En medio de la tormenta

El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas.

Willian George Ward

 

barcos en la tormenta

 

Probablemente haga menos uso de lo que debiera de esta sección que bauticé como Palabras prestadas aunque la mayoría de las veces las tome simplemente. Me encuentro artículos que me resultan interesantes y apropiados, pero luego el tiempo hace que no pasen por aquí. Tampoco tiene demasiado sentido que sea así, pues los temas que por discurren por este sitio son bastante inmunes al transcurrir del tiempo. Intentaré remediar estos olvidos y para empezar lo haré por partida doble.

Hoy traigo una breve entrada del blog del psicólogo Carlos Díaz titulada No te rindas… en la que expone a grandes rasgos como considera que hay que afrontar en la vida las adversidades, intentando extraer enseñanzas por el camino de nuestras derrotas. Frente a lo que algunos pretenden transmitir, nuestros objetivos no se alcanzan solo porque se haga el esfuerzo adecuado y tampoco el Universo conspirará para que nuestros sueños se hagan realidad. Lo más normal será que vivamos inmersos en tragedias en primera, segunda y tercera persona.

Cuando los obstáculos se vuelven insuperables la única estrategia que nos queda es la aceptación. Creo firmemente que tenemos mucho que aprender del modo en que los estoicos entendían la existencia y, aunque no soy precisamente optimista, me voy acostumbrando a ajustar con mejor o peor acierto las velas cuando arrecia la tormenta; más que por un motivo concreto, por si las moscas, porque nunca sabemos si pese a todo los vientos terminarán por llevarnos un buen día a Ítaca y tenemos que estar preparados para desembarcar.

Este blog va cambiando de rumbo, las corrientes me llevan a surcar mares más antiguos, pero aún quedan episodios inconclusos de estos últimos años que intentaré rematar; no me gusta dejar nada a medias y pienso que al final aprendemos que el destino que perseguimos es el mismo, aunque el camino que sigamos sea otro distinto al que imaginamos en un principio. Simple y llanamente, porque somos como somos y no de otra manera. Elegimos el puerto pero el viaje, nuestra vida, depende de demasiados factores.

Tal vez cuando alcancemos la perspectiva que dan los años descubramos un imaginado sentido articulándolo todo.

Para terminar, compartiré también con vosotros un bonito texto titulado Yo iba a ser princesa que creo encaja bien aquí, está escrito por la periodista Mercè Roura, una de mis debilidades de la blogsfera. Espero que os guste.

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Meditaciones, Libro IV (Marco Aurelio)

Meditaciones

 

Sé igual al promontorio donde sin cesar se quiebran las olas. Él permanece inconmovible, y a su alrededor se adormece la furia burbujeante del agua. «Desgraciado de mí, porque me ha pasado esto.» Nada de eso, sino: «Afortunado yo, porque a pesar de pasarme esto continúo sin pesar, ni quebrantado por el presente ni atemorizado por el porvenir.» Porque esto igual podía pasarle a cualquiera, pero no todos seguirían adelante después de esto sin pesadumbre. ¿Por qué ha de ser aquello más desgracia que esto fortuna? ¿Llamas, en fin de cuentas una desgracia del  hombre lo que no es un fallo de la naturaleza del hombre? ¿Te parece a ti que es un fallo de la naturaleza humana lo que no va en contra del deseo de su  naturaleza? ¿Por qué? Has aprendido su deseo. ¿Acaso este deseo te impide ser justo, magnánimo, moderado, prudente, libre de juicios repentinos, leal, reservado, libre, y lo demás, que si está presente, la naturaleza del hombre posee lo que le es propio? Acuérdate además en ocasión de todo lo que te lleve a la tristeza, de echar mano de este principio: que no es esto mala suerte, sino llevarlo con clase es buena fortuna.

Los Anales, Libro XV (Publio Cornelio Tácito)

Cuando el sol se eclipsa para desaparecer se ve mejor su grandeza.

Lucio Anneo Séneca


muertedesenecarubens

LXII. Sin dejarse turbar, pide séneca su testamento y, ante la negativa del centurión, se vuelve hacia sus amigos, diciendo que, “puesto que se le prohibía agradecer sus servicios, les deja al menos el único bien que le restaba, pero el más hermoso de todos: la imagen de su vida. Si guardaban su recuerdo hallarían en el renombre de la virtud la recompensa de su constante amistad”. Y como llorasen, Séneca les habló primero con sencillez; después, con tono más severo, les reprendió y aconsejó firmeza. Les preguntaba “qué había venido a ser sus lecciones de prudencia, dónde estaban los principios que habían meditado durante tantos años contra la fatalidad. Porque, en fin, ¿quién no conocía la crueldad de Nerón? Al martirio de su madre y de su hermano no le restaba más que ordenar también la muerte del hombre que le había educado e instruido”.

