Ecos de la Academia Olympia

Lo fundamental en la existencia de un hombre de mi especie estriba en qué piensa y cómo piensa, y no en lo que haga o sufra.

Albert Einstein, Notas autobiográficas.

olympia

El 12 de marzo de 1953 coincidieron dos ancianos en París, sus nombres eran Conrad Habicht y Maurice Solovine. A raíz de su encuentro, decidieron enviar una postal de Notre-Dame a su viejo amigo Albert. Las señas en francés indicaban: “Al Presidente de la Academia Oyimpia, Albert Einstein, Princeton, Nueva Jersey, U.S.A.” En el exiguo espacio de la postal escribieron el siguiente texto en alemán:

Al Muy Honorable, Eminente e Incomparable Presidente de nuestra Academia.

En su ausencia, a pesar de disponer de un lugar reservado, se ha celebrado en el día de hoy una sesión solemne y triste de nuestra mundialmente famosa Academia. El sillón reservado, que procuramos mantener siempre caliente, espera, sí, espera y espera su venida.

Habicht

Yo también,  antiguo miembro de la gloriosa Academia, tengo que hacer grandes esfuerzos para contener las lágrimas cuando veo el asiento que usted debería de haber ocupado. Solo me cabe enviarle mi más humilde, respetuoso y sincero saludo.

M. Solovine.

La postal llegó a buen puerto, Einstein contestó también en alemán el 3 de abril, empleando una fingida solemnidad que no ocultaba la nostalgia de un tiempo que hacía mucho que pasó. No en vano, entonces casi todo estaba aún por hacer, mientras que en el momento de responder a la misiva casi todo estaba ya hecho:

¡A la inmortal Academia Olympia!

En tu breve pero activa existencia, querida Academia, te has deleitado, con infantil alegría, en todo lo que era limpio e inteligente. Tus miembros te crearon para mofarse de otras Academias respetables. Tras largos años de cuidadosa observación he llegado a comprender lo justificado de su burla.

Tus tres miembros hemos mostrado, al menos,  nuestra longevidad. Aunque estemos algo decrépitos, seguiremos contando, en nuestro solitario peregrinar, con un rayo de tu radiante y vivificante esplendor. A diferencia de nosotros, no has envejecido ni te has convertido en una inmensa lechuga.

¡A ti nuestra fidelidad y devoción hasta tu último y erudito suspiro!

A.E., ahora solo miembro correspondiente.

No cabe duda que, pese a sus problemas de salud, no había perdido el sentido del humor.

Los tres se habían conocido en Berna en 1902 (Einstein contaba entonces veintitrés años) y se hicieron amigos íntimos. Formaron un grupo que se reunía para leer y discutir obras de ciencia y filosofía al que bautizaron como “Academia Olympia”. Todos ellos vivían al borde de la pobreza, por lo que sus cenas frecuentemente consistían en un par de huevos duros para cada uno. Allí discutieron las obras de Mach, Mill, Platón, Poincaré, Pearson, … Muchas de las ideas epistemológicas de Einstein pueden rastrearse hasta aquellas veladas.

Así nos describe ese periodo Banesh Hoffmann, uno de los asistentes de Einstein en Princeton:

