El valor de pensar

El punto de partida no es la objetividad, sino la creencia apasionada en algo que puede que no exista, pero que merece la pena buscar.

Gerald Holton

Holton

Seguimos hoy con esta serie de entradas que tienen a Einstein como protagonista y también como excusa. El fragmento que sigue pertenece al libro Einstein, historia y otras pasiones de Gerald Holton, que es uno de los mayores expertos en su obra, hasta el punto que los herederos de Einstein lo eligieron para que organizara su archivo tras sus muerte.

Después de repasar de nuevo este libro, pensé que era mejor volver primero a la fuente original andando así el camino desde el principio. El tiempo dirá a dónde somos capaces de llegar.

 

Es ciertamente curioso que una autobiografía no comience diciendo dónde y cuándo uno nació, los nombres de los padres y detalles personales similares, sino que lo haga centrándose más bien en una cuestión que Einstein formula de forma simple: “¿Qué es en realidad pensar?”. Einstein explica por qué tiene que empezar su “necrológica” de este modo: “Pues lo esencial en un hombre como yo está precisamente en lo que piensa y cómo lo piensa, no en lo que hace o padece”.

Desde este punto de vista, pensar no es una alegría o una tarea añadida a la existencia diaria. Es la misma esencia del ser de una persona, y la herramienta con la que pueden ser dominadas las penas transitorias, las formas primitivas de sentimiento y lo que él llama las otras partes de la existencia “meramente personales”.Pues es a través de tal idea como uno puede elevarse hasta el nivel en donde puede pensar acerca de “enigmas grandes y eternos”. Es una “liberación” que puede dar libertad y seguridad interior. Cuando la mente capta la parte “extra-personal” del mundo –esa que no está ligada a los deseos y humores cambiantes- gana un conocimiento que todos los hombres y mujeres pueden compartir independientemente de sus condiciones, hábitos y otras diferencias individuales.

Ésta es, por supuesto, precisamente la razón de que las leyes de la naturaleza, hacia las que pueden dirigirse estos pensamientos, sean tan poderosas: su aplicabilidad puede ser demostrada en principio por cualquiera, en cualquier lugar y en cualquier instante. Las leyes de la naturaleza son totalmente compartibles. En la medida que las conclusiones son correctas, las leyes descubiertas por un científico son igualmente válidas para diferentes pensadores, o invariantes con respecto a las situaciones personales individuales.El interés de Einstein en esta materia parece guardar relación con su trabajo en la física de la relatividad: la esencia de la teoría de la relatividad está precisamente en que proporciona una herramienta para expresar las leyes de la naturaleza de tal modo que sean invariantes con respecto a observadores que se mueven de forma diferente.

Como muestran sus Notas autobiográficas, Einstein era también consciente de que la vida no puede ser todo pensamiento, que incluso la alegría de pensar puede ser llevada a un punto en donde vaya “en detrimento de otras facetas” de la propia personalidad. Pero el peligro al que se enfrentan las personas ordinarias no es el que vayan a abandonar sus lazos personales muy necesarios, sino que la sociedad que les rodea no les diga lo suficientemente a menudo lo que Einstein sugiere aquí a su amplia audiencia: que el objetivo del pensamiento es algo más que resolver problemas y enigmas. Es, en su lugar, y más importante, la herramienta necesaria para que se materialice el talento intelectual personal, de modo que “poco a poco el interés principal se libera… de lo momentáneo y meramente personal”. Aquí Einstein está diciendo: ten el valor de tomar en serio tus propios pensamientos, pues ellos te van a conformar. Y, de modo significativo, Einstein pretendía que su análisis global se aplicase al pensamiento sobre cualquier tema, y no sólo sobre cuestiones científicas.

 

Einstein, historia y otras pasiones es un manifiesto en defensa de ciencia, de la manera de ver y entender el mundo a través de ella. Me resulta curioso que a estas alturas aún haya que hacerlo, pero quizás sea sano. No debemos ver la ciencia como una religión en la que hay que creer a pies juntillas, precisamente en su esencia está hacer justo lo contrario. La ciencia debe ser modesta.

Esta entrada encaja también con la serie de fragmentos que muestran mi forma de entender la ciencia y de vivirla, ya dije en otro momento que probablemente sea así porque me he cruzado con libros como éste. No obstante, la obra de Holton que más me influyó fue otra que llegó mucho antes que ésta y que ya veremos cómo y cuándo consigo colocarla por aquí. En realidad, todo lo que va apareciendo últimamente está relacionado. Ya saben, un libro llama a otro libro…

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¿Qué es, en realidad, «pensar»?

Esta exposición habrá cumplido su propósito si muestra al lector cómo están entretejidos los esfuerzos de una vida y por qué han llevado a expectativas de determinada especie.

Albert Einstein

 

Notas autobiográficas

 

La frase anterior resume bien la intención de este librito, de esta necrología escrita a los sesenta y siete años que es, no sin una buena dosis de sarcasmo, como la definió el mismo Einstein. Una obra con aroma a pasado (como también lo es El fin de las certidumbres al que aludíamos hace un tiempo) que, junto a la privilegiada mirada del autor hacia la génesis y desarrollo de la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, contiene algo más. Ese algo es el largo fragmento que sigue este comentario y del que he preferido no prescindir de nada. De hecho, cada vez que me acercaba a esta entrada, su longitud crecía.