LXIII. Después de estas exhortaciones, que parecían dirigirse a todos, instintivamente estrechó a su mujer en sus brazos, un poco enternecido, a pesar de la fortaleza de su espíritu, le rogó y suplicó que moderase su dolor y no lo hiciere perpetuo, sino que en la contemplación de una vida consagrada a la virtud encontrase el consuelo de la pérdida de su esposo. Pero Paulina aseguró que también ella estaba decidida a morir y reclamó el brazo del verdugo. Entonces Séneca no se opuso a su gloria; además su amor temíase que quedase expuesta al oprobio una mujer por quien sentía un sin igual afecto: “Yo te había mostrado, dijo, los encantos de la vida; tú prefieres el honor de morir; no me opondré a tal ejemplo; sea igual entre nosotros la constancia de un fin tan generoso, pero en él tú consigues la mayor gloria”. Después de estas palabras se cortaron, a un tiempo, las venas de los brazos. Séneca, cuyo cuerpo débil por su ancianidad y delgado por la abstinencia dejaba muy lentamente escapar la sangre, se abrió también las venas de las piernas y rodillas. Fatigado por el dolor, temiendo que su sufrimiento abatiese el valor de su esposa y también por no alterarse al presenciar los tormentos de ella, la persuadió a retirarse a otro aposento. Entonces, echando mano de su elocuencia aún en sus últimos momentos, llamó a sus secretarios y les dictó varias cosas. Como fueron literalmente publicadas, creo superfluo el comentarlas.

LXIV. Pero Nerón no tenía resentimiento alguno contra Paulina y, temiendo hacer más odiosa su crueldad, ordenó que se impidiese la muerte de la esposa de Séneca. Por orden de los soldados, sus libertos y esclavos le vendaron las heridas y detuvieron la sangre. No se sabe si ella se dio cuenta de esto pues, como el vulgo se inclina siempre a pensar lo peor, no faltó quienes creyesen que mientras temió la ira de Nerón, deseó la gloría de acompañar a su marido, pero que después, con mejores esperanzas, se dejó vencer por la dulzura de la vida. Solamente vivió algunos años guardando el recuerdo de su marido y mostrando en su rostro y en sus descoloridos miembros que la vida languidecía en ella. Viendo Séneca que se prolongaba el dolor de la agonía rogó a Eustacio Anneo, en quien veía un amigo fiel y un hábil médico, que le sacase el veneno que ya tenía preparado (era el que daban los atenienses a los condenados a muerte), y cuando se lo trajeron lo tomó sin que le produjera efecto, pues sus miembros estaban fríos y en su cuerpo no obraba el veneno. Ordenó, a continuación, que le introdujesen en la sala de baños calientes y, rociando con el agua a los presentes, dijo que ofrecía aquella libación a Júpiter libertador. Por fin, entrando en el baño, lo sofocó el vapor. Su cuerpo fue incinerado sin ceremonia alguna. Así lo habían prescrito en su testamento cuando, siendo rico y poderoso, pensaba en sus últimos momentos.

Imagen: La muerte de Séneca de Rubens.

La muerte de Séneca (Heiner Müller)

No os espante el dolor; o tendrá fin o acabará con vosotros.

Lucio Anneo Séneca

 

La-muerte-de-Seneca

 

¿Qué pensó Séneca y no dijo cuando el capitán de la guardia personal de Nerón, en silencio, sacó el veredicto de muerte de la coraza torácica lacrado por el alumno para el profesor?

A escribir y a lacrar había aprendido y a despreciar todas las muertes salvo la propia. Reglas de oro de todo arte de Estado.

¿Qué pensó Séneca y no dijo, cuando les prohibió el llanto a las visitas y a los esclavos que habían compartido su última comida con él?

Los esclavos sentados al final de la mesa.
Las lágrimas no son filosóficas.
Lo fatal debe ser aceptado.

Y en cuanto a ese Nerón que había asesinado a su madre y a sus hermanos ¿Por qué debía hacer una excepción con su maestro?

¿Por qué desistir de la sangre del filósofo que no le había enseñado a derramar sangre?

¿Y cuando hizo que le cortaran las venas primero en los brazos, y a su esposa, que no quiso sobrevivir a su muerte, y probablemente fue un esclavo quien lo hizo?

También la espada que Bruto hizo caer sobre sí mismo al final de su esperanza republicana tuvo que ser sostenida por un esclavo.

¿Qué pensó Séneca y no dijo, cuando la sangre fue dejando su cuerpo demasiado viejo de manera demasiado lenta y el esclavo obediente le abrió también a golpes las venas de las piernas y los huecos poplíteos?

Murmullos con cuerdas vocales resecas.
Mis dolores son mi propiedad. Lleven a mi mujer a la pieza contigua. Que mi secretario venga a verme.
La mano ya no pudo sostener la pizarra para escribir, pero el cerebro seguía trabajando.
La máquina fabricaba palabras y frases, anotaba los dolores.

¿Qué pensó Séneca y no dijo, entre las letras de su último dictado, recostado en el sofá del filósofo?

