HOJAS VERDES

COMO vive el recuerdo
de la casa infantil donde aprendimos
la lección del verano,
yo conservo la imagen de aquel día,
soñado en realidad,
pero después vivido tantas veces.

Y se mantiene firme
en las borrosas claridades,
aquel día de abril
con techos altos y paredes blancas,
erguido al fondo de los almanaques,
sus balcones azules frente al azul del mar
y la hiedra en la tapia,
de un ver de joven, casi húmedo,
igual que las pinturas de las vigas.

A las ventanas suben
el olor de la orilla
y los murmullos del naranjo,
mientras el aire sensitivo
se mezcla con la luz o con la luna,
dibujada en el cielo por la mano del tiempo,
perfecta como un número sin sombras.

Aquella fecha renovó el tejado,
barnizó sus esquinas contra el óxido,
cambió el cristal partido por el viento
y defendió su hermosa silueta
de cifra solitaria
a finales de abril,
en una elevación del litoral
o de los calendarios.

Agradezco la calma de su respiración,
la tímida hermandad de historia y de inocencia,
esta melancolía de brillos optimistas
que conoce las grietas
de los amaneceres de invierno
y resiste en las tapias del jardín,
breve sueño del mundo,
imagen de aquel día
encendido en mitad de la tormenta.

Agradezco que siga poblando el horizonte,
aunque nadie la habita
y aunque yo nunca pueda visitarla.

Luis García Montero, La intimidad de la serpiente (2003).

Melancholy

Leyendo un libro, un día, de repente,
hallé un ejemplo de melancolía:
Un hombre que callaba y sonreía,
muriéndose de sed junto a una fuente.

Puede ser que, mirando la corriente,
su sed fuera más triste todavía;
aunque acaso aquel hombre no bebía
por no enturbiar el agua transparente.

Y no sé más. No sé si fue un castigo,
y no recuerdo su final tampoco
aunque quizás lo aprenderé contigo;

yo, enamorado, soñador loco,
que me muero de sed y no lo digo,
que estoy junto a la fuente y no la toco.

Soneto con sed. José Ángel Buesa

Me basta así

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo, mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.)

Pedro Guerra le puso música a varios poemas de Ángel González en el disco La palabra en el aire (2004).

I Waited For You

A Baker hay que saber donde y cuando buscarlo, ya que su frágil esencia es un bien esquivo.

Lorenzo Orriols

Cartografía, 13

Todo se ha detenido,
el agua en el agua,
quieto el viento
y las olas quietas.

Todo se ha detenido
con la última luz de la tarde.

Todo se ha detenido,
me dejo sentir en este sordo vaivén
y reconozco mis palabras
diluidas en el agua,
mis palabras perdidas
en el espejo sin tiempo del agua.

Palabras que emergen
cada vez con más fuerza
desde el fondo de este paraje deshabitado.

Me paro a escuchar el eco
como si mías no fueran ya,
y la mirada, presa del agua,
no vuelve a mí.

Dori Hernández Montalbán. Los sueños del náufrago (2017).

Lo que nunca sabré decirte

Hoy quisiera decirte algo,
no sé, ¡me he equivocado tantas veces!,
algo que te lloviese
por dentro, algo como
un aluvión de soledad,
una borrasca de silencio.

Rafael Guillén, poeta nacido en el treinta y tres como mi madre, ha publicado el que dice será su último libro, ese debe ser el motivo de que lo haya titulado Últimos poemas aunque, hace unos días, en una deliciosa entrevista salpicada de las anécdotas de una vida entre versos que publicaba IDEAL de Granada, confesaba que no dejará de escribir «lo que pueda» .Hace ya tiempo, un amigo me decía: lo vi hace poco. ya está mayor. En la entrevista comenta que ya no le importa el futuro, que «yo me apeo en la próxima».

Me es difícil escoger un poema de este libro. Está lleno de esos versos que, como toda la buena poesía (creo que me repito), dicen lo que yo nunca seré capaz de expresar pero que me resulta extraordinaria e inquietantemente familiar. Precisamente, los que inician esta entrada hacen lo propio en el libro, en el comienzo de una maravilla titulada Pórtico. Es por ello que no descarto que este poemario vuelva a surcar algún día las aguas de este blog. Hoy me voy a detener en un poema titulado Una tristeza húmeda.

Una tristeza húmeda,
a punto ya de desbordarse,
te inundaba los ojos. Todavía
no eran lágrimas. Venía
orillando reproches, unos pasos
por delante de sollozos. Se acercaba
desde detrás de ti. Y velaba
con una acuosa lámina al clamor
de tu mirada.

Cabalgando
desde los más remotos bosques,
de las regiones donde, solitaria, habitas,
me llegaba, no un viento, sino ese
leve temblor de las más altas ramas
anunciando la lluvia.
Era
como cuando te traigo
por la cintura y tu me miras
preguntando. Era como el parpadeo
apenas perceptible de la luz
cuando un objeto se interpone y pasa.
No era la ola, no sino el redondo hueco
de la ola al romper.

Te amé en ese momento en que la otra
que eras entonces tú intentaba
salvarte, sostenerte.