En torno a la semana santa de 1902, una semana después de la llegada de la primavera, un rumano, Maurice Solovine, vio en un periódico de Berna un anuncio en que Albert Einstein ofrecía sus servicios como profesor particular de física por tres francos la hora. Solovine, estudiante de filosofía en la universidad de Berna, tenía intereses muy amplios. Se dirigió a la dirección indicada en el anuncio y explicó a Einstein que estaba defraudado de las abstracciones de la filosofía y que quería estudiar más a fondo una materia más sólida como la física. Aquello tocó una cuerda sensible de Einstein, que entabló una animada discusión. Dos horas más tarde, cuando Solovine tuvo que marcharse, Einstein le acompañó la calle, donde siguieron discutiendo por espacio de media hora. Al día siguiente celebraron su primera clase, pero  lo único que hicieron fue seguir con la discusión. Al tercer día Einstein dijo que esas discusiones eran mucho más interesantes que unas clases de física. A partir de entonces, se vieron periódicamente. Pronto se les unió Konrad Habicht, matemático amigo de Einstein. Así nació lo que aquellos tres hombres bautizaron cariñosamente con el nombre de "Academia Olympia".  Lo mismo que otras personas se reúnen  para en vez de jugar a las cartas, Einstein y sus amigos se veían para hablar de  filosofía y de física y, de vez en cuando de literatura o de cualquier otro tema que se les ocurriera, con pasión y muchas veces tumultuosamente. Einstein era quien llevaba la voz cantante. Las  reuniones solían celebrarse en su apartamento, comenzaban con una cena frugal y solían pasar luego a discutir hasta altas horas de la noche, provocando las protestas de los vecinos. Los amigos leían en común y examinaban juntos las grandes obras filosóficas y científicas que más habían influido en el desarrollo de las ideas de Einstein. Sin dejar de ser un hombre solitario, Einstein se encontraba allí en su propio elemento. La Academia Olympia era algo serio, pero sobre todo una fuente de distracción.

Solovine cuenta una anécdota de esos años que muestra la medida en que Einstein podía llegar a abstraerse en un problema de su interés:

En nuestros paseos por Berna pasamos por una tienda de delicatessen donde vimos, entre otros alimentos raros, un poco de caviar en el escaparate. Su precio en Rumania era aceptable, pero en Berna era demasiado caro para mí. Esto no me impidió ensalzar los méritos de caviar en presencia de Einstein. —¿Es realmente tan bueno?— se preguntó. —Usted simplemente no puede imaginar lo delicioso que es— le contesté. Un día de febrero, le dije a Habicht: —Vamos a planear una gran sorpresa para Einstein, vamos a servir un poco de caviar en su cumpleaños, que es el 14 de marzo. Siempre que Einstein comía un plato poco común, empezaba a describirlo efusivamente con términos elogiosos. Nos quedamos encantados con la idea de verle extasiado y usando las palabras más rebuscadas que le vinieran a la cabeza para expresar su satisfacción. Cuando llegó el 14 de marzo, nos dirigimos a su apartamento para cenar juntos. Hice como que me estaba poniendo mortadela y la guarnición habitual en la mesa, aunque realmente puse el caviar en nuestros tres platos, y empecé a hablar con Einstein. Esa noche , él dirigió la conversación hacia el principio de inercia de Galileo. Siempre se ocupaba de un problema, Einstein se evadía por completo de la realidad. Cuando nos sentamos a la mesa, Einstein tomaba bocado tras bocado de caviar sin decir nada al respecto, continuando su discusión sobre el principio de inercia. Habicht y yo nos miramos el uno al otro furtivamente con asombro y, cuando Einstein había comido en todo el caviar, exclamé: —Oiga, ¿sabe usted lo que ha estado comiendo? —Por amor de Dios — le dije—, era el famoso caviar. Y , después de un minuto de silencio sepulcral, él agregó: —No importa. Es inútil servir manjares exquisitos a los paletos; son incapaces de apreciarlos.

Pero todavía estábamos decididos a que disfrutara caviar. Unos días más tarde le llevaos una porción considerable de caviar y, para evitar que lo tratara con absoluta indiferencia, entonamos con la música del tercer movimiento de la octava sinfonía de Beethoven: —Ahora estamos comiendo caviar… ahora estamos comiendo caviar… Mientras lo comía, Einstein comentó: —Admito que es plato muy bueno, pero tienes que ser un epicúreo consumado como Solovine para armar tanto alboroto por ello.

Habicht dejó Berna en 1904 y Solovine hizo lo propio al año siguiente, por lo que la academia no duró mucho. Habicht ejerció como maestro en su ciudad natal, Schaffhausen, y Solovine se trasladó a Paris, donde trabajó como editor y escritor. También fue el traductor oficial de las obras de Einstein al francés.