¿Y, cuando vació la copa con el veneno de Atenas porque la muerte se hizo esperar aún, y el veneno que había ayudado a muchos antes que él solamente logró escribir una nota al pie
en su cuerpo casi desprovisto de sangre, no un texto claro?

¿Qué pensó Séneca sin habla finalmente cuando marchó hacia la muerte en el baño de vapor, mientras el aire danzaba delante de sus ojos la terraza oscurecida por el confuso aleteo probablemente no de ángeles?

Tampoco la muerte es un ángel.

En el resplandor de las columnas, al reencontrarse con la primera hierba que había visto en una pradera cerca de Córdoba. Más alta que cualquier árbol.

 

Ilustración: La muerte de Séneca, por Manuel Domínguez y Sánchez.

Sobre los estoicos

La muerte de Séneca

 Hacía tiempo que este blog permanecía mudo y, la verdad, me cuesta que recobre su voz. Llevo un tiempo trabajando en algunas entradas (sin demasiado entusiasmo, todo hay que decirlo) pero no termino de darles el punto que me gustaría. En espera de tiempos mejores, incluyo hoy un fragmento del libro Anatomía del miedo de José Antonio Marina.

Hace tiempo que le doy vueltas a un proyecto sobre los estoicos y la psicoterapia, alguna entrada inconclusa hay por ahí guardada y unas cuantas frases recopiladas (algunas ya han aparecido en el blog) que esperan mejores tiempos para ver la luz.

No voy a disculparme por no seguir con el tema que nos ocupaba en las últimas entradas, pues ya advertí en su día que el orden no iba a ser una virtud de este espacio y sigo creyendo firmemente que el orden termina emergiendo del caos.

Sin más dilación, cedo la palabra a don José Antonio:

No hablo del estoicismo por amor a la historia, sino porque no es historia. La moral estoica, sin duda impresionante, caló en el cristianismo, que se empapó de muchas de sus teorías, y ha durado hasta ahora. De Séneca, director espiritual de su época, se dijo que era “un alma naturalmente cristiana”. Tertuliano dice de él: Seneca saepe noster, Séneca, muchas veces nuestro, es decir, cristiano. El filósofo estoico busca la independencia, la libertad, la fuerza, y para ello tiene, en primer lugar, que librarse del miedo. Para conseguirlo no tiene que necesitar nada, salvo la virtud. “El alma recta nunca se doblega”, escribe Séneca. Los sentimientos son el resultado de un error acerca de lo que es bueno y malo. “No nos hacen sufrir las cosas –dirá Epícteto, sino las ideas que tenemos acerca de las cosas”. El sabio ha logrado la apatheia, no tiene pasiones, se mantiene impasible ante el infortunio. Los estoicos han elaborado una moral de la valentía pura y dura, basada en el desprecio del mundo y en el desprecio de la emoción. “A todo lo bueno –escribe Séneca a Lucilio- irá sin vacilaciones el hombre bueno: aunque esté ante el verdugo carnicero y el que le ha de atormentar con fuego, perseverando sin sin pensar en lo que ha de sufrir, sino en lo que ha de hacer”.

[…] Abstenerse y perseverar, abstinere et sustinere, ése es el secreto. La firmeza de ánimo es lo esencial. […]

En todos estos análisis de los filósofos estoico a y medievales, la valentía se considera un acto de la virtud, es decir, de un hábito adquirido que conforma el carácter. A esta virtud la denominaban “fortaleza”. Los estoicos, a falta de otras pasiones tenían la pasión de ordenar conceptos, aprovecharon las obras de los filósofos anteriores, y consideraron que las virtudes que había de tener el hombre bueno eran cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Los niños de mi tiempo aprendíamos esto en el catecismo católico, pero se trataba en realidad de una herencia estoica.

Un apunte más. Los estoicos, preocupados por la salud del alma, inventaron la psicoterapia, de curación anímica. Sin embargo, no aspiraban al bienestar psicológico, sino a la perfección moral. Recomiendan, por ejemplo, la pobreza para adquirir la serenidad. Algunas de sus ideas se retoman en la actualidad, aunque fuera de contexto. Todos los terapeutas cognitivos repiten la frase de Epícteto que antes he citado. Y los conductistas aplican para tratar fobias el mismo método de exposición que recomendaba Séneca a su discípulo Lucilio: “Yo deseo tanto probar la firmeza de tu alma, que te aconsejo que dediques algunos días en los cuales, contento, con poca y malísima comida y con un vestido rahez, puedas decir: ¿Es esto lo que tanto temía? pretendo que no tengas más que un jergón, un saco burdo y sórdido y seco pan; hazlo así bastantes días con objeto de que no parezca esa conducta tuya un juego, sino una verdadera prueba”.

Ilustración: “La muerte de Séneca”, cuadro de Manuel Domínguez y Sánchez.

Apunte:

Hace tiempo decidí que este blog se escribiría tanto hacia adelante como hacia atrás. Hoy he encontrado este artículo de Ryan Holiday que pienso encaja a la perfección con el “universo estoico” que se respira por aquí: Stoicism Is For Life, Not For a Week.