Reconozco que esta parte del libro casi pasó desapercibida cuando me acerqué a él por primera vez recién publicado en la edición que aparece en la foto. Entonces me interesaban más los aspectos que acabo de mencionar, pero ahora la perspectiva ha cambiado y habrá alguna otra entrada sobre este tema, por lo que no me extenderé más ahora. Pasémosle pues la palabra a Einstein:

Siendo todavía un joven bastante precoz adquirí ya viva conciencia de la futilidad de las ansias y esperanzas que atosigan sin tregua a la mayoría de los hombres por la vida. Desde muy pronto vi también la crueldad de este acoso, crueldad que por aquellos años se ocultaba mucho mejor que hoy bajo la hipocresía y las palabras deslumbrantes. La existencia del estómago condenaba a cada cual a participar en ese ejercicio; pero aunque esta participación podía colmar el estómago, no podía satisfacer al hombre como ser pensante y sentiente. Como primera salida estaba la religión, que la máquina educativa tradicional se encarga de implantar en cada niño. De esta suerte |y pese a ser yo hijo de padres (judos) absolutamente irreligiosos| llegué a una honda religiosidad, que sin embargo hallo abrupto n a la edad de doce años. A través de la lectura de libros de divulgación científica me convencí en seguida de que mucho de lo que contaban los relatos de la Biblia no podía ser verdad. La consecuencia fue un librepensamiento realmente fanático, unido a la impresión de que el Estado miente deliberadamente a la juventud; una impresión demoledora. De esta experiencia nació la desconfianza hacia cualquier clase de autoridad, una actitud escéptica hacia las convicciones que latían en el ambiente social de turno; postura que nunca volvió a abandonarme, si bien es cierto que mas tarde, al comprender mejor las conexiones causales, perdió su primitivo filo.

Veo claro que el así perdido paraíso religioso de la juventud fue un primer intento de liberarme de las ligaduras de lo «meramente personal», de una existencia dominada por deseos, esperanzas y sentimientos primitivos. Allá fuera estaba ese gran mundo que existe independientemente de los hombres y que se alza ante nosotros como un enigma grande y eterno, pero que es accesible, en parte al menos, a la inspección y al pensamiento. Su contemplación hacía señas de liberación, y no tardé en advertir que más de uno a quien yo había llegado a estimar y admirar había hallado libertad y seguridad interior a través de la devota dedicación a ella. La aprehensión mental de este mundo extrapersonal en el marco de las posibilidades que están a nuestro alcance flotaba en mi mente, mitad consciente, mitad inconscientemente, como meta suprema. Los amigos a no perder eran aquellos hombres, del presente o del pasado, que albergaban parecidas motivaciones, as como las ideas por ellos conquistadas. El camino hacia ese paraíso no era tan cómodo ni seductor como el del paraíso religioso; pero ha demostrado ser fiable, y jamás me he arrepentido de haberlo elegido.

Lo que acabo de decir sólo es verdad en cierto sentido, al igual que un dibujo compuesto por unos cuantos trazos tampoco puede reproducir sino en sentido limitado un objeto complejo, lleno de prolijos detalles. Cuando un individuo halla solaz en las ideas bien ensambladas, puede suceder que este lado de su naturaleza termine por sobresalir en detrimento de otras facetas, llegando a determinar en medida creciente su mentalidad. Puede muy bien ocurrir entonces que este individuo vea retrospectivamente una evolución sistemática y unitaria allí donde lo realmente vivido se desarrolló en un caleidoscopio de situaciones singulares, pues la variedad de las situaciones exteriores y la estrechez del contenido momentáneo de la conciencia conllevan una especie de atomización de la vida de cada persona. El punto de giro de la evolución, en un hombre de mi talante, consiste en que el foco de atención se despega paulatinamente y en gran medida de lo momentáneo y meramente personal y se centra en el ansia de captar conceptualmente las cosas. Las esquemáticas consideraciones anteriores, contempladas desde este punto de vista, encierran tanta verdad como permite semejante concisión.

¿Qué es, en realidad, «pensar»? Cuando, al recibir impresiones sensoriales, emergen imágenes de la memoria, no se trata aun de «pensamiento». Cuando esas imágenes forman secuencias, cada uno de cuyos eslabones evoca otro, sigue sin poderse hablar de «pensamiento». Pero cuando una determinada imagen reaparece en muchas de esas secuencias, se torna, precisamente en virtud de su recurrencia, en elemento ordenador de tales sucesiones, conectando secuencias que de suyo eran inconexas. Un elemento semejante se
convierte en herramienta, en concepto. Tengo para m que el paso de la asociación libre o del «soñar» al pensamiento se caracteriza por el papel mas o menos dominante que desempeñe ahí el «concepto». En rigor no es necesario que un concepto vaya unido a un signo sensorialmente perceptible y reproducible (palabra); pero si lo esta, entonces el pensamiento se torna comunicable.

¿Con qué derecho -se preguntara el lector- opera este hombre tan despreocupada y primitivamente con ideas en un terreno tan problemático, sin hacer el mínimo intento de probar nada? Mi defensa: todo nuestro pensamiento
es de esta especie, la de un juego libre con conceptos; la justificación del juego reside en el grado de comprensión que con su ayuda podemos adquirir sobre las experiencias de los sentidos. El concepto de «verdad» no es aplicable aun a semejante estructura; a mi entender, este concepto solo entra en consideración cuando existe general consenso (convention) acerca de los elementos y reglas del juego.

