¿Podemos fiarnos de la inteligencia colectiva?

Jose_Antonio_Marina_Wikipedia

La “inteligencia colectiva” está de moda. Es, sin embargo, un continente a medio explorar, con mapas todavía muy rudimentarios. Los neurólogos han llegado a la conclusión de que no podemos estudiar un cerebro aislado. Uri Hasson, de la Universidad de Princeton, ha medido la actividad cerebral de un par de sujetos que conversan. La actividad cerebral del oyente reflejaba la del hablante. Es muy probable que las fantásticas capacidades de la inteligencia humana tengan un origen social.

Jerome Bruner, uno de los más importantes psicólogos vivos, escribe: “La inteligencia humana no es un patrimonio de cada persona, sino que es un bien comunal, en cuanto que su despliegue y enriquecimiento dependen de la capacidad de cada cultura para ofrecer instrumentos adecuados a tal efecto”. De esto podemos sacar una consecuencia inquietante: las sociedades pueden ser inteligentes o estúpidas, y esa índole influye en la inteligencia de sus componentes. “¡Qué difícil es no caer cuando todo cae!”, gemía Antonio Machado. Comienza a hablarse de una “inteligencia vygotskiana”, así llamada en recuerdo de Lev Vygotsky, un genial psicólogo de principios del siglo XX, cuya tesis principal era que la inteligencia individual estaba determinada por la cultura en que se desarrollaba. Es un híbrido de genética y cultura. La conclusión es evidente: nos interesa vivir en sociedades con talento.

Las nuevas tecnologías nos han introducido en tupidas redes de comunicación, rápidas, globales y baratas que favorecen la interacción entre inteligencias individuales. Esto ha disparado el interés por la inteligencia colectiva. Han aparecido nuevas palabras y conceptos: inteligencia compartida, inteligencia colectiva, epistemic communities,  inteligencia en red, computación social, computación distribuida, groupthink, smart mob, crowdwisdom, wikinomic, groundswell, innovación democrática, evolución espontánea, multitudes inteligentes. La NASA tiene un “laboratory of distributed intelligence”, el MIT elabora un Handbook of collective intelligence. ¿Qué está pasando? ¿Es un progreso científico o una moda?

Bajemos al mundo cotidiano. ¿De quién se fiaría usted más, de un jurado o de un juez? Se debate si es mejor una política económica de austeridad o de expansión. ¿En quién confiaría? ¿En una votación popular? ¿En un grupo de expertos? ¿En una única persona capaz de decidir qué grupo de expertos es más convincente? ¿Quién prefiere que tome una decisión sobre su vida, usted: un médico o un equipo de médicos?

Irving Janis ha estudiado lo que denomina groupthink, los errores que cometen los grupos al tomar decisiones. Analizó el bombardeo a Pearl Harbor, la guerra de Vietnam y la invasión de Bahía de Cochinos. Los trending topics indican lo que en un momento está interesando más a un gran número de personas. ¿Le parece a usted que los asuntos más interesantes son los que interesan a más gente? Junto al entusiasmo por las posibilidades que nos brindan las nuevas tecnologías, aparecen voces más cautas que hablan del “rebaño digital”, del empobrecimiento del sentido crítico, de la glorificación del “me gusta” en detrimento de la argumentación.

José Antonio Marina

 

Foto: De José Antonio Marina – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, $3

Sobre los estoicos

La muerte de Séneca

 Hacía tiempo que este blog permanecía mudo y, la verdad, me cuesta que recobre su voz. Llevo un tiempo trabajando en algunas entradas (sin demasiado entusiasmo, todo hay que decirlo) pero no termino de darles el punto que me gustaría. En espera de tiempos mejores, incluyo hoy un fragmento del libro Anatomía del miedo de José Antonio Marina.

Hace tiempo que le doy vueltas a un proyecto sobre los estoicos y la psicoterapia, alguna entrada inconclusa hay por ahí guardada y unas cuantas frases recopiladas (algunas ya han aparecido en el blog) que esperan mejores tiempos para ver la luz.

No voy a disculparme por no seguir con el tema que nos ocupaba en las últimas entradas, pues ya advertí en su día que el orden no iba a ser una virtud de este espacio y sigo creyendo firmemente que el orden termina emergiendo del caos.

Sin más dilación, cedo la palabra a don José Antonio:

No hablo del estoicismo por amor a la historia, sino porque no es historia. La moral estoica, sin duda impresionante, caló en el cristianismo, que se empapó de muchas de sus teorías, y ha durado hasta ahora. De Séneca, director espiritual de su época, se dijo que era “un alma naturalmente cristiana”. Tertuliano dice de él: Seneca saepe noster, Séneca, muchas veces nuestro, es decir, cristiano. El filósofo estoico busca la independencia, la libertad, la fuerza, y para ello tiene, en primer lugar, que librarse del miedo. Para conseguirlo no tiene que necesitar nada, salvo la virtud. “El alma recta nunca se doblega”, escribe Séneca. Los sentimientos son el resultado de un error acerca de lo que es bueno y malo. “No nos hacen sufrir las cosas –dirá Epícteto, sino las ideas que tenemos acerca de las cosas”. El sabio ha logrado la apatheia, no tiene pasiones, se mantiene impasible ante el infortunio. Los estoicos han elaborado una moral de la valentía pura y dura, basada en el desprecio del mundo y en el desprecio de la emoción. “A todo lo bueno –escribe Séneca a Lucilio- irá sin vacilaciones el hombre bueno: aunque esté ante el verdugo carnicero y el que le ha de atormentar con fuego, perseverando sin sin pensar en lo que ha de sufrir, sino en lo que ha de hacer”.