Pese a su breve existencia, la Academia tuvo un efecto duradero en los tres amigos, que permanecieron en contacto aunque solo fuese por carta. Einstein reconoció muchas veces la importancia de ese periodo en el desarrollo de su pensamiento. Y ya entraba ese mágico 1905 en el que cambiaría para siempre los ojos con los que miramos al mundo. En la primavera de ese año escribía a Habicht: Desgraciado, ¿por qué no no me has enviado todavía tu tesis? ¿No sabes que sería el único que la iba a leer con interés y placer? A cambio, te prometo cuatro artículos… el primero… es muy revolucionario…

 

En la foto, de izquierda a derecha, Conrad Habicht, Maurice Solovine y Albert Einstein.

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¿Qué es la ciencia?

Hemos descubierto que para poder progresar es de fundamental importancia saber reconocer nuestra ignorancia y dejar lugar a la duda.

 

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La frase que encabeza esta entrada pertenece al libro ¿Qué te importa lo que piensen los demás? de Richard P. Feynman. También cumple esa misma función introductora en la memoria que presenté para aspirar al título de doctor. Ya comenté en su día que la lectura de este libro y de ¿Está usted de broma Sr. Feynman? resultó entonces providencial para afrontar una perdida muy importante en mi vida. Fue por eso que cuando llegó la hora de defender la tesis pensé que debía buscar algo en esos libros y colocarlo allí. Además, esa frase en concreto tenía otras connotaciones que no sé si se captaron entonces o simplemente pasaron desapercibidas; pero eso es algo que ya carece de importancia.

Cambiando de tercio, el texto que viene a continuación también nace del talento de Feynman; es parte de una conferencia titulada como esta entrada  ¿Qué es la ciencia? y que pronunció ante un auditorio de profesores. Se recoge en el libro recopilatorio El placer de descubrir, uno de los muchos que fue encontrando hueco en mi biblioteca después de aquellos dos.

Es éste un texto que considero en la misma línea que otro que colgué hace unos meses de David Ruelle (La ciencia). Son fragmentos en los que se refleja mi manera de entenderla; aunque, bien pensado, puede que sea así porque mis lecturas, entre otras muchas, fueron éstas (aparecerán más por aquí). También puede ser que nuestra naturaleza nos acerque a determinados textos y formemos así una especie de círculo del que no podemos escapar.

Feynman tenía un talento especial para analizar las cuestiones de este mundo y no solo aquellas que se le plantearon en su profesión. Lo que sigue es únicamente una muestra de esta habilidad en la que señala la distancia que existe entre lo que es y no es ciencia e intenta asimismo mostrar cuál es el camino correcto a seguir para transmitirla de generación en generación. Mezcla así con fineza y sentido crítico dos de los temas que más veces han llenado mi cabeza. Sin más dilación, cedámosle la palabra:

 

Por ejemplo, tenemos muchos estudios sobre didáctica en los que la gente hace observaciones y se hacen listas y estadísticas, pero esto no se convierte luego en ciencia establecida, en conocimiento establecido. Son simplemente una forma imitativa de ciencia. Es parecido a lo que sucede con los habitantes de los Mares del Sur, que construyen aeropuertos, torres de radio, todo hecho de madera, esperando así que llegue un gran avión. Incluso construyen aviones de madera de la misma forma que los que ven en los aeropuertos extranjeros que viven a su alrededor, pero, de forma extraña, esos aviones no vuelan. El resultado de esta imitación pseudocientífica es producir expertos, lo que son muchos de ustedes: expertos. Ustedes, profesores que están realmente enseñando a los niños en el nivel inferior, quizá puedan dudar de los expertos de cuando en cuando. Aprendan de la ciencia que ustedes deben dudar de los los expertos. Como cuestión de hecho, yo puedo definir también la ciencia de otro modo: ciencia es la creencia en la ignorancia de los expertos.

Cuando alguien dice que la ciencia enseña tal y tal cosa, está utilizando la palabra incorrectamente. La ciencia no enseña; es la experiencia lo que lo enseña. Si ellos le dicen que la ciencia ha demostrado tal o cual cosa, ustedes podrían preguntar: "¿Cómo lo demuestra la ciencia – cómo lo descubrieron los científicos-… cómo, qué, dónde?". La ciencia no lo ha demostrado, sino que es este experimento, este efecto, el que lo ha demostrado. Y, una vez oídos los experimentos (pero debemos oír toda la evidencia), usted tiene tanto derecho como cualquier otro a juzgar si se ha llegado a una conclusión reutilizable.

