El concepto de lo mental (Gilbert Ryle)

El mito cartesiano supera los defectos del mito de Hobbes, duplicándolos. Pero también la homeopatía doctrinaria presupone el reconocimiento de que existen enfermedades.

Gilbert Ryle

El concepto de lo mental

 

Los niños, los semianalfabetos, los soldados "a la antigua" y algunos pedagogos tienden a suponer que recibir enseñanza y adiestramiento consiste en llegar a ser simplemente capaz de repetir las exactas lecciones enseñadas. Pero esto es un error. No diríamos que un niño no habría hecho más que comenzar a aprender las tablas de multiplicar si todo lo que sabe hacer es repetirlas correctamente desde el comienzo hasta el fin. No las ha aprendido correctamente a menos que pueda dar, rápidamente, la respuesta precisa a cualquier problema fácil de multiplicación (no superior a diez por diez), y a menos que pueda aplicar las tablas para decirnos, por ejemplo, cuántos dedos pulgares hay en un cuarto en el que se encuentran seis personas. Tampoco podemos decir que un hombre es un escalador de montañas avezado si sólo puede trepar las mismas rocas sencillas que sirvieron para enseñarle, y sólo puede hacerlo en condiciones iguales a las que se daban cuando se le enseñó y realizando los mismos movimientos que, entonces, se le hizo realizar. Aprender es llegar a ser capaz de hacer alguna cosa correcta o adecuada en cualquier situación perteneciente a ciertos tipos generales. Es llegar a encontrarse preparado para reclamos variables dentro de ciertos límites.

Con anterioridad, en este mismo capítulo, traté de explicar por qué es que, aunque concentrarse en una tarea no consiste en acoplar una operación de investigación o inspección con la ejecución de esa tarea, sin embargo esperamos que una persona que se encuentra en algo sea capaz de decir, sin averiguarlo, en qué ha estado ocupada. Atender o prestar atención no es una ocupación secundaria de teorizar, pero, no obstante ello, parece implicar tener en la punta de la lengua las respuestas a preguntas teóricas acerca de nuestra ocupación primaria. ¿Cómo puedo conocer lo que he estado haciendo o sintiendo, a menos que hacer o sentir algo con la mente puesta en ello importe algún estudio de lo que estoy haciendo o sintiendo)? ¿Cómo puedo describir ahora lo que no he examinado previamente?

Parte de la respuesta parece ser ésta. No todo hablar, y por cierto tampoco las formas más rudimentarias del hablar, consisten en impartir trozos de conocimiento general. No comenzamos, por ejemplo, diciéndole al infante los nombres de las cosas que en el momento no le interesan. Comenzamos diciéndole el nombre de las cosas que aquí y ahora atraen su interés. El uso de los nombres de las cosas es así inyectado en el interés en ellas. De un modo, en parte similar, damos al niño instrucciones, consejos, demostraciones, retos y voces de aliento relativos a lo que está ensayando ahora. No esperamos a que se halle desocupado para enseñarle cómo debe hacer las cosas. El hecho de que el adiestramiento sea simultáneo con la ejecución no lo torna, necesariamente, una distracción respecto de la última. Tratar de seguir las enseñanzas es parte de tratar de hacer las cosas, y a medida que el niño aprende a hacerlas, también aprende a entender mejor las lecciones para hacerlas y a aplicarlas mejor. De allí que él aprende, también, a desdoblar los papeles del instructor y del alumno; aprende a adiestrarse a sí mismo y a prestar atención a su propio adiestramiento; esto es, a adecuar sus hechos a sus propias palabras.

La psicoterapia y la naturaleza humana (George A. Kelly)

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No digo que la naturaleza del ser humano sea la de los seres humanos extraordinarios. Lo que quiero decir es que la naturaleza humana se revela en sus momentos extraordinarios, que pueden ser estudiados en el curso de su psicoterapia. Y por eso no tengo intención de ser un psicólogo aplicado, y no estoy de acuerdo con que la media de las reacciones conductuales humanas en situaciones de conformidad sea una medida adecuada de su naturaleza básica. Porque aceptar este principio es aceptar que la psicología humana es una psicología de normas y mediocridad estadística. Es conceder que la verdad recae en la mayoría; y unirse, me temo, al clamor por una psicología unificada, como si la verdad se alcanzase por medio de la negociación.