No me cabe duda de que el pensamiento se desarrolla en su mayor parte sin el uso de signos (palabras), y además inconscientemente en gran medida. Porque ¿como se explica, si no, que a veces nos «asombremos», de modo completamente espontaneo de alguna experiencia? Este «asombro» parece surgir cuando una vivencia entra en conflicto con un mundo de conceptos muy fijado ya dentro de nosotros. Cuando ese conflicto es vivido dura e intensamente, repercute decisivamente sobre nuestro mundo de ideas. La evolución de este mundo es, en cierto sentido, una huida constante del «asombro”.

Un asombro de esta índole lo experimenté de niño, a los cuatro o cinco años, cuando mi padre me enseñó una brújula. El que la aguja se comportara de manera tan determinada no cuadraba para nada con la clase de fenómenos que tenían cabida en el mundo inconsciente de los conceptos (acción ligada al «contacto»). Aun recuerdo -o creo recordar- que esta experiencia me causó una impresión honda e indeleble. Detrás de las cosas tena que haber algo profundamente oculto. Frente a aquello que el hombre tiene ante sus ojos desde pequeño no reacciona de esta manera, no se asombra de la cada de los cuerpos, ni del viento y la lluvia, ni tampoco de la Luna ni de que esta no caiga, ni de la diversidad de lo animado e inanimado.

A la edad de doce años experimenté un segundo asombro de naturaleza muy distinta: fue con un librito sobre geometría euclídea del plano, que cayo en mis manos al comienzo de un curso escolar. Había allí asertos, como la intersección de las tres alturas de un triángulo en un punto por ejemplo, que -aunque en modo alguno evidentes- podían probarse con tanta seguridad que parecían estar a salvo de toda duda. Esta claridad, esta certeza ejerció sobre m una impresión indescriptible. El que los axiomas hubiera que aceptarlos sin demostración no me inquietaba; para mí era más que suficiente con poder construir demostraciones sobre esos postulados cuya validez no se me antojaba dudosa. Recuerdo, por ejemplo, que el teorema de Pitágoras me lo enseñó uno de mis tíos, antes de que el sagrado librito de geometría cayera en mis manos. Tras arduos esfuerzos logré «probar» el teorema sobre la base de la semejanza de triángulos, pareciéndome «evidente» que las relaciones de los lados de un triángulo rectángulo tenían que venir completamente determinadas por uno de los ángulos agudos. Solamente aquello que no me parecía, en análogo sentido, «evidente», necesitaba para m de prueba. Y los objetos de los que trata la geometría tampoco se me antojaban de naturaleza distinta de la de los objetos de la percepción sensorial, «los que podían verse y tocarse». Esta concepción primitiva, sobre la que seguramente descansa también la famosa cuestión kantiana en torno a la posibilidad de «juicios sintéticos a priori”, se basa naturalmente en que la relación entre esos conceptos geométricos y los objetos de la experiencia (barra rígida, intervalo, etc.) estaba allí presente de modo inconsciente.

Si bien parecía que a través del pensamiento puro era posible lograr un conocimiento seguro sobre los objetos de la experiencia, el «milagro»  descansaba en un error. Mas, para quien lo vive por primera vez, no deja de ser bastante maravilloso que el hombre sea siquiera capaz de lograr, en el pensamiento puro, un grado de certidumbre y pureza como el que los griegos nos mostraron por primera vez en la geometría.

Ahora que me he dejado llevar a interrumpir esta necrología apenas iniciada, no me resisto a glosar aquí en un par de frases mi credo epistemológico, pese a que en lo que antecede ya se ha dicho, de pasada, algo al respecto. Este credo no se fraguó sino lentamente y mucho mas tarde, y no se corresponde con la postura que yo mantenía en años más jóvenes.

A un lado veo la totalidad de las experiencias sensoriales, al otro la totalidad de los conceptos y proposiciones que están recogidos en los libros. Las relaciones de los conceptos y proposiciones entre sí son de naturaleza lógica, y el quehacer del pensamiento lógico se limita estrictamente a establecer la conexión de conceptos y proposiciones entre sí según reglas fijas, sobre las cuales versa la lógica. Los conceptos y proposiciones solo cobran «sentido» o «contenido» a través de su relación con experiencias de los sentidos. El nexo entre estas y aquellos es puramente intuitivo, no es en s de naturaleza lógica. Lo que diferencia a la vacía especulación de la «verdad»  científica no es otra cosa que el grado de certeza con que se puede establecer esa relación o nexo intuitivo. El sistema de conceptos, junto con las reglas sintácticas que constituyen la estructura de los sistemas conceptuales, es una creación del hombre. Cierto que los sistemas conceptuales son en s completamente arbitrarios desde el punto de vista lógico, pero están subordinados a la finalidad de hacer viable una coordinación lo mas cierta (intuitiva) y completa posible con la totalidad de las experiencias sensoriales; en segundo lugar, aspiran a la máxima parsimonia con respecto a sus elementos lógicamente independientes (conceptos fundamentales y axiomas), es decir, conceptos no de nidos y proposiciones no derivadas.

Una proposición es correcta cuando, dentro de un sistema lógico, esta deducida
de acuerdo con las reglas lógicas aceptadas. Un sistema tiene contenido de verdad según con que grado de certeza y completitud quepa coordinarlo con la totalidad de la experiencia. Una proposición correcta obtiene su «verdad» del contenido de verdad del sistema a que pertenece.

