Más Platón y menos Prozac (Lou Marinoff)

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Nos encontramos con que ni la ciencia ni la religión pueden responder a todas nuestras preguntas. El psicoterapeuta filosófico Víctor Frankl advirtió que este hecho conducía a un «vacío existencial» y que la gente corriente necesitaba una nueva vía de salida:

Cada vez se agolpan más pacientes en nuestras clínicas y consultorios quejándose de vacío interior, de la sensación de una absoluta y definitiva falta de sentido en sus vidas. Podemos definir el vacío existencial como la frustración de lo que cabe considerar la fuerza motivadora más elemental del hombre, a la que podríamos llamar […] la voluntad de significar.

Frankl usó la frase «voluntad de significar» para emparejar dos de las ideas clave de la psicología: la «voluntad de poder» de Adler y la «voluntad de placer» de Freud. Ahora bien, tal como Frankl previó, había algo aún más profundo en el meollo del problema fundamental de las personas, y los tratamientos médicos, psicológicos y espirituales existentes no iban a bastar para aliviarlo. Hubo un tiempo en que dirigíamos nuestras preguntas sobre el sentido de la vida y la moralidad a una u otra autoridad tradicional, pero dichas autoridades se han venido abajo. Cada vez hay más personas que no se conforman con aceptar pasivamente los dictados dogmáticos de una deidad inescrutable o las frías estadísticas de una ciencia social imprecisa. Nuestros más profundos interrogantes siguen sin respuesta. Peor aún, ni siquiera reflexionamos sobre nuestras creencias.

La alternativa reside en la práctica de la filosofía. Ha llegado el momento de una nueva forma de ver las cosas, y esa nueva forma que en la presente obra se describe es, de hecho, un método antiguo, olvidado durante mucho tiempo y recordado hace poco. Al adentramos en el nuevo milenio, hemos cerrado el círculo.

No dejaremos de explorar
Y el final de la exploración será
Llegar al punto de partida
Y conocer el sitio por primera vez.

T. S. Eliot.

La pregunta por el sentido de la vida (Viktor E. Frankl)

El hombre en busca de sentido

Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos y después, enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e incesantemente. Nuestra contestación tiene que estar hecha no de palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y una actuación rectas. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los
problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo.

Dichas tareas y, consecuentemente, el significado de la vida, difieren de un hombre a otro, de un momento a otro, de modo que resulta completamente imposible definir el significado de la vida en términos generales. Nunca se podrá dar respuesta a las preguntas relativas al sentido de la vida con argumentos especiosos. “Vida” no significa algo vago, sino algo muy real y concreto, que configura el destino de cada hombre, distinto y único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse a otro hombre o a otro destino. Ninguna situación se repite y cada una exige una respuesta distinta; unas veces la situación en que un hombre se encuentra puede exigirle que emprenda algún tipo de acción; otras, puede resultar más ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias pertinentes. Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser simplemente aceptar su destino y cargar con su cruz. Cada situación se diferencia por su unicidad y en todo momento no hay más que una única respuesta correcta al problema que la situación plantea.

Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar dicho sufrimiento, pues ésa es su sola y única tarea. Ha de reconocer el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga.

¿Se puede medir y pesar el alma? (Viktor Frakl)

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Hemos partido de la psiquiatría y de los test de inteligencia y nuestras reflexiones desembocan en el reconocimiento de que no podemos acercarnos a la esencia de una persona, esto es, a todo lo que hay detrás de cada una de sus funciones y de sus posibles trastornos, mientras que en nuestros esfuerzos por conocer a los demás nos limitemos y confiemos simplemente en lo racional y en lo “racionalizable”. Si queremos tender un puente de persona a persona –y esto es válido también para un puente de conocimiento y comprensión-, las cabezas de puente no tienen que ser precisamente las cabezas, sino los corazones.

Hemos hablado anteriormente que la comprobación estadística y exacta de que la primera impresión –absolutamente intuitiva- la pueden apoyar los resultados del reconocimiento psiquiátrico posterior. Estoy convencido de que incluso en el método psiquiátrico-diagnóstico la sensibilidad puede ser más delicada que sagaz la inteligencia.

Fragmento extraído del libro La psicoterapia al alcance de todos.

Sentido

No hay nada en el mundo que capacite tanto a una persona para sobreponerse a las dificultades externas y a las limitaciones internas, como la consciencia de tener una tarea en la vida.

 

Viktor Frankl.