[…] Abstenerse y perseverar, abstinere et sustinere, ése es el secreto. La firmeza de ánimo es lo esencial. […]

En todos estos análisis de los filósofos estoico a y medievales, la valentía se considera un acto de la virtud, es decir, de un hábito adquirido que conforma el carácter. A esta virtud la denominaban “fortaleza”. Los estoicos, a falta de otras pasiones tenían la pasión de ordenar conceptos, aprovecharon las obras de los filósofos anteriores, y consideraron que las virtudes que había de tener el hombre bueno eran cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Los niños de mi tiempo aprendíamos esto en el catecismo católico, pero se trataba en realidad de una herencia estoica.

Un apunte más. Los estoicos, preocupados por la salud del alma, inventaron la psicoterapia, de curación anímica. Sin embargo, no aspiraban al bienestar psicológico, sino a la perfección moral. Recomiendan, por ejemplo, la pobreza para adquirir la serenidad. Algunas de sus ideas se retoman en la actualidad, aunque fuera de contexto. Todos los terapeutas cognitivos repiten la frase de Epícteto que antes he citado. Y los conductistas aplican para tratar fobias el mismo método de exposición que recomendaba Séneca a su discípulo Lucilio: “Yo deseo tanto probar la firmeza de tu alma, que te aconsejo que dediques algunos días en los cuales, contento, con poca y malísima comida y con un vestido rahez, puedas decir: ¿Es esto lo que tanto temía? pretendo que no tengas más que un jergón, un saco burdo y sórdido y seco pan; hazlo así bastantes días con objeto de que no parezca esa conducta tuya un juego, sino una verdadera prueba”.

Ilustración: “La muerte de Séneca”, cuadro de Manuel Domínguez y Sánchez.

Apunte:

Hace tiempo decidí que este blog se escribiría tanto hacia adelante como hacia atrás. Hoy he encontrado este artículo de Ryan Holiday que pienso encaja a la perfección con el “universo estoico” que se respira por aquí: Stoicism Is For Life, Not For a Week.

Anatomía del miedo (José Antonio Marina)

anatomia del miedo

La filosofía existencialista puso la angustia ante el absurdo bajo los focos de la popularidad. Como contrapropuesta, Viktor Frankl habló de la búsqueda del sentido. Estamos hablando de una angustia que tal vez deberíamos escuchar en vez de intentar eliminarla, porque al hablarnos de finitud nos está hablando simultáneamente de la infinitud sobre sobre cuyo fondo destacamos y nos definimos. Los grandes maestros espirituales encuentran en esta inquietud básica su gran impulso. Heidegger lo expuso con su estremecedora vos de oráculo: ”En el siglo de la noche cósmica, es preciso que el abismo del mundo sea explorado y arrostrado. Mas para eso es menester que haya quienes lleguen al fondo del abismo”.

José Antonio Marina (Por qué soy cristiano)

Investigar es una actividad apasionante. Da igual lo que se investigue. Es una actividad cinegética, una imantación de la mente entera hacia un proyecto, que se convierte así en viva fuente de energía, es el descubrimiento excitante de unas huellas imprevistas, de un dato, de un hecho que corrobora hipótesis.

José Antonio Marina (El laberinto sentimental)

¿Y qué podríamos decir de nuestra cultura? En este momento, la cultura occidental presiona para favorecer la insatisfacción y la agresividad. Nuestra forma de vida, la necesidad de incentivar el consumo, la velocidad de las innovaciones tecnológicas, el progreso económico, se basa en una continua incitación al deseo. Éste es el gran tema psicológico de nuestra época, tal vez. En 1883, Zola publicó Au bonheur des dames. Treinta años antes se había inaugurado en París Bon Marché, una tienda precursora de la revolución comercial. En su novela, Zola llama «traficantes de deseos» a los propietarios de los grandes almacenes. Durante milenios, la humanidad ha desconfiado de los deseos. En el Tao-Te-Ching de Lao-tsé puede leerse: «No hay mayor culpa / que ser indulgente con los deseos. / No hay mayor mal / que no saber contenerse. / No hay mayor daño / que alimentar grandes ansias de posesión.» Para la ética griega, la pleonexía, la proliferación de los deseos, la avidez, era radicalmente mala. Ahora, en cambio, tenemos la idea de que sentirnos satisfechos es esterilizador. Sólo la insatisfacción, la pulsión de los deseos, incita a la invención, la industria, la creación. Así pues, parece que estamos condenados al estancamiento o a la ansiedad irremediable. Para complicar más las cosas, hemos unido la impaciencia a la búsqueda de la satisfacción de nuestros deseos. Estamos olvidando que la capacidad de aplazar la gratificación es el fundamento del desarrollo de la inteligencia y del comportamiento libre. Walter Mischel ha estudiado la resistencia a la compulsión como predictor del nivel de inteligencia. Admirando como admiro la perspicacia de los distintos idiomas, no me extraña que el danés establezca una bella conexión entre mod (coraje, ánimo), taalmod (paciencia, ánimo de aguantar), longmod (magnanimidad). Como expliqué en Ética para náufragos, en el origen de nuestra vida libre, de nuestra creación ética, hay un acto de valor.

José Antonio Marina (Teoría de la inteligencia creadora)

 
Por ello, la Teoría de la inteligencia creadora debe concluir con una Ética que aclare lo que ella deja son aclarar del todo: que el modo más inteligente de ser inteligente es crear la libertad, la verdad y la dignidad.