Una observación acerca de la evolución histórica. Hume vio claramente que determinados conceptos, el de causalidad por ejemplo, no pueden derivarse del material de la experiencia mediante métodos lógicos. Kant, absolutamente persuadido de que ciertos conceptos son imprescindibles, teníalos   ̶ tal y como están elegidos ̶  por premisas necesarias de todo pensamiento, distinguiéndolos de los conceptos de origen empírico. Yo estoy convencido, sin embargo, de que esta distinción es errónea o, en cualquier caso, de que no aborda el problema con naturalidad. Todos los conceptos, incluso los más próximos a la experiencia, son, desde el punto de vista lógico, supuestos libres, exactamente igual que el concepto de causalidad, que fue inicialmente el punto de arranque de esta cuestión.

¿Una nueva racionalidad?

El mundo tiene hoy serios problemas para cuya solución necesita cada vez de más ciencia. Pero también de saber aplicarla con una mayor madurez, que sólo podrá alcanzar saliendo de sí misma, en una apertura decidida hacia otros ámbitos, en particular el mundo del arte y del pensamiento humanista(1).

 

Ilya_Prigogine

 

Según Karl Popper el sentido común tiende a afirmar «que todo acontecimiento es causado por un acontecimiento, de suerte que todo acontecimiento podría ser predicho o explicado… Por otra parte, el sentido común atribuye a las personas sanas y adultas la capacidad de elegir libremente entre varios caminos distintos de acción…». En el pensamiento occidental esta tensión al interior del sentido común se traduce en un problema mayor, que William James denominó «dilema del determinismo». Dilema en el que se juega nuestra relación con el mundo, y particularmente con el tiempo. ¿El futuro está dado o en perpetua construcción? ¿Acaso la creencia en nuestra libertad es una ilusión? ¿Es una verdad que nos separa del mundo? ¿Es nuestra manera de participar en la verdad del mundo? La cuestión del tiempo se sitúa en la encrucijada del problema de la existencia y el conocimiento. El tiempo es la dimensión fundamental de nuestra existencia, pero también se inserta en el centro de la física, ya que la incorporación del tiempo en el esquema conceptual de la física galileana fue el punto de partida de la ciencia occidental.

[…]

La cuestión del tiempo y el determinismo no se limita a las ciencias: está en el centro del pensamiento occidental desde el origen de lo que denominamos racionalidad y que situamos en la época presocrática. ¿Cómo concebir la creatividad humana o cómo pensar la ética en un mundo determinista? La interrogante traduce una tensión profunda en el seno de nuestra tradición, la que a la vez pretende promover un saber objetivo y afirmar el ideal humanista de responsabilidad y libertad. Democracia y ciencia moderna son ambas heredadas de la misma historia, pero esa historia llevaría a una contradicción si las ciencias hicieran triunfar una concepción determinista de la naturaleza cuando la democracia encarna el ideal de sociedad libre. Considerarnos extraños a la naturaleza involucra un dualismo ajeno a la aventura de las ciencias y a la pasión de inteligibilidad propia del mundo occidental. Según Richard Tarnas, esa pasión es «reencontrar la unidad con las raíces del propio ser». Hoy creemos estar en un punto crucial de esa aventura, en el punto de partida de una nueva racionalidad que ya no identifica ciencia y certidumbre, probabilidad e ignorancia.

 

Este fragmento está extraído del libro El fin de las certidumbres, de Ilya Prigogine, el último que leí de él (si no contamos relecturas) y que se ha colado aquí casi por casualidad. Tenía otras intenciones en la cabeza cuando mis pensamientos y mis recuerdos me llevaron aquí. Es un libro que habla del pasado, porque el que lo escribe ya se considera parte de él, cree que su aportación a la ciencia ha concluido y es hora de pasarle el testigo a otros. Un libro más sobre el tiempo director de todo, en el que el autor se vuelve elemento partícipe de esa flecha temporal por la que tanto luchó y que tal vez sea tan solo una ilusión, pero la ilusión más transcendental de este mundo.

Cuando estas ideas vienen a mi cabeza aparece siempre la imagen de esta estatua:

 

monuci1

 

Un libro lleva a otro libro, como un pensamiento apunta a otro o una canción conduce a otra; y nunca sabemos a ciencia cierta a qué puerto arribaremos.

Prigogine ya no está de moda, como tampoco lo están buena parte de las teorías que defiende en sus libros. Aún así, hay mucho que aprender de ellos. Allí está,  por ejemplo, la mejor introducción a la obra de Boltzmann que he leído. Reconozco que tengo una deuda personal con sus libros y sus ideas, llegaron en un momento muy oportuno, se quedaron aquí y me descubrieron una forma de acercarse al mundo que no podía imaginarme.

Uno de los aspectos que más se le critica es su tendencia filosofar, según algunos, por encima de lo que debiera hacerlo un científico. Opino no obstante que filosofar nunca está de más, siempre que se haga en su lugar y sin perder la perspectiva. Cada porción del saber humano tiene su espacio propio, pero es probable que deba compartirlo con los demás para que todas evolucionen adecuadamente, no se trata de invadir territorios, sino de establecer una colaboración, una sinergia entre todas. Una alianza de conocimientos,  como la que tantas veces buscó y pregonó este autor.

