The Light

De todo lo que antecede, parece razonablemente cierto que si existe algún movimiento relativo entre la tierra y el éter luminífero, debe ser pequeño: suficientemente pequeño para refutar por completo la explicación de Fresnel de la aberración(1).

 

 

Philip Glass compuso esta pieza para conmemorar el centenario del experimento de Michelson y Morley.

En 1887 Albert A. Michelson y Edward W. Morley realizaron un experimento que hoy consideramos clásico. Dicho experimento se concibió para detectar el “viento del éter” (ese espíritu sutilísimo que diría Newton) predicho por la teoría física de la época. El resultado del experimento fue negativo, es decir, no se encontró evidencia alguna del fenómeno buscado.

 

Interferómetro

 

Con el paso del tiempo este trabajo a pasado a ser una cita más en los libros de la especialidad, pero en su día despertó sentimientos encontrados. Unos se sintieron desconsolados con un resultado que derribaba un edificio construido con paciencia a lo largo de varios siglos. Otros no le dieron importancia alegando demasiadas fuentes de error en su realización. Y, por último, estaban los que, sobre todo en Europa, nunca habían escuchado nada al respecto pues este experimento empezó a forjar su fama a raíz del revuelo que provocó la teoría especial de la relatividad. El propio Einstein realizó declaraciones contradictorias sobre la influencia que los experimentos de Michelson tuvieron en la génesis de la relatividad especial, y que oscilan entre no hay duda de que el experimento de Michelson influyó considerablemente en mi trabajo y el experimento de Michelson-Morley tuvo efectos insignificantes en el descubrimiento de la relatividad(2).

Queda para mejor ocasión sopesar si este experimento fue tan impactante para el desarrollo de la ciencia o si su papel es semejante al de la manzana de Newton o los pesos lanzados por Galileo desde la torre inclinada de Pisa.

 

(1) Albert A. Michelson y Edward W. Morley, On the relative Motion of the Earth and the Luminiferous Ether, American Journal of Science, 3ª serie, vol. 34 (1987).

(2) Citados por Gerald Holton en su ensayo Einstein, Michelson y el experimento “crucial”.

El último encuentro con Albert Einstein

Si la armonía de la sociedad, detrás de la multiplicidad de los fenómenos, depende de la común integración en la Unidad, entonces el lenguaje de los poetas podría ser más importante que el de los científicos.

Werner Heisenberg

 

Heissenberg

 

Después de la guerra sólo volví a verle una vez, pocos meses antes de su muerte. En otoño de 1954 di un ciclo de conferencias en los Estados Unidos y Einstein me rogó visitarle en su casa de Princeton, Vivía a la sazón en una modesta y simpática vivienda unifamiliar, con su pequeño jardín, al borde del campus de la universidad Princeton, y los imponentes árboles y bellas praderas del campus radiaban aquel día de mi visita con el rojo y amarillo luminoso de los últimos días de octubre. Previamente me advirtieron abreviar al máximo la visita: Einstein padecía una afección cardíaca y tenía que cuidarse. Mas él no permitió tal cosa, con lo cual pasé allí casi toda la tarde. Sobre política no se habló. Todo el interés de Einstein giraba en torno a la interpretación de la teoría cuántica, que seguía inquietándole como 25 años antes en Bruselas. Para atraer su interés hacia mi concepción le conté un poco sobre mis intentos de llegar a una teoría de campo unificada, a la que él había dedicado también el trabajo de muchos años. Sólo que yo no creía, a diferencia de él, que cupiera concebir la teoría cuántica como una consecuencia de la teoría de campo: mi opinión era que una teoría de campo unificada de la materia —y por tanto de las partículas elementales— sólo se podía construir sobre los cimientos de la teoría cuántica. Es decir, que ésta, con sus extrañas paradojas, era el verdadero fundamento de la física moderna. Tan fundamental papel no estaba Einstein dispuesto a concederle a una teoría estadística. Admitía que, teniendo en cuenta los conocimientos del momento, era el mejor resumen de los fenómenos atómicos, pero no estaba dispuesto a aceptarla como formulación definitiva de estas leyes de la naturaleza. La frase «Pero no va a creer Ud. que Dios juega a los dados» la profería una y otra vez casi como un reproche. Las diferencias entre las dos concepciones yacían en realidad más hondo. En la física anterior, Einstein podía arrancar siempre de la imagen de un mundo objetivo que se desenvuelve en el espacio y en el tiempo y que nosotros, en cuanto físicos, sólo observamos desde afuera, por así decirlo. Las leyes de la naturaleza determinan su decurso. En la teoría cuántica ya no era posible esa idealización. Las leyes de la naturaleza versaban aquí sobre la modificación temporal de lo posible y de lo probable. Pero las decisiones que conducen de lo posible a lo fáctico sólo cabe registrarlas estadísticamente, no predecirlas. Lo cual es, en el fondo, como quitarle el suelo de debajo de los pies a la representación de la realidad de la física clásica. A una modificación tan radical no se podía acostumbrar Einstein. En los 25 años que habían transcurrido desde los congresos Solvay en Bruselas no habían convergido para nada los dos puntos de vista, y al despedirnos pensábamos en el futuro desarrollo de la física con expectativas muy distintas. Pero Einstein estaba dispuesto a aceptar la situación sin ningún asomo de amargura. Sabía las modificaciones tan ingentes que había introducido él en la ciencia a lo largo de su vida, y sabía también lo difícil que es —en ciencia como en la vida— acostumbrarse a cambios tan grandes.