En un campo que es tan complicado que la auténtica ciencia no es aún capaz de llegar a ninguna parte, tenemos que confiar en una especie de sabiduría pasada de moda, una especie de sencillez definitiva. Estoy intentando inspirar al profesor en el nivel inferior para que tenga alguna esperanza y alguna autoconfianza en el sentido común y en la inteligencia natural. Los expertos que les están guiando quizás estén equivocados.

[…] Creo que vivimos en una era acientífica en la que casi todo el embate de las comunicaciones y los programas de televisión, los libros y demás cosas son acientíficos. Esto no significa que sean malos, sino que son acientíficos. Como resultado, hay mucha tiranía intelectual en nombre de la ciencia. Finalmente, un hombre no puede vivir más allá de la tumba. Cada generación que descubre algo a partir de su experiencia debe transmitirlo, pero debe transmitirlo con un delicado equilibrio entre respeto y falta de respeto, de modo que la raza (ahora que es consciente de la enfermedad a la que está sometida) no imponga sus errores de forma demasiado rígida en su juventud, sino que en efecto transmita la sabiduría acumulada, más la sabiduría que no sea sabiduría.

Es necesario enseñar a aceptar y a rechazar el pasado con una especie de equilibrio que requiere una habilidad considerable. La ciencia es la única de todas las disciplinas que contiene dentro de sí misma la lección del peligro de la creencia en la infalibilidad de los maestros de la generación precedente.

 

En la entrada que mencionaba al principio, hablaba de una entrevista con Feynman en 1981 para el programa de la BBC Horizon. Pues bien, dicha entrevista (que le da título al libro que nos ocupa y que contiene una suerte de transcripción de la misma) está aquí al completo:

 

 

Quisiera terminar con otro pensamiento extraído del mismo libro con que empezaba:

He sido atrapado, por así decirlo —lo mismo que alguien a quien se le ha dado de niño algo maravilloso, y luego se pasa la vida buscándolo otra vez. Estoy siempre buscando, como un niño; buscando las maravillas que sé que he de encontrar —no siempre, quizás, pero sí de vez en cuando.

El legado de Feynman va más allá de la electrodinámica cuántica y de The Feynman Lectures on Physics; se encuentra en su compromiso con la ciencia y sus métodos, en su rechazo del dogma, en la duda enarbolada como bandera y, por supuesto, en su humanidad.

Pienso que hoy era un buen día para colgar esto.

La ciencia

La física tiene por objetivo dar una descripción matemáticamente precisa de ciertos fragmentos de realidad, y muchas veces es preferible no preocuparse de la “realidad última”.

David Ruelle

 

Ruelle

 

Demos un salto hacia atrás en el tiempo de algunos miles de años. Cae la noche, la jornada de trabajo ha terminado y se encienden las lámparas de aceite. Comentamos las noticias locales y las tareas por realizar en el campo, cuya fecha se escoge según el aspecto de las constelaciones en el cielo. Nos sorprendemos de las historias que cuentan los viajeros y de las extrañas lenguas que hablan. Hay una discusión acerca de los atributos de los dioses, o sobre algún punto de la ley, o sobre las virtudes medicinales de alguna planta. La curiosidad intelectual está aquí muy presente por la necesidad de comprender los secretos del vasto mundo y la naturaleza de las cosas. Y aplicamos esta curiosidad a todo tipo de problemas: cómo interpretar los sueños para conocer el futuro, cómo comprender los signos en el cielo, o cómo construir un ángulo recto con una cuerda (hacer un triángulo de lados 3, 4 y 5).

Y ahora, unos miles de años más tarde, cuando nos volvemos hacia el pasado vemos que algunos temas de discusión han sido olvidados: ya no nos interesan demasiado los atributos de los antiguos dioses. Algunas cuestiones no han cambiado mucho: ¿cuál es la verdadera naturaleza del arte?, y ¿qué es la conciencia? Pero el estudio de otros problemas ha dado lugar a los extraordinarios progresos de la ciencia y de las técnicas que han cambiado por completo la condición humana. Del recuento de los carneros y del trazado de ángulos rectos con una cuerda salieron las matemáticas. La observación del movimiento de los astros condujo a la creación de la mecánica y de la física. Y más tarde se desarrollaron la biología y la medicina modernas, reemplazando al estudio de las plantas medicinales.

