De muros y paredes

Las sociedades al organizar el espacio también organizan otros aspectos de sus vidas por medio de él.

Honorio Velasco  .Pared

Hace unos años, cuando el tiempo era otro, descubrí el encanto de la antropología escuchando en un curso de verano de la UNED a un sabio llamado Honorio Velasco . De aquella época son algunas entradas de este blog sobre antropología cultural.y social. De su libro Cuerpo y espacio. Símbolos y metáforas, representación y expresividad de las culturas he extraído este breve fragmento:

Los límites son quebradizos, las amenazas provienen del exterior. Casa, lugar común, celo continuado en el mantenimiento de límites; rituales, señales fijas y otras de ejecución cíclica; varían en el tiempo. Llaves son símbolo duradero, permanecen en los escudos de piedra y en la mente de las gentes.

Ritualización de los límites y ritualidad rutinaria de ocupación de la casa. La estructura  interna del grupo se ve reproducida y activada en la división de espacios internos de la casa.

Relacionado con esto, hoy traigo aquí una entrada titulada Muros y paredes, que hace unos día publicó Francisco Traver en uno de sus blogs. Allí especula sobre cómo los muros que hemos levantado en los lugares que habitamos, (y el consiguiente incremento de la privacidad) ha influido en nuestra subjetividad y en sus posibles consecuencias.

Otro tema interesante (que se trata más a fondo en un muy recomendable  artículo que cita Traver) está relacionado con la formación y crecimiento de los grupos humanos. Es conocido el papel de los rumores, los cotilleos y el fisgoneo en la construcción y crecimiento de las ciudades. Ahora bien, a medida que el espacio va ganando privacidad, este fisgoneo se va dificultando y su papel de control va perdiendo fuerza:

Las paredes era una nueva tecnología que paradójicamente amenazaba la seguridad de los grupos humanos, porque quitaba de la vista y de los oídos material que era esencial para mantener la paz y la moralidad del grupo.

Espero que lo disfruten y, de paso, pueden escuchar la guitarra de David Guilmour y sentir cómo el tiempo se detiene.

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Alquimia y temporalidad

Mircea Eliade

Situándose en el plano de la historia cultural, podemos, por tanto, decir que los alquimistas, en su deseo de sustituir al Tiempo, anticiparon lo esencial de la ideología del mundo moderno. La química no ha recogido más que fragmentos insignificantes de la herencia alquímica. La masa de esta herencia se encuentra en otro lugar, en las ideologías literarias de Balzac, de Víctor Hugo, de los naturalistas, en los sistemas de Economía Política capitalista, liberal y marxista, en las teologías secularizadas del materialismo, del positivismo, del progreso infinito y, en fin, en todas partes donde alumbra la fe en las posibilidades ilimitadas del homo faber, en todas las partes donde aflora la significación escatológica del trabajo, de la técnica, de la explotación científica de la Naturaleza. Y si reflexionamos mejor, descubriremos que este entusiasmo frenético se alimenta sobre todo de una certidumbre: al dominar a la Naturaleza con las ciencias físico-químicas, el hombre se siente capaz de rivalizar con la Naturaleza, pero sin perder tiempo. De ahora en adelante serán la ciencia y el trabajo los que hagan la obra del Tiempo. Con lo que el hombre reconoce como más esencial, su inteligencia aplicada y su capacidad de trabajo, asume hoy la función de la duración temporal; en otros términos, sustituye al Tiempo en su cometido.

[…]

Ahora bien: los descubrimientos técnicos del mundo moderno, su dominio del Tiempo y del Espacio, representan una revolución de proporciones análogas, y cuyas consecuencias estamos aún lejos de haber integrado. La desacralización del trabajo, sobre todo, constituye una llaga abierta en el cuerpo de las sociedades modernas. No podemos estar seguros, sin embargo, de que no se produzca una re-sacralización en el futuro. En cuanto a la temporalidad de la condición humana, representa un descubrimiento aún más grave. Pero sigue siendo posible una reconciliación con la temporalidad, si alcanzamos una concepción más correcta del tiempo. No es éste el momento, sin embargo, de abordar estos problemas. Nuestro propósito era solamente mostrar que la crisis espiritual del mundo moderno tiene también entre sus premisas lejanas los sueños demiúrgicos de los herreros, los metalúrgicos y los alquimistas. Es bueno que la consciencia historiográfica del hombre occidental se descubra solidaria de los actos e ideales de sus antecesores lejanos, incluso si el hombre moderno, heredero de todos estos mitos y todos estos sueños, sólo ha conseguido realizarlos desolidarizándose de sus significados originales.

Mircea Eliade, Herreros y alquimistas.

Una Generación Mutante: Pulgarcita

La casualidad nos da casi siempre lo que nunca se nos hubiere ocurrido pedir.

Alphonse de Lamartine

pulgares

Hay ocasiones en las que la casualidad, la ocasión o la oportunidad me lleva a leer algo que me llama profundamente la atención, si saber muy bien por qué. Puede que sea por la forma, el fondo, la originalidad del tema o una mezcla bien calibrada de todo ello. Es el caso de este texto de Gabriel Navarro que no puedo resistirme a traer a esta sección y compartirlo con los visitantes de este blog, sin que haya una razón manifiesta para hacerlo. Espero lo disfruten.