El origen de esta entrada está en una pesada reunión, en la lectura de un libro y en una serie de preguntas que, además que una respuesta, buscaban una reflexión. Tal vez por la abundancia de fuentes (hasta la reunión tuvo su importancia), me haya extendido más de lo habitual. Me siento incapaz de dividirla, así que dejo al amable lector la decisión de interrumpir su lectura cuando lo desee.

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Cuenta Gordon Allport, en el prefacio a El hombre en busca de sentido, que Viktor Frankl solía preguntar a sus pacientes: “¿Por qué no se suicida usted? Y, de las respuestas, extraía con frecuencia pistas para la estrategia a seguir en cada caso. Para este autor, la búsqueda del sentido de la vida es la fuerza primaria de nuestra existencia. Consideraba que dicho sentido es único y específico, ya que es uno mismo quien tiene que encontrarlo; sólo así –nos dice- logra el hombre alcanzar un significado que satisfaga su propia voluntad de sentido.

Es difícil imaginar otra forma de pensar viniendo de este autor; cuando han acabado literalmente y dramáticamente con todo lo que tenías: Tu familia, tu trabajo, tu obra… ¿Qué te queda? Pero el caso es que estás vivo y eso debe de tener un sentido que hay que buscar. Por consiguiente, para Frankl dicho sentido se encuentra, no se fabrica ni se improvisa. No negaré la posibilidad de que algún alma afortunada consiga hacerlo, pero me temo que las circunstancias de nuestra existencia no permiten que eso sea más que una excepción a la regla. No es la primera vez que menciono esto (ya lo hice en otra entrada), pero basta con que el lector piense en las personas que conoce que no son felices con la vida que les ha tocado para vislumbrar su importancia. No digo que daba reinar el conformismo, ni mucho menos, sino que hay que aprender a valorar lo que tenemos en cada momento.

Pero el sentido de la vida no es un “ver la luz”, un insight (aunque tal vez podamos considerarlo una larga serie de ellos), es un trabajo constructivo a lo largo de toda nuestra vida, con las necesidades propias de cada momento. Es la travesía que realizamos buscando nuestro puerto de destino. La siguiente explicación podría ser mía, pero se me adelantaron (como ya es costumbre):

“… lo que importa no es el sentido de la vida en términos generales, sino el significado concreto de la vida de cada individuo en un momento dado. Plantear la cuestión en términos generales puede equipararse a la pregunta que se le hizo a un campeón de ajedrez: “Dígame, maestro, ¿cuál es la mejor jugada que puede hacerse?” Lo que ocurre es, sencillamente, que no hay nada que sea la mejor jugada, o una buena jugada, si se la considera fuera de la situación especial del juego y de la peculiar personalidad del oponente. No deberíamos buscar un sentido abstracto a la vida, pues cada uno tiene en ella su propia misión que cumplir; cada uno debe llevar a cabo un cometido concreto. Por tanto ni puede ser reemplazado en la función, ni su vida puede repetirse; su tarea es única como única es su oportunidad para instrumentarla”.

El imperativo categórico de la logoterapia muestra con precisión estas ideas: “Vive como si ya estuvieras viviendo por segunda vez y como si la primera vez ya hubieras obrado tan desacertadamente como ahora estás a punto de obrar”, invita a imaginar –como dice Frankl- que el presente ya es pasado y que se puede modificar y corregir ese pasado.

Pienso, y creo que más de uno estará de acuerdo conmigo, que hay cosas en este mundo que únicamente podemos aprender por nosotros mismos y esto se consigue únicamente cuando adquirimos la suficiente madurez. No hace mucho que defendía estas ideas ante a un amigo que me preguntó: ¿Y qué pasa si ese momento no llega nunca? Yo me limité a encogerme de hombros. Si uno no puede y no quiere aprender no hay remedio. Sin una búsqueda del sentido no hay vivencia ni supervivencia, únicamente vegetación.

Para la logoterapia, no hay nada más enfermizo en el humano que una vida incoherente, que proviene del conflicto entre la conciencia y la responsabilidad. Son las decisiones que tomamos en nuestra vida las que nos hacen fracasar o triunfar. Nuestras elecciones, conscientes o inconscientes, nos arrastran con todo lo que fuimos, somos, y seremos. Volviendo al símil ajedrecístico, la máxima en este caso sería: Más vale jugar con un mal plan que jugar sin plan. El que carece de plan mueve sus piezas sin orden ni concierto y sólo le queda esperar la derrota. El que juega con un mal plan puede fracasar, pero por lo menos habrá intentado vivir; y si sobrevive, debe aprender que ha sido más por fallos ajenos que por méritos propios. Por muy evidente que parezca, no resulta fácil reconocer el error si no hay fracaso de por medio.

