Acerca de Gonzalo

Ciudadano del Mundo. El que no tiene suficiente fe no será capaz de obtener la fe de los demás. (Tao Te King XXIII).

De prólogos y prefacios

Con esto en mente, me he quitado la bata blanca, he abandonado los hospitales donde he pasado los últimos veinticinco años y me he dedicado a investigar las vidas de mis pacientes tal como son en la vida real, sintiéndome en parte como un naturalista que estudia extrañas formas de vida; en parte como un antropólogo, o un neuroantropólogo que realiza un trabajo de campo, aunque casi siempre como un médico que visita a domicilio, unos domicilios que están en los límites de la experiencia humana.

Oliver Sacks.

Tengo que confesar mi adicción a los prólogos y los prefacios, esos textos que aparecen al principio de los libros, de la pluma de su autor o de la estrella invitada de turno. Es raro el ejemplar que acaba a casa sin haberlos leído antes de llegar y, si lo entregan por correo, lo más frecuente que haya ocurrido lo mismo antes de que alcance a descansar por primera vez en un estante,

Son textos que sirven de carta de presentación, de declaración de intenciones de lo que viene a continuación. Incluso los hay que son despedidas, cuando el autor siente que no habrá más libros que sigan al presente. El Pórtico de Rafael Guillén viene a ser una suerte de prefacio en verso a sus Últimos poemas. ¿Recuerdan?

Quisiera que tú misma,
sin saberlo,
excavases en tus profundidades
y encontrases los huesos
resplandecientes de un dolor
que es el mío, no sé,
quisiera,
tal vez, sólo decirte
lo que nunca sabré
decirte.

He comprado libros influenciado por el autor del prólogo o por su lectura. Y también los hay que me han enseñado más en esas pocas páginas que en todo el resto de la obra.

Hoy he escogido para escribir estas líneas el prefacio de un libro de mi biblioteca y no es casual que sea precisamente éste. Unas de las razones las expondré ahora y las otras, tal vez alguien las recuerde.

Oliver Sacks quizás sea el principal culpable (hubo más, pero eso es otra historia o varias de ellas) de que un día decidiera estudiar psicología; en sus libros encontré toda una jungla de estados mentales que me sentía empujado a explorar, de apreciar cómo surgen metamorfosis por culpa de tumores invasivos, enfermedades degenerativas o desgraciados accidentes a los que los humanos se tienen que enfrentar. Estados alternativos del ser, como él los llama. Llegó el día que me topé con situaciones así, dolorosamente más cercanas de lo que nadie querría encontrarse.

Además me mostró los motivos por lo que las inquietudes de mi pensamiento necesitaban un cambio de aires. Muchas veces se encuentran el los libros ajenos las razones propias, sólo hay que ser capaces de reconocerlas. Concretamente, en el prefacio que nos ocupa, los pone en boca de uno de mis personajes literarios favoritos: el padre Brown. Seguro que yo había leído con anterioridad el párrafo que sigue (leí todo lo que Chesterton le escribió), pero no era su momento. Como he escrito alguna vez por aquí (creo), los libros y las personas requieren de su momento justo y, tal vez, de su lugar preciso. Aunque sea uno de esos no lugares de los que Augé nos habla.

La ciencia es una gran cosa cuando la tienes a tu disposición: en su sentido real es una de las palabras más grandiosas del mundo. ¿pero a qué se refieren estos hombres, nueve de cada diez veces, cuando la utilizan hoy en día? ¿Cuando dicen que la investigación es una ciencia? ¿Cuando dicen que la criminología es una ciencia? Se refieren a salir del hombre, a estudiarlo como si se tratara de un gigantesco insecto; en lo que ellos llaman una luz imparcial; en lo que yo llamaría una luz deshumanizada. Se refieren a alejarse un gran trecho de él, como si fuera un lejano monstruo prehistórico; observar la forma de su «cráneo criminal» como si se tratara protuberancia misteriosa, como un cuerno que hay en el hocico del rinoceronte. Cunado un científico habla de un sujeto, nunca se refiere a sí mismo, sino siempre a su vecino; probablemente a su vecino más pobre. No niego que esa árida luz pueda ser de utilidad alguna vez; aunque en cierto sentido es el mismísimo reverso de la ciencia. Tan lejos está de ser conocimiento que de hecho es la supresión de lo que conocemos. Es tratar a un amigo como a un extraño y fingir que algo familiar es realmente remoto y misterioso. Es como decir que un hombre tiene una trompa entre los ojos, o que una vez cada veinticuatro horas cae en un arrebato de insensibilidad. Bueno, lo que llamas «el secreto» es exactamente lo opuesto. No intento salir del hombre. Intento adentrarme en él.

