El hombre imaginario

parracarabn

El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario.

De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios.

Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios.

Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario.

Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.

Nicanor Parra

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Retrato de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez

“Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados”.

Pueden seguir leyéndolo en Calle del Orco: Retrato de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez

El triunfo del Subsuelo

.Barrio de Cuevas Ermita Nueva

A la noche, a altas horas,

cientos de fantasmas salen del subsuelo.

Son bultos de hombres cenicientos

que se acurrucan en las esquinas.

Y esperan. Esperan

a que el sol les disipe muy de mañana

y la oscuridad les lleve de nuevo

otra noche ahí, y así por siglos.

A una cierta hora de la noche

salen del subsuelo.

Son las miradas de humo

y carne de ceniza, y sangre

de silencio hecho de un montón

de alas quemadas de mariposa.

Y levantan a veces la mano

en ademán que no sabes si es

de llamada o despedida.

Salen de la alcantarillas,

de bajo los adoquines mismo,

como una flama de agobio eterno.

Y siempre a una hora exacta, aunque sea

distinta cada día.

Son los bultos contrahechos de antiguos

hacendados, de hidalgos avarientos,

prelados lascivos, damas orgullosas,

gentes de espadón y devocionario.

Robaron, mataron, mintieron. Fueron

inmortales. Por eso la muerte no les llevó

consigo. Y quedaron así, un brazo arriba

cada noche saliendo del cieno o del asfalto.

Me dicen ven. Los ojos no se los veo.

Antonio Enrique

Después de ciento ochenta páginas

Al retornar a Bioy, recordamos nuestro derecho como lectores a soñar otras vidas posibles.

Enrique Vila-Matas.

Bioy2

Yo digo que, con los cuentos, soy menos exigente que con las novelas. Y esto por una razón de prudencia en mi trabajo. Yo más o menos me doy cuenta si voy a poder concluir un relato o no. Si es un cuento, puedo ir aventurándome; si es una novela, trato de aclarar las partes que preveo difíciles para que no me ocurra que, al llegar a la página 170 ó 180, tenga que abandonar el trabajo. Muchas veces me ha pasado eso. Hay varias novelas mías que quedaron así, porque, después de escribir ciento ochenta paginas, me pareció que el tema no era digno de ser leído durante ciento ochenta páginas (lo cual es también una reflexión bastante amarga sobre mi capacidad de juzgar las cosas). Sucede que uno avanza por las historias debido a un encanto que siente hacia ellas. Si a uno no le gusta una historia, mejor que no se ponga a escribirla. Y a veces hubo historias que me gustaron más de lo que merecen gustarme –porque había algo que me caía simpático o que me atraía-, y entonces yo me metía en la historia y, después de escribir ciento ochenta páginas, terminaba descubriendo que el lector tal vez no iba a compartir ese encanto que yo sentí y que no va a poder explicarse para qué se ha leído todas esas páginas de la historia tonta que le está proponiendo el señor Bioy. Eso me ha pasado tres o cuatro veces en la vida.

Fernando Sorrentino, Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares.

Me acababa de levantar aquella mañana de marzo; mientras me aseaba puse la radio, lo primero que escuché fue a la locutora decir: hoy Buenos Aires llora a Adolfo Bioy Casares. No hacía mucho que había leído La invención de Morel, espoleado quizá por aquel prólogo de Borges (no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta), tal vez algo exagerado debido a la amistad que les unía o tal vez no. Luego vendrían más lecturas y se convirtió en uno de esos autores a los que hay que volver a visitar de vez en cuando.

Si quieren saber algo más sobre él, visiten los enlaces que dejo arriba y escuchen su discurso por la concesión del Premio Cervantes (gracias Ana). Pero, sobre todo, lean sus libros.

Feliz día del Libro.

Recordando a Miguel Hernández

Escribí en el arenal
los tres nombres de la vida:
vida, muerte, amor.
Una ráfaga de mar,
tantas claras veces ida,
vino y nos borró.

Miguel_hernandez

Recibió Miguel una carta de su esposa en la prisión de Torrijos, le contaba que ella y su hijo se alimentaban a base de pan y cebolla; escribió entonces las Nanas de la cebolla que muchos han recitado y cantado. Los versos formaron parte del Cancionero y Romancero de Ausencias, un libro que escribió en trozos de papel higiénico que iba escamoteando en la cárcel.

Le decía a su mujer en una carta: Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche.

Moría el 28 de marzo de 1942 en la enfermería de la prisión de Alicante, sólo tenía 31 años. El libro se publicó en Buenos Aires, después de su muerte.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Hasta siempre

 

Abandonarla, dices, es fácil decirlo,
abandonarla como un piloto de combate
que abandona un avión
sin control o en llamas. ¿Pero cómo se salta
de un avión caído, hecho pedazos y oxidado
o hundido en las profundidades del mar?

Amos Oz, El mismo mar.

Atardeció sin ti

Gala

Atardeció sin ti. De los cipreses…
a las torres, sin ti me estremecía.
Qué desgana esperar un nuevo día
sin que me abraces y sin que me beses.

A fuerza de tropiezos y reveses
la piel de la esperanza se me enfría.
Qué agonía ocultarte mi agonía,
y qué resurrección si me entendieses.

Atardeció sin ti. Seguro y lento,
el sol se derrumbó, limón maduro,
y a solas recibí su último aliento.

Quién me viera caer, lento y seguro,
sin más calor ni más resurgimiento,
gris el alma y frustrada entre lo oscuro.

Antonio Gala