¿Qué es la ciencia?

Hemos descubierto que para poder progresar es de fundamental importancia saber reconocer nuestra ignorancia y dejar lugar a la duda.

 

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La frase que encabeza esta entrada pertenece al libro ¿Qué te importa lo que piensen los demás? de Richard P. Feynman. También cumple esa misma función introductora en la memoria que presenté para aspirar al título de doctor. Ya comenté en su día que la lectura de este libro y de ¿Está usted de broma Sr. Feynman? resultó entonces providencial para afrontar una perdida muy importante en mi vida. Fue por eso que cuando llegó la hora de defender la tesis pensé que debía buscar algo en esos libros y colocarlo allí. Además, esa frase en concreto tenía otras connotaciones que no sé si se captaron entonces o simplemente pasaron desapercibidas; pero eso es algo que ya carece de importancia.

Cambiando de tercio, el texto que viene a continuación también nace del talento de Feynman; es parte de una conferencia titulada como esta entrada  ¿Qué es la ciencia? y que pronunció ante un auditorio de profesores. Se recoge en el libro recopilatorio El placer de descubrir, uno de los muchos que fue encontrando hueco en mi biblioteca después de aquellos dos.

Es éste un texto que considero en la misma línea que otro que colgué hace unos meses de David Ruelle (La ciencia). Son fragmentos en los que se refleja mi manera de entenderla; aunque, bien pensado, puede que sea así porque mis lecturas, entre otras muchas, fueron éstas (aparecerán más por aquí). También puede ser que nuestra naturaleza nos acerque a determinados textos y formemos así una especie de círculo del que no podemos escapar.

Feynman tenía un talento especial para analizar las cuestiones de este mundo y no solo aquellas que se le plantearon en su profesión. Lo que sigue es únicamente una muestra de esta habilidad en la que señala la distancia que existe entre lo que es y no es ciencia e intenta asimismo mostrar cuál es el camino correcto a seguir para transmitirla de generación en generación. Mezcla así con fineza y sentido crítico dos de los temas que más veces han llenado mi cabeza. Sin más dilación, cedámosle la palabra:

 

Por ejemplo, tenemos muchos estudios sobre didáctica en los que la gente hace observaciones y se hacen listas y estadísticas, pero esto no se convierte luego en ciencia establecida, en conocimiento establecido. Son simplemente una forma imitativa de ciencia. Es parecido a lo que sucede con los habitantes de los Mares del Sur, que construyen aeropuertos, torres de radio, todo hecho de madera, esperando así que llegue un gran avión. Incluso construyen aviones de madera de la misma forma que los que ven en los aeropuertos extranjeros que viven a su alrededor, pero, de forma extraña, esos aviones no vuelan. El resultado de esta imitación pseudocientífica es producir expertos, lo que son muchos de ustedes: expertos. Ustedes, profesores que están realmente enseñando a los niños en el nivel inferior, quizá puedan dudar de los expertos de cuando en cuando. Aprendan de la ciencia que ustedes deben dudar de los los expertos. Como cuestión de hecho, yo puedo definir también la ciencia de otro modo: ciencia es la creencia en la ignorancia de los expertos.

Cuando alguien dice que la ciencia enseña tal y tal cosa, está utilizando la palabra incorrectamente. La ciencia no enseña; es la experiencia lo que lo enseña. Si ellos le dicen que la ciencia ha demostrado tal o cual cosa, ustedes podrían preguntar: "¿Cómo lo demuestra la ciencia – cómo lo descubrieron los científicos-… cómo, qué, dónde?". La ciencia no lo ha demostrado, sino que es este experimento, este efecto, el que lo ha demostrado. Y, una vez oídos los experimentos (pero debemos oír toda la evidencia), usted tiene tanto derecho como cualquier otro a juzgar si se ha llegado a una conclusión reutilizable.

En un campo que es tan complicado que la auténtica ciencia no es aún capaz de llegar a ninguna parte, tenemos que confiar en una especie de sabiduría pasada de moda, una especie de sencillez definitiva. Estoy intentando inspirar al profesor en el nivel inferior para que tenga alguna esperanza y alguna autoconfianza en el sentido común y en la inteligencia natural. Los expertos que les están guiando quizás estén equivocados.