Sin olvidar las aportaciones que lo llevaron a merecer el Premio Nobel de Química en 1977, sobre todo el concepto de estructura disipativa, tal vez este sea su principal legado.

 

(1) Del prólogo a La nueva alianza.

La ciencia

La física tiene por objetivo dar una descripción matemáticamente precisa de ciertos fragmentos de realidad, y muchas veces es preferible no preocuparse de la “realidad última”.

David Ruelle

 

Ruelle

 

Demos un salto hacia atrás en el tiempo de algunos miles de años. Cae la noche, la jornada de trabajo ha terminado y se encienden las lámparas de aceite. Comentamos las noticias locales y las tareas por realizar en el campo, cuya fecha se escoge según el aspecto de las constelaciones en el cielo. Nos sorprendemos de las historias que cuentan los viajeros y de las extrañas lenguas que hablan. Hay una discusión acerca de los atributos de los dioses, o sobre algún punto de la ley, o sobre las virtudes medicinales de alguna planta. La curiosidad intelectual está aquí muy presente por la necesidad de comprender los secretos del vasto mundo y la naturaleza de las cosas. Y aplicamos esta curiosidad a todo tipo de problemas: cómo interpretar los sueños para conocer el futuro, cómo comprender los signos en el cielo, o cómo construir un ángulo recto con una cuerda (hacer un triángulo de lados 3, 4 y 5).

Y ahora, unos miles de años más tarde, cuando nos volvemos hacia el pasado vemos que algunos temas de discusión han sido olvidados: ya no nos interesan demasiado los atributos de los antiguos dioses. Algunas cuestiones no han cambiado mucho: ¿cuál es la verdadera naturaleza del arte?, y ¿qué es la conciencia? Pero el estudio de otros problemas ha dado lugar a los extraordinarios progresos de la ciencia y de las técnicas que han cambiado por completo la condición humana. Del recuento de los carneros y del trazado de ángulos rectos con una cuerda salieron las matemáticas. La observación del movimiento de los astros condujo a la creación de la mecánica y de la física. Y más tarde se desarrollaron la biología y la medicina modernas, reemplazando al estudio de las plantas medicinales.

El destino de la ciencia ha sido diferente al de otros dominios de la curiosidad humana, no porque la curiosidad fuera de otra naturaleza, sino porque los objetos y los conceptos manejados eran diferentes. Ha resultado más provechoso el análisis de las propiedades de los triángulos que la interpretación de los sueños. El estudio del movimiento del péndulo se ha mostrado más fructífero que el estudio de la naturaleza de la consciencia. A veces la ciencia ilumina los viejos problemas filosóficos, y a veces se ve subvertida por ellos. Pero con frecuencia las cuestiones que sugiere la introspección quedan sin respuesta o, si las respuestas llegan, son intelectualmente convincentes antes que psicológicamente satisfactorias.

El azar no parecía ser a priori un tema muy prometedor para un estudio preciso, y muchos científicos lo han menospreciado en otros tiempos. Ahora, sin embargo, desempeña un papel central en nuestra comprensión de la naturaleza de las cosas. […].

Lancemos ahora otra mirada sobre quienes hacen la ciencia.

Tras discusiones con un buen número de colegas ha llegado a la conclusión de que había dos grandes grupos entre los físicos de mi generación. Algunos han desarrollado su gusto por la ciencia haciendo química recreativa cuando eran jóvenes. Otros, más atraídos por la electricidad y la mecánica, se divertían desmontando aparatos de radio y despertadores. Yo era resueltamente químico. Cuando encuentro a un colega que ha tenido inclinaciones similares, suele ocurrir que nos pasamos una hora evocando y comparando los recuerdos de nuestros locos “experimentos” químicos. Cómo preparar nitroglicerina o fulminato de mercurio, o hacer hervir ácido sulfúrico en un tubo Pyrex. (Este último experimento es particularmente desaconsejable.) Un día pregunté al físico americano John Wheeler si pertenecía a la categoría química o a la electromecánica. Su respuesta fue “a las dos”, y su esposa, que estaba presente, le tomó la mano diciendo “muestra tu dedo, Johnny”. Y Johnny tuvo que mostrar su dedo al que le faltaba una falange como consecuencia de un “experimento recreativo” de su juventud. El físico Murray Gell-Mann me dijo, en cambio, que él no había hecho nunca “ciencia recreativa” pero que en su lugar había leído mucha ciencia-ficción.

Debido a los problemas de la droga y el terrorismo se ha hecho difícil conseguir productos para la química recreativa. Y, por otra parte, desmontar aparatos de radio y despertadores ha perdido interés a causa de la miniaturización electrónica (ya no hay gran cosa que ver). Por ello, los futuros sabios se divierten ahora con ordenadores, lo que debe dar lugar a una nueva y diferente variedad de físicos. En cualquier caso, no obstante, la carrera de un físico comienza por una cierta fascinación, que sin duda es de naturaleza algo mágica en el caso de la química recreativa y de naturaleza más lógica en el caso de los aparatos eléctricos y mecánicos o de los ordenadores. Dejo aparte el caso de las personas que se dedican a “hacer investigación” para ganarse la vida pero que, cuando pueden elegir, prefieren ver un partido por televisión.

Los matemáticos, como los físicos, están impulsados por una poderosa fascinación. La investigación matemática es dura, intelectualmente penosa y gratificante a la vez, y uno no se entrega a ella sin una fuerte motivación interior.

