Ceguera

Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo.

Jorge Luis Borges

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La producción literaria de Borges no es de las más extensas que se recuerdan, pero está llena de facetas. Hay un Borges cuentista (el más conocido), un Borges poeta (a mi juicio, el más brillante), un Borges ensayista, un Borges articulista y también hay un Borges conferenciante. Intentando ser  exhaustivos, debemos añadir un Borges guionista, un Borges bibliotecario, un Borges prologuista, un Borges traductor (tradujo entre otros a Faulkner y a Virgina Woolf), un Borges crítico literario, un Borges profesor (impartió clases de literaturas antiguas anglogermanas en la Universidad de Buenos Aires) y, quizás, alguno más. Indudablemente, también estaba el Borges humano, sobre el que también se ha escrito y analizado bastante y que siempre mantendrá algún misterio.

Aquí nos referiremos principalmente al conferenciante , aunque tratándose de Borges, la literatura toma la forma de un universo infinito en el que es difícil aislar sus componentes, así que en definitiva hablaremos de todo.

Tal vez sea esta singularidad borgiana la que hace ubicua su mención en este blog. Alguien dijo que el ajedrez es como una amante a la que se vuelve una y otra vez sin poder abandonarla del todo. En mi caso la misma imagen sirve para Borges (la del ajedrez también es válida), leerle y releerle es algo tan habitual como respirar.

Se me ocurre pensar que las facetas de Borges son algo parecido a las personalidades de Pessoa, una suerte de máscaras que le permitían moverse entre la dimensión literaria y la terrenal. Borges siempre se las arregló para vivir de un modo u otro de la literatura y Pessoa siempre vivió con la literatura.

Al hablar de su faceta como conferenciante, hay que recordar unos cuantos detalles. De un lado, en su juventud sufría una timidez que le impedía situarse ante el público, así que sus primeros pinitos en el género fueron leídos por algún amigo escritor; pero con los años consiguió controlar suficientemente este problema como para dictar el mismo las conferencias. De otro, a la llegada de Perón al poder, perdió su trabajo de bibliotecario y tuvo que impartir conferencias para ganarse la vida. Por otra parte, debido a su falta de visión, disertaba siempre de memoria.

Sus conferencias fueron numerosas y de gran calidad, esto ha llevado a estudiosos como Ricardo Pligia a considerarlas su obra tardía más destacada. Aquí nos centraremos en una de ellas perteneciente al ciclo que en 1977, entre junio y agosto, impartió en el teatro Coliseo de Buenos Aires y que posteriormente fueron transcritas y recogidas en un volumen titulado Siete noches. A lo largo de esas siete veladas trató sobre diversos temas, sobre asuntos que le eran bien conocidos siempre llevando como hilo conductor la literatura.

En la séptima y última de ellas se ocupó de la ceguera (la propia y la de otros escritores) y, de paso, de otros asuntos. Allí aprendemos de su vida, de su obra, de cómo sentía el mundo y de paso le daba sentido a algunas de sus composiciones. Nos explica el Poema de los dones (que se adelantó a esta entrada) y El oro de los tigres, que así adquiere ante nuestros ojos todo su significado:

Hasta la hora del ocaso amarillo
cuántas veces habré mirado
al poderoso tigre de Bengala
ir y venir por el predestinado camino
detrás de los barrotes de hierro,
sin sospechar que eran su cárcel.

Después vendrían otros tigres,
el tigre de fuego de Blake;
después vendrían otros oros,
el metal amoroso que era Zeus,
el anillo que cada nueve noches
engendra nueve anillos y éstos, nueve,
y no hay un fin.

Con los años fueron dejándome
los otros hermosos colores
y ahora sólo me quedan
la vaga luz, la inextricable sombra
y el oro del principio.

Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
del mito y de la épica,
oh un oro más precioso, tu cabello
que ansían estas manos.

East Lansing, 1972.