[…] Creo que vivimos en una era acientífica en la que casi todo el embate de las comunicaciones y los programas de televisión, los libros y demás cosas son acientíficos. Esto no significa que sean malos, sino que son acientíficos. Como resultado, hay mucha tiranía intelectual en nombre de la ciencia. Finalmente, un hombre no puede vivir más allá de la tumba. Cada generación que descubre algo a partir de su experiencia debe transmitirlo, pero debe transmitirlo con un delicado equilibrio entre respeto y falta de respeto, de modo que la raza (ahora que es consciente de la enfermedad a la que está sometida) no imponga sus errores de forma demasiado rígida en su juventud, sino que en efecto transmita la sabiduría acumulada, más la sabiduría que no sea sabiduría.

Es necesario enseñar a aceptar y a rechazar el pasado con una especie de equilibrio que requiere una habilidad considerable. La ciencia es la única de todas las disciplinas que contiene dentro de sí misma la lección del peligro de la creencia en la infalibilidad de los maestros de la generación precedente.

 

En la entrada que mencionaba al principio, hablaba de una entrevista con Feynman en 1981 para el programa de la BBC Horizon. Pues bien, dicha entrevista (que le da título al libro que nos ocupa y que contiene una suerte de transcripción de la misma) está aquí al completo:

 

 

Quisiera terminar con otro pensamiento extraído del mismo libro con que empezaba:

He sido atrapado, por así decirlo —lo mismo que alguien a quien se le ha dado de niño algo maravilloso, y luego se pasa la vida buscándolo otra vez. Estoy siempre buscando, como un niño; buscando las maravillas que sé que he de encontrar —no siempre, quizás, pero sí de vez en cuando.

El legado de Feynman va más allá de la electrodinámica cuántica y de The Feynman Lectures on Physics; se encuentra en su compromiso con la ciencia y sus métodos, en su rechazo del dogma, en la duda enarbolada como bandera y, por supuesto, en su humanidad.

Pienso que hoy era un buen día para colgar esto.

Escribir

La dificultad de la literatura no es escribir, sino escribir lo que quieres decir.

Robert Louis Stevenson

 

escribir pluma pergamino

 

Escribir no es lo mismo que hablar, lo que se escribe permanece, no se lo lleva el viento. Quizás el poner ideas negro sobre blanco suponga con frecuencia una responsabilidad no siempre aceptada: expresar aquello que se pretende y no otra cosa, con la menor ambigüedad posible.

La tarea no es siempre fácil, aunque el grupo al que nos dirigimos sea restringido o incluso se trate de un mensaje unipersonal, de una carta o de uno de los tan frecuentes hoy en día correos electrónicos. No siempre se lee lo que está escrito ni tampoco se escribe lo que se quiere transmitir. La escritura se ejecuta en un contexto perteneciente a la existencia de su autor que no siempre coincide con el que rodea y percibe su lector. Y me refiero a contexto en sentido amplio: circunstancias actuales, historia vivida… incluso el tiempo afecta. La comprensión precisa, como todo aquello que funciona adecuadamente, de una sintonía entre las partes implicadas.

Además, desconocemos si el lector llegará a nuestra obra en una ocasión propicia, si ésta le hará bien o mal. Acostumbro a decir que mis libros favoritos son aquellos que se presentaron en el momento oportuno para poderles sacar partido y que eso es más importante que su calidad, si bien –hay que admitirlo- un buen libro siempre cala más hondo si se sabe o se puede apreciar. Algo parecido ocurre con las personas que se cruzan en nuestra vida, las que ayudan a darle un sentido nunca se marcharán por muy lejos que estén. Mientras escribía esto recordé un artículo de Muñoz Molina titulado Libros que dañan.

El asumir estos riesgos no disuade al que escribe, siempre hay un motivo, una buena razón para enlazar palabras sobre un papel o una pantalla.