Debe admitirse que la psicoterapia no es la única oportunidad de ver al ser humano en sus momentos cruciales, cuando los convencionalismos le han traicionado y no tiene más recursos que su propia naturaleza. Podemos contemplar la naturaleza humana en otras situaciones. Quizá podamos estudiarla igual de bien cuando el ser humano afronta la muerte, y rememora, arrepentido, una vida de comportamiento normal y conformista. Quizá la podemos ver revisando la historia de estos últimos dos o tres mil años, en los que el torrente de conductas conformistas, normales y promedio se ve misericordiosamente eclipsado por los logros clave de los hombres y los pueblos. Quizá podamos verla en una guardería antes de que la socialización y la disciplina hagan su aparición. Quizás podamos verla incluso en el laboratorio; aunque lo más probable es que, si se presenta, expulsemos a los sujetos, como se expulsó a Adán y Eva cuando dejaron de confirmar una cierta hipótesis experimental sobre la eficacia del refuerzo.

Pero, por todas partes, la naturaleza humana puede ser observada a punto de emerger, en ninguna otra parte tendremos más necesidad de afrontar sus desconcertantes complejidades y exasperantes perversidades que en nuestros esfuerzos por lograr una psicoterapia exitosa. Aquí se espera que la persona luche por cambiar mientras busca un compromiso entre las doctrinas psicológicas normalizadas que lo rodean y su propio empeño en alcanzar lo que antes nunca había podido. Afrontar este problema no es siempre cómodo para un científico en ciernes; no es una forma muy práctica de acrecentar su currículum de publicaciones, y acaso sea este el motivo por el que los psicólogos clínicos publican tan poco, y lo que publican resulta tan poco concluyente. Pero por insatisfecho que yo esté con el progreso de la psicología clínica, me siento aun más pesimista ante cualquier psicología científica que se desmarque de la inquietante realidad de la psicoterapia. Pues, como dijo Mark Twain: Todo perro necesita pulgas, no sea que se olvide de que es un perro.

El artículo completo (no es muy largo) puede leerse aquí.

¿Estamos programados por el lenguaje?

Mediante el modelado, podemos identificar las diferencias entre un genio y una persona con un resultado medio en el mismo campo de actividad.

John Grinder

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Volvamos por un momento a mediados de los años setenta del pasado y cercano siglo. Por aquel entonces, el lingüista John Grinder y el psicólogo Richard Bandler se preguntaban cómo a través de la comunicación y del lenguaje se producían cambios en el comportamiento de las personas.

Con objeto de dar respuesta a sus preguntas, y muy influenciados por las ideas de Gregory Bateson, investigaron las razones de la efectividad de algunos psicoterapeutas. Concretamente,  se fijaron en el modo de actuar de Fritz Perls, Milton Erickson y Virginia Satir (alguno de ellos volverá a pasar por aquí, no olviden sus nombres). Llegaron así a la conclusión de que tenían en común ciertos modelos de interacción con sus clientes que aplicaban la mayoría de las veces inconscientemente.

Pensaron que, ya que estos modelos, estas estructuras, se podían descubrir y comprender, se podrían así mismo reproducir y enseñar. El título del primer libro que publicaron sobre el tema, La estructura de la magia I, expresa claramente esta convicción.

La idea realmente no era nueva. Seguir el ejemplo de modelos se ha recomendado en infinidad de campos a lo largo de la historia. Por poner un ejemplo cercano, en Ajedrez siempre se ha recomendado a los jóvenes que sigan la carrera de algún maestro consagrado de su gusto y estilo, que reproduzcan sus partidas y adopten su repertorio de aperturas. El aplicarla a la terapia es lo que le da originalidad y supuso un cambio de rumbo en el modo de hacer de la época. El conjunto de los patrones que modelaron y sus influencias intelectuales dieron origen a la Programación Neurolingüística (PNL).

Veamos cómo explica esto el propio Grinder:

“Mis motivaciones para crear la PNL fueron múltiples. Entre ellas el rechazo a ciertos conceptos que la psicología había aceptado. La psicología occidental centra sus estudios en el comportamiento del individuo medio y acepta una aproximación estadística al estudio del ser humano. Encuentro estas dos suposiciones absurdas.

Me propuse demostrar que hay un gran potencial en estudiar los extremos (genios) y que la metodología de investigación apropiada es tratar a cada ser humano como un sistema con reglas únicas, que no debe ser promediado con otros sistemas también únicos e independientes”.

La idea es estudiar nuestros patrones mentales. Conocer los procesos que seguimos para codificar información, en definitiva, entender nuestra forma de pensar y de actuar. Nuestros pensamientos están conformados por el lenguaje, que califica lo que nos rodea con palabras que crean en nuestro cerebro programas. Cuando repetimos ciertas palabras con frecuencia, se va convirtiendo este mensaje en un programa. Estos programas ya instalados producen emociones que dirigen nuestras conductas y nuestras reacciones.