Hacía tiempo que llevaba pensando tratar este tema aquí y me animé a releer el libro. Siempre se aprende leyendo a Borges, el decía que sabía de temas que a la mayoría de la gente no le importaban y que ignoraba aquellos de los que los demás sabían. De paso Borges te arrastra a ese mundo literario, en el que era un guía inigualable merced a su saber enciclopédico, y del que siempre se vuelve con algún tesoro en las alforjas.

Gracias a una conversación en la que casualmente mencioné el libro, me enteré que aquellas palabras que tantas veces había leído podía ahora escucharlas e incluso ver a Borges pronunciándolas. Creo que debo abusar más de San Google.

La magia de Internet nos permite ahora volver a una butaca del teatro Coliseo y disfrutar. Yo lo he hecho ya unas cuantas veces.

Lean, escuchen o, si lo prefieren, hagan ambas cosas. Esa es su elección.

El último poema de Fernando Pessoa

 

Fernando-Pessoa3

 

Hay peores enfermedades que las enfermedades,

Hay dolores que no duelen, ni en el alma,

Pero que son más dolorosos que los otros.

Hay soñadas angustias más reales

Que las que la vida nos trae, hay sensaciones

Sentidas sólo con imaginarlas

Que son más nuestras que la propia vida.

Hay tanta cosa que sin existir,

Existe, existe, demoradamente

Y demoradamente es nuestra y nosotros…

Por sobre el verde turbio del amplio río

Los circunflejos blancos de las gaviotas…

Por sobre el alma el bosquejar inútil

De lo que no fue, ni puede ser, y es todo.

Dame más vino, porque la vida es nada.

Descubierto hace ya tiempo en Círculo de Poesía.

 

Estos versos están fechados el 19 de noviembre de 1935, diez días después Pessoa fue ingresado en el Hospital de São Luís dos Franceses, debido a un cólico hepático. Falleció al día siguiente, tenía cuarenta y siete años.

Otro de sus poemas comienza:

Si muero pronto,
Sin poder publicar ningún libro,
Sin ver la cara que tienen mis versos en letras de molde,
Ruego, si se afligen a causa de esto,
Que no se aflijan.
Si ocurre, era lo justo.

Poca trascendencia le dio a su existencia,  todo empieza y termina en uno mismo:

Si, después que yo muera, se quisiera escribir mi biografía,
Nada sería más simple.
Exactamente poseo dos fechas -la de mi nacimiento y la de muerte.
Entre una y otra todos los días me pertenecen.

Pienso que es un derecho a tener en cuenta. No obstante, también creo que quien deja en herencia una obra tan singular como la suya bien merece que se cuente algo sobre ella.

 

 

Lo último que escribió fue en inglés, la lengua de sus primeros años: I know not what tomorrow will bring. Siempre es así.

Viaje nunca hecho

 

Libro del desasosiego

 

Fue por culpa de un crepúsculo de vago otoño por lo que partí para ese viaje que nunca hice.

El cielo -imposiblemente me acuerdo- era de un resto cárdeno de oro triste, y la línea agónica de los montes, clara, tenía una aureola cuyos tonos de /muerte/ le penetraban, suavizadores, en la /astucia/ de su contorno. Desde la otra amurada del barco (hacía más frío y era más de noche sobre ese lado del toldo) el océano temblaba hasta donde el horizonte este se entristecía, y donde, poniendo penumbras de noche en la línea líquida y oscura del mar extremo, un hálito de tiniebla flotaba como una niebla en un día de calor.

El mar, me acuerdo, tenía tonalidades de sombra, de mezcla con fugas onduladas de vaga luz -y era todo misterioso como una idea triste en un momento de alegría, profético no sé de qué.

Yo no partí de un puerto conocido. Ni sé hoy qué puerto era, porque todavía no he estado allí. Tampoco, igualmente, el propósito ritual de mi viaje era ir en demanda de puertos inexistentes -puertos que fuesen tan sólo el entrar-hacia-puertos; ensenadas olvidadas de ríos, estrechos entre ciudades irreprensiblemente irreales. Pensáis, sin duda, al leerme, que mis palabras son absurdas. Es que nunca habéis viajado como yo.

