Balada de otoño (Joan Manuel Serrat)

 

paisajes de otoño-d2

 

Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.

Pintaron de gris el cielo
y el suelo se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
La tarde que se adormece
parece un niño que el viento mece
con su balada en otoño.

Una balada en otoño,
un canto triste de melancolía,
que nace al morir el día.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.

Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados
sobre los campos, llueve.

Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.

Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.

Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados…
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.

Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja,
de una balada en otoño.

 

Vientos (Tomás Segovia)

Tomás Segovia

 

Ya por el horizonte
se difunde la noche, agua sombría
que moja lo mojado de las nubes murales.
Yo con pasos ausentes recorro la penumbra,
bajo el ala del Tiempo que sobre mí extendida
ingrávida y pausada se desplaza.
Vientos turbios y equívocos disponen
todo el húmedo clima donde arraiga,
ofrecida a la lluvia su fresca carne pura,
como un fruto partido, el peso del destino.
(Este soplo me llega desde oscuras distancias,
cruzó mares que he visto,
arrastra los perfumes de tierras que he pisado,
llenó claras llanuras o bosques sofocantes
donde yo enmudecía y sangraba de amor.
Y en la mitad de este aterido viento,
donde errabundas gotas viajan ciegamente,
siento soplar de pronto un viento diferente,
abierto y luminoso.)
Oh viento tibio y firme, viento bueno
que plasmaba de pronto en aguda presencia
el campo de mi infancia donde una abeja zumba.
Los árboles se instalan noblemente,
los caminos recorren inamovibles huellas,
los sitios tienen nombres persuasivos
que los hacen carnales como el hueso a la fruta.
Y la luz brota desde todas partes,
luz increada y siempre fiel, que inunda
la llanura sin muros donde un niño,
de estatura menor que las yerbas del mundo,
todo él suspendido de dos intensos ojos
que inmóviles lo clavan
a la inasible rotación del día,
se ve sobrepasado por su propio silencio,
que ya secretamente se entiende con la vida.

(Y otra vez desemboco en la áspera tierra
del llovido presente
que palmo a palmo con mis plantas palpo,
andando entre desnudas ondas donde anida
esta memoria que en murmurios muere,
tropezando en la sombra a cada instante
con su imperio cambiante.)

Y este múltiple viento informulable,
como el mudo lenguaje de un destino,
recorre con su soplo las horas de mi vida.
Y dice que su afán secreto fue tan solo
entender aquel puro silencio con que un día
yo descifraba el Tiempo.

La ciencia

La física tiene por objetivo dar una descripción matemáticamente precisa de ciertos fragmentos de realidad, y muchas veces es preferible no preocuparse de la “realidad última”.

David Ruelle

 

Ruelle

 

Demos un salto hacia atrás en el tiempo de algunos miles de años. Cae la noche, la jornada de trabajo ha terminado y se encienden las lámparas de aceite. Comentamos las noticias locales y las tareas por realizar en el campo, cuya fecha se escoge según el aspecto de las constelaciones en el cielo. Nos sorprendemos de las historias que cuentan los viajeros y de las extrañas lenguas que hablan. Hay una discusión acerca de los atributos de los dioses, o sobre algún punto de la ley, o sobre las virtudes medicinales de alguna planta. La curiosidad intelectual está aquí muy presente por la necesidad de comprender los secretos del vasto mundo y la naturaleza de las cosas. Y aplicamos esta curiosidad a todo tipo de problemas: cómo interpretar los sueños para conocer el futuro, cómo comprender los signos en el cielo, o cómo construir un ángulo recto con una cuerda (hacer un triángulo de lados 3, 4 y 5).

Y ahora, unos miles de años más tarde, cuando nos volvemos hacia el pasado vemos que algunos temas de discusión han sido olvidados: ya no nos interesan demasiado los atributos de los antiguos dioses. Algunas cuestiones no han cambiado mucho: ¿cuál es la verdadera naturaleza del arte?, y ¿qué es la conciencia? Pero el estudio de otros problemas ha dado lugar a los extraordinarios progresos de la ciencia y de las técnicas que han cambiado por completo la condición humana. Del recuento de los carneros y del trazado de ángulos rectos con una cuerda salieron las matemáticas. La observación del movimiento de los astros condujo a la creación de la mecánica y de la física. Y más tarde se desarrollaron la biología y la medicina modernas, reemplazando al estudio de las plantas medicinales.