 

Extraído de Encuentros y conversaciones con Einstein y otros ensayos, de Werner Heisenberg.

Relatividad (y II)

Cada lengua, desde el punto de vista de otra lengua, puede ser arbitraria en sus clasificaciones.

Franz Boas.

lenguaje_comunicacion

 En una entrada anterior, mostrábamos cómo las ideas relativistas se insertaron en el pensamiento del siglo XX. La lingüística tampoco fue ajena a esta tendencia, sobre todo cuando se asociaba con la antropología y la psicología y reclamaba para sí el status de ciencia. Dicha corriente bebe en las fuentes a las que aludíamos allí y también en la psicología de la Gestalt. Supuso una auténtica revolución en su momento y aún despierta airados debates.

Tres son las figuras claves en esta historia: Franz Boas, Edwar Sapir y Benjamin Lee Whorf, discípulo cada uno del anterior. No obstante, podíamos mirar  más atrás y encontrarnos con un aroma parecido en otros autores, siendo quizás los más significativos Johann Gottfried Herder y Wilhelm von Humbolt.

La gran aportación de Herder al tema que nos ocupa fue tomar conciencia de que el mundo entero precisa de la diversidad etnolingüística. Por la creatividad que aporta, por las posibilidades que proporcionan para encontrar con ella soluciones a los problemas humanos, por su capacidad de humanizar a la humanidad frente al materialismo, por la estimulación de las capacidades estéticas, emocionales e intelectuales en el conjunto de la humanidad que conduciría a un estadio más elevado en las actividades humanas. Para él, las grandes fuerzas creativas que inspiran a la humanidad emergen de la individualidad de las colectividades étnicas y de la autenticidad de sus lenguas.

Por su parte, von Humboldt señalaba que, a la hora de estudiar las diversas comunidades humanas, es imprescindible estudiar sus lenguas. Hizo notar que el hombre es inherentemente un ser lingüístico y social. Por consiguiente, el lenguaje como tal sólo existe en la realidad histórica de las lenguas.

Las ideas relativistas fascinaron incluso a los no especialistas, tal vez porque permitieron hacernos a la idea de que quizás el lenguaje nos estafe, nos obligue a ver la realidad de una manera determinada.

Fue Whorf quien utilizó la denominación de relatividad lingüística, refiriéndose a ésta como “un nuevo principio de relatividad”. Lingüista aficionado (trabajaba como inspector de seguros), formación científica (era ingeniero químico) y pronta muerte en 1941 (con solo 44 años), pretendió convertir a la lingüística en una ciencia, transformándola en etnolingüística. Incluso llegó a titular uno sus trabajos La lingüística como ciencia exacta.

Veamos cómo enuncia el principio de relatividad en uno de sus trabajos:

“Todos los observadores no son dirigidos por la misma evidencia física hacia la misma imagen del universo, a menos que sus fondos de experiencia lingüística sean similares o puedan ser equiparados de algún modo”.

Para entender esto un poco mejor, podemos dividir el enunciado en tres proposiciones:

  • Los hablantes de lenguas distintas, ordenan el mundo de forma distinta.
  • La lengua no es un mero instrumento para la comunicación, pues determina el pensamiento.
  • Proclama el valor de la diversidad lingüística.

La primera proposición es la propiamente relativista. Nos dice que los seres humanos se encuentran sometidos a las exigencias de una lengua particular, que se erige como medio de expresión de su sociedad. No viven en un mundo objetivo, sino uno fundado en gran medida en los hábitos del grupo. Los mundos en los que viven las diferentes sociedades son mundos distintos y no, como aclaraba Sapir, “el mismo mundo con etiquetas diferentes”.