En ambos tipos de situaciones llega el momento en el que hay que echar mano de los demás, ya sean profesionales o no, para que nos coloquen piedrecitas en el camino con objeto de que éste nos resulte más cómodo y demos así pronto (mejor que tarde) con la solución a nuestro problema existencial. Pero dicha solución tiene, repito, que provenir de nosotros, no basta con escuchar lo que nos cuentan, hay que vivirlo y sentirlo. A este proceso, de carácter eminentemente social, se le ha bautizado con el rimbombante nombre de psicoterapia y, según los patrones que siga el terapeuta de turno, se le afiliará a una escuela u otra.

Yo, que soy muy metafórico, suelo decir que la batalla con nuestros demonios es de otro mundo y que, para librarla, necesitamos un ancla en éste para no perdernos. En caso contrario, la realidad se puede distorsionar y mucho (este quizás sea el gran peligro, pues no alcanzamos a ver lo mismo que ven los demás). Pero no basta con contar con un ancla, hay que querer fondear en estas aguas.

¿Cómo actuar frente a alguien que no cree posible encontrar su sentido pues considera que su vida es un infierno? En tales situaciones, que Jerome D. Frank llamó con acierto estado de desmoralización, lo esencial es proporcionar a la persona recursos con los que afronte sus problemas pero, para conseguirlo, es preciso con frecuencia superar previamente dicha desmoralización. En este punto, las aportaciones de Carl Rogers se consideran esenciales. Nuestro viaje no es terapéutico, así que no me extenderé más. Imagino que Viktor Frankl podría decir: Lo importante no es lo que tú esperas de la vida, sino lo que la vida espera de ti.

Pese a este panorama que hemos presentado hasta ahora, el encuentro con nuestro sentido no tiene por qué ser traumático (aunque en ocasiones concretas resulte doloroso). Si fuera así, la mayoría estaríamos en tratamiento psiquiátrico. Lo normal es que se alcance de forma natural y las relaciones sociales son esenciales para ello. Nos basta con contar con personas que nos apoyen y en las que estemos dispuestos a apoyarnos en los momentos apropiados. Esa es la labor que día tras día ejercen nuestros padres, nuestros profesores, nuestros amigos y, además, todos aquellos que se cruzan en nuestro camino y nos prestan la suficiente atención. Desafortunadamente, esto que parece muy sencillo, no está al alcance de todos. Por ello, en muchos casos la terapia intenta corregir las carencias de apoyo social que sufren las personas. Pero, por diversas razones, no todo el mundo con problemas acude a ella.

¿Actuamos como debemos con las personas que tenemos cerca? Pensemos por un momento en cuantas veces habremos escuchado o pronunciado una expresión como ésta: Déjalo que piense o actúe como quiera, ya se estrellará. ¿Imagina el lector a una madre o un padre hablando así de su hijo? La segregación social no es sólo un problema de la crisis económica, sino también de la crisis espiritual a la que parece hacemos oídos sordos.

¿Existe una motivación para que ayudemos a los demás a encontrar el norte? Si aceptamos lo dicho hasta ahora la respuesta es fácil: Aquellos que están cerca de nosotros forman parte de nuestro sentido vital y, si ellos lo alcanzan, nosotros también lo hacemos en parte. Es una forma de simbiosis social, probablemente heredada de nuestros ancestros y que permite, por decirlo de algún modo, construir mejores personas dentro de una sociedad. No pretendo descartar otra explicaciones, pero creo que ésta es digna de tenerse en cuenta. Además, podemos postular la búsqueda del sentido vital como fuente de sentimientos tales como la amistad, la solidaridad, el altruismo o el amor.

Terminaré con un ejemplo personal y reciente de lo expuesto. Los motivos para incluirlo son que quizás ilumine a algún despistado y que pienso que de bien nacido es el ser agradecido (y esta es una forma tan buena como otra de agradecer). Tengo la suerte de contar con una amiga que, además de leer este blog (lo cual es de por si meritorio), tiene la gran virtud de acertar siempre con las palabras justas en el momento apropiado. Hace unos días me planteaba, entre otras cuestiones no menos interesantes, la siguiente pregunta: “¿Gonzalo, si no eres dueño de ti mismo, podrás vivir serenamente?” Ella sabe que mi respuesta durante muchos años ha sido un sí rotundo; y también sabe que quizás sea la época de sembrar en mi espíritu la semilla de una duda que pueda crecer frondosa; pues, al parecer, ya voy siendo capaz de superar mis incongruencias y de vivir con mis contradicciones. Ya he tomado buena nota de todo. Mil gracias.

Imagen: Vivos y despiertos.