El destino de la ciencia ha sido diferente al de otros dominios de la curiosidad humana, no porque la curiosidad fuera de otra naturaleza, sino porque los objetos y los conceptos manejados eran diferentes. Ha resultado más provechoso el análisis de las propiedades de los triángulos que la interpretación de los sueños. El estudio del movimiento del péndulo se ha mostrado más fructífero que el estudio de la naturaleza de la consciencia. A veces la ciencia ilumina los viejos problemas filosóficos, y a veces se ve subvertida por ellos. Pero con frecuencia las cuestiones que sugiere la introspección quedan sin respuesta o, si las respuestas llegan, son intelectualmente convincentes antes que psicológicamente satisfactorias.

El azar no parecía ser a priori un tema muy prometedor para un estudio preciso, y muchos científicos lo han menospreciado en otros tiempos. Ahora, sin embargo, desempeña un papel central en nuestra comprensión de la naturaleza de las cosas. […].

Lancemos ahora otra mirada sobre quienes hacen la ciencia.

Tras discusiones con un buen número de colegas ha llegado a la conclusión de que había dos grandes grupos entre los físicos de mi generación. Algunos han desarrollado su gusto por la ciencia haciendo química recreativa cuando eran jóvenes. Otros, más atraídos por la electricidad y la mecánica, se divertían desmontando aparatos de radio y despertadores. Yo era resueltamente químico. Cuando encuentro a un colega que ha tenido inclinaciones similares, suele ocurrir que nos pasamos una hora evocando y comparando los recuerdos de nuestros locos “experimentos” químicos. Cómo preparar nitroglicerina o fulminato de mercurio, o hacer hervir ácido sulfúrico en un tubo Pyrex. (Este último experimento es particularmente desaconsejable.) Un día pregunté al físico americano John Wheeler si pertenecía a la categoría química o a la electromecánica. Su respuesta fue “a las dos”, y su esposa, que estaba presente, le tomó la mano diciendo “muestra tu dedo, Johnny”. Y Johnny tuvo que mostrar su dedo al que le faltaba una falange como consecuencia de un “experimento recreativo” de su juventud. El físico Murray Gell-Mann me dijo, en cambio, que él no había hecho nunca “ciencia recreativa” pero que en su lugar había leído mucha ciencia-ficción.

Debido a los problemas de la droga y el terrorismo se ha hecho difícil conseguir productos para la química recreativa. Y, por otra parte, desmontar aparatos de radio y despertadores ha perdido interés a causa de la miniaturización electrónica (ya no hay gran cosa que ver). Por ello, los futuros sabios se divierten ahora con ordenadores, lo que debe dar lugar a una nueva y diferente variedad de físicos. En cualquier caso, no obstante, la carrera de un físico comienza por una cierta fascinación, que sin duda es de naturaleza algo mágica en el caso de la química recreativa y de naturaleza más lógica en el caso de los aparatos eléctricos y mecánicos o de los ordenadores. Dejo aparte el caso de las personas que se dedican a “hacer investigación” para ganarse la vida pero que, cuando pueden elegir, prefieren ver un partido por televisión.

Los matemáticos, como los físicos, están impulsados por una poderosa fascinación. La investigación matemática es dura, intelectualmente penosa y gratificante a la vez, y uno no se entrega a ella sin una fuerte motivación interior.

¿Cuál es el origen de esta pulsión, de esta fascinación que sirve de motor a la actividad de los físicos, de los matemáticos y, sin duda, también de los investigadores de los demás dominios de la ciencia? El psicoanálisis sugiere que es la curiosidad sexual. Usted comienza preguntándose de dónde vienen los niños y después, de una cosa en otra, se encuentra preparando nitroglicerina o resolviendo ecuaciones diferenciales. La explicación resulta un poco irritante, lo que sin duda quiere decir que es esencialmente correcta. Pero si la curiosidad sexual está en el origen de la ciencia, pronto viene a añadirse algo más que es fundamental: el hecho de que el mundo es comprensible. SI se aborda la ciencia bajo el ángulo puramente psicológico (ya sea psicoanalítico o neurocientífico), se permanece ciego a la comprensibilidad de las matemáticas así como a la “irrazonable eficacia de las matemáticas en las ciencias naturales”. Algunos especialistas de las ciencias blandas parecen compartir esta ceguera. Pero, en conjunto, los matemáticos y los físicos estiman que tratan con una realidad exterior con sus leyes propias, una realidad que transciende las reglas de la psicología, una realidad extraña, fascinante y, en cierto sentido, también bella.

