Exilio (Alejandra Pizarnik)

 

Pizarnik_byn

a Raúl Gustavo Aguirre

Esta manía de saberme ángel, 
sin edad, 
sin muerte en qué vivirme, 
sin piedad por mi nombre 
ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor? 
¿Y quién no goza entre amapolas? 
¿Y quién no posee un fuego, una muerte, 
un miedo, algo horrible, 
aunque fuere con plumas 
aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar una sombra. 
La sombra no muere. 
Y mi amor 
sólo abraza a lo que fluye 
como lava del infierno: 
una logia callada, 
fantasmas en dulce erección, 
sacerdotes de espuma, 
y sobre todo ángeles, 
ángeles bellos como cuchillos 
que se elevan en la noche 
y devastan la esperanza.

 

¿Qué es, en realidad, «pensar»?

Esta exposición habrá cumplido su propósito si muestra al lector cómo están entretejidos los esfuerzos de una vida y por qué han llevado a expectativas de determinada especie.

Albert Einstein

 

Notas autobiográficas

 

La frase anterior resume bien la intención de este librito, de esta necrología escrita a los sesenta y siete años que es, no sin una buena dosis de sarcasmo, como la definió el mismo Einstein. Una obra con aroma a pasado (como también lo es El fin de las certidumbres al que aludíamos hace un tiempo) que, junto a la privilegiada mirada del autor hacia la génesis y desarrollo de la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, contiene algo más. Ese algo es el largo fragmento que sigue este comentario y del que he preferido no prescindir de nada. De hecho, cada vez que me acercaba a esta entrada, su longitud crecía.

Reconozco que esta parte del libro casi pasó desapercibida cuando me acerqué a él por primera vez recién publicado en la edición que aparece en la foto. Entonces me interesaban más los aspectos que acabo de mencionar, pero ahora la perspectiva ha cambiado y habrá alguna otra entrada sobre este tema, por lo que no me extenderé más ahora. Pasémosle pues la palabra a Einstein:

Siendo todavía un joven bastante precoz adquirí ya viva conciencia de la futilidad de las ansias y esperanzas que atosigan sin tregua a la mayoría de los hombres por la vida. Desde muy pronto vi también la crueldad de este acoso, crueldad que por aquellos años se ocultaba mucho mejor que hoy bajo la hipocresía y las palabras deslumbrantes. La existencia del estómago condenaba a cada cual a participar en ese ejercicio; pero aunque esta participación podía colmar el estómago, no podía satisfacer al hombre como ser pensante y sentiente. Como primera salida estaba la religión, que la máquina educativa tradicional se encarga de implantar en cada niño. De esta suerte |y pese a ser yo hijo de padres (judos) absolutamente irreligiosos| llegué a una honda religiosidad, que sin embargo hallo abrupto n a la edad de doce años. A través de la lectura de libros de divulgación científica me convencí en seguida de que mucho de lo que contaban los relatos de la Biblia no podía ser verdad. La consecuencia fue un librepensamiento realmente fanático, unido a la impresión de que el Estado miente deliberadamente a la juventud; una impresión demoledora. De esta experiencia nació la desconfianza hacia cualquier clase de autoridad, una actitud escéptica hacia las convicciones que latían en el ambiente social de turno; postura que nunca volvió a abandonarme, si bien es cierto que mas tarde, al comprender mejor las conexiones causales, perdió su primitivo filo.

Veo claro que el así perdido paraíso religioso de la juventud fue un primer intento de liberarme de las ligaduras de lo «meramente personal», de una existencia dominada por deseos, esperanzas y sentimientos primitivos. Allá fuera estaba ese gran mundo que existe independientemente de los hombres y que se alza ante nosotros como un enigma grande y eterno, pero que es accesible, en parte al menos, a la inspección y al pensamiento. Su contemplación hacía señas de liberación, y no tardé en advertir que más de uno a quien yo había llegado a estimar y admirar había hallado libertad y seguridad interior a través de la devota dedicación a ella. La aprehensión mental de este mundo extrapersonal en el marco de las posibilidades que están a nuestro alcance flotaba en mi mente, mitad consciente, mitad inconscientemente, como meta suprema. Los amigos a no perder eran aquellos hombres, del presente o del pasado, que albergaban parecidas motivaciones, as como las ideas por ellos conquistadas. El camino hacia ese paraíso no era tan cómodo ni seductor como el del paraíso religioso; pero ha demostrado ser fiable, y jamás me he arrepentido de haberlo elegido.

