Cuando ya no esté. Una entrevista de Iñaki Gabilondo a Neil deGrasse Tyson

Hace ya unos cuantos días encontré el vídeo de hoy en varios blogs de reconocido prestigio recomendado su visualización y divulgación. Hasta hoy no he tenido el tiempo y la tranquilidad para ello y, ciertamente, es recomendable verlo y pensar sobre aquello que nos cuenta Neil deGrasse. Sobre todo me gustó la segunda parte, cuando la entrevista se desvía de su idea original (indagar sobre cómo será el mundo futuro, de ahí el título de la serie) y se ocupa de aspectos más, digamos, terrenales.

El mensaje es claro y no me voy a repetir. Sólo añadiré una pregunta retórica: ¿Si todos (aparentemente) estamos de acuerdo en la importancia de la educación y de la ciencia, por qué seguimos otros caminos en lugar de viajar juntos en esa dirección?

 

¿Qué es la ciencia?

Hemos descubierto que para poder progresar es de fundamental importancia saber reconocer nuestra ignorancia y dejar lugar a la duda.

 

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La frase que encabeza esta entrada pertenece al libro ¿Qué te importa lo que piensen los demás? de Richard P. Feynman. También cumple esa misma función introductora en la memoria que presenté para aspirar al título de doctor. Ya comenté en su día que la lectura de este libro y de ¿Está usted de broma Sr. Feynman? resultó entonces providencial para afrontar una perdida muy importante en mi vida. Fue por eso que cuando llegó la hora de defender la tesis pensé que debía buscar algo en esos libros y colocarlo allí. Además, esa frase en concreto tenía otras connotaciones que no sé si se captaron entonces o simplemente pasaron desapercibidas; pero eso es algo que ya carece de importancia.

Cambiando de tercio, el texto que viene a continuación también nace del talento de Feynman; es parte de una conferencia titulada como esta entrada  ¿Qué es la ciencia? y que pronunció ante un auditorio de profesores. Se recoge en el libro recopilatorio El placer de descubrir, uno de los muchos que fue encontrando hueco en mi biblioteca después de aquellos dos.

Es éste un texto que considero en la misma línea que otro que colgué hace unos meses de David Ruelle (La ciencia). Son fragmentos en los que se refleja mi manera de entenderla; aunque, bien pensado, puede que sea así porque mis lecturas, entre otras muchas, fueron éstas (aparecerán más por aquí). También puede ser que nuestra naturaleza nos acerque a determinados textos y formemos así una especie de círculo del que no podemos escapar.

Feynman tenía un talento especial para analizar las cuestiones de este mundo y no solo aquellas que se le plantearon en su profesión. Lo que sigue es únicamente una muestra de esta habilidad en la que señala la distancia que existe entre lo que es y no es ciencia e intenta asimismo mostrar cuál es el camino correcto a seguir para transmitirla de generación en generación. Mezcla así con fineza y sentido crítico dos de los temas que más veces han llenado mi cabeza. Sin más dilación, cedámosle la palabra:

 

Por ejemplo, tenemos muchos estudios sobre didáctica en los que la gente hace observaciones y se hacen listas y estadísticas, pero esto no se convierte luego en ciencia establecida, en conocimiento establecido. Son simplemente una forma imitativa de ciencia. Es parecido a lo que sucede con los habitantes de los Mares del Sur, que construyen aeropuertos, torres de radio, todo hecho de madera, esperando así que llegue un gran avión. Incluso construyen aviones de madera de la misma forma que los que ven en los aeropuertos extranjeros que viven a su alrededor, pero, de forma extraña, esos aviones no vuelan. El resultado de esta imitación pseudocientífica es producir expertos, lo que son muchos de ustedes: expertos. Ustedes, profesores que están realmente enseñando a los niños en el nivel inferior, quizá puedan dudar de los expertos de cuando en cuando. Aprendan de la ciencia que ustedes deben dudar de los los expertos. Como cuestión de hecho, yo puedo definir también la ciencia de otro modo: ciencia es la creencia en la ignorancia de los expertos.