G.K. Chesterton. El secreto del padre Brown.

Hay más paralelismos que he encontrado en la obra de Sacks, tanto físicos como intelectuales; incluso en este mismo prefacio aparece alguno. No creo que sea un hecho extraordinario, probablemente el mundo esté lleno de vidas paralelas más allá de las de Alejandro y César.

Ahora contemplo, no sin cierta melancolía, la deriva que van experimentando tanto mi biblioteca como mi pensamiento. Sí, yo también me voy metamorfoseando y, afortunadamente, he alcanzado con los años la perspectiva de tiempo suficiente para apreciarlo y, por qué no, disfrutarlo.

A día de hoy no puedo más que reconocer que soy digno hijo de mi padre. En algún lugar su recuerdo me dice: – ¿Ves cómo yo tenía razón?

– Sí papá, pero quizás no en todo. Bueno, ya veremos, tiempo al tiempo…

Por cierto, por si tienen curiosidad y no lo han adivinado, el libro del que les he estado hablando entre desvaríos es Un antropólogo en Marte, cercano a aquel El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Quizás podrían leerlo y visitar así esa jungla en la que habitan personas que intentan, con los medios que les quedan, reponerse a la tragedia.

Si es que no lo han hecho ya…

Come Away With Me

Come away with me in the night
Come away with me
And I will write you a song

Come away with me on a bus
Come away where they can’t tempt us, with their lies

And I want to walk with you
On a cloudy day
In fields where the yellow grass grows knee-high
So won’t you try to come

Come away with me and we’ll kiss
On a mountaintop
Come away with me
And I’ll never stop loving you

And I want to wake up with the rain
Falling on a tin roof
While I’m safe there in your arms
So all I ask is for you
To come away with me in the night
Come away with me

Descubro por casualidad que el disco al que da título esta canción cumple hoy 20 años. Dos décadas ya escuchándolo y, muchas veces, usándolo para volver a un tiempo que quedó atrás pero que de algún modo permanece. ¡Felicidades!

HOJAS VERDES

COMO vive el recuerdo
de la casa infantil donde aprendimos
la lección del verano,
yo conservo la imagen de aquel día,
soñado en realidad,
pero después vivido tantas veces.

Y se mantiene firme
en las borrosas claridades,
aquel día de abril
con techos altos y paredes blancas,
erguido al fondo de los almanaques,
sus balcones azules frente al azul del mar
y la hiedra en la tapia,
de un ver de joven, casi húmedo,
igual que las pinturas de las vigas.

A las ventanas suben
el olor de la orilla
y los murmullos del naranjo,
mientras el aire sensitivo
se mezcla con la luz o con la luna,
dibujada en el cielo por la mano del tiempo,
perfecta como un número sin sombras.

Aquella fecha renovó el tejado,
barnizó sus esquinas contra el óxido,
cambió el cristal partido por el viento
y defendió su hermosa silueta
de cifra solitaria
a finales de abril,
en una elevación del litoral
o de los calendarios.

Agradezco la calma de su respiración,
la tímida hermandad de historia y de inocencia,
esta melancolía de brillos optimistas
que conoce las grietas
de los amaneceres de invierno
y resiste en las tapias del jardín,
breve sueño del mundo,
imagen de aquel día
encendido en mitad de la tormenta.

Agradezco que siga poblando el horizonte,
aunque nadie la habita
y aunque yo nunca pueda visitarla.

Luis García Montero, La intimidad de la serpiente (2003).

Un núvol blanc

El hombre se hace de las lágrimas y no de las sonrisas, y una vez hecho, no debe esconder nunca la sonrisa.

Miguel Najdorf.

Senzillament se’n va la vida, i arriba
com un cabdell que el vent desfila, i fina.
Som actors a voltes,
espectadors a voltes,
senzillament i com si res, la vida ens dóna i pren paper.

Serenament quan ve l’onada, acaba,
i potser, en el deixar-se vèncer, comença.
La platja enamorada
no sap l’espera llarga
i obre els braços no fos cas, l’onada avui volgués queda’s.

Així només, em deixo que tu em deixis;
només així, et deixo que ara em deixis.
Jo tinc, per a tu, un niu en el meu arbre
i un núvol blanc, penjat d’alguna branca.
Molt blanca…

Sovint és quan el sol declina que el mires.
Ell, pesarós, sap que, si minva, l’estimes.
Arribem tard a voltes
sense saber que a voltes
el fràgil art d’un gest senzill, podria dir-te que…

Només així, em deixo que tu em deixis;
així només, et deixo que ara em deixis.
Jo tinc, per a tu, un niu en el meu arbre
i un núvol blanc, penjat d’alguna branca.
Molt blanc…

Lluís Llach

Low Mist

Se insinúa la noche. La festiva
polvareda se va posando entre los setos
del arrayán. Los niños, poco a poco,
desaparecen. Ya tan sólo queda
lo que fue tu presencia, lo que sigues
siendo tú, ni siquiera polvo ya,
pero que justifica
la inmensidad del cosmos.

