Un paseo por el Haimberg. Preludio.

Muchas veces, un joven físico visitante hablaba brillantemente de sus recientes cálculos sobre algún intrincado problema de la teoría cuántica; todo el mundo, en el público, comprendía claramente el razonamiento, menos Bohr. Todos empezaban entonces a explicarle la sencilla cuestión que no había entendido, y en medio de la baraúnda acaba todo el mundo por no entender nada. Por último, después de mucho tiempo, Bohr comenzaba a comprender y resultaba que lo que él había comprendido sobre el problema presentado por el visitante, era absolutamente distinto de lo que éste pensaba, y su interpretación era la correcta, mientras que la del visitante estaba equivocada.

George Gamow, Biografía de la física.

bohrheisenberg

En ocasiones la mala memoria tiene sus recompensas. Hace un tiempo vino a mi memoria una anécdota sobre Niels Bohr, un barómetro y la medición de la altura. Empecé a rebuscar entre mis libros dónde había leído yo aquello (aún sigo buscando, aunque reconozco que sin demasiado ímpetu) y me encontré con un texto que poco tenía que ver con esa historia pero que pensé que vendría bien para incluirlo aquí, pues no se alejaba mucho del rumbo que va tomando este blog. Pero el caso es que ese fragmento a su vez aludía a éste que hoy empiezo a colgar, pues considero que es demasiado largo para una sola entrada.

Quizás alguno de los que se acerque a este blog haya seguido la serie Cosmos: A Spacetime Odyssey. Al final del primer episodio, Neil deGrasse Tyson cuenta como, siendo un chico de diecisiete años, Carl Sagan lo invitó a pasar un sábado con él en Ítaca y como aquel día le marcó para siempre (más adelante, en otro capítulo, vuelve a repetir la historia). La literatura está llena de situaciones como ésta y de sucesos que parecen dirigir a los humanos hacia un destino concreto. Desconozco si en realidad las cosas con así o si, por el contrario, simplemente son ilusiones necesarias a la hora de explicar nuestra existencia dándole un sentido.

Este texto narra otro encuentro, se trata de un paseo que dieron Bohr y Heissenberg, siendo este último aún un estudiante. Así lo narra este último (o tal vez se a más exacto decir que lo lo empieza a narrar) que consideraba que hubo un antes y un después de aquel día.

El comienzo del verano de 1922 había engalanado a Gotinga, la atractiva pequeña ciudad de villas y jardines en la falda del Haimberg, con innumerables arbustos florecidos, rosas y parterres, de suerte que el mismo brillo exterior justificó la calificación que dimos a estos días más tarde: «los festivales Bohr» de Gotinga. La imagen de la primera conferencia se ha mantenido imborrable en mi memoria. El auditorium estaba repleto hasta rebosar. El físico danés, que ya por su estatura era reconocido como escandinavo, se hallaba con la cabeza ligeramente inclinada, sonriendo amistosamente y casi algo tímidamente, sobre la cátedra, inundada por toda la luz del verano gotingueño, que entraba por las ventanas totalmente abiertas. Bohr hablaba en voz relativamente baja, con suave acento danés, y, cuando explicaba las hipótesis particulares de su teoría, escogía las palabras cuidadosamente, con una meticulosidad mayor a la que estábamos acostumbrados con Sommerfeld, y casi tras cada una de las proposiciones, formuladas con esmero, se entreveían largas series de ideas, de las que sólo era expresado el comienzo y cuyo fin se presidía en el claroscuro de una posición filosófica muy incitante para mí. El contenido de la conferencia parecía nuevo y no no nuevo al mismo tiempo. Habíamos aprendido, ciertamente, la teoría de Bohr con Sommerfeld; sabíamos, por tanto, de qué se trataba. Pero lo que se decía sonaba en boca de Bohr de forma distinta que en la de Sommerfeld. Se percibía inmediatamente que Bohr había obtenido sus resultados no mediante cálculos y demostraciones, sino por endopatía y adivinación, y que ahora se le hacía difícil defenderla ante la Escuela Superior de Matemáticas de Gotinga. Después de cada conferencia se discutía, y al final de la tercera conferencia me arriesgué a hacer una observación crítica.

Bohr había hablado sobre el trabajo de Kramers, acerca del cual había tenido yo una comunicación en el seminario de Sommerfeld, y al final dijo: «Aunque los fundamentos de la teoría están aún muy poco claros, bien puede uno fiarse de que los resultados de Kramers sean exactos y hayan de ser confirmados más tarde por la experimentación». Yo me levanté y propuse las objeciones que habían brotado de nuestros diálogos de Munich y me hacían dudar de los resultados de Kramers. Bohr notó enseguida que los reparos se apoyaban en una dedicación cuidadosa a su teoría.

Respondió vacilante, como si la objeción lo hubiera inquietado, y, al concluir la discusión, se acercó a mí y me preguntó si no podríamos dar juntos, después de comer, un paseo por el Hainberg, a fin de discutir a fondo los problemas planteados por mí.

 

Lo que vendrá a continuación es fundamentalmente una muestra del singular genio de Bohr. Cuentan que, cuando después de algunos tumbos acabó trabajando con Rutherford, éste dijo de él: Es la persona más inteligente que me he encontrado. Y desde entonces fueron amigos.