Esto quiere decir que a lo largo de toda nuestra vida hemos instalado cientos de programas. Los programas fueron instalados por los que nos rodeaban: nuestros padres, abuelos, familiares; más adelante nuestros maestros, amigos y por los medios de comunicación. Estos programas los aceptamos sin valorar si nos favorecen o nos dañan. Simplemente están allí. También tenemos programas que nosotros mismos hemos instalado y de igual manera, algunos son buenos y otros no tanto. Ayuda a tener una percepción más clara de nuestros programas y también de los programas de los demás. Así podremos adaptar y modificar nuestra programación para hacerla útil al momento actual.

Así concebida, la PNL constituye un modelo formal y dinámico sobre cómo funcionan mente y  percepción, de cómo se procesan la información y la experiencia. Además, todo esto tiene diversas implicaciones de cara a conseguir mejoras personales pues, con base en este conocimiento, será posible identificar las estrategias internas que utilizan las personas de éxito, aprenderlas y enseñarlas a otros (modelar) para facilitar un cambio, una mejora en la vida de las personas. Otros autores como Robert Dilts, Steve Andreas, Robert McDonald o Michael Hall han enriquecido los trabajos de Grinder y Bandler desarrollando sus propias técnicas. Sus aplicaciones son muy amplias: aprendizaje, afrontamiento del estrés, negociación, gestión de conflictos, superación de fobias, etc.

Evidentemente, la PNL no garantiza el éxito; del mismo modo que seguir a Bronstein (aún con la ayuda de un buen entrenador) no implica convertirse en algo más que un buen aficionado al arte del tablero. Yo sigo convencido de que hay cualidades intrínsecamente ligadas a la dotación genética. Y luego quedan todos los incontrolables que rodean nuestra existencia.

 Nota: Encontré esta entrada (en inglés) que me resultó interesante y que coloco aquí, como bien podría hacerlo en otras de este blog.

Imagen: Crecimiento Personal.

Siete inteligencias y un modelo educativo

Howard Gardner

Hace solo unos días que Howard Gardner recibió el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Para tratar en este momento su importante obra, me he permitido tomar prestada esta entrada escrita por Núria Costa, una psicóloga catalana bastante más avezada que yo en esta materia y cuyo blog frecuento con asiduidad. Aprovecho para animar a los que me visitan a que lo hagan también, seguro que aprenden algo nuevo.

Siete inteligencias y un modelo educativo

Buscando el norte (y II)

La vida está llena de sorpresas, aunque unas sean más gratificantes que otras. La primera sorpresa que me llevé cuando empecé a estudiar psicología es que no estaba claro qué es lo que estudiaba y, ni siquiera, si realmente tenía existencia.

Que nadie se alarme al leer esto, pues no pienso perderme en una discusión filosófica sobre lo que tiene existencia o lo que no. Sólo pretendo recalcar que el objeto de estudio de la psicología, la mente, es bastante escurridizo. El culpable de mi desasosiego fue Thomas H. Leahey, autor del libro Historia de la Psicología. Intentaré no extenderme demasiado, pues para eso está el texto original y sus fuentes bibliográficas.

¿Realmente existen las mentes? Bueno, no podemos bajar a la tienda de la esquina a comprar una docena, tampoco las podemos pesar ni medir. No obstante parece que todos pensamos que poseemos una… por lo menos en occidente. Resulta que los orientales no tienen tan claro como nosotros el concepto y esto complica más el asunto. Difícilmente una ciencia puede tener delimitación geográfica.

Por otro lado, consideramos que la mente es una condición necesaria para que exista la persona, así que si no hay mente… pues no hay personas. Hay que recordar que la psicología bebió en fuentes como la filosofía, la ética, la moral, la religión… Hacer objetivo algo que nació subjetivo es tarea de titanes.

En principio, podemos descartar que la categoría “mente” sea una clase natural y también que sea un artefacto fabricado por los hombres. Así, para salvar los muebles, nos queda la opción de considerarla una construcción social como lo es, por ejemplo, el dinero. De esta forma (siguiendo a John Searle) la psicología tendría carácter de ciencia del mismo modo que lo tiene la economía.