Lo que acabo de decir sólo es verdad en cierto sentido, al igual que un dibujo compuesto por unos cuantos trazos tampoco puede reproducir sino en sentido limitado un objeto complejo, lleno de prolijos detalles. Cuando un individuo halla solaz en las ideas bien ensambladas, puede suceder que este lado de su naturaleza termine por sobresalir en detrimento de otras facetas, llegando a determinar en medida creciente su mentalidad. Puede muy bien ocurrir entonces que este individuo vea retrospectivamente una evolución sistemática y unitaria allí donde lo realmente vivido se desarrolló en un caleidoscopio de situaciones singulares, pues la variedad de las situaciones exteriores y la estrechez del contenido momentáneo de la conciencia conllevan una especie de atomización de la vida de cada persona. El punto de giro de la evolución, en un hombre de mi talante, consiste en que el foco de atención se despega paulatinamente y en gran medida de lo momentáneo y meramente personal y se centra en el ansia de captar conceptualmente las cosas. Las esquemáticas consideraciones anteriores, contempladas desde este punto de vista, encierran tanta verdad como permite semejante concisión.

¿Qué es, en realidad, «pensar»? Cuando, al recibir impresiones sensoriales, emergen imágenes de la memoria, no se trata aun de «pensamiento». Cuando esas imágenes forman secuencias, cada uno de cuyos eslabones evoca otro, sigue sin poderse hablar de «pensamiento». Pero cuando una determinada imagen reaparece en muchas de esas secuencias, se torna, precisamente en virtud de su recurrencia, en elemento ordenador de tales sucesiones, conectando secuencias que de suyo eran inconexas. Un elemento semejante se
convierte en herramienta, en concepto. Tengo para m que el paso de la asociación libre o del «soñar» al pensamiento se caracteriza por el papel mas o menos dominante que desempeñe ahí el «concepto». En rigor no es necesario que un concepto vaya unido a un signo sensorialmente perceptible y reproducible (palabra); pero si lo esta, entonces el pensamiento se torna comunicable.

¿Con qué derecho -se preguntara el lector- opera este hombre tan despreocupada y primitivamente con ideas en un terreno tan problemático, sin hacer el mínimo intento de probar nada? Mi defensa: todo nuestro pensamiento
es de esta especie, la de un juego libre con conceptos; la justificación del juego reside en el grado de comprensión que con su ayuda podemos adquirir sobre las experiencias de los sentidos. El concepto de «verdad» no es aplicable aun a semejante estructura; a mi entender, este concepto solo entra en consideración cuando existe general consenso (convention) acerca de los elementos y reglas del juego.

No me cabe duda de que el pensamiento se desarrolla en su mayor parte sin el uso de signos (palabras), y además inconscientemente en gran medida. Porque ¿como se explica, si no, que a veces nos «asombremos», de modo completamente espontaneo de alguna experiencia? Este «asombro» parece surgir cuando una vivencia entra en conflicto con un mundo de conceptos muy fijado ya dentro de nosotros. Cuando ese conflicto es vivido dura e intensamente, repercute decisivamente sobre nuestro mundo de ideas. La evolución de este mundo es, en cierto sentido, una huida constante del «asombro”.

Un asombro de esta índole lo experimenté de niño, a los cuatro o cinco años, cuando mi padre me enseñó una brújula. El que la aguja se comportara de manera tan determinada no cuadraba para nada con la clase de fenómenos que tenían cabida en el mundo inconsciente de los conceptos (acción ligada al «contacto»). Aun recuerdo -o creo recordar- que esta experiencia me causó una impresión honda e indeleble. Detrás de las cosas tena que haber algo profundamente oculto. Frente a aquello que el hombre tiene ante sus ojos desde pequeño no reacciona de esta manera, no se asombra de la cada de los cuerpos, ni del viento y la lluvia, ni tampoco de la Luna ni de que esta no caiga, ni de la diversidad de lo animado e inanimado.

A la edad de doce años experimenté un segundo asombro de naturaleza muy distinta: fue con un librito sobre geometría euclídea del plano, que cayo en mis manos al comienzo de un curso escolar. Había allí asertos, como la intersección de las tres alturas de un triángulo en un punto por ejemplo, que -aunque en modo alguno evidentes- podían probarse con tanta seguridad que parecían estar a salvo de toda duda. Esta claridad, esta certeza ejerció sobre m una impresión indescriptible. El que los axiomas hubiera que aceptarlos sin demostración no me inquietaba; para mí era más que suficiente con poder construir demostraciones sobre esos postulados cuya validez no se me antojaba dudosa. Recuerdo, por ejemplo, que el teorema de Pitágoras me lo enseñó uno de mis tíos, antes de que el sagrado librito de geometría cayera en mis manos. Tras arduos esfuerzos logré «probar» el teorema sobre la base de la semejanza de triángulos, pareciéndome «evidente» que las relaciones de los lados de un triángulo rectángulo tenían que venir completamente determinadas por uno de los ángulos agudos. Solamente aquello que no me parecía, en análogo sentido, «evidente», necesitaba para m de prueba. Y los objetos de los que trata la geometría tampoco se me antojaban de naturaleza distinta de la de los objetos de la percepción sensorial, «los que podían verse y tocarse». Esta concepción primitiva, sobre la que seguramente descansa también la famosa cuestión kantiana en torno a la posibilidad de «juicios sintéticos a priori”, se basa naturalmente en que la relación entre esos conceptos geométricos y los objetos de la experiencia (barra rígida, intervalo, etc.) estaba allí presente de modo inconsciente.