Cuando alguien dice que la ciencia enseña tal y tal cosa, está utilizando la palabra incorrectamente. La ciencia no enseña; es la experiencia lo que lo enseña. Si ellos le dicen que la ciencia ha demostrado tal o cual cosa, ustedes podrían preguntar: "¿Cómo lo demuestra la ciencia – cómo lo descubrieron los científicos-… cómo, qué, dónde?". La ciencia no lo ha demostrado, sino que es este experimento, este efecto, el que lo ha demostrado. Y, una vez oídos los experimentos (pero debemos oír toda la evidencia), usted tiene tanto derecho como cualquier otro a juzgar si se ha llegado a una conclusión reutilizable.

En un campo que es tan complicado que la auténtica ciencia no es aún capaz de llegar a ninguna parte, tenemos que confiar en una especie de sabiduría pasada de moda, una especie de sencillez definitiva. Estoy intentando inspirar al profesor en el nivel inferior para que tenga alguna esperanza y alguna autoconfianza en el sentido común y en la inteligencia natural. Los expertos que les están guiando quizás estén equivocados.

[…] Creo que vivimos en una era acientífica en la que casi todo el embate de las comunicaciones y los programas de televisión, los libros y demás cosas son acientíficos. Esto no significa que sean malos, sino que son acientíficos. Como resultado, hay mucha tiranía intelectual en nombre de la ciencia. Finalmente, un hombre no puede vivir más allá de la tumba. Cada generación que descubre algo a partir de su experiencia debe transmitirlo, pero debe transmitirlo con un delicado equilibrio entre respeto y falta de respeto, de modo que la raza (ahora que es consciente de la enfermedad a la que está sometida) no imponga sus errores de forma demasiado rígida en su juventud, sino que en efecto transmita la sabiduría acumulada, más la sabiduría que no sea sabiduría.

Es necesario enseñar a aceptar y a rechazar el pasado con una especie de equilibrio que requiere una habilidad considerable. La ciencia es la única de todas las disciplinas que contiene dentro de sí misma la lección del peligro de la creencia en la infalibilidad de los maestros de la generación precedente.

 

En la entrada que mencionaba al principio, hablaba de una entrevista con Feynman en 1981 para el programa de la BBC Horizon. Pues bien, dicha entrevista (que le da título al libro que nos ocupa y que contiene una suerte de transcripción de la misma) está aquí al completo:

 

 

Quisiera terminar con otro pensamiento extraído del mismo libro con que empezaba:

He sido atrapado, por así decirlo —lo mismo que alguien a quien se le ha dado de niño algo maravilloso, y luego se pasa la vida buscándolo otra vez. Estoy siempre buscando, como un niño; buscando las maravillas que sé que he de encontrar —no siempre, quizás, pero sí de vez en cuando.

El legado de Feynman va más allá de la electrodinámica cuántica y de The Feynman Lectures on Physics; se encuentra en su compromiso con la ciencia y sus métodos, en su rechazo del dogma, en la duda enarbolada como bandera y, por supuesto, en su humanidad.

Pienso que hoy era un buen día para colgar esto.

Los valores neoliberales corrompen hasta en la escuela

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Hoy se ha aprobado la LOMCE, una ley más a añadir a esa lista que promete mejorar la educación en este país y que, como sus antecesoras, probablemente sirva para bien poco y sea tan efímera como los gobiernos que padecemos.

No me voy a referir a sus defectos y virtudes (seguro que alguna tiene), pues ni la he estudiado en detalle ni considero que sea quién para hacerlo. Pero como muestra de lo que nos jugamos con nuestra actitud reticente sí quiero compartir este artículo de Miguel A. Vadillo que, junto a la descripción de unos interesantes y esclarecedores estudios, apunta certeramente en la diana de lo que un sistema educativo significa para una sociedad.

