra su desprecio hacia los conocimientos escolares. Así andaban, Punch and Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra…

No falta ya mucho para que la obra cumpla cincuenta años. Su lectura, tras algunas dudas iniciales, me resultó fascinante; algo que me parece meritorio, pues es una pieza revolucionaria y la revolución suele sufrir con rapidez el efecto de la moda y la erosión del tiempo. Rayuela está considerada una obra maestra y muchos defienden que éstas ganan con la edad. Cortázar contaba que la novela nació de la pretensión de escribir un libro en donde el lector, en vez de leerlo de principio a fin, tuviera a su disposición diferentes opciones. Esto lo situaría casi en relación de igualdad con el autor, pues éste también contó con diferentes opciones a la hora de escribir el libro. Propone al comienzo dos itinerarios para abordar la lectura: la tradicional (desde el principio hasta el final propuesto en el capítulo 56) y otra saltando de capítulo en capítulo según un orden prefijado en el tablero de dirección (73 – 1 – 2 – 116 – 3 – 84 – 4 – 71 – 5…). Esta segunda lectura sigue el esqueleto de la primera, pues contiene todos los capítulos salvo uno (el 55) y es considerablemente más larga. Como en un principio no sabía que me encontraría, empecé con la versión breve. Después sentí la necesidad de adentrarme en la otra propuesta. Visto el resultado, recomiendo seguir este recorrido si se dispone de tiempo y ánimo.

El libro aparece dividido en, digamos, tres compartimentos: Del lado de allá, que transcurre en París; Del lado de acá, que acontece en Buenos Aires, y De otros lados (Capítulos prescindibles), que es una amalgama de materiales heterogéneos. La historia transcurre del primero al segundo, saltando caprichosamente al tercero cuyos capítulos, en palabras de su creador, sacan al lector de una situación emotiva […] simplemente para lavarle la cara. Es en este último donde aparece Morelli (realmente ya asomó, pero el lector lo desconoce), el escritor solitario que, por no tener, no tiene ni lectores y que razona como Cortázar lo hace cuando ejerce de escritor(2) y al que Horacio, protagonista material de la obra, intenta comprender. De hecho, de las ideas e inquietudes que esboza en el capítulo sesenta y dos surgiría con el tiempo 62/ Modelo para armar. Muchos críticos han considerado esta tercera parte prescindible para el lector, siendo más bien terreno abonado para estudiosos pues es ahí donde Cortázar se esmera en desarrollar su idea de antinovela. Considero que tienen su parte de razón, pero también hay capítulos que ayudan a la trama principal. No en vano proporciona un desenlace distinto, aunque bien pensado puede que no demasiado aunque, eso sí, más coherente con el espíritu de la obra.

La aparición de Rayuela en 1963 fue una verdadera revolución para la novela escrita en lengua castellana: por primera vez un autor llevaba hasta las últimas consecuencias la voluntad de transgredir el orden tradicional de una historia y el lenguaje para contarla. El resultado es un libro único, abierto a múltiples lecturas, pleno de humor, de riesgo, de simetrías, de reflejos, de paralelismos y de una originalidad sin precedentes.

Cortázar la define en una carta como una antinovela, la tentación de romper los moldes en que se petrifica este género(3). Fue de este modo como me presentaron a mí el libro. Era un adolescente cuando escuché por primera vez hablar de él en clase de literatura. La posibilidad de leerlo saltando capítulos me llamó la atención (siempre lo hizo lo diferente), así que acudí a la biblioteca pública ese mismo día en su busca. En mi memoria sigue grabada aquella tarde: la estantería dónde estaba, a media altura en un pasillo que comunicaba las dos salas de aquel santuario que ha tiempo dejó de serlo para cumplir funciones más mundanas; la cubierta, que era como mínimo muy parecida a la que aparece más arriba (y que lleva a una versión electrónica del libro), reflejos, luces y olores. La inspección del contenido no me convenció entonces, así que lo devolví a su estante. Son muchos recuerdos para algo que quedó en nada y tampoco merece la pena detallarlos todos. Pasaron bastantes años una de mis vidas hasta que me convencí guiado por otras lecturas de que esa novela debía formar parte de mi biblioteca, pero aún así se resistía a llenar mis ratos libres. El libro ya estaba en casa, pero aún no alzaba la voz. Tampoco es que esto supusiese un drama, pues para libros como éste no existe la noción del tiempo. Tiempo que continuó pasando junto con algunas cosas más una vida más— y, de repente, un impulso (un élan de esos que hablan los franceses y que Henri Bergson elevó a la categoría de concepto) lo sacó de su reposo y su silencio.