Da vergüenza decirlo


Con los ojos vendados, 
para que no pudieses recordar el camino, 
intenté conducirte 
al refugio sereno donde guardé mi vida.
Da vergüenza decirlo, 
pero a veces los años construyen una casa 
de medios sentimientos, 
de verdades medianas, 
de pasiones dormidas como animales viejos, 
de cenizas y sueños humillados.
Y el cuerpo se acostumbra, 
y las sombras apoyan su cabeza 
en un pecho de sombra, 
y el corazón se siente en paz o se doblega 
a una derrota cómoda sin heridas mortales.

Da vergüenza decirlo.

Con los ojos vendados 
para que no pudieses recordar el camino,
intenté conducirte 
a mi mundo sereno de verdades a medias.
No me ha sido posible.

Esta noche insegura, 
que mueve los relojes con la prisa 
de tu pulso más vivo, 
me envuelve y me repite: 
no te ha sido posible.

Esta noche de viento, 
que fue soltando amarras hasta quedarse tuya 
como un delirio de melena negra, 
me llama y me confirma: 
no te ha sido posible.

Esta noche de gente 
que pasa por las calles con tus ojos, 
con la forma que tienes de vestirte, 
con tu sonrisa de país lejano, 
esta noche me empuja y me convence:
no te ha sido posible.

Y aquí estoy yo, 
que voy soltando amarras hasta quedarme tuyo 
y camino hacia el mar 
con los ojos cerrados, 
como una barca deja su refugio, 
una barca feliz que se repite: 
no me ha sido posible, 
porque nada me importa, 
sólo tu piel, 
                  la piel de una tormenta.

Da vergüenza decirlo.

Luis García Montero, Completamente Viernes (1998).

Aunque tú no lo sepas

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

Luis García Montero, Habitaciones separadas (1994).

Pueden escuchar el poema recitado por su autor en este enlace. Al año siguiente de su publicación, Habitaciones separadas recibió el Premio Nacional de Poesía. Sobre él, Octavio Paz escribió:

Es un libro lleno de emociones en el cual, estoy seguro, los jóvenes van a reconocerse. Pero no solo ellos, todos nosotros podemos reconocernos en muchos momentos de este libro escrito en versos diáfanos y al mismo tiempo inteligentes.

No puedo estar más de acuerdo con esas palabras que podrían extenderse al resto de su obra. Y esa debe ser la razón por la que siempre termino volviendo a García Montero.

Partiendo de estos versos, Quique González le escribió a Enrique Urquijo aquella canción que tantas veces escuchamos sin saber de dónde venía.

Aunque tu no lo sepas
me he inventado tu nombre
me drogué con promesas
y he dormido en los coches.

Aunque tu no lo entiendas
nunca escribo el remite en el sobre
por no dejar mis huellas.

Aunque tú no lo sepas
me he acostado a tu espalda
y mi cama se queja
fría cuando te marchas.

He blindado mi puerta
y al llegar la mañana
no me di ni cuenta
de que ya nunca estabas.

Aunque tu no lo sepas
nos decíamos tanto
con las manos tan llenas
cada día más flacos.

Inventamos mareas
tripulábamos barcos,
encendía con besos
el mar de tus labios.

Y toda tu escalera.

Almudena Grandes (¿quién si no?) escribió también un relato con la misma inspiración: El vocabulario de los balcones. De allí bebió Juan Vicente Córdoba para rodar Aunque tú no lo sepas. Y hay, dicho sea de paso, un documental sobre la obra del poeta. ¿Adivinan su título? Seguro que han acertado.

El hombre imaginario

parracarabn

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario.

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios.

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios.

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario.

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.

Nicanor Parra

Recordando a Miguel Hernández

Escribí en el arenal
los tres nombres de la vida:
vida, muerte, amor.
Una ráfaga de mar,
tantas claras veces ida,
vino y nos borró.

Miguel_hernandez

Recibió Miguel una carta de su esposa en la prisión de Torrijos, le contaba que ella y su hijo se alimentaban a base de pan y cebolla; escribió entonces las Nanas de la cebolla que muchos han recitado y cantado. Los versos formaron parte del Cancionero y Romancero de Ausencias, un libro que escribió en trozos de papel higiénico que iba escamoteando en la cárcel.

Le decía a su mujer en una carta: Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche.

Moría el 28 de marzo de 1942 en la enfermería de la prisión de Alicante, sólo tenía 31 años. El libro se publicó en Buenos Aires, después de su muerte.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Atardeció sin ti

Gala

Atardeció sin ti. De los cipreses…
a las torres, sin ti me estremecía.
Qué desgana esperar un nuevo día
sin que me abraces y sin que me beses.

A fuerza de tropiezos y reveses
la piel de la esperanza se me enfría.
Qué agonía ocultarte mi agonía,
y qué resurrección si me entendieses.

Atardeció sin ti. Seguro y lento,
el sol se derrumbó, limón maduro,
y a solas recibí su último aliento.

Quién me viera caer, lento y seguro,
sin más calor ni más resurgimiento,
gris el alma y frustrada entre lo oscuro.

Antonio Gala