Si bien parecía que a través del pensamiento puro era posible lograr un conocimiento seguro sobre los objetos de la experiencia, el «milagro»  descansaba en un error. Mas, para quien lo vive por primera vez, no deja de ser bastante maravilloso que el hombre sea siquiera capaz de lograr, en el pensamiento puro, un grado de certidumbre y pureza como el que los griegos nos mostraron por primera vez en la geometría.

Ahora que me he dejado llevar a interrumpir esta necrología apenas iniciada, no me resisto a glosar aquí en un par de frases mi credo epistemológico, pese a que en lo que antecede ya se ha dicho, de pasada, algo al respecto. Este credo no se fraguó sino lentamente y mucho mas tarde, y no se corresponde con la postura que yo mantenía en años más jóvenes.

A un lado veo la totalidad de las experiencias sensoriales, al otro la totalidad de los conceptos y proposiciones que están recogidos en los libros. Las relaciones de los conceptos y proposiciones entre sí son de naturaleza lógica, y el quehacer del pensamiento lógico se limita estrictamente a establecer la conexión de conceptos y proposiciones entre sí según reglas fijas, sobre las cuales versa la lógica. Los conceptos y proposiciones solo cobran «sentido» o «contenido» a través de su relación con experiencias de los sentidos. El nexo entre estas y aquellos es puramente intuitivo, no es en s de naturaleza lógica. Lo que diferencia a la vacía especulación de la «verdad»  científica no es otra cosa que el grado de certeza con que se puede establecer esa relación o nexo intuitivo. El sistema de conceptos, junto con las reglas sintácticas que constituyen la estructura de los sistemas conceptuales, es una creación del hombre. Cierto que los sistemas conceptuales son en s completamente arbitrarios desde el punto de vista lógico, pero están subordinados a la finalidad de hacer viable una coordinación lo mas cierta (intuitiva) y completa posible con la totalidad de las experiencias sensoriales; en segundo lugar, aspiran a la máxima parsimonia con respecto a sus elementos lógicamente independientes (conceptos fundamentales y axiomas), es decir, conceptos no de nidos y proposiciones no derivadas.

Una proposición es correcta cuando, dentro de un sistema lógico, esta deducida
de acuerdo con las reglas lógicas aceptadas. Un sistema tiene contenido de verdad según con que grado de certeza y completitud quepa coordinarlo con la totalidad de la experiencia. Una proposición correcta obtiene su «verdad» del contenido de verdad del sistema a que pertenece.

Una observación acerca de la evolución histórica. Hume vio claramente que determinados conceptos, el de causalidad por ejemplo, no pueden derivarse del material de la experiencia mediante métodos lógicos. Kant, absolutamente persuadido de que ciertos conceptos son imprescindibles, teníalos   ̶ tal y como están elegidos ̶  por premisas necesarias de todo pensamiento, distinguiéndolos de los conceptos de origen empírico. Yo estoy convencido, sin embargo, de que esta distinción es errónea o, en cualquier caso, de que no aborda el problema con naturalidad. Todos los conceptos, incluso los más próximos a la experiencia, son, desde el punto de vista lógico, supuestos libres, exactamente igual que el concepto de causalidad, que fue inicialmente el punto de arranque de esta cuestión.

La cuádruple forma de la nada (Leopoldo María Panero)

Panero

Yo he sabido ver el misterio del verso
que es el misterio de lo que a sí mismo nombra
el anzuelo hecho de la nada
prometido al pez del tiempo
cuya boca sin dientes muestra el origen del poema
en la nada que flota antes de la palabra
y que es distinta a la nada que el poema canta
y también a esa nada en que expira el poema:
tres son pues las formas de la nada
parecidas a cerdos bailando en torno del poema
junto a la casa que el viento ha derrumbado
y ay del que dijo una es la nada
frente a la casa que el viento ha derrumbado:
porque los lobos persiguen el amanecer de las formas
ese amanecer que recuerda a la nada;
triple es la nada y triple es el poema
imaginación escrita y lectura
y páginas que caen alabando a la nada
la nada que no es vacío sino amplitud de palabras
peces shakespearianos que boquean en la playa
esperando allí entre las ruinas del mundo
al señor con yelmo y con espada
al señor sin fruto de la nada.
Testigo es su cadáver aquí donde boquea el poema
de que nada se ha escrito ni se escribió nunca
y ésta es la cuádruple forma de la nada.