El tiempo pasa inexorablemente y menospreciamos una y otra vez la principal herramienta de que disponemos para que este mundo sea mejor algún día.

El concepto de lo mental (Gilbert Ryle)

El mito cartesiano supera los defectos del mito de Hobbes, duplicándolos. Pero también la homeopatía doctrinaria presupone el reconocimiento de que existen enfermedades.

Gilbert Ryle

El concepto de lo mental

 

Los niños, los semianalfabetos, los soldados "a la antigua" y algunos pedagogos tienden a suponer que recibir enseñanza y adiestramiento consiste en llegar a ser simplemente capaz de repetir las exactas lecciones enseñadas. Pero esto es un error. No diríamos que un niño no habría hecho más que comenzar a aprender las tablas de multiplicar si todo lo que sabe hacer es repetirlas correctamente desde el comienzo hasta el fin. No las ha aprendido correctamente a menos que pueda dar, rápidamente, la respuesta precisa a cualquier problema fácil de multiplicación (no superior a diez por diez), y a menos que pueda aplicar las tablas para decirnos, por ejemplo, cuántos dedos pulgares hay en un cuarto en el que se encuentran seis personas. Tampoco podemos decir que un hombre es un escalador de montañas avezado si sólo puede trepar las mismas rocas sencillas que sirvieron para enseñarle, y sólo puede hacerlo en condiciones iguales a las que se daban cuando se le enseñó y realizando los mismos movimientos que, entonces, se le hizo realizar. Aprender es llegar a ser capaz de hacer alguna cosa correcta o adecuada en cualquier situación perteneciente a ciertos tipos generales. Es llegar a encontrarse preparado para reclamos variables dentro de ciertos límites.

Con anterioridad, en este mismo capítulo, traté de explicar por qué es que, aunque concentrarse en una tarea no consiste en acoplar una operación de investigación o inspección con la ejecución de esa tarea, sin embargo esperamos que una persona que se encuentra en algo sea capaz de decir, sin averiguarlo, en qué ha estado ocupada. Atender o prestar atención no es una ocupación secundaria de teorizar, pero, no obstante ello, parece implicar tener en la punta de la lengua las respuestas a preguntas teóricas acerca de nuestra ocupación primaria. ¿Cómo puedo conocer lo que he estado haciendo o sintiendo, a menos que hacer o sentir algo con la mente puesta en ello importe algún estudio de lo que estoy haciendo o sintiendo)? ¿Cómo puedo describir ahora lo que no he examinado previamente?

Parte de la respuesta parece ser ésta. No todo hablar, y por cierto tampoco las formas más rudimentarias del hablar, consisten en impartir trozos de conocimiento general. No comenzamos, por ejemplo, diciéndole al infante los nombres de las cosas que en el momento no le interesan. Comenzamos diciéndole el nombre de las cosas que aquí y ahora atraen su interés. El uso de los nombres de las cosas es así inyectado en el interés en ellas. De un modo, en parte similar, damos al niño instrucciones, consejos, demostraciones, retos y voces de aliento relativos a lo que está ensayando ahora. No esperamos a que se halle desocupado para enseñarle cómo debe hacer las cosas. El hecho de que el adiestramiento sea simultáneo con la ejecución no lo torna, necesariamente, una distracción respecto de la última. Tratar de seguir las enseñanzas es parte de tratar de hacer las cosas, y a medida que el niño aprende a hacerlas, también aprende a entender mejor las lecciones para hacerlas y a aplicarlas mejor. De allí que él aprende, también, a desdoblar los papeles del instructor y del alumno; aprende a adiestrarse a sí mismo y a prestar atención a su propio adiestramiento; esto es, a adecuar sus hechos a sus propias palabras.

Democracia, educación y estupidez humana (I)

El poder auténtico, y eso lo sabemos todos, está en otro lugar. El poder auténtico es el poder económico, financiero, ese que no aparece, al que se le vota, que está en algún lugar no señalado, presionando, exigiendo, dictando. Y puede ocurrir que países democráticos, con gobiernos escrupulosamente democráticos se encuentren en la situación terrible que les vienen impuestas desde arriba, y ese “desde arriba” no es democrático.