Unas veces la pluma fluye con soltura, animada por un alma casi mágica, mientras otras, por el contrario, la hoja en blanco se nos antoja un terreno accidentado difícilmente practicable en el que desplazarse requiere de una mezcla equilibrada de técnica y resistencia. Los más avezados en estas lides son los que habitan el monte Parnaso, los demás solo aspiramos a ser meros turistas ocasionales en sus laderas.

Empecé a redactar esto hace ya tiempo, precisamente tras una ocasión en la que o no se me entendió o no tuve la suficiente habilidad para explicarme o tal vez ocurriesen ambas cosas a un tiempo (que es lo más frecuente). Lo peor del asunto es que no era el momento apropiado para errar, pero esas situaciones, por desgracia, tampoco las escogemos. Entonces leí esta reflexión de Sócrates y me dispuse a escribir:

Una vez que algo se escribe, la composición, sea ésta la que fuere, empieza a moverse por todas partes, cayendo en las manos no sólo de aquellos que la comprenden, sino de igual manera en la de aquellos que nada tienen que ver con ellas; el escrito no sabe cómo dirigirse a la gente adecuada y no dirigirse a la equivocada. Y cuando se lo maltrata u se abusa de él injustamente, siempre necesita que sus padres acudan en su auxilio, puesto que es incapaz de defenderse o de ayudarse.

La idea esbozada quedó durmiendo el sueño de los justos, hasta que la frase de Stevenson que encabeza este texto la despertó de nuevo y ésta, a su vez, avivó otras ideas y recuerdos, muchos de ellos lejanos a esto que hoy comparto, que tal vez algún día asomen por aquí.

 

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Es cierto que la escritura no reclama siempre una comprensión exacta y precisa de lo que el escritor pretende. De hecho, son frecuentes las ocasiones en las que lo que se plantea queda abierto voluntariamente a la imaginación del que lee. Esta es una de las grandes virtudes de la literatura: cataliza la imaginación del lector, abre nuevos senderos para el discurrir los sueños propios y ajenos.

Por contraste, a veces parece que la opacidad de lo que se escribe acaso tuviera sus caprichosas razones. Richard Feynman narraba la siguiente anécdota:

Empecé a leer el maldito papel y mis ojos se salían de las órbitas: ¡No podía entender nada de lo que allí decía! Tenía ese sentimiento de desasosiego de “No estoy a la altura de las circunstancias”, hasta que por último me dije a mí mismo: “Voy a parar y a leer despacio una frase, de forma que pueda meditar qué demonios significa”. Así que me detuve (al azar) y leí la frase siguiente muy despacito. No puedo recordarla con toda exactitud, pero se parecía mucho a esto: “El miembro individual de una comunidad social suele recibir su información por canales visuales simbólicos”. Lo leí una y otra vez, y acabé traduciéndolo. ¿Saben lo que significa? “La gente lee”.

Nuevamente don Antonio viene a mi recuerdo con otro artículo: Más juegos de palabras. Puede que al nacer en tierras cercanas entendamos algunas cosas del mismo modo, pues la cultura común, la herencia que recibimos de aquellos que pisaron estos lugares antes que nosotros, es un estupendo marco de referencia. Eso también ayuda.

En este sentido, compartir lecturas es un buen ejercicio que recomiendo con fervor. Ya sea en directo o en diferido, permite acercar vivencias, contrastar opiniones, descubrir a los otros… Así, los distintos mundos en que vivimos convergen en uno común. Tal vez si practicáramos esto más a menudo la comprensión de los demás y por ende nuestra convivencia resultaran más fáciles.

¿Qué te importa lo que piensen los demás? (Richard P. Feynman)

Un solo ser nos falta y todo está despoblado.

Alphonse de Lamartine

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Salí un momento a dar un paseo por el exterior. Estaba sorprendido, porque no sentía lo que se suponía había que sentir en aquellas circunstancias. Tal vez estuviera engañándome a mí mismo. No es que estuviera encantado, pero tampoco me hallaba terriblemente apenado, posiblemente, porque sabía desde hacía mucho lo que iba a ocurrir. Resultaba difícil de explicar. Si los marcianos (quienes, imaginemos, jamás mueren salvo por accidente) llegasen a la Tierra y observasen esta peculiar especie de criaturas —estos humanos que viven unos setenta u ochenta años, sabedores de que les ha de llegar la muerte—, sin duda les parecería un tremendo problema psicológico cómo nos es posible vivir en esa situación, sabiendo que la vida sólo es temporal. Bueno, nosotros los humanos hemos dado con una forma de vivir a pesar de este problema: nos reímos, bromeamos sobre él, vivimos.