¿Cuál es el origen de esta pulsión, de esta fascinación que sirve de motor a la actividad de los físicos, de los matemáticos y, sin duda, también de los investigadores de los demás dominios de la ciencia? El psicoanálisis sugiere que es la curiosidad sexual. Usted comienza preguntándose de dónde vienen los niños y después, de una cosa en otra, se encuentra preparando nitroglicerina o resolviendo ecuaciones diferenciales. La explicación resulta un poco irritante, lo que sin duda quiere decir que es esencialmente correcta. Pero si la curiosidad sexual está en el origen de la ciencia, pronto viene a añadirse algo más que es fundamental: el hecho de que el mundo es comprensible. SI se aborda la ciencia bajo el ángulo puramente psicológico (ya sea psicoanalítico o neurocientífico), se permanece ciego a la comprensibilidad de las matemáticas así como a la “irrazonable eficacia de las matemáticas en las ciencias naturales”. Algunos especialistas de las ciencias blandas parecen compartir esta ceguera. Pero, en conjunto, los matemáticos y los físicos estiman que tratan con una realidad exterior con sus leyes propias, una realidad que transciende las reglas de la psicología, una realidad extraña, fascinante y, en cierto sentido, también bella.

Está bien. Me disponía a hacer una descripción sencilla a la par que emotiva de la grandiosa tarea del sabio resolviendo los problemas del Universo…, pero veo que no me lo va usted a permitir. Usted querría que se hable de Edipo, tan ufano por haber resuelto el problema de la esfinge y que, de este modo, desencadenó una serie de acontecimientos tan catastróficos y tan desastrosos que han ocupado a los autores dramáticos y a los psicoanalistas durante los tres mil años siguientes. ¿No debería la ciencia tener un comportamiento más responsable?

La respuesta a esta última pregunta es clara: la ciencia es totalmente amoral y completamente irresponsable. Los científicos actúan, individualmente, según el sentido que ellos tienen (o no tienen) de su responsabilidad moral, pero actúan como seres humanos, no como representantes de la ciencia. Tomemos un ejemplo. Lo que en otro tiempo se llamaba la naturaleza, y que ya no es más que nuestro medio ambiente, lleva camino de convertirse simplemente en nuestro vertedero. ¿Es esto culpa de la ciencia? La ciencia puede efectivamente ayudar a la destrucción de la naturaleza, pero también puede ayudar a proteger el medio ambiente, o puede servir para medir la contaminación. Las decisiones son todas humanas. La ciencia responde a las preguntas (al menos de vez en cuando), pero no toma ninguna decisión. Los hombres toman decisiones (al menos de vez en cuando).

Es difícil juzgar cuáles son las elecciones realmente abiertas a la humanidad. ¿Será mañana el apocalipsis? ¿O podrá el género humano proseguir indefinidamente su carrera? El cerebro que utilizamos es el mismo que el de nuestros ancestros de la edad de piedra y ha dado muestras de una sorprendente flexibilidad. En lugar de correr a pie y cazar con una lanza, el hombre moderno conduce un automóvil y vende seguros. Y, a menos que ocurra un cataclismo próximo, habrá otros cambios, nuevos progresos. En muchas tareas técnicas nuestros obsoletos cerebros paleolíticos serán reemplazados por máquinas más rápidas, más potentes y más fiables. Y la ciencia vendrá en ayuda de nuestros antiguos mecanismos de copia genética, permitiendo evitar todo tipo de horribles enfermedades. Y nosotros no podemos decir NO. Por razones sociológicas no tenemos la opción de rechazar todas estas magníficas mejoras. Pero ¿podrá la humanidad sobrevivir a los cambios que son inevitables hacer a nuestro medio físico y cultural? Nada sabemos de ello.

Ahora, como antes, la oscuridad de nuestro futuro permanece insondable, y no sabemos si la humanidad camina hacia un futuro más noble o hacia una autodestrucción inevitable.

 

Este texto comprende la mayor parte del epílogo del libro Azar y caos de David Ruelle.

Azar y causalidad, caos y accidente

 

MarioBunge

 

Recientemente ha nacido un intruso, llamado «caos», que complica las cosas. Mejor dicho, nos hace ver que el mundo es aun más complejo de lo que creíamos. Desgraciadamente, la palabra «caos» ha sido objeto de una publicidad comparable con los anuncios de la aparición inminente de ordenadores inteligentes. Por esto convendrá aportar un mínimo de precisión y un llamado a la modestia.

Ante todo, la palabra «caos» es ambigua. En efecto, hasta hace poco sólo significaba desorden: ausencia de orden o legalidad. Este no es el concepto técnico de caos que se presenta en la dinámica no lineal, ya que ésta gira en torno a presuntas leyes naturales. Lo que ocurre es que estas leyes no son causales ni probabilistas.

En segundo lugar, el caos es una suerte de imitación del azar. En efecto, a simple vista una trayectoria caótica se parece a una sucesión aleatoria del tipo de los precios de las acciones de bolsa. Sólo un examen detenido permite concluir que, en efecto, dichas trayectorias son, o bien no son, consecuencias lógicas de ciertas ecuaciones no lineales.

Una característica de la dinámica no lineal es que pequeñísimos cambios del estado inicial del sistema son seguidos por resultados desproporcionados. En resumen: a pequeñas causas, grandes efectos. O sea, dos trayectorias que están próximas al comienzo pueden terminar muy distantes entre sí. En resumen: a pequeñas causas, grandes efectos.