¿Partí yo? Yo no os juraría que partí. Me encontré en otras partes, en otros puertos, pasé por ciudades que no eran aquélla, aunque ni aquélla ni ésas fueran ciudades ningunas. Juraros que fui yo quien partió y no el paisaje, que fui yo quien visitó otras tierras y no ellas las que me visitaron -no puedo hacéroslo. Yo que, no sabiendo lo que es la vida, no sé si soy yo quien vivo o si es ella quien me vive (tenga este verbo al «vivir» el sentido que quiera tener), seguro que no iré a juraros nada.

He viajado. Creo inútil explicaros que no llevé ni meses, ni días, ni otra cantidad cualquiera de cualquier tiempo viajando. Viajé en el tiempo, es cierto, pero no del lado de acá del tiempo, donde lo contamos por horas, días y meses; fue del otro lado del tiempo por donde yo viajé, donde el tiempo no se cuenta con una medida. Transcurre, pero sin que sea posible medirlo. Es como más rápido que el tiempo que hemos visto vivirnos. Me preguntáis a vosotros, seguro, qué sentido tienen estas frases. Nunca erréis así. Despedíos del error de preguntar el sentido a las cosas y a las palabras. Nada tiene un sentido.

¿En qué barco hice ese viaje? En el vapor Cualquiera. Os reís. Yo también, y de vosotros tal vez ¿Quién os dice, y a mí, que no escribo símbolos para que los comprendan los Dioses?

No importa. Partí por el crepúsculo. Tengo todavía en el oído el ruido férreo de alzar el anda a vapor. En el soslayo de mi memoria se mueven todavía lentamente, para entrar por fin en su posición de inercia, los brazos del guindaste de a bordo que hacia horas había abrumado a mi vista de continuos cajones y barriles. Estos rompían súbitos, cogidos alrededor por una cadena, de por cima de la amurada donde tropezaban, arañando, y después, oscilando, se iban dejando empujar, empujar, hasta quedar por cima de la bodega, hacia donde, súbitos, bajaban (…), hasta, con un choque sordo de madera, llegar aplastantemente a un lugar oculto de la bodega. Después sonaban allá abajo al desatarlos; en seguida subía sólo la cadena agitándose en el aire, y volvía a empezar todo, como inútilmente.

¿Para qué os cuento yo esto? Porque es absurdo estar contándoslo, visto que es de mis viajes de lo que dije que hablaría.

He visitado Nuevas Europas, y Constantinoplas otras han acogido a mi llegada velera en Bósforos falsos. ¿De llegada velera os espantáis? Es como lo digo, así mismo. El vapor en que partí llegó hecho un barco de vela al puerto […] Que esto es imposible, decís. Por eso me ha sucedido.

Nos llegaron, en otros vapores, noticias de guerras soñadas en Indias imposibles. Y, al oír hablar de esas tierras teníamos inoportunamente añoranzas de la nuestra, dejada tan atrás, quién sabe si en aquel mundo.

Y así me escondo detrás de la puerta, para que la Realidad, cuando entra, no me vea. Me escondo debajo de la mesa, donde súbitamente le pego sustos a la Posibilidad. De modo que me despego de mi como a los dos brazos de un abrazo, los dos grandes tedios que me aprietan -el tedio de poder vivir sólo lo Real, el tedio de poder concebir sólo lo Posible.

Triunfo así de toda realidad. ¿Castillos de arena, mis triunfos?… ¿De qué cosa esencialmente divina son los castillos que no son de arena?

¿Cómo sabéis que viajando así no me he seguido oscuramente?

Infantil de absurdo, revivo mi niñez, y juego con las ideas de las cosas como con soldados de plomo, con los cuales, de niño, hacía cosas que se antipatizaban con la idea de soldado.

Ebrio de errores, me pierdo por unos momentos de sentirme vivir.

 

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.

Para ir más allá

El Libros del desasosiego es una obra singular. Carlos Sklar realiza un interesante acercamiento a la obra y a Pessoa en este artículo publicado en Revista de Letras. Es bastante posterior a esta entrada, pero ya saben que este blog no pretende ser lineal.