Después de ciento ochenta páginas

Al retornar a Bioy, recordamos nuestro derecho como lectores a soñar otras vidas posibles.

Enrique Vila-Matas.

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Yo digo que, con los cuentos, soy menos exigente que con las novelas. Y esto por una razón de prudencia en mi trabajo. Yo más o menos me doy cuenta si voy a poder concluir un relato o no. Si es un cuento, puedo ir aventurándome; si es una novela, trato de aclarar las partes que preveo difíciles para que no me ocurra que, al llegar a la página 170 ó 180, tenga que abandonar el trabajo. Muchas veces me ha pasado eso. Hay varias novelas mías que quedaron así, porque, después de escribir ciento ochenta paginas, me pareció que el tema no era digno de ser leído durante ciento ochenta páginas (lo cual es también una reflexión bastante amarga sobre mi capacidad de juzgar las cosas). Sucede que uno avanza por las historias debido a un encanto que siente hacia ellas. Si a uno no le gusta una historia, mejor que no se ponga a escribirla. Y a veces hubo historias que me gustaron más de lo que merecen gustarme –porque había algo que me caía simpático o que me atraía-, y entonces yo me metía en la historia y, después de escribir ciento ochenta páginas, terminaba descubriendo que el lector tal vez no iba a compartir ese encanto que yo sentí y que no va a poder explicarse para qué se ha leído todas esas páginas de la historia tonta que le está proponiendo el señor Bioy. Eso me ha pasado tres o cuatro veces en la vida.

Fernando Sorrentino, Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares.

Me acababa de levantar aquella mañana de marzo; mientras me aseaba puse la radio, lo primero que escuché fue a la locutora decir: hoy Buenos Aires llora a Adolfo Bioy Casares. No hacía mucho que había leído La invención de Morel, espoleado quizá por aquel prólogo de Borges (no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta), tal vez algo exagerado debido a la amistad que les unía o tal vez no. Luego vendrían más lecturas y se convirtió en uno de esos autores a los que hay que volver a visitar de vez en cuando.

Si quieren saber algo más sobre él, visiten los enlaces que dejo arriba y escuchen su discurso por la concesión del Premio Cervantes (gracias Ana). Pero, sobre todo, lean sus libros.

Feliz día del Libro.

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Adolfo Bioy Casares (En memoria de Paulina)

 
No me reconocí en el espejo, porque Montero no me imaginó claramente. Tampoco imaginó con precisión el dormitorio. Ni siquiera conoció a Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no es propio de Paulina. Además, hablaba como él.
 
Urdir esta fantasía es el tormento de Montero. El mío es más real. Es la convicción de que Paulina no volvió porque estuviera desengañada de su amor. Es la convicción de que nunca fui su amor. Es la convicción de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que sólo he conocido indirectamente. Es la convicción de que al tomarla de la mano -en el supuesto momento de la reunión de nuestras almas- obedecí a un ruego de Paulina que ella nunca me dirigió y que mi rival oyó muchas veces.

Adolfo Bioy Casares (La invención de Morel)

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Congregados los sentidos, surge el alma. Había que esperarla. Madelaine estaba para la vista, Madelaine estaba para el oído, Madelaine estaba para el sabor, Madelaine estaba para el olfato, Madelaine estaba para el tacto: ya estaba Madeleine.