Esa es la gran paradoja.

José Saramago. Universidad y democracia.

 

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Saramago pronunció estas palabras en una conferencia en la Universidad Complutense de Madrid(1).  Coincidirán conmigo en que su discurso no han perdido ni un ápice de actualidad. Allí habló de la crisis de la democracia y de la educación como instrumento para preservarla.

Para entrar en materia, reflexionaremos un poco sobre qué es la democracia. Si nos atenemos a la definición del DRAE, es una “doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno”. Y también, el “predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado”. Probablemente las ideas que la mayoría tenemos sobre este concepto estarán recogidas en estas definiciones.

Si bien es probable que existiesen sistemas de este tipo con anterioridad, el antecedente más conocido de este sistema es el de la Atenas del siglo de Pericles y que fue descrito por Aristóteles. Cabe señalar que aquel sistema se parecía poco a lo que pretense ser el actual pues el pueblo eran únicamente los ciudadanos libres varones mayores de edad, es decir, una minoría de la población.

 

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Precisamente Saramago menciona a Aristóteles en su disertación:

Aristóteles –aunque nunca estudié en la universidad he leído a Aristóteles- decía en su tratado De política que un gobierno realmente democrático debería necesariamente, por lógica matemática, por pura aritmética, integrar en su seno a más pobres que ricos porque decía él, “los pobres son más que los ricos, luego, si el gobierno de la polis tiene, por ejemplo, veinte personas, diecisiete tendrían que ser pobres y los tres restantes ricos.

[…]

Por otra parte, los partidos ricos siempre encuentran a unos cuantos pobres para que gobiernen a su mayor gloria y provecho; de los ricos, del poder, quiero decir. Estos pobres enseguida acaban cruzando la frontera y se pasan al bando de los ricos, aunque hubieran llegado al gobierno con los votos de los pobres, como bien sabemos que ocurre en todo el mundo.

Podría seguir citando aquí a don José, pero solo añadiré un párrafo más a modo de conclusión:

Es decir, tenemos un sistema democrático regido por un sistema no democrático: para paranoias, aquí hay una fuente, para esquizofrenias, apuntamos a número uno.  Y esto podría ser considerado, sencillamente, una paradoja más o menos divertida si no fuera algo tan serio.

Me pregunto si la democracia tal y como la concebimos realmente existe, puede existir o, por el contrario, no es más que una ilusión que a algunos le interesa que permanezca en la mente colectiva. Tengo que advertir que esta entrada no voy a lanzar un discurso político, pues esto nunca ha sido el objetivo de este blog, sino que me referiré como es más frecuente en este sitio, a asuntos relacionados con comportamiento humano y la educación.

La idea de escribir sobre esto nació de la lectura de un breve artículo en Life’s Little Mysteries, que lleva por título Incompetent People Too Ignorant to Know It. Su autora, Natalie Wolchover, hace referencia a algunos trabajos de David A. Dunning, un psicólogo de la Universidad de Cornell. Éste y otros autores han mostrado experimentalmente cómo nuestra incompetencia en algún tema concreto nos priva de la capacidad de aceptarla y, por ende, de juzgar la competencia de los demás en la materia de que se trate. Y apunta además que esto pude ser el origen de muchos de nuestros problemas sociales.

Concretamente, observaron que después de someter a un grupo de sujetos a una prueba, los que consiguieron mejor desenvolvimiento en ella se mostraron más confiados en su resultado, pero solo ligeramente más que los demás. La mayoría de los participantes se creen sistemáticamente por encima de la media. Y no es un asunto de optimismo, incluso ofreciendo recompensas económicas a los sujetos que se evalúen con precisión no mejoran el resultado.