Una Generación Mutante: Pulgarcita

Imagen: Noticias TNO.

Comunidades virtuales

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Un fenómeno interesante, aún en fase de estudio etnográfico, en la era de la globalización es la formación de “comunidades virtuales”, que más bien son redes de comunicación activadas por medio de las llamadas ‘autopistas de la información’, el correo electrónico y los media multi-interactivos. Se trata especial y particularmente de ‘comunidades’ no-locales, pero asentadas en un ‘canal’ que no es un espacio sino un vínculo que une en la distancia y con tanta flexibilidad que aparentemente tanto guarda la formalidad como preserva la intimidad. No se forman con haces de interacción cara a cara, sino –¿paradójicamente?- de mensaje a mensaje. Se mantienen por reciprocidad estricta y los mensajes tienen en buena medida la virtud de dones (intercambios de programas, de recetas de uso, de información sobre lugares en la red, etc.). Tal vez se inicien por curiosidad, pero se consolidan por frecuencia mantenida, interpretable como fidelidad y en parte también por complicidad. Generan cierta exclusividad. Presumiblemente están especializadas según temas o intereses y utilizan una o varias lenguas estándar como lingua franca con la incorporación de un vocabulario técnico relativo al canal en uso. Sus miembros son identidades descorporalizadas, meras posiciones, denominadas de la forma más diversa y que hacen irrelevante la autenticidad. La actividad principal es la charla (chat), pero no por eso son necesariamente menos activas. Se diría, y parece irónico, que son casi paradigmáticamente “comunidades de habla”, pues el habla las constituye y aparentemente las relaciones sociales están absorbidas por las relaciones comunicativas (1).

(1) Wilson,S.M. y Peterson, L.C. (202) The Anthropology of Online Communities. An. Rev. of Anthropology, pp. 449-467

Extraído de: Hablar y pensar, tareas culturales. Honorio M. Velasco Maillo.

Imagen: Cultura Medellín

Shakespeare en la selva (Laura Bohannan)

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El anciano conocía cuatro tipos de “papeles”: recibos de los impuestos, recibos por el precio de la novia, recibos por gastos de cortejo y cartas. El mensajero que le traía las cartas del jefe las usaba más que nada como emblema de su cargo, dado que siempre conocía lo que éstas decían y se lo relataba al anciano. Las cartas personales de los pocos que tenían algún pariente en puestos del gobierno o las misiones eran guardadas hasta que alguien iba a un gran mercado donde hubiera un escribano que las leyera. A partir de mi llegada, me las traían a mí. Algunos hombres también me trajeron, en privado, recibos por el precio de la novia, pidiendo que cambiara los números por sumas más altas. No venían al caso los argumentos morales, puesto que en las relaciones con la parentela política esto es juego limpio, y además resulta difícil explicar a gentes ágrafas los avatares técnicos de la falsificación. Como no quería que me creyeran tan tonta como para pasarme el día mirando sin parar papeles de esa clase, les expliqué rápidamente que mi “papel” era una de las “cosas antiguas” de mi país.

“Ah”, dijo el anciano. “Cuéntanos”.

Yo repliqué que no soy una contadora de historias. Contar historias es entre ellos un arte para el que se necesita habilidad; son muy exigentes, y la audiencia, crítica, hace oír su parecer. Me resistí en vano. Aquella mañana querían escuchar una historia mientras bebían. Me amenazaron con no contarme ni una más hasta que yo contara la mía. Finalmente, el anciano prometió que nadie criticaría mi estilo, “puesto que sabemos que estás peleando con nuestra lengua”. “Pero”, dijo uno de los de más edad, “tendrás que explicar lo que no entendamos, como hacemos nosotros cuando contamos nuestras historias”. Asentí, dándome cuenta de que allí estaba mi oportunidad de demostrar que Hamlet era universalmente comprensible.

[…]

“El hijo Hamlet estaba triste porque su madre se había vuelto a casar demasiado pronto. Ella no tenía necesidad de hacerlo y es nuestra costumbre que una viuda no tome nuevo marido hasta después de dos años de duelo”.

“Dos años es demasiado”, objetó la mujer del anciano… “¿Quién labrará los campos mientras estés sin marido?”.

“Hamlet”, repliqué sin pensármelo, “era lo bastante mayor como para labrar las tierras de su madre por sí mismo. Ella no precisaba volverse a casar”.–Nadie parecía convencido y renuncié–. Su madre y el gran jefe dijeron a Hamlet que no estuviera triste, porque el gran jefe mismo sería un padre para él. Es más, Hamlet habría de ser el próximo jefe, y por tanto debía quedarse allí para aprender todas las cosas propias de un jefe. Hamlet aceptó quedarse, y todos los demás se marcharon a beber cerveza.

Hice una pausa,perpleja ante cómo presentar el disgustado soliloquio de Hamlet a una audiencia que se hallaba convencida de que Claudio y Gertrudis habían actuado de la mejor manera posible. Entonces uno de los más jóvenes me preguntó quién se había casado con las restantes esposas del jefe muerto.

