El barón rampante (Italo Calvino)

Una aventura escrita como juego, pero a veces el juego parece complicarse, transformarse en algo distinto.

Italo Calvino.

 

Incontro con Italo Calvino

Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cosimo Piovasco de Rondó, mi hermano, se sentó por última vez entre nosotros. Lo recuerdo como si fuera hoy.

Estábamos en el comedor de nuestra villa de Ombrosa, las ventanas enmarcaban las tupidas ramas del gran acebo del parque. Era mediodía, y nuestra familia, siguiendo una antigua tradición, se sentaba a la mesa a esa hora, pese a que ya cundía entre los nobles la moda, llegada de la poco madrugadora Corte de Francia, de almorzar a media tarde. Soplaba un viento del mar, recuerdo, y se movían las hojas.

Así comienza la historia de Cosimo, primogénito del barón de Rondò, que un buen día decide desobedecer a su padre y no comerse los caracoles. Así que, como protesta ante un castigo que considera injusto, trepa a un árbol y no vuelve a pisar la tierra nunca más.

En mi caso, su lectura no pretendía más que ocupar unos ratos del verano, quizás movido por el impulso de una recomendación fugaz; pero tiene razón su autor en la frase que encabeza esta entrada, muchas veces el divertimento se complica y se transforma en otra cosa, porque la novela es delicadamente densa y llena de guiños y alusiones; medio siglo dieciocho pasa ante nuestros ojos y un buen puñado de personajes históricos aparecen salpicados por sus páginas. Sobre esto escriben otros mejor que yo en los artículos que incluyo al final, así que no me extenderé más.

Opino que siempre en la lectura aparece la visión personal del que lee, los paralelismos con nuestra existencia que la elevan a otro nivel. La intención del autor y la del lector se cruzan formando un producto único, irrepetible. Ya escribí sobre este particular en otra entrada, probablemente sea esto lo que haga que el recuerdo de un libro sea capaz de vencer con soltura el paso del tiempo.

Buscando información sobre la novela, me llevé la grata sorpresa de que había inspirado algunas canciones. Por ejemplo, Kiko Veneno le dedicó una en su disco Pequeño salvaje (1987);  está inspirada en la relación que mantienen Cosimo y Viola, a la que conoce cuando ambos eran niños y de la que permanece enamorado toda su vida:

Se conocieron. Él la conoció a ella y a sí mismo, porque en realidad no se había conocido nunca. Y ella lo conoció a él y a sí misma, porque aun habiéndose conocido siempre, nunca se había podido reconocer así.

 

Pequeño salvaje

 

Barón rampante (Kiko Veneno)

Vagabundo por los bosques
llorando destrozado
rechazando la comida
no quiero caracoles 
a los grandes sollozos
como de un recién nacido
acudían los pájaros
que antes me huían.

Ahora lo comprendo
pero es ya tan tarde 
y yo me vuelvo loco 
y ella también sufre
por su manía insaciable de hacer
crecer el amor.

Y yo
no había entendido nada
sin tocar nunca el suelo
desesperado hasta perderla.

Vagabundo por los bosques
llorando destrozado
rechazando la comida
no quiero caracoles no yo bajo no
ni a tu jardín ni al mío.

Si tocas una vez
tierra con un pie
te conviertes en
el último de los esclavos
entendido.

 

 

Sin dejar este tema, podemos escuchar esta otra canción de Pedro Guerra incluida en su disco Ofrenda (2001):

 

Ofrenda

 

El reencuetro de Viola y el Barón (Pedro Guerra)

He vivido trepado a los árboles,
desde arriba cacé jabalíes,
tuve incluso un amigo bandido,
leí muchos libros, canté y escribí.

-¿Has vivido colgado en las ramas
de los árboles sólo por mí?
¿Me amarás por encima de todo?
Cosimo la mira y le dice que sí.

Y pinta un corazón como un tesoro,
como un secreto que se esconde entre las hojas
y dentro una canción,
Cosimo quiere a Viola
mucho mucho, tanto tanto,
mucho más que tanto, a Viola.

-¿Has traído hasta aquí otras mujeres?
Él le dice que no,
bueno sí.
-pero nada te iguala en el mundo
y Viola responde -tú que sabes de mi.

Y descubren los mapas que esconden
cada cual en su forma de ser,
y desnudos durmiendo en un roble
bebieron los rayos del amanecer.