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La única diferencia fue, por lo que Arlene y a mí concierne, que en lugar de cincuenta años fueron cinco. Se trataba solamente de una diferencia cuantitativa; el problema psicológico era exactamente el mismo. La única forma en que hubiera podido ser algo diferente sería que nos hubiéramos dicho a nosotros mismos, «Pero tantos otros tienen mejor fortuna, porque podrán vivir cincuenta años». Pero eso es absurdo. ¿Por qué deprimirse y sentirse miserable diciendo cosas como, «¿Por qué nos ha tocado a nosotros tan mala suerte? ¿Qué nos ha hecho Dios? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecernos esto?, todo lo cual, si uno comprende la realidad y la asume plenamente, es irrelevante e irresoluble. Son cosas que nadie puede saber, sencillamente.. La situación de cada cual no es más que un accidente de la vida.

Habíamos pasado juntos un tiempo endiabladamente bueno.

Regresé a su habitación. No hacía más que imaginarme todas las cosas que estaban fisiológicamente ocurriendo: los pulmones incapaces de aportar suficiente oxígeno a la sangre, con lo que se obnubila el cerebro y se debilita el corazón, haciendo a su vez más difícil la respiración. Yo esperaba una especie de efecto de avalancha, acumulándose todo en una especie de dramático desplome. Pero no fue así como pareció producirse la muerte: fue poco a poco perdiendo el conocimiento; su respiración fue debilitándose más y más, gradualmente, hasta que y a no hubo aliento… pero justo antes, exhaló muy, muy poquito.

La enfermera, en una de sus rondas, entró, confirmó que Arlene estaba muerta, y se fue, pues y o quise quedarme solo un momento. Estuve sentado allí durante un rato; después, me incliné para besarla por última vez.

Me sorprendió mucho descubrir que su cabello olía exactamente igual. Evidentemente, cuando me paré después a pensarlo, no había razón para que su cabello hubiera de oler de modo diferente en un tiempo tan breve. Pero para mí fue una especie de choque, porque en mi mente acababa de ocurrir algo enorme— y sin embargo, nada había pasado.

Encontré hace tiempo esta carta de Feynman que creo viene muy bien aquí, de esa página tomé la foto que acompaña a esta entrada. Puede leerse más sobre este tema aquí.

The Feynman Series – Beauty

Tengo que reconocer mi admiración hacia Richard P. Feynman. y no solo por su obra. Hay dos libros en los que narraba sus memorias a Ralph Leighton (¿Esta usted de broma Sr. Feynman? y ¿Qué te importa lo que piensen los demás?) que llegaron a mi vida en un momento especialmente oportuno y a los que les estoy muy agradecido.

Hace unos días me enteré de la existencia de una serie creada por Reid Gower que nos recuerda su pensamiento. Este es el muy recomendable primer capítulo.

 

 

El fragmento proviene de una entrevista realizada a Feynman en 1981 para el programa de la BBC Horizon. El texto se recoge en un libro que lleva por título El placer de descubrir.

Richard P. Feynman (de una entrevista para el programa de la BBC Horizon)

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Ellos [debieron] pensar que yo recibiría encantado una oferta de trabajo como esta, pero yo no estaba encantado y así comprendí un nuevo principio: que yo no soy responsable de lo que otras personas piensen que puedo hacer, que no tengo que hacerlo bien porque ellos piensen que voy a hacerlo bien. Y de un modo u otro pude relajarme y pensé para mí que no había hecho nada importante y nunca iba a hacer nada importante. Pero solía disfrutar de la física y las matemáticas, y puesto que solía jugar con ellas, muy pronto desarrollé las cosas por las que más tarde gané el Premio Nobel.