Rafael Guillén

Melancholy

Leyendo un libro, un día, de repente,
hallé un ejemplo de melancolía:
Un hombre que callaba y sonreía,
muriéndose de sed junto a una fuente.

Puede ser que, mirando la corriente,
su sed fuera más triste todavía;
aunque acaso aquel hombre no bebía
por no enturbiar el agua transparente.

Y no sé más. No sé si fue un castigo,
y no recuerdo su final tampoco
aunque quizás lo aprenderé contigo;

yo, enamorado, soñador loco,
que me muero de sed y no lo digo,
que estoy junto a la fuente y no la toco.

Soneto con sed. José Ángel Buesa

Me basta así

Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo, mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.)

Pedro Guerra le puso música a varios poemas de Ángel González en el disco La palabra en el aire (2004).

Aprendí

Aquí estoy, casi treinta años después de los cuarenta más que me daba ni imaginando lo rápido que pasarían. Ahora pido treinta más porque el viaje lo vale a pesar de las noches de insomnio las pequeñas y grandes decepciones las pinzas del dentista y el reggaetón. Me preguntaba si habría aprendido algo para ese “entonces” que resulta ser hoy y me respondo que algo sí.

Aprendí que vivir con miedo escondiendo el corazón o pendiente de agradar es la mayor traición a la verdadera esencia; que aunque el esfuerzo por tomar el camino más largo y difícil sea agotadores mucho mejor que morder el anzuelo de lo que te hipoteca el alma.

Aprendí que el amor no puede todo y que por mucho que se ame a veces hay que decir basta y cerrar la puerta de lo que no hace crecer o de lo que lastima; que la pasión que uno trajo al mundo es para darla a manos llenas a los otros porque ahí está el brillo del espíritu en su plenitud y que el que lo ostenta como lustre de su ego no entendió a qué vino. Estos años trajeron angustias y desasosiegos, claro, aunque debo admitir que fueron menos que las alegrías y que se alimentaron, siempre, de mi miopía, de los árboles que me tapaban el bosque.

Aprendí a ser solo y a estar solo, que no son lo mismo. Estoy solo desde que se fueron mis viejos, esa ancla bendita que lo hace a uno sentir que la gravedad es suficiente para mantener los pies sobre la tierra. Soy solo ante mí y ante Dios (no importa cómo lo describa o sienta porque también cambió cómo lo veo y vivo) y esa soledad de vivirme queriéndome (aunque siempre me reproche algo y me esté exigiendo cambios) me abre al otro a quien no se puede ver cuando se está en guerra con uno mismo.

Aprendí que somos un puñado de aprendices en todo pero que cuando tendemos la mano todo se multiplica para bien; que las convicciones hay que defenderlas con orgullo siempre y cuando hayamos revisado que aspiren al bienestar de todos y aún así dispuestos a volver al tablero una y otra y otra vez porque ninguna verdades de acero ni ninguna posición debe volverse indiscutible.

Aprendí que lo que queremos puede tardar en llegar o no llegar a verlo nunca pero que haberlo anhelado y trabajado incansablemente para hacerlo realidades un sentido de la vida; que tratar de dejar este jardín más bello y fértil que como lo encontramos es una buena guía para andar el camino.

Aprendí de lo oscuro que me habita y a abrazarlo antes que negarlo, ya que ocultarlo siempre lleva a engendrar peores monstruos; que el miedo que me da, hoy, la muerte es muy distinto y no pasa por duraren el tiempo sino por la pena de que un día la posibilidad de descubrir y asombrarme y compartir termine, el dolor de una hoja en blanco que yá no se llenará de garabatos para comunicar cómo se ve desde aquí adentro.

Aprendí que hay gente a la que no le importa el otro porque no lo ve y que eso mismo le habilita los circuitos de la mezquindad más peligrosa. Ante eso me levanto y denuncio aunque yo mismo caiga, a veces, en la misma trampa.