Está bien. Me disponía a hacer una descripción sencilla a la par que emotiva de la grandiosa tarea del sabio resolviendo los problemas del Universo…, pero veo que no me lo va usted a permitir. Usted querría que se hable de Edipo, tan ufano por haber resuelto el problema de la esfinge y que, de este modo, desencadenó una serie de acontecimientos tan catastróficos y tan desastrosos que han ocupado a los autores dramáticos y a los psicoanalistas durante los tres mil años siguientes. ¿No debería la ciencia tener un comportamiento más responsable?

La respuesta a esta última pregunta es clara: la ciencia es totalmente amoral y completamente irresponsable. Los científicos actúan, individualmente, según el sentido que ellos tienen (o no tienen) de su responsabilidad moral, pero actúan como seres humanos, no como representantes de la ciencia. Tomemos un ejemplo. Lo que en otro tiempo se llamaba la naturaleza, y que ya no es más que nuestro medio ambiente, lleva camino de convertirse simplemente en nuestro vertedero. ¿Es esto culpa de la ciencia? La ciencia puede efectivamente ayudar a la destrucción de la naturaleza, pero también puede ayudar a proteger el medio ambiente, o puede servir para medir la contaminación. Las decisiones son todas humanas. La ciencia responde a las preguntas (al menos de vez en cuando), pero no toma ninguna decisión. Los hombres toman decisiones (al menos de vez en cuando).

Es difícil juzgar cuáles son las elecciones realmente abiertas a la humanidad. ¿Será mañana el apocalipsis? ¿O podrá el género humano proseguir indefinidamente su carrera? El cerebro que utilizamos es el mismo que el de nuestros ancestros de la edad de piedra y ha dado muestras de una sorprendente flexibilidad. En lugar de correr a pie y cazar con una lanza, el hombre moderno conduce un automóvil y vende seguros. Y, a menos que ocurra un cataclismo próximo, habrá otros cambios, nuevos progresos. En muchas tareas técnicas nuestros obsoletos cerebros paleolíticos serán reemplazados por máquinas más rápidas, más potentes y más fiables. Y la ciencia vendrá en ayuda de nuestros antiguos mecanismos de copia genética, permitiendo evitar todo tipo de horribles enfermedades. Y nosotros no podemos decir NO. Por razones sociológicas no tenemos la opción de rechazar todas estas magníficas mejoras. Pero ¿podrá la humanidad sobrevivir a los cambios que son inevitables hacer a nuestro medio físico y cultural? Nada sabemos de ello.

Ahora, como antes, la oscuridad de nuestro futuro permanece insondable, y no sabemos si la humanidad camina hacia un futuro más noble o hacia una autodestrucción inevitable.

 

Este texto comprende la mayor parte del epílogo del libro Azar y caos de David Ruelle.

Viento Sur (María Elena Walsh – Lito Vitale)

 

Walsh

 

No hay túnel que dure cien años, mi vida.
Mirá como se arruga la tiniebla,
la procesión de pálidas se desbarranca,
los funcionarios inauguran ruinas.
Y vos y yo fundamos aires buenos.

Dónde estará la plata de mi río,
sólo barro y olitas de minué.
En los camalotes cantan las sirenas,
pero Ulises camionero no las oye,
sólo escucha la radio.

Llueve liquen en los decrépitos televisores,
buenas noches a todos, mariposas y difuntos.
Transmiten en cadena las cadenas.

El cemento se cansa de ser cobija de la Pampa.
Por los baches asoma la luz mala,
resucitan cardos y maíces,
abran paso a las luciérnagas curiosas que verán.

Viento sur, olor a transparencia,
silbo de la calandria,
madrecita cantora del primer rayo de la aurora.

La sopa de los pobres llega al centro,
y su vapor al reino de los cielos.

Ventolina que barre tormentas,
lavadero del alma, nos deja serenitos,
reciclando la pena en vasto amor.
Silbo de la calandria y vidalita de la esperanza.

Darle cuerda al amanecer, empujar un poco al Sol,
al buen día meterlo en casa.
Silba la calandria y nos sorprende en vela,
amuchados, con ganas de seguir.

Estación claridad, vamos llegando.