Otra característica de la dinámica caótica es que depende críticamente del valor preciso de uno o más parámetros o «variables perilla». A primera vista estos parámetros son iguales a las inocentes constantes que figuran en cualquier ecuación algebraica o diferencial. Pero, si los valores de esos parámetros cambian, aunque sea poquísimo, se producen efectos impredictibles.

No se trata solamente de que la respuesta a tales cambios sea enorme: puede ocurrir que haya dos respuestas (trayectorias) en lugar de una. Para peor, a diferencia de las ramas de un proceso aleatorio, cada una de las cuales tiene una probabilidad, a las ramas de un proceso caótico no se les puede asignar pesos.

He aquí algunos ejemplos de sistemas caóticos. Uno es el corazón que, al ser afectado de arritmia, late en forma caótica.También es caótica la reproducción de ciertas poblaciones de insectos, que a veces explotan y otras caen tanto que parecen haber desaparecido. Incluso las perturbaciones atmosféricas locales parecen ser caóticas. De aquí que sea tan difícil predecirlas correctamente, en tanto que las variaciones del clima global son predictibles con cierta precisión.

Tal vez haya caos en todas partes, pero uno no debiera de creer todo lo que hoy día se escribe sobre él. Muchas de estas publicaciones son inexactas, y algunas sensacionalistas. Esto se aplica, en particular, a las especulaciones de algunos estudios de la sociedad que, sin escribir ecuaciones, trazan paralelos entre las fluctuaciones económicas o políticas y la turbulencia de los líquidos.

Antes de comprar una mercancía cultural que lleve el rótulo «caos» (o «dinámica no lineal») es preciso cerciorarse de que contiene ecuaciones no lineales que han sido puestas a prueba confrontándolas con datos fehacientes, tales como series temporales de precios.

En resumidas cuentas, el azar y sus compañeros, la causalidad y el caos, son reales. En otras palabras, algunos aspectos del mundo son causales, otros aleatorios y otros más caóticos.Y el mundo satisface leyes que combinan dos o quizá tres de estas categorías.

Como si todo eso no fuese harto complejo, es preciso agregar una cuarta categoría, a saber, lo accidental. Piénsese en los numerosos accidentes que ocurren a lo largo de una vida humana, tales como coincidencias, siniestros involuntarios y oportunidades, sean aprovechadas o desaprovechadas. Sin embargo, es verdad que algunas coincidencias pueden analizarse en términos de líneas causales. Este es el caso de los accidentes automovilísticos.También es cierto que otros, como las mutaciones, son de raíz aleatoria.

Sí, pues, la vida es enredada. Pero a veces logramos ordenarla por un tiempo.Y otras logramos hacer virar el bote a tiempo para aprovechar los cambios de viento, al menos hasta el próximo remolino o hasta la próxima tempestad. Siempre debemos contar con el azar, el caos y el accidente. Pero también podemos contar con la causalidad para contrarrestar el azar, el caos y el accidente, o al menos para disminuir sus efectos indeseables.

 

Fragmento extraído del libro Píldoras, de Mario Bunge.

La psicoterapia y la naturaleza humana (George A. Kelly)

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No digo que la naturaleza del ser humano sea la de los seres humanos extraordinarios. Lo que quiero decir es que la naturaleza humana se revela en sus momentos extraordinarios, que pueden ser estudiados en el curso de su psicoterapia. Y por eso no tengo intención de ser un psicólogo aplicado, y no estoy de acuerdo con que la media de las reacciones conductuales humanas en situaciones de conformidad sea una medida adecuada de su naturaleza básica. Porque aceptar este principio es aceptar que la psicología humana es una psicología de normas y mediocridad estadística. Es conceder que la verdad recae en la mayoría; y unirse, me temo, al clamor por una psicología unificada, como si la verdad se alcanzase por medio de la negociación.

Debe admitirse que la psicoterapia no es la única oportunidad de ver al ser humano en sus momentos cruciales, cuando los convencionalismos le han traicionado y no tiene más recursos que su propia naturaleza. Podemos contemplar la naturaleza humana en otras situaciones. Quizá podamos estudiarla igual de bien cuando el ser humano afronta la muerte, y rememora, arrepentido, una vida de comportamiento normal y conformista. Quizá la podemos ver revisando la historia de estos últimos dos o tres mil años, en los que el torrente de conductas conformistas, normales y promedio se ve misericordiosamente eclipsado por los logros clave de los hombres y los pueblos. Quizá podamos verla en una guardería antes de que la socialización y la disciplina hagan su aparición. Quizás podamos verla incluso en el laboratorio; aunque lo más probable es que, si se presenta, expulsemos a los sujetos, como se expulsó a Adán y Eva cuando dejaron de confirmar una cierta hipótesis experimental sobre la eficacia del refuerzo.

