Lo que tienen de bueno las palabras simples

Aprovechando que hoy es ese despropósito que llaman “Jornada de reflexión”, viene bien este fragmento de José Saramago que le tomo prestado a mi amiga Moni Solanas.

 

Algunas cuestiones para la reflexión. ¿Qué es normalidad democrática? ¿Cuál es el correcto deber electoral a cumplir? ¿Qué es un error que debe ser enmendado? ¿Cómo puede ser un resultado desconcer…

Origen: Lo que tienen de bueno las palabras simples

Democracia, educación y estupidez humana (I)

El poder auténtico, y eso lo sabemos todos, está en otro lugar. El poder auténtico es el poder económico, financiero, ese que no aparece, al que se le vota, que está en algún lugar no señalado, presionando, exigiendo, dictando. Y puede ocurrir que países democráticos, con gobiernos escrupulosamente democráticos se encuentren en la situación terrible que les vienen impuestas desde arriba, y ese “desde arriba” no es democrático.

Esa es la gran paradoja.

José Saramago. Universidad y democracia.

 

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Saramago pronunció estas palabras en una conferencia en la Universidad Complutense de Madrid(1).  Coincidirán conmigo en que su discurso no han perdido ni un ápice de actualidad. Allí habló de la crisis de la democracia y de la educación como instrumento para preservarla.

Para entrar en materia, reflexionaremos un poco sobre qué es la democracia. Si nos atenemos a la definición del DRAE, es una “doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno”. Y también, el “predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado”. Probablemente las ideas que la mayoría tenemos sobre este concepto estarán recogidas en estas definiciones.

Si bien es probable que existiesen sistemas de este tipo con anterioridad, el antecedente más conocido de este sistema es el de la Atenas del siglo de Pericles y que fue descrito por Aristóteles. Cabe señalar que aquel sistema se parecía poco a lo que pretense ser el actual pues el pueblo eran únicamente los ciudadanos libres varones mayores de edad, es decir, una minoría de la población.

 

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Precisamente Saramago menciona a Aristóteles en su disertación:

Aristóteles –aunque nunca estudié en la universidad he leído a Aristóteles- decía en su tratado De política que un gobierno realmente democrático debería necesariamente, por lógica matemática, por pura aritmética, integrar en su seno a más pobres que ricos porque decía él, “los pobres son más que los ricos, luego, si el gobierno de la polis tiene, por ejemplo, veinte personas, diecisiete tendrían que ser pobres y los tres restantes ricos.

[…]

Por otra parte, los partidos ricos siempre encuentran a unos cuantos pobres para que gobiernen a su mayor gloria y provecho; de los ricos, del poder, quiero decir. Estos pobres enseguida acaban cruzando la frontera y se pasan al bando de los ricos, aunque hubieran llegado al gobierno con los votos de los pobres, como bien sabemos que ocurre en todo el mundo.

Podría seguir citando aquí a don José, pero solo añadiré un párrafo más a modo de conclusión:

Es decir, tenemos un sistema democrático regido por un sistema no democrático: para paranoias, aquí hay una fuente, para esquizofrenias, apuntamos a número uno.  Y esto podría ser considerado, sencillamente, una paradoja más o menos divertida si no fuera algo tan serio.

Me pregunto si la democracia tal y como la concebimos realmente existe, puede existir o, por el contrario, no es más que una ilusión que a algunos le interesa que permanezca en la mente colectiva. Tengo que advertir que esta entrada no voy a lanzar un discurso político, pues esto nunca ha sido el objetivo de este blog, sino que me referiré como es más frecuente en este sitio, a asuntos relacionados con comportamiento humano y la educación.

La idea de escribir sobre esto nació de la lectura de un breve artículo en Life’s Little Mysteries, que lleva por título Incompetent People Too Ignorant to Know It. Su autora, Natalie Wolchover, hace referencia a algunos trabajos de David A. Dunning, un psicólogo de la Universidad de Cornell. Éste y otros autores han mostrado experimentalmente cómo nuestra incompetencia en algún tema concreto nos priva de la capacidad de aceptarla y, por ende, de juzgar la competencia de los demás en la materia de que se trate. Y apunta además que esto pude ser el origen de muchos de nuestros problemas sociales.

Concretamente, observaron que después de someter a un grupo de sujetos a una prueba, los que consiguieron mejor desenvolvimiento en ella se mostraron más confiados en su resultado, pero solo ligeramente más que los demás. La mayoría de los participantes se creen sistemáticamente por encima de la media. Y no es un asunto de optimismo, incluso ofreciendo recompensas económicas a los sujetos que se evalúen con precisión no mejoran el resultado.

Este investigador apunta asimismo que las personas sin talento en determinada área son incapaces de reconocer el de los demás. Y esto nos lleva a concluir que las personas sin formación política, científica, económica o social serán incapaces de reconocer a los mejores candidatos, por lo que el proceso democrático no resulta una buena idea. No somos conscientes ni de la facilidad con la que nos manipulan, ni de nuestro desconocimiento ni de lo sesgadas que son nuestras decisiones.

Dicho de otro modo, una educación deficiente nos sitúa en mala posición para tomar decisiones. A mi memoria viene un texto que me hicieron leer en COU, allí su autor defendía que la utilidad principal de estudiar física no era que aprendiésemos a calcular la velocidad de una bola o la órbita de un planeta, sino el forjar ciudadanos capaces de entender su utilidad y, por ende, qué había que invertir en conocimiento. Lamentablemente no sé dónde anda ese texto después de tantos años y no recuerdo a su autor (quiero recordar que era francés), pero desde entonces la idea de que la función de la educación es convertirnos en ciudadanos de pro siempre me ha acompañado. Para quien quiera leer algo más sobre el tema aquí hay una entrada del blog La física y la química en la vida cotidiana en la se menciona este asunto.

 

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Cambiando de tercio, en 1976 el historiador económico Carlo Maria Cipolla, escribía en su ensayo Allegro ma non troppo:

En el seno de un sistema democrático, las elecciones son un instrumento de gran eficacia para asegurar el mantenimiento estable de la fracción [de personas estúpidas frente al total de la población] entre los poderosos.

En este ensayo escrito en clave irónica pretende prevenirnos ante la que considera “el tipo de persona más peligroso que existe”. Trataremos este tema con más detalle en la siguiente parte de esta entrada.

De momento tenemos algunos argumentos en contra de la eficacia de nuestro sistema democrático. No parecemos preparados intelectualmente para hacerla un sistema eficiente y el hecho de celebrar elecciones no nos libra de elegir a representantes poco adecuados.

¿Eso significa que no podemos lograr un gobierno aceptable? Sin ánimo de aportar soluciones a esta situación (qué más quisiera), analizaremos una opción que ya se les ocurrió a los griegos para luchar contra la corrupción (ese fenómeno que ahora parece que nos preocupa tanto y del que nos olvidamos durante demasiado tiempo).

 

(1) Democracia y Universidad . José Saramago. Editorial Complutense (2010). Mi agradecimiento a Moni Solanas por presentarme esta obra.