Aprendí también a no vivir tan necesitado de respuestas, la juventud me vio pasar con un hambre insaciable de saber, como si hubiera una llave o un mapa del tesoro para encontrar el gran secreto y sólo eso fuera a darme paz. Hoy, con el caballo más manso, alcanzo a vislumbrar una verdad más humilde más de un día a día más humana, una lucecita que dura lo que tenga que durar, en uno pero que compartida no se muere nunca: una verdad de mi mano en tu mano de mis ojos enlanzados con los tuyos de poema que danza de música que sueña de vino que transmuta una verdad de beso de buenas noches de caricia a un animal que duerme de barricada a la injusticia de canto de amor para la Tierra.

Pedro Aznar

Pueden escucharlo, en la voz de su autor, en su página de Facebook.

Yes, I Have Ghosts

The heat of the sun stayed on through the night
Made spectres of strangers playing games with my sight
I passed through the station, a face in the crowd
The whistle was blowing, the barrier came down

There was my baby, in another’s embrace
I called out her name in shame and disgrace

Yes, I have ghosts, not all of them dead
Making dust of my dreams, spinning round and around
Around in my head

Train on the tracks, teeth of the zip
The slider moves down, we were joined at the hip
Stealing the groove, the widening gap
Unfastening rails from a past with no map

Yes, I have ghosts, a fleeting sight
It’s always the living that are haunting my nights

Where is the sweet soul that you used to be
Gone like a thistle that’s blown on the breeze
I guess when it’s over, this haunting will end
The waiting, the baiting, my killer, my friend

Yes, I have ghosts, not all of them dead
And they dance by the moon, millstones white as the sheet
On my bed

A Theater for Dreamers es un audiolibro de la escritora Polly Samson, esposa de David Gilmour y su letrista desde la última época de Pink Floyd. Allí aparece originalmente esta canción en la que está acompañado por la voz y el arpa de su hija Romany.

La he puesto en bucle muchas veces y no me canso de escucharla.

El camaleón que finalmente no sabía qué color ponerse

Chameleon Furcifer pardalis Ambolobe 2 years old, Madagascar endemic Panther chameleon in angry state, pure Ambilobe; Shutterstock ID 661154740; Nombre de Revista: Viajes NG; Nr de la revista: 213; Mes de publicación: Diciembre; Cliente/ Licenciatario: RBA revistas

En un país muy remoto, en plena Selva, se presentó hace muchos años un tiempo malo en el que el Camaleón, a quién le había dado por la política, entró en un estado de total desconcierto, pues los otros animales, asesorados por la Zorra, se habían enterado de sus artimañas u empezaron a contrarrestarlas llevando día y noche en los bolsillos juegos de diversos vidrios de colores para combatir su ambigüedad e hipocresía de manera que cuando él estaba morado y por cualquier circunstancia del momento necesitaba volverse, digamos, azul, sacaban rápidamente un cristal rojo a través del cual lo veían, y para ellos continuaba siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como un Camaleón azul; y cuando estaba rojo y por motivaciones especiales se volvía anaranjado, usaban el cristal correspondiente y lo seguían viendo tal cual… Esto solo en cuanto a los colores primarios, pues el método se generalizó tanto que con el tiempo no había ya quien no llevara consigo un equipo completo de cristales para aquellos casos en que el mañoso se tornaba simplemente grisáceo, o verdiazul, o de cualquier color más o menos indefinido, para dar el cual eran necesarias tres, cuatro o cinco superposiciones de cristales. De esta época viene el dicho de que todo Camaleón es según el color del cristal con que se mira.

Augusto Monterroso

Sustituyamos camaleón por cultura, sustituyamos intereses espúrios políticos por intereses y circunstancias contextuales y sustituyamos a los otros animales por otras culturas que miran a una cultura diferente a la suya. Si queremos responder a la pregunta ¿cuál es el color de esa cultura?; o, dicho de una manera más apropiada para el caso ¿cómo es esa cultura?, la respuesta sólo puede ser ésta: depende. No hay una verdad absoluta sino que ésta es relativa; no hay una realidad estable, como el camaleón no tiene un color estable, sino variable dependiendo del contexto, de las circunstancias históricas, de los contactos con otros, de factores ambientales previsibles o indeterminados… Pero no sólo de eso, la veremos de una u otra forma dependiendo del cristal con que miremos. está claro que habrá tantas percepciones de una cultura como diferentes sean los ojos culturales que la miren. Incluso si se pretende, como quiere hacer la Antropología, una mirada transparente, desprejuciada y neutra, eso no se consigue plenamente de modo que ni siquiera el antropólogo, que aprende acerca de la necesidad metodológica de la mirada neutra, consigue mirar con un cristal absolutamente traslúcido. Aunque no quiera, su mirada está condicionada por su cultura.

Julián López García. El relativismo cultural. Ensayo incluido en el libro Equipaje para aventurarse en Antropología.