La segunda proposición, bastante controvertida, constituye la versión dura del principio. Nos dice que la lengua no sólo sirve para comunicarse, sino que influye directamente en la forma en que pensamos. Y esta influencia es tan importante que condiciona la forma que lo hacemos.

Por último, la tercera proposición defiende, tal y como hizo repetidamente Boas en su momento, el valor de cada lengua como un monumento del espíritu humano. Todas las lenguas, nos dicen, permiten construir la realidad. No hay diferencias entre las lenguas dominantes (estándar) y otras que permanecen perdidas en la noche de los tiempos. La estructura de las lenguas indoeuropeas no es la única válida para entender el mundo, pues cada cultura tiene su forma de expresión propia, adaptada al mundo que le rodea.

El relativismo lingüístico entronca de este modo con el relativismo cultural. Para éste, cada grupo humano ordena su experiencia objetiva en base a una lógica diferencial y significativa, que convierte a la percepción humana, como dice Honorio Velasco (1), en una concepción histórica. La objetividad se hace determinación cultural. Depende de cómo se le atribuyen significados a ciertas concepciones que se convierten en ‘reales’ mientras que otras son rechazadas. Como diría Sahlins, “el lenguaje no entra en un mundo de percepciones objetivas alcanzadas para añadir simplemente signos exteriores y arbitrarios a objetos determinados, sino que es el mismo un mediador por excelencia, el instrumento más importante y más precioso para la conquista de y la construcción de un verdadero mundo de objetos”.

La relatividad supuso una revolución en su momento y desató largos debates que aún colean. Los argumentos de Whorf fueron combatidos con dureza y ciertamente no alcanzaban la solidez pretendida. Ha sido frecuente, como ocurre en este caso, confundir correlación con causa. Además, no se conoce que hiciera ningún estudio de campo para confirmar sus ideas. No obstante, pese a que es probable que lenguaje y pensamiento (lenguaje y cultura) estén, por así decirlo, al mismo nivel, siguen realizándose investigaciones más cuidadas que pretenden defender estas teorías.

En cualquier caso, de aquí emanan ideas que siempre habría que tener en mente: Toda cultura, por primitiva que nos parezca, merece respeto y la lengua es una parte fundamental de ella. Representa el resultado de cientos o de miles de años de existencia. Protegemos especies en peligro de extinción, pero muchas veces no hacemos lo propio con los frutos del espíritu humano. Cuando intentamos realmente comprender a estos pueblos, descubrimos que los que llamamos alegremente bárbaros muchas veces resultan serlo mucho menos de lo que lo somos los ciudadanos del mundo industrializado. Y esto podría extenderse a las relaciones con nuestros vecinos y conciudadanos. El diálogo con los demás no sólo sirve para conocerlos a ellos, sino para entendernos a nosotros mismos.

Por desgracia, la tendencia actual no parece defender la diversidad lingüística, algunos autores hablan de la formación de una lengua supra estándar, fundamentada en el inglés (aunque no de forma exclusiva) que adquiriría un carácter supranacional. Éste será un mal menor siempre que se quede en lengua vehicular y no se convierta en una lengua perfecta, que todos tengamos que adorar.

Whorf, inspirado por sus predecesores, pretendió demostrar que la superioridad de las lenguas europeas no era más que una falacia, guiada quizás por el mito de la lengua perfecta, y contribuir a la valoración de la diversidad lingüística frente a los que postulan lenguas universales.

La relatividad es, en cierto sentido, un camino en pos de la unidad de los procesos psicológicos fundamentales y, en definitiva, de uno de los principios básicos de toda la antropología: La unidad psíquica de la humanidad, la existencia de una única naturaleza humana. Puede que algún día nos ocupemos de este asunto, pues merece la pena.

 (1) Hablar y pensar, tareas culturales. Honorio M. Velasco Maillo.

Ilustración: Salud Mental y Equilibrio Emocional.

Nota: Una entrada interesante relacionada con este tema: No duermas, hay serpientes.

Relatividad (I)

El mundo se nos presenta en un flujo caleidoscópico de impresiones que tiene que ser organizado en nuestras mentes.

Benjamin L. Whorf


relatividad

La primera mención que conozco de la relatividad se debe a Galileo Galilei. Éste estudió las diferencias entre los puntos de vista de dos observadores (inerciales), uno en reposo y otro en movimiento y propuso unas ecuaciones que permitían intercambiar las posturas de uno y otro (las transformaciones de Galileo). De este modo se podía, por así decirlo, traducir la experiencia de un observador al sistema referencial de otro.

Tendríamos que esperar hasta los albores del siglo XX para que Albert Einstein explotara las ideas de Galileo y de otros que vinieron después, quizás no tan reconocidos, para formular sus teorías de la relatividad. A partir de este momento, ya no habría puntos de vista privilegiados, todos los observadores inerciales eran igualmente válidos.