El destino de la ciencia ha sido diferente al de otros dominios de la curiosidad humana, no porque la curiosidad fuera de otra naturaleza, sino porque los objetos y los conceptos manejados eran diferentes. Ha resultado más provechoso el análisis de las propiedades de los triángulos que la interpretación de los sueños. El estudio del movimiento del péndulo se ha mostrado más fructífero que el estudio de la naturaleza de la consciencia. A veces la ciencia ilumina los viejos problemas filosóficos, y a veces se ve subvertida por ellos. Pero con frecuencia las cuestiones que sugiere la introspección quedan sin respuesta o, si las respuestas llegan, son intelectualmente convincentes antes que psicológicamente satisfactorias.

El azar no parecía ser a priori un tema muy prometedor para un estudio preciso, y muchos científicos lo han menospreciado en otros tiempos. Ahora, sin embargo, desempeña un papel central en nuestra comprensión de la naturaleza de las cosas. […].

Lancemos ahora otra mirada sobre quienes hacen la ciencia.

Tras discusiones con un buen número de colegas ha llegado a la conclusión de que había dos grandes grupos entre los físicos de mi generación. Algunos han desarrollado su gusto por la ciencia haciendo química recreativa cuando eran jóvenes. Otros, más atraídos por la electricidad y la mecánica, se divertían desmontando aparatos de radio y despertadores. Yo era resueltamente químico. Cuando encuentro a un colega que ha tenido inclinaciones similares, suele ocurrir que nos pasamos una hora evocando y comparando los recuerdos de nuestros locos “experimentos” químicos. Cómo preparar nitroglicerina o fulminato de mercurio, o hacer hervir ácido sulfúrico en un tubo Pyrex. (Este último experimento es particularmente desaconsejable.) Un día pregunté al físico americano John Wheeler si pertenecía a la categoría química o a la electromecánica. Su respuesta fue “a las dos”, y su esposa, que estaba presente, le tomó la mano diciendo “muestra tu dedo, Johnny”. Y Johnny tuvo que mostrar su dedo al que le faltaba una falange como consecuencia de un “experimento recreativo” de su juventud. El físico Murray Gell-Mann me dijo, en cambio, que él no había hecho nunca “ciencia recreativa” pero que en su lugar había leído mucha ciencia-ficción.

Debido a los problemas de la droga y el terrorismo se ha hecho difícil conseguir productos para la química recreativa. Y, por otra parte, desmontar aparatos de radio y despertadores ha perdido interés a causa de la miniaturización electrónica (ya no hay gran cosa que ver). Por ello, los futuros sabios se divierten ahora con ordenadores, lo que debe dar lugar a una nueva y diferente variedad de físicos. En cualquier caso, no obstante, la carrera de un físico comienza por una cierta fascinación, que sin duda es de naturaleza algo mágica en el caso de la química recreativa y de naturaleza más lógica en el caso de los aparatos eléctricos y mecánicos o de los ordenadores. Dejo aparte el caso de las personas que se dedican a “hacer investigación” para ganarse la vida pero que, cuando pueden elegir, prefieren ver un partido por televisión.

Los matemáticos, como los físicos, están impulsados por una poderosa fascinación. La investigación matemática es dura, intelectualmente penosa y gratificante a la vez, y uno no se entrega a ella sin una fuerte motivación interior.