rayuela2

La historia nos narra el amor turbulento de Horacio Oliveira y Lucía (a la que todos llaman la Maga) y su persistencia pese a la separación, sus reuniones con los amigos del Club de la Serpiente (Ossip, Wong, Etienne, Babs …), el jazz, la patafísica, las caminatas por París en busca del cielo y el infierno y el reverso de todo en la aventura simétrica(4) de Oliveira, Traveler (buen amigo de Horacio) y Talita (la mujer de éste) en un Buenos Aires impregnado de recuerdo y reflejos.

Al principio Horacio no sabe siquiera que busca algo. Pero, a medida que avanzamos por las páginas, surge esa necesidad. Reconoce que su deambular por París es la búsqueda de un no sé qué:

Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas.

Después algo pasa (no voy a contar la novela aquí), algo lo suficientemente revelador para que exclame esto es absurdo o esto no tiene sentido. En 1951, antes de empezar a escribir la novela, Cortázar escribía a su amigo Fredi Guthmann: No quiero escribir, no quiero estudiar; quiero, simplemente, ser de verdad; aunque ello me lleve a descubrir que no soy nada(5). Oliveira es también un reflejo de su creador.

Junto a Horacio aparece la Maga, un personaje especial, maravilloso, capaz de aprehender desde la inocencia toda la poesía y la magia de un mundo que para muchos carece de importancia. Esto queda patente en el modo en que se nos presentan el resto de los componentes del club, bosquejados como simples caricaturas de intelectuales (quizás Ossip se salve de la quema) que vagan por un mundo de palabras, razonamientos e imágenes, sin lograr captar lo maravilloso, lo fantástico, lo esencial; algo que para la maga resulta natural y que Horacio admira. Antes presentaba a éste como protagonista material, la Maga es su contrapunto y, sin duda, la protagonista espiritual de la novela incluso cuando desaparece de escena (aunque nunca lo hace del todo). En la obra de Cortázar, lo mágico, lo fantástico, aparece a partir de objetos cotidianos: una flor silvestre, el reflejo de la luna en el Sena, el humo de un cigarrillo que envuelve los rostros, los aromas… también Lucía es un reflejo de su creador. La novela parece muchas veces una sala de espejos. Hay en la obra, como explica Olga Osorio(6), una búsqueda de la sabiduría cuya receta sería para Cortázar una mezcla equilibrada de inocencia y saber. Una mezcla, en definitiva, de las formas de enfrentarse al mundo de Horacio y la Maga.

Rayuela aglutina muchas cosas en un libro. Una historia y un juego literario lleno de juegos(7). Una declaración de principios y un revulsivo para seguir adelante. Una búsqueda y muchos hallazgos. También, y quizás sea lo más importante, presenta una visión de la vida: dudar de todo nos anima a seguir buscando, a seguir indagando en lo que hay fuera y dentro de nosotros. Solo aplicándonos a esta labor podremos sentir que estamos vivos. La vida se mueve como en el juego de la rayuela, dando patadas a un guijarro, de nivel en nivel, superándose. Muy pocos llegan al cielo. Los que se quedan en el camino tienen que volver a la casilla inicial o, simplemente, abandonar el juego, la vida. Cortázar no se consideraba un escritor, escribía para vivir, para sentirse vivo, para seguir vivo.

Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo  con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra,  es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad  necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela  rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo (Et tous nos amours, sollozó Emmanuèle boca abajo), lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. Y porque se ha salido de la infancia (Je n’oublierai pas le temps des cérises, pataleó Emmanuèle en el suelo) se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato.

Una novela que gira en torno al leguaje y en torno a un juego, la rayuela, que es a su vez imagen del camino y de la vida. Cronotopos dentro de un cronotopo. Novelas dentro de una novela.

Pese a todo lo dicho hasta ahora,  al principio el texto me resultó simplemente legible, un libro más. Precisa de una lectura reposada y lúcida, pues el estilo y el lenguaje muchas veces es retorcido, algunas complejo y siempre variable, sorprendente. Mientras leía recordaba esos discos de Pink Floyd que escuchar muchas veces para apreciar todos sus matices. El surrealismo que impregna la obra tampoco creo que ayudase. Tal vez esto me desanimó las otras veces que pretendí abordarlo y también que en aquellos momentos no contaba con las experiencias adecuadas, con el bagaje preciso para aceptarlo y asimilarlo. Desconocía entonces el cómo y el por qué de su lectura. Llegué incluso a dudar de la validez de ese impulso al que antes me refería, pero entonces me encontré con este párrafo al comienzo del capítulo veintiuno:

A todo el mundo le pasa igual, la estatua de Jano es un despilfarro inútil, “en realidad” después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás. Es lo que se llama propiamente “un lugar común”. (Lo entrecomillado va en cursiva en la novela).

Puede parecer intrascendente, pero algo cambió a partir de entonces en mi modo de leer.  Aún quedaba bastante pues la novela no es precisamente breve y, además, admite como ya dije  y necesita en mi opinión de su segunda lectura, pero ya tenía claro que había acertado. Buena parte de mi tiempo, en el que este blog prácticamente ha permanecido inédito, se lo ha llevado Rayuela. Quién sabe, puede que aún me queden más lecturas. Pero, ¿Qué nos lleva a leer? ¿Qué hace que una obra nos atrape? ¿Qué podemos esperar de un libro? Este es el asunto que nos ocupa y Rayuela se convierte así en un instrumento, en una excelente coartada para contar lo que quizás solo sean desvaríos propios.

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La idea de todo esto nació antes, reflexionando sobre la necesidad personal de escribir, de contar cosas aunque sea solo para mí mismo (siempre hay algo que guardar y que a casi nadie importa); es sabido que la escritura en particular y la expresión en general presentan virtudes terapéuticas(8), pero eso es otra historia. Entonces me dio por pensar (aún conservo esa costumbre, aunque ya cuesta) que, por evidente que parezca, para escribir uno necesariamente tiene que haber leído antes y que ésta es una necesidad más primaria. Ya decía Borges que uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído. Pero no solo los que escriben leen, así que hay que buscar más razones, enumeremos unas cuantas: aprender, pasar el rato, evadirse de la realidad, vivir emociones… Es mucho desde luego lo que se nos ofrece y muchas lecturas nos permiten alcanzar estos objetivos.  Martín Garzo opina que cuando leemos un libro siempre estamos esperando que nos ayude a vivir. Es difícil no estar de acuerdo con él y todas las funciones que he citado tienen ese objetivo; pero quiero ir más lejos, quiero centrarme a lecturas especiales, que calan hondo, que permanecen en nuestra memoria durante toda la vida, que hacen algo más que formarnos o ayudarnos a pasar el tiempo. Lo que desconozco es si todos los lectores llegan hasta aquí o si solo algunos experimentan esta sensación que quizás devenga en adicción.