Y siempre el corazón,
como un tesoro
como un secreto que se esconde entre las hojas,
y dentro la canción,
Cosimo quiere a Viola
mucho mucho, tanto tanto,
mucho más que tanto, a Viola.

"Lo que quieras, seré lo que quieras",
eso fue lo que él quiso decir,
pero dijo -soy sólo el que soy
y seré para siempre reflejo de mi.

Ella quiso decir "yo te quiero,
como seas te habré de querer",
pero dijo -sé tú, para siempre,
tú sólo y adiós-
a las rama se fue.

Y ahí queda el corazón,
como un tesoro,
como un secreto que se esconde entre las hojas
y dentro la canción y dentro una canción
Cosimo quiere a Viola
mucho mucho, tanto tanto,
mucho más que tanto, a Viola.

 

 

Para terminar la selección, una canción en italiano del grupo folk Marichka Connection:

 

 

Como dice Juan Manuel Santiago: El barón rampante es un pequeño milagro narrativo, una novela en la que nada sobra ni falta, menos escueta que las otras dos novelas cortas que integran la trilogía Nuestros antepasados (El vizconde demediado y El caballero inexistente), y que tiene un final apoteósico, a la par que coherente.

El final al que alude Santiago no es el párrafo final de la obra, así que puedo añadirlo aquí sin perjudicar al que se anime a leer este libro.

Ombrosa ya no existe. Mirando el cielo despejado me pregunto si en verdad ha existido. Aquella profusión de ramas y hojas, bifurcaciones, lóbulos, penachos, diminuta y sin fin, y el cielo sólo en relumbrones irregulares y recortados, quizá existía solamente para que pasase mi hermano con su ligero paso de chamarón, era un bordado hecho sobre la nada que se asemeja a este hilo de tinta tal como lo he dejado correr por páginas y páginas, atestado de tachaduras, de remisiones, de borrones nerviosos, de manchas, de lagunas, que a ratos se desgrana en gruesas uvas claras, a ratos se espesa en signos minúsculos como semillas puntiformes, ora se retuerce sobre sí mismo, ora se bifurca, ora enlaza grumos de frases con contornos de hojas o de nubes, y luego se atasca, y luego vuelve a enroscarse, y corre y corre y se devana y envuelve un último racimo insensato de palabras, ideas, sueños, y se acaba.

 

Para ir más allá:

La aventura de «El barón rampante», de Italo Calvino en La Palabra Infinita.

El barón rampante. Por Paolo Fava en Papel en blanco.

Galería de espectros: el Barón Rampante en El Boomeran(g).

El barón rampante. Reseña de Juan Manuel Santiago en Bibliópolis.

 

Ilustración tomada de Una vida de novela.

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Las ciudades y los cambios (Italo Calvino)

Calvino-Ciudades

A ochenta millas de proa al viento maestral el hombre llega a la ciudad de Eufamia. donde los mercaderes de siete naciones se reúnen en cada solsticio y en cada equinoccio. La barca que fondea con una carga de jengibre y algodón en rama volverá a zarpar con la estiba llena de pistacho y semilla de amapola, y la caravana que acaba de descargar costales de nuez moscada y de pasas de uva ya lía sus enjalmas para la vuelta con rollos de muselina dorada. Pero lo que impulsa a remontar ríos y atravesar desiertos para venir hasta aquí no es sólo el trueque de mercancías que encuentras siempre iguales en todos los bazares dentro y fuera del imperio del Gran Kan, desparramadas a tus pies en las mismas esteras amarillas, a la sombra de los mismos toldos espantamoscas, ofrecidas con las mismas engañosas rebajas de precio. No sólo a vender y a comprar se viene a Eufamia sino también porque de noche junto a las hogueras que rodean el mercado, sentados sobre sacos o barriles o tendidos en montones de alfombras, a cada palabra que uno dice -como «lobo», «hermana», «tesoro escondido», «batalla», «sarna», «amantes»- los otros cuentan cada uno su historia de lobos, de hermanas, de tesoros, de sarna, de amantes, de batallas. Y tú sabes que en el largo viaje que te espera, cuando para permanecer despierto en el balanceo del camello o del junco se empiezan a evocar todos los recuerdos propios uno por uno, tu lobo se habrá convertido en otro lobo, tu hermana en una hermana diferente, tu batalla en otra batalla, al regresar de Eufamia, la ciudad donde se cambia la memoria en cada solsticio y en cada equinoccio.