¿Cuál es el origen de esta pulsión, de esta fascinación que sirve de motor a la actividad de los físicos, de los matemáticos y, sin duda, también de los investigadores de los demás dominios de la ciencia? El psicoanálisis sugiere que es la curiosidad sexual. Usted comienza preguntándose de dónde vienen los niños y después, de una cosa en otra, se encuentra preparando nitroglicerina o resolviendo ecuaciones diferenciales. La explicación resulta un poco irritante, lo que sin duda quiere decir que es esencialmente correcta. Pero si la curiosidad sexual está en el origen de la ciencia, pronto viene a añadirse algo más que es fundamental: el hecho de que el mundo es comprensible. SI se aborda la ciencia bajo el ángulo puramente psicológico (ya sea psicoanalítico o neurocientífico), se permanece ciego a la comprensibilidad de las matemáticas así como a la “irrazonable eficacia de las matemáticas en las ciencias naturales”. Algunos especialistas de las ciencias blandas parecen compartir esta ceguera. Pero, en conjunto, los matemáticos y los físicos estiman que tratan con una realidad exterior con sus leyes propias, una realidad que transciende las reglas de la psicología, una realidad extraña, fascinante y, en cierto sentido, también bella.

Está bien. Me disponía a hacer una descripción sencilla a la par que emotiva de la grandiosa tarea del sabio resolviendo los problemas del Universo…, pero veo que no me lo va usted a permitir. Usted querría que se hable de Edipo, tan ufano por haber resuelto el problema de la esfinge y que, de este modo, desencadenó una serie de acontecimientos tan catastróficos y tan desastrosos que han ocupado a los autores dramáticos y a los psicoanalistas durante los tres mil años siguientes. ¿No debería la ciencia tener un comportamiento más responsable?

La respuesta a esta última pregunta es clara: la ciencia es totalmente amoral y completamente irresponsable. Los científicos actúan, individualmente, según el sentido que ellos tienen (o no tienen) de su responsabilidad moral, pero actúan como seres humanos, no como representantes de la ciencia. Tomemos un ejemplo. Lo que en otro tiempo se llamaba la naturaleza, y que ya no es más que nuestro medio ambiente, lleva camino de convertirse simplemente en nuestro vertedero. ¿Es esto culpa de la ciencia? La ciencia puede efectivamente ayudar a la destrucción de la naturaleza, pero también puede ayudar a proteger el medio ambiente, o puede servir para medir la contaminación. Las decisiones son todas humanas. La ciencia responde a las preguntas (al menos de vez en cuando), pero no toma ninguna decisión. Los hombres toman decisiones (al menos de vez en cuando).

Es difícil juzgar cuáles son las elecciones realmente abiertas a la humanidad. ¿Será mañana el apocalipsis? ¿O podrá el género humano proseguir indefinidamente su carrera? El cerebro que utilizamos es el mismo que el de nuestros ancestros de la edad de piedra y ha dado muestras de una sorprendente flexibilidad. En lugar de correr a pie y cazar con una lanza, el hombre moderno conduce un automóvil y vende seguros. Y, a menos que ocurra un cataclismo próximo, habrá otros cambios, nuevos progresos. En muchas tareas técnicas nuestros obsoletos cerebros paleolíticos serán reemplazados por máquinas más rápidas, más potentes y más fiables. Y la ciencia vendrá en ayuda de nuestros antiguos mecanismos de copia genética, permitiendo evitar todo tipo de horribles enfermedades. Y nosotros no podemos decir NO. Por razones sociológicas no tenemos la opción de rechazar todas estas magníficas mejoras. Pero ¿podrá la humanidad sobrevivir a los cambios que son inevitables hacer a nuestro medio físico y cultural? Nada sabemos de ello.

Ahora, como antes, la oscuridad de nuestro futuro permanece insondable, y no sabemos si la humanidad camina hacia un futuro más noble o hacia una autodestrucción inevitable.

 

Este texto comprende la mayor parte del epílogo del libro Azar y caos de David Ruelle.

La respuesta a la crisis (Thomas S. Kuhn)

Para ser aceptada como paradigma, una teoría debe parecer mejor que sus competidoras; pero no necesita explicar y, en efecto, nunca lo hace, todos los hechos que se puedan confrontar con ella.

Thomas Samuel Kuhn.