Pero, por todas partes, la naturaleza humana puede ser observada a punto de emerger, en ninguna otra parte tendremos más necesidad de afrontar sus desconcertantes complejidades y exasperantes perversidades que en nuestros esfuerzos por lograr una psicoterapia exitosa. Aquí se espera que la persona luche por cambiar mientras busca un compromiso entre las doctrinas psicológicas normalizadas que lo rodean y su propio empeño en alcanzar lo que antes nunca había podido. Afrontar este problema no es siempre cómodo para un científico en ciernes; no es una forma muy práctica de acrecentar su currículum de publicaciones, y acaso sea este el motivo por el que los psicólogos clínicos publican tan poco, y lo que publican resulta tan poco concluyente. Pero por insatisfecho que yo esté con el progreso de la psicología clínica, me siento aun más pesimista ante cualquier psicología científica que se desmarque de la inquietante realidad de la psicoterapia. Pues, como dijo Mark Twain: Todo perro necesita pulgas, no sea que se olvide de que es un perro.

El artículo completo (no es muy largo) puede leerse aquí.

La respuesta a la crisis (Thomas S. Kuhn)

Para ser aceptada como paradigma, una teoría debe parecer mejor que sus competidoras; pero no necesita explicar y, en efecto, nunca lo hace, todos los hechos que se puedan confrontar con ella.

Thomas Samuel Kuhn.

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Los filósofos de la ciencia han demostrado repetidamente que siempre se puede tomar base mas que en una construcción teórica, sobre una colección de datos determinada. La historia de la ciencia indica que, sobre todo en las primeras etapas de desarrollo de un nuevo paradigma, ni siquiera es muy difícil inventar esas alternativas. Pero es raro que los científicos se dediquen a tal invención de alternativas, excepto durante la etapa anterior al paradigma del desarrollo de su ciencia y en ocasiones muy especiales de su evolución subsiguiente. En tanto los instrumentos que proporciona un paradigma continúan mostrándose capaces de resolver los problemas que define, la ciencia tiene un movimiento más rápido y una penetración más profunda por medio del empleo confiado de esos instrumentos. La razón es clara. Lo mismo en la manufactura que en la ciencia, el volver a diseñar herramientas es una extravagancia reservada para las ocasiones en que sea absolutamente necesario hacerlo. El significado de las crisis es la indicación que proporcionan
de que ha llegado la ocasión para rediseñar las herramientas.

Supongamos entonces que las crisis son una condición previa y necesaria para el nacimiento de nuevas teorías y preguntémonos después cómo responden los científicos a su existencia. Parte de la respuesta, tan evidente como importante,
puede descubrirse haciendo notar primeramente lo que los científicos nunca hacen, ni siquiera cuando se enfrentan a anomalías graves y prolongadas. Aun cuando pueden comenzar a perder su fe y, a continuación a tomar en consideración otras alternativas, no renuncian al paradigma que los ha conducido a la crisis. O sea, a no tratar las anomalías como ejemplos en contrario, aunque, en el vocabulario de la filosofía de la ciencia, eso es precisamente lo que son. Esta generalización es en parte, simplemente una afirmación del hecho histórico, basada en ejemplos como los mencionados antes y, de manera más detallada, los que se mencionarán a continuación. Esto
indica lo que nuestro examen posterior del rechazo del paradigma establecerá de manera más clara y completa: una vez que ha alcanzado el status de paradigma, una teoría científica se declara inválida sólo cuando se dispone de un candidato alternativo para que ocupe su lugar. Ningún proceso descubierto hasta ahora por el estudio histórico del desarrollo científico se parece en nada al estereotipo metodológico de la demostración de falsedad, por medio de la comparación directa con la naturaleza. Esta observación no significa que los científicos no rechacen las teorías científicas o que la experiencia y la experimentación no sean esenciales en el proceso en que lo hacen. Significa (lo que será al fin de cuentas un punto central) que el acto de juicio que conduce a los científicos a rechazar una teoría aceptada previamente, se basa siempre en más de una comparación de dicha teoría con el mundo. La decisión de rechazar un paradigma es siempre, simultáneamente, la decisión de aceptar otro, y el juicio que conduce a esa decisión involucra la comparación de ambos  paradigmas con la naturaleza y la comparación entre ellos.

Además, existe una segunda razón para poner en duda que los científicos rechacen paradigmas debido a que se enfrentan a anomalías o a ejemplos en contrario. Al desarrollarlo, mi argumento, por sí solo, delineará otra de las tesis principales de este ensayo. Las razones para dudar que antes bosquejamos eran puramente fácticas; o sea, ellas mismas eran ejemplos en contrario de una teoría epistemológica prevaleciente. Como tal, si mi argumento es correcto, pueden contribuir cuando mucho a crear una crisis o, de manera más exacta, a reforzar alguna que ya exista. No pueden por sí mismos demostrar que esa teoría filosófica es falsa y no lo harán, puesto que sus partidarios harán lo que hemos visto ya que hacen los científicos cuando se enfrentan a las anomalías. Inventarán numerosas articulaciones y modificaciones ad hoc de su teoría para eliminar cualquier conflicto aparente. En realidad, muchas de las modificaciones y de las calificaciones pertinentes pueden hallarse ya en la literatura. Por consiguiente, si esos ejemplos en contrario epistemológicos llegan a constituir algo más que un ligero irritante, será debido a que contribuyen a permitir el surgimiento de un análisis nuevo y diferente de la ciencia, dentro del que ya no sean causa de dificultades. Además, si se aplica aquí un patrón típico, que observaremos más adelante en las revoluciones científicas, esas anomalías no parecerán ya hechos simples. A partir de una nueva teoría del conocimiento científico, pueden parecerse mucho a tautologías, enunciados de situaciones que no pueden concebirse que fueran de otro modo.