La saga/fuga de J. B. (Gonzalo Torrente Ballester)

¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!

 

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«¿Cómo podré —escribe en su Carta de un poeta joven a su Maestro— acompañarle en sus opiniones y en sus orgías, si pensamos tan diferentemente de las mujeres? Para usted son objeto de placer; para mí, ángeles o demonios, ocupan siempre un lugar superior y sobrehumano. Usted goza con ellas, yo las amo. Usted envuelve a todas, genéricamente, en un deseo sin matices; yo veo en cada una un ser tan singular que no concibo cómo se puede hablar de géneros y especies. Y el placer que me dan, créame, Maestro, se debe a ser quien son, no a que una y otra estén constituidas del mismo modo. Lo que para usted es mera fisiología, es para mí… el Amor, y si usted me pregunta qué cosa es, malamente podré responderle, porque no se parece a nada y a nada puedo compararlo. Pero, si lee usted mis versos — que no son ficciones, sino expresión de sentimientos reales — comprenderá que el Amor es el único modo de vida posible entre dos personas que se pertenecen la una a la otra; que se pertenecen por entero y sin cautelas, robándose el uno al otro lo que por derecho y naturaleza pertenece a Dios. Y no se ría si lo menciono, porque Dios es siempre el tercero en todo amor, o los dioses, si lo prefiere. A mí me da lo mismo ver el Uno que es Todo como unidad y totalidad, o comprobar sus diversas, sus innumerables manifestaciones en cada persona y en cada cosa, o, más bien, detrás de ellas. Dios, o los dioses que sumados hacen Uno, son siempre el tercero en el Amor, porque, robándole los amantes lo que es Suyo, queda en cada uno de nosotros como una llaga doliente, huella de algo que fue arrebatado, y por esas llagas es por donde los que se aman quieren unirse, siendo dios el uno para el otro, pero sin alcanzarse jamás. Por eso hay siempre dolor, un dolor en que el amor se nutre e incrementa hasta la infinitud, una sed que el agua no satisface, una ausencia que el otro nunca puede llenar, pero que tampoco Dios llenaría, porque nos apartaría del otro, que es el verdaderamente anhelado. A su mente racional, esto le parecerá un poco oscuro; pero, créame, lo que es Realidad y Vida es siempre oscuro, por mucho que la Ciencia intente esclarecerlo. Porque la Ciencia se contenta sólo con lo aparente, lo que se puede ver con los ojos y tocar con las manos, es decir, la materia, y su fin último no es conocerla, sino dominarla. En tanto que los Poetas van más allá de lo que sirve y de lo que aparece, de lo que puede escribirse en fórmula y definirse con palabras de teoremas. Para nosotros, cada cosa, como cada persona, es un ser único. Por mucho que se parezca a otros, hay un momento en que es él mismo, sin semejanza, el Dios de cada cosa. Y a los dioses, querido maestro, no se les reduce a fórmulas de álgebra, sino que se les ama o se les odia. Nuestro especial menester empieza, precisamente, donde acaba el de ustedes: las puertas del Espíritu se abren allí donde acaban de cerrarse las de la Razón. ¿Que es un camino oscuro? ¿Quién lo duda? Pero es, al menos, un Camino de Vida, y el de ustedes conduce a la muerte. Créame, Maestro: cuando ustedes hayan hecho el mundo inhabitable; cuando los hombres, a fuerza de Ciencia, hayan alcanzado el colmo de la infelicidad, únicamente los sacerdotes y los poetas podrán restituirlo a lo verdaderamente humano.»

 

En el portal cultural de la Fnac, podemos leer esta descripción del expediente de la censura para esta obra:

La saga/fuga de J.B. fue presentada a Censura el día 12 de junio de 1972 –ya en edición impresa– y se “aprobó” el 13 de junio del mismo año. Nótese que una novela de 600 páginas se presentó un día 12 y fue autorizada el siguiente 13, es decir, en menos de veinticuatro horas. ¿La leería realmente el censor? El informe figura en el expediente 7227/1972 y está depositado en el Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares (CA 464). No necesita más comentario que el que suscite a cada uno su lectura:

De todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, éste es el peor. Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario, Castroforte del Baralla, donde hay lampreas, un cuerpo Santo que apareció en el agua, y una serie de locos que dicen muchos disparates. De cuando en cuando, alguna cosa sexual, casi siempre tan disparatada como el resto, y alguna palabrota para seguir la actual corriente literaria.
Este libro no merece ni la denegación ni la aprobación. La denegación no encontraría justificación, y la aprobación sería demasiado honor para tanto cretinismo e insensatez. Se propone se aplique el SILENCIO ADMINISTRATIVO.

Gonzalo Torrente Ballester (Los gozos y las sombras)

La raza de los hombre fuertes desapareció hace mucho tiempo, para serlo, es necesario que un sentimiento superior haga de todas las partes del alma un bloque compacto sin una sola grieta y, sobre todo, que la conciencia no se autoanalice, que halle al mal una justificación o, al menos, que acepte una forma de perdón. La conciencia de culpa es destructora. El que carece de ella, o el que admite la realidad del perdón objetivo se libra de sus efectos. Pero, en nuestro tiempo, esas formas de alma son escasas, o se dan sólo en hombres primitivos e insignificantes. Sabemos demasiado, y no podemos escapar al saber de nosotros mismos, por mínimo que sea. En cualquier periódico halla el hombre vulgar la denuncia de sus defectos. Por otra parte, hemos perdido las defensas contra el mal. Difícilmente un hombre hoy puede creer que sus manos sólo hacen bien, porque el mal es evidente. Entonces se acude a las justificaciones sonoras, en las que no creen más que los imbéciles. Se hace el mal en nombre de cosas sublimes, en nombre de la humanidad futura, en nombre del bienestar, de lo que sea; pero el que lo hace, cuanto más de y poderoso sea, más necesita engañarse a sí mismo, convencerse de que cree en aquello que le sirve de justificación, porque en el momento en que deje de creer le comerán los monstruos de su propia alma. Quítales la acción, déjalos a solas consigo mismos, y verás como se destruyen.