A los que frecuentan este sitio les sonará mi afirmación de que los libros que más nos influyen son aquellos que llegan en su momento oportuno. Algunas de las lecturas que acudieron en mi ayuda han pasado ya por estos parajes y, aunque la mayoría aún carecen de anotaciones al respecto, tal vez las tenga más adelante. Unas veces son piezas que nos ayudan a afrontar lo que nos vendrá, otras que nos permiten entender lo que ya aconteció y otras que parecen servir tanto para un roto como para un descosido, convirtiéndose en una especie de elixir, de remedio que todo lo cura. Es nuestra historia la que responderá a esto, la que irá colocando cada obra con la que nos cruzamos en su lugar adecuado de modo que el resultado nos resulte coherente y, por supuesto, narrable. Ya dijo Marcel Prévost que el hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma. Hay libros que no solo nos ayudan a vivir sino que también nos enseñan cómo hacerlo o, al menos, cómo seguir haciéndolo.

Pongamos un ejemplo. Un párrafo que me llamó poderosamente la atención fue éste del capítulo veintiocho:

Hace rato que mucha gente sospecha que la vida y los seres vivientes son dos cosas aparte. La vida se vive a sí misma, nos guste o no. Guy ha tratado hoy de dar un mentís a esta teoría, pero estadísticamente hablando es incontrovertible. Que lo digan los campos de concentración y las torturas. Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.

Muchas veces me he preguntado por qué conservamos la esperanza cuando todo parece perdido, y puede que simplemente sea porque, como nos cuenta Cortázar, no dependa de nosotros, porque en realidad no nos pertenece. Un libro no tiene todas las respuestas, ni siquiera sabemos cuales tendrá antes de leerlo y siempre quedarán preguntas por contestar que nos llevarán en pos de nuevas lecturas, aunque sepamos que algunas de esas respuestas no las podremos alcanzar. Esta es una de las gracias de la existencia.

La lectura, sea del tipo que sea, siempre constituye un descubrimiento, una aventura. En ciertas ocasiones y bajo determinadas circunstancias  llega a convertirse en una necesidad, pues el único diálogo posible que podemos permitirnos es el que entablamos con un libro, con sus personajes, con las ideas que allí se plantean. La imaginación, mezclada con nuestros recuerdos, hará el resto al sumergirnos en una especie de realidad virtual. A la postre podremos encajar la experiencia que nos proporciona en nuestra biografía, en esa historia coherente que citaba antes y que no siempre es realista que hacemos de nuestra vida.

Comulgar con un libro no es siempre una tarea fácil, pero el esfuerzo tiene su recompensa. Eduardo Galeano opina que si un libro se puede leer impunemente, no vale la pena tomarse el trabajo. Cuando los libros están de veras vivos, respiran; y uno se los pone al oído y les siente la respiración y sus palabras son contagiosas, peligrosamente, cariñosamente contagiosas. Este pensamiento sintetiza buena parte de la tesis que defiendo aquí.

libros abiertos

En el fondo, no solo Rayuela es muchas novelas, todas las novelas lo son, todas las obras son muchas obras, todas las lecturas son muchas lecturas. Nos apropiamos de ellas, las hacemos nuestras al encajarlas en nuestra existencia y las personalizamos, las individualizamos, las hacemos únicas. Recordamos pasajes concretos, olvidamos otros, nos centramos en ciertos personajes, en determinados mensajes, reflexiones y enseñanzas.

Pero también podemos volver esta reflexión a pasiva y considerar como Borges apuntó que no es el lector quien elige el libro; es el libro el que elige al lector. Pensando así, no seríamos nosotros los que descubriríamos que un personaje se nos parece. Sería justo lo contrario: nosotros nos pareceríamos a él.

Así, volviendo a los ejemplos, un día me parecería escuchar al preso fugado de La invención de Morel decirme: sabes que te pareces a mí, aunque no sospechas aún por qué, no tengas prisa, pues tardarás más de una década en descubrirlo, pero lo harás.

Y, de igual forma, Carlos Deza me diría: yo no soy como tú, tú eres como yo, porque yo fui antes que tú. Precisamente de ahí surge el parecido que le encuentras a ese Jacobo o Santiago que lleva mi apellido, pues conserva ese aire de familia que se transmite de generación en generación.