-No tenía más esposas –le contesté.

-¡Pero un gran jefe debe tener muchas esposas! ¿Cómo podría si no servir cerveza y preparar comida para todos sus invitados?

Respondí con firmeza que en nuestro país hasta los jefes tienen una sola mujer, que tienen criados que les hacen el trabajo y que pagan a éstos con el dinero de los impuestos.”

De nuevo repicaron que para un jefe es mejor tener muchas esposas e hijos que le ayuden a labrar sus campos y alimentar a su gente; así todos aman a aquel jefe que da mucho y no toma nada. -Los impuestos son mala cosa.

Aunque estuviera de acuerdo con este último comentario, el resto formaba parte de su modo favorito de rebajar mis argumentos. -Así es como hay que hacer, y así es como lo hacemos.

[…]

-Era una historia muy buena –añadió el anciano jefe– y la has contado con muy pocos errores. Sólo había un error más, justo al final. El veneno que bebió la madre de Hamlet obviamente estaba destinado al vencedor del combate,quienquiera que fuese. Si Laertes hubiera ganado, el gran jefe lo habría envenenado para que nadie supiera que él había tramado la muerte de Hamlet. Así, además, ya no tendría que temer la brujería de Laertes; hace falta un corazón muy fuerte para matar por brujería a la propia hermana.

Envolviéndose en su raída toga, el anciano concluyó: -Alguna vez has de contarnos más historias de tu país. Nosotros, que somos ya ancianos, te instruiremos sobre su verdadero significado, de modo que cuando vuelvas a tu tierra tus mayores vean que no has estado sentada en medio de la selva, sino entre gente que sabe cosas y que te ha enseñado sabiduría.

El texto completo del que está extraído este fragmento se puede consultar en Scribd.

Los límites de la empatía

 

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La empatía, la capacidad de entender a los otros, de ponerse en su lugar, son temas recurrentes en este blog. Sabemos que no podemos entender los demás si no adoptamos su mismo punto de referencia. Pero, ¿Hasta qué punto es esto posible? ¿Tiene límites esta capacidad?

Yo diría que los límites existen, pero quizás puedan superarse en muchos casos. Imaginemos a un antropólogo que se enfrenta a una cultura primitiva, a una manera de ver el mundo muy diferente a la suya. Para entenderla, cuenta con su experiencia, con su bagaje cultural, con su capacidad de observación y con los testimonios que obtiene de los nativos. ¿Es esto suficiente? Me temo que no, difícilmente podremos sentir en el otro lo que no hemos sentido previamente en nosotros mismos. No podremos sentir un profundo dolor si nunca lo hemos experimentado ni, de forma análoga, tampoco podremos sentir el amor en otro si no sabemos en qué consiste.

Renato Rosaldo, acuño el concepto de sujeto posicionado, para aludir a un punto de vista privilegiado para entender lo que nos rodea. No le resultó fácil entender esto, tuvo que perder a su hija para comprender la rabia ritualizada que destila el luto de los ilongotes y desarrollar así esta idea. Afortunadamente, no siempre se precisa experimentar tragedias para entender a los demás. Los humanos somos seres culturales, estamos inmersos en una cultura que marca nuestra existencia. Para entender a los demás, debemos conocer de dónde vienen y a dónde van.

¿Basta conocer una cultura para que se abra nuestra mente? Se trata de una condición necesaria, pero no suficiente.  Este verano, tuve la suerte de asistir a una conferencia de Honorio Velasco. En ella nos recordaba como Jomo Kenyatta (que fue primer presidente de Kenia y discípulo del gran Malinowski), enarboló la circuncisión femenina como seña de identidad de su pueblo. Quizás sea este unos de los fracasos de la inteligencia a los que alude José Antonio Marina.

Dicho esto, no puedo resistirme a citar a Malinowski: “Cuando leamos el relato de estas costumbres remotas, quizás brote en nosotros un sentimiento de solidaridad con los empeños y ambiciones de estos indígenas. Quizá comprenderemos mejor la mentalidad humana y eso nos arrastre por caminos antes nunca hollados. Quizá la comprensión de la naturaleza humana, bajo una forma lejana y extraña, nos permita aclarar nuestra propia naturaleza. En este caso, y solamente en éste, tendremos la legítima convicción de que ha valido la pena comprender a estos indígenas, a sus instituciones y sus costumbres”.

Pero hay aún un premio mayor en el esfuerzo que nos plantea el autor de la cita: comprender a los demás nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos, usando sus palabras, a “aclarar nuestra propia naturaleza”. El mensaje resulta a todas luces aleccionador: para cumplir con la máxima socrática no basta con sumergirnos en nuestra mente, también debemos hacerlo en la de los demás. No podemos aspirar a desarrollar una conciencia universal sin lograr antes el entendimiento de los pueblos, de las culturas. Tal vez merezca la pena que todos seamos, en cierto sentido, antropólogos.

 

Esta fue la última entrada publicada en el Space, el once de octubre. Lo que venga a partir de ahora pertenecerá ya a este blog.