El éxito de la relatividad de Einstein llevó a intelectuales de diversa procedencia a pensar que hay en este mundo más relativismo del que solemos suponer y lo aplicaron a sus respectivos dominios de conocimiento.

Carl Gustav Jung quiso ver en la relatividad y en la mecánica cuántica la ruptura con el determinismo newtoniano imperante hasta entonces. De este modo, se obtenía un modelo de desarrollo para la psicología en el que la subjetividad y la libre voluntad tenían cabida. En una ambiente así, sus ideas místicas se movían como pez en el agua.

Resulta interesante notar que Jung ha tenido más seguidores fuera de su ámbito profesional que en el propio, aunque algunas de sus ideas y actitudes tuvieron bastante importancia en que esto fuera así. Muchas veces se luce en el lugar equivocado, pero si la luz es lo suficientemente intensa, termina por atravesar la niebla. Ideas como la del relativismo psicológico, el inconsciente colectivo (los arquetipos), la función de los símbolos, la necesidad de recurrir a perspectivas multiculturales y tantas más han crecido fértiles en muchos campos del conocimiento.

George Kelly, defendió que cada uno de nosotros ve el mundo desde una perspectiva distinta, desde un sistema de referencia que nos viene dado por nuestros genes, nuestra cultura y nuestra sociedad. Si existe una sola realidad verdadera, ésta siempre la experimentamos desde una perspectiva o construcción concreta. Yo tengo una construcción, el lector tiene otra, una persona en las antípodas tiene otra, alguien que vivió hace tiempo tuvo otra, cada niño tiene una e incluso alguien con graves problemas mentales tiene una. Esto significa que, de acuerdo con el constructivismo, los humanos somos una especie de científicos de andar por casa, construimos, experimentamos, revisamos y desarrollamos teorías personales de uno mismo y el mundo que nos permiten anticiparnos a los temas recurrentes de nuestra existencia. Partimos de modelos del mundo (constructos personales)  que sometemos a la prueba de la experiencia y defendemos como si de un paradigma científico se tratara.

Para Kelly, los trastornos psicológicos ocurren cuando una persona se aferra a sus constructos personales y continúa usándolos a pesar de que la experiencia no los valide. Pues no es capaz de anticipar y predecir acontecimientos y tiene dificultades para aprender de las experiencias.

Según este modelo científico de construir nuestra experiencia (por llamarlo de alguna manera), tal vez no sería desvariar mucho si aplicamos a nuestro malestar psicológico algunas de las conclusiones a las que Thomas S. Kuhn llegaba cuando intentaba explicar la evolución de las ciencias en La estructura de las revoluciones científicas. Del mismo modo que la tradición, las modas y la resistencia al cambio mantienen teorías poco satisfactorias,  permitimos que constructos (paradigmas) caducos persistan en nosotros a pesar de dejar de ser adaptativos. Además, como no somos capaces de predecir y comprender lo que nos ocurre, nos sentimos mal.

Creo que podemos aprovechar algo más de las ideas de Kuhn aplicadas a nuestra forma de ver el mundo: De igual manera que un paradigma en boga puede terminar por volverse insostenible, lo que hoy es adaptativo pude dejar de serlo más adelante. Lo importante, para nuestra salud mental, es que seamos capaces de mover el timón y reorientar nuestras velas en el momento oportuno. Aunque, claro está, esto muchas veces sea más fácil decirlo que hacerlo. La física clásica se sacó al éter de la manga antes que dar su brazo a torcer.

No puedo dejar de pensar que esta perspectiva sobre cómo se desarrolla nuestra visión de la existencia, al modo científico, también puede estar condicionada por nuestra cultura. Es posible que los antiguos griegos  inocularan a nuestra sociedad un virus del que difícilmente nos podremos librar (cf. ¿La mente ha sido descubierta, inventada o construida? (Thomas H. Leahey)).

Hay mucho relativismo en las ideas constructivistas, se ha afirmado que cuanto sabemos y creemos es en buena medida fruto del lenguaje, del sistema de referencia, con que comprendemos y transmitimos nuestras percepciones y, también, que sobre una misma realidad pueden darse diferentes puntos de vista, todos ellos igualmente válidos. No obstante, al igual que algunas ideas de la física moderna, el hecho de que las personas podamos pensar de forma distinta y no estar equivocados (al menos del todo) no parece que se asuma con facilidad por el común de los mortales.

Ilustración: Relatividad de M.C. Escher, tomada de Wan Link Sniper.