Una idea popular en psicología es considerar a la mente como los programas (software) que funcionan en un ordenador (el cerebro o hardware). Si esto fuese así, la psicología no podría reducirse al estudio de la física, la química y la biología cerebrales. El trabajo del psicólogo terapeuta se parecería entonces al que realiza un ingeniero de software cuando los ordenadores empiezan a colgarse.

Personalmente me tomo estas conclusiones con precaución, pues con el tiempo cambian nuestras perspectivas. En cualquier caso, no es la primera vez que los científicos es su afán reduccionista proclaman que una ciencia se reduce a otra. Por ejemplo, en el pasado siglo con el nacimiento de la mecánica cuántica, algunos físicos proclamaron que la química se podía reducir a ecuaciones de onda. A fecha de hoy, esto aún queda muy lejos. De forma similar, la biología tampoco se ha reducido a la química, pues no podemos producir vida en un matraz. Puede que con la psicología ocurra algo parecido.

Dicho esto, podemos empezar un viaje a ninguna parte con la convicción de que nuestro destino está dentro de nosotros… ¿O no?

 

Buscando el norte.

Corría el año de Nuestro Señor de 1892 cuando se fundó la American Psychological Association (A.P.A.), organismo representativo de los psicólogos estadounidenses. En sus estatutos se indicaba que la asociación tenía como objetivo “potenciar la psicología como ciencia”. Dicha organización se reorganizó en 1945, para entonces los objetivos habían cambiado: “potenciar la psicología como ciencia, como profesión y como medio para promover el bienestar humano”. ¿Qué ocasionó este cambio de perspectiva en poco más de cincuenta años? Fundamentalmente, una de las lacras de la humanidad: la guerra.

Un par de guerras mundiales acaban con la cordura del más pintado y eso es lo que le ocurrió a los súbditos del nuevo imperio. Los psiquiatras no daban abasto con tanto desquiciado y la administración norteamericana tiró de los que más se les parecían (al menos de nombre): los psicólogos.

La psicología había tomado carta de naturaleza cuando algunos iluminados, con Wilhelm Wundt a la cabeza, la comenzaron a desvincular de los estudios de filosofía. La tarea resultó ardua, tan ardua que quizás aún no haya terminado. Se trataba de fundar una ciencia, es decir, de justificar como una serie de conocimientos podían formar un corpus independiente y creciente. Su objetivo era del estudio de algo que se ha venido en llamar alma, conciencia o mente. Algo que ha tenido tantas denominaciones porque ha cambiado de rumbo según las escuelas. Se trataba de una ciencia pura (si es que algo hay puro en este mundo): saber por saber.

Como suele pasar en esta vida, los humanos pretendemos prosperar y, para ello nos aliamos con ese poderoso caballero que es don dinero. En los tiempos heroicos a los que aludimos, la vida del psicólogo no era un lecho de rosas. Es por ello que la oportunidad de incrementar sus ingresos convirtiéndose en terapeutas resultó muy interesante y atractiva.

Desde entonces la psicología ha vivido a caballo entre la teoría y la práctica, entre la investigación y la especulación. En las asociaciones de psicólogos han habido disputas discusiones y cismas pero, a fecha de hoy, sigue pretendiendo mantener un equilibrio entre la teoría y la práctica profesional.

Que claro que no pretendo criticar las opciones profesionales de nadie, considero que todo aquel que se gane la vida honradamente merece nuestra admiración; ni tampoco pretendo contar la historia de la psicología en quince líneas. Sólo pretendo fijar un rumbo teórico a este viaje, con el único objetivo de limitar el equipaje necesario. Pese a la importancia y el interés de los aspectos prácticos que se derivan de la teoría, sólo los veremos desde la lejanía.

La reflexión de este día va en una dirección concreta: es posible que la psicología (como ciencia) y la terapia (como técnica) tengan que tomar rumbos separados, dado el avance que las técnicas instrumentales están teniendo en los últimos años (y con ello el conocimiento que tenemos del cerebro).

Aún nos queda la esperanza de que la terapia llegue a basarse en datos objetivos (tal y como pretende hacer la medicina y debe hacer toda ciencia que se precie) y ya hay desarrollos interesantes en este sentido. No obstante, resultará complicado llamar a todo esto de una única forma (por ejemplo, las ingenierías se han desvinculado nominalmente de la física, la química y las matemáticas).

En cualquier caso, para encontrar el norte, lo importante ahora será clarificar la naturaleza de nuestro objeto de estudio y esto, aviso, no será una tarea demasiado fácil. Veremos como el objetivo de la psicología no es tan claro como el de otras disciplinas, confesaré mis miedos al respecto e intentaré mostrar la necesidad de esta entrada.