Tal vez Rayuela me escogió también a mí hace justamente  treinta y dos años. Y por eso en mi memoria han permanecido vivos los recuerdos de su descubrimiento, por eso la insistencia en encontrar la ocasión propicia para su lectura (creo que no me ha ocurrido con otro libro), en atesorar las vivencias que me hicieran uno con la obra. Quizás yo sea también un reflejo de Horacio Oliveira: ese pesimismo crónico, ese sentirse tantas veces víctima de la cosidad como explicaba Ossip—, esos paseos solitarios buscando razones para todo lo que que no se alcanza a entender y, así, un buen día, por azar o destino, me topé con la Maga que llevaba un vestido rojo, cortito, y nuestras almas jugaron a encontrarse y reencontrarse una y otra vez por esas calles repletas de sueños de un París que, como la rayuela, como el ajedrez, no es más que una metáfora de la existencia misma.

—Una rayuela en la acera: tiza roja, tiza verde. CIEL. La vereda, allá en Burzaco, la piedrita tan amorosamente elegida, el breve empujón con la punta del zapato, despacio, despacio, aunque el Cielo esté cerca, toda la vida por delante.

—Un ajedrez infinito, tan fácil postularlo. Pero el frío entra por una suela rota, en la ventana de ese hotel una cara como de payaso hace muecas detrás del vidrio. La sombra de una paloma roza un excremento de perro: Paris

—Pola París. ¿Pola? Ir a verla, faire l’amour. Carezza. Como larvas perezosas. Pero larva también quiere decir máscara, Morelli lo ha escrito en alguna parte.

Nuevamente Rayuela ocupa su lugar en una de las librerías de mi despacho, en espera de que alguien, puede que yo mismo, se anime a entablar un nuevo diálogo con él. Ahora toca buscar otra lectura, otra compañía, otro diálogo, otras preguntas y, quizás, encontrar nuevas respuestas.

La literatura, dice Julio Llamazares, es para detener el tiempo, la edad, la escoria de los temporales. La literatura no tiene edad. Ni las bibliotecas(9). Ya lo dijo el maestro Borges: Todo procede de un libro y todo termina en un libro(10).

Para acabar, dejo éste aquí el capítulo siete (que en ambos itinerarios viene justo detrás del seis, con el que empezamos esto) para escucharlo en la voz de su autor:

Para ir más allá

(1) Cuerpo y espacio. Símbolos y metáforas, representación y expresividad en las culturas. Honorio Velasco Maillo. Se puede consultar un resumen del libro aquí.

(2) Morelli: Un escritor de otros lados. Mariana L. Torres.

(3) Carta de Julio Cortázar a Roberto Fernández Retamar.

(4) El tablón de Talita: Primera casilla. Eudald Espluga.

(5) ‘Rayuela’ la conquista de la trasgresión. Elsa Fernández-Santos.

(6) Entender, no inteligir. Sobre Rayuela, de Julio Cortázar. Olga Osorio.

(7) Cortázar y su teoría del juego en Rayuela. Hernán M. Huguet.

(8) Escribe, habla expresa o tus secretos te enfermarán. Núria Costa.

(9) La edad de la literatura latinoamericana. Juan Cruz.

(10) Borges o el viejo anarquista apacible. Conversación de Jean- Pierre Bernès con Gérard de Cortanze.

Adenda

El 28 de junio de 1963 Rauyuela se mostró al mundo. En su cincuenta aniversario se suceden propuestas y recuerdos. Añado unos enlaces que pueden ser del interés de aquellos que se pierdan por estos lares:

Un especial del diario El País.

Otro de La Nación.

Los 50 años de la Rayuela de Cortázar, por Karina Sainz Borgo.

Rayuela Callejera Cortázar. Una curiosa propuesta en Facebook para llevar Rayuela a las calles de las ciudades tomando fotos inspiradas en la novela.

Una flor amarilla (Julio Cortázar)

 

TAPA-final del juego (2006)

 

Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años, seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor.

—Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un cigarrillo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces… Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor.

Incluido en Final del juego (1956).

 

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