Este investigador apunta asimismo que las personas sin talento en determinada área son incapaces de reconocer el de los demás. Y esto nos lleva a concluir que las personas sin formación política, científica, económica o social serán incapaces de reconocer a los mejores candidatos, por lo que el proceso democrático no resulta una buena idea. No somos conscientes ni de la facilidad con la que nos manipulan, ni de nuestro desconocimiento ni de lo sesgadas que son nuestras decisiones.

Dicho de otro modo, una educación deficiente nos sitúa en mala posición para tomar decisiones. A mi memoria viene un texto que me hicieron leer en COU, allí su autor defendía que la utilidad principal de estudiar física no era que aprendiésemos a calcular la velocidad de una bola o la órbita de un planeta, sino el forjar ciudadanos capaces de entender su utilidad y, por ende, qué había que invertir en conocimiento. Lamentablemente no sé dónde anda ese texto después de tantos años y no recuerdo a su autor (quiero recordar que era francés), pero desde entonces la idea de que la función de la educación es convertirnos en ciudadanos de pro siempre me ha acompañado. Para quien quiera leer algo más sobre el tema aquí hay una entrada del blog La física y la química en la vida cotidiana en la se menciona este asunto.

 

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Cambiando de tercio, en 1976 el historiador económico Carlo Maria Cipolla, escribía en su ensayo Allegro ma non troppo:

En el seno de un sistema democrático, las elecciones son un instrumento de gran eficacia para asegurar el mantenimiento estable de la fracción [de personas estúpidas frente al total de la población] entre los poderosos.

En este ensayo escrito en clave irónica pretende prevenirnos ante la que considera “el tipo de persona más peligroso que existe”. Trataremos este tema con más detalle en la siguiente parte de esta entrada.

De momento tenemos algunos argumentos en contra de la eficacia de nuestro sistema democrático. No parecemos preparados intelectualmente para hacerla un sistema eficiente y el hecho de celebrar elecciones no nos libra de elegir a representantes poco adecuados.

¿Eso significa que no podemos lograr un gobierno aceptable? Sin ánimo de aportar soluciones a esta situación (qué más quisiera), analizaremos una opción que ya se les ocurrió a los griegos para luchar contra la corrupción (ese fenómeno que ahora parece que nos preocupa tanto y del que nos olvidamos durante demasiado tiempo).

 

(1) Democracia y Universidad . José Saramago. Editorial Complutense (2010). Mi agradecimiento a Moni Solanas por presentarme esta obra.

Más sobre el sistema educativo

Educar a un joven no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía.

John Ruskin

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Algunas veces pienso que debo ser una especie de docente frustrado y, tal vez por eso, me guste traer a este sitio temas educativos pese a que no constituyen ruta de navegación (de momento). Hace unos días me enseñaron esta conferencia de Sir Ken Robinson para RSA animada por CognitiveMedia. Al verla vino a mi memoria otro vídeo que ya apareció por aquí y que ahonda en el mismo tema.

No es la primera vez que defiendo que el sistema educativo debería cambiar (véanse Capacidades I y II), sobre todo porque no funciona todo lo bien que debiera y, como dijo Einstein, si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo.

Robinson sostiene que el sistema fue desarrollado en otra época por y para gentes de otro tiempo. Eso es tan cierto como que ahora tenemos más conocimientos que entonces y que deberíamos ser capaces de usarlos en bien de la sociedad.

Puede que el problema esté precisamente ahí, en que no nos ponemos de acuerdo en lo que es realmente bueno para el mundo.

Siete inteligencias y un modelo educativo

Howard Gardner

Hace solo unos días que Howard Gardner recibió el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Para tratar en este momento su importante obra, me he permitido tomar prestada esta entrada escrita por Núria Costa, una psicóloga catalana bastante más avezada que yo en esta materia y cuyo blog frecuento con asiduidad. Aprovecho para animar a los que me visitan a que lo hagan también, seguro que aprenden algo nuevo.

Siete inteligencias y un modelo educativo