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Los filósofos de la ciencia han demostrado repetidamente que siempre se puede tomar base mas que en una construcción teórica, sobre una colección de datos determinada. La historia de la ciencia indica que, sobre todo en las primeras etapas de desarrollo de un nuevo paradigma, ni siquiera es muy difícil inventar esas alternativas. Pero es raro que los científicos se dediquen a tal invención de alternativas, excepto durante la etapa anterior al paradigma del desarrollo de su ciencia y en ocasiones muy especiales de su evolución subsiguiente. En tanto los instrumentos que proporciona un paradigma continúan mostrándose capaces de resolver los problemas que define, la ciencia tiene un movimiento más rápido y una penetración más profunda por medio del empleo confiado de esos instrumentos. La razón es clara. Lo mismo en la manufactura que en la ciencia, el volver a diseñar herramientas es una extravagancia reservada para las ocasiones en que sea absolutamente necesario hacerlo. El significado de las crisis es la indicación que proporcionan
de que ha llegado la ocasión para rediseñar las herramientas.

Supongamos entonces que las crisis son una condición previa y necesaria para el nacimiento de nuevas teorías y preguntémonos después cómo responden los científicos a su existencia. Parte de la respuesta, tan evidente como importante,
puede descubrirse haciendo notar primeramente lo que los científicos nunca hacen, ni siquiera cuando se enfrentan a anomalías graves y prolongadas. Aun cuando pueden comenzar a perder su fe y, a continuación a tomar en consideración otras alternativas, no renuncian al paradigma que los ha conducido a la crisis. O sea, a no tratar las anomalías como ejemplos en contrario, aunque, en el vocabulario de la filosofía de la ciencia, eso es precisamente lo que son. Esta generalización es en parte, simplemente una afirmación del hecho histórico, basada en ejemplos como los mencionados antes y, de manera más detallada, los que se mencionarán a continuación. Esto
indica lo que nuestro examen posterior del rechazo del paradigma establecerá de manera más clara y completa: una vez que ha alcanzado el status de paradigma, una teoría científica se declara inválida sólo cuando se dispone de un candidato alternativo para que ocupe su lugar. Ningún proceso descubierto hasta ahora por el estudio histórico del desarrollo científico se parece en nada al estereotipo metodológico de la demostración de falsedad, por medio de la comparación directa con la naturaleza. Esta observación no significa que los científicos no rechacen las teorías científicas o que la experiencia y la experimentación no sean esenciales en el proceso en que lo hacen. Significa (lo que será al fin de cuentas un punto central) que el acto de juicio que conduce a los científicos a rechazar una teoría aceptada previamente, se basa siempre en más de una comparación de dicha teoría con el mundo. La decisión de rechazar un paradigma es siempre, simultáneamente, la decisión de aceptar otro, y el juicio que conduce a esa decisión involucra la comparación de ambos  paradigmas con la naturaleza y la comparación entre ellos.

Además, existe una segunda razón para poner en duda que los científicos rechacen paradigmas debido a que se enfrentan a anomalías o a ejemplos en contrario. Al desarrollarlo, mi argumento, por sí solo, delineará otra de las tesis principales de este ensayo. Las razones para dudar que antes bosquejamos eran puramente fácticas; o sea, ellas mismas eran ejemplos en contrario de una teoría epistemológica prevaleciente. Como tal, si mi argumento es correcto, pueden contribuir cuando mucho a crear una crisis o, de manera más exacta, a reforzar alguna que ya exista. No pueden por sí mismos demostrar que esa teoría filosófica es falsa y no lo harán, puesto que sus partidarios harán lo que hemos visto ya que hacen los científicos cuando se enfrentan a las anomalías. Inventarán numerosas articulaciones y modificaciones ad hoc de su teoría para eliminar cualquier conflicto aparente. En realidad, muchas de las modificaciones y de las calificaciones pertinentes pueden hallarse ya en la literatura. Por consiguiente, si esos ejemplos en contrario epistemológicos llegan a constituir algo más que un ligero irritante, será debido a que contribuyen a permitir el surgimiento de un análisis nuevo y diferente de la ciencia, dentro del que ya no sean causa de dificultades. Además, si se aplica aquí un patrón típico, que observaremos más adelante en las revoluciones científicas, esas anomalías no parecerán ya hechos simples. A partir de una nueva teoría del conocimiento científico, pueden parecerse mucho a tautologías, enunciados de situaciones que no pueden concebirse que fueran de otro modo.