Alquimia y temporalidad

Mircea Eliade

Situándose en el plano de la historia cultural, podemos, por tanto, decir que los alquimistas, en su deseo de sustituir al Tiempo, anticiparon lo esencial de la ideología del mundo moderno. La química no ha recogido más que fragmentos insignificantes de la herencia alquímica. La masa de esta herencia se encuentra en otro lugar, en las ideologías literarias de Balzac, de Víctor Hugo, de los naturalistas, en los sistemas de Economía Política capitalista, liberal y marxista, en las teologías secularizadas del materialismo, del positivismo, del progreso infinito y, en fin, en todas partes donde alumbra la fe en las posibilidades ilimitadas del homo faber, en todas las partes donde aflora la significación escatológica del trabajo, de la técnica, de la explotación científica de la Naturaleza. Y si reflexionamos mejor, descubriremos que este entusiasmo frenético se alimenta sobre todo de una certidumbre: al dominar a la Naturaleza con las ciencias físico-químicas, el hombre se siente capaz de rivalizar con la Naturaleza, pero sin perder tiempo. De ahora en adelante serán la ciencia y el trabajo los que hagan la obra del Tiempo. Con lo que el hombre reconoce como más esencial, su inteligencia aplicada y su capacidad de trabajo, asume hoy la función de la duración temporal; en otros términos, sustituye al Tiempo en su cometido.

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Ahora bien: los descubrimientos técnicos del mundo moderno, su dominio del Tiempo y del Espacio, representan una revolución de proporciones análogas, y cuyas consecuencias estamos aún lejos de haber integrado. La desacralización del trabajo, sobre todo, constituye una llaga abierta en el cuerpo de las sociedades modernas. No podemos estar seguros, sin embargo, de que no se produzca una re-sacralización en el futuro. En cuanto a la temporalidad de la condición humana, representa un descubrimiento aún más grave. Pero sigue siendo posible una reconciliación con la temporalidad, si alcanzamos una concepción más correcta del tiempo. No es éste el momento, sin embargo, de abordar estos problemas. Nuestro propósito era solamente mostrar que la crisis espiritual del mundo moderno tiene también entre sus premisas lejanas los sueños demiúrgicos de los herreros, los metalúrgicos y los alquimistas. Es bueno que la consciencia historiográfica del hombre occidental se descubra solidaria de los actos e ideales de sus antecesores lejanos, incluso si el hombre moderno, heredero de todos estos mitos y todos estos sueños, sólo ha conseguido realizarlos desolidarizándose de sus significados originales.

Mircea Eliade, Herreros y alquimistas.

Química

Considero a la Naturaleza como un amplio laboratorio químico en el que tienen lugar toda clase de síntesis y descomposiciones.

Antoine-Laurent de Lavoisier

Bensaude

Lavoisier dio en el clavo: la química está en todas partes y ese (al menos para mí) es uno de sus mayores atractivos. Para entender el mundo que nos rodea hay que entender lo que de química hay en él. Lo difícil, por tanto, es aislar lo que es química dentro de la ciencia. En realidad, creo que la afirmación es optimista y rara vez pueden desligarse ciencia y química. Nuestro planeta son sustancias químicas, la vida se mueve gracias a reacciones químicas, nuestro cerebro responde a mecanismos químicos… Los físicos pueden decir algo parecido, y tendrán igualmente razón.

Cambiando de tercio, venía yo de leer La Nueva Alianza y Entre el Tiempo y la Eternidad cuando vi en algún sitio que habían publicado en español un libro de historia de la química firmado por Isabelle Stengers y una tal Bernadette Bensaude Vincent. No lo pensé dos veces y me dirigí a la librería de mi amiga Mercedes a encargarlo. Al llegar casualmente me enseñaron otra historia de la química que le había encargado un profesor de la facultad también aficionado a estos asuntos. Lo ojeé y concluí que no era mas que más de lo mismo. Yo el que quiero es éste —le dije enseñándole el papel dónde había apuntado la referencia. Las expectativas se cumplieron y aquel libro realmente me gustó. Me sirvió para apreciar que las ideas que iba enlazando en busca de lo que era la química ya otros las habían manejado con soltura (como no podía ser de otra manera), me enseñó mucho del desarrollo de la ciencia y abrió mi mente a nuevas ideas. ¿Se puede pedir más de un libro?

Aquí dejo un fragmento de la introducción que viene a enlazar con lo que comentaba en la entrada anterior.

Solemos dar por sentado que existe una historia de la química, una historia de la física: una historia para cada ciencia. La división del saber en disciplinas se impone como si fuera una necesidad, lo que nos parece normal porque, en el compartimentado mundo de las “asignaturas” escolares, creado a imagen de la rígida clasificación de Augusto Compte, nos han presentado la ciencia a modo de recortables, encerradas en un espléndido aislamiento.

Sin embargo, si nos dejamos llevar demasiado por las apariencias, corremos el riesgo de pasar por alto problemas esenciales, que suelen, que suelen ser los más interesantes. Si el historiador de la ciencia se ciñe demasiado a las estructuras actuales, tenderá a considerar como natural lo que fue duramente conquistado. Disciplinas como la física y la química no existen desde siempre, sino que se han constituido poco a poco y eso no se logra de la noche a la mañana. En los antiguos planes de estudios la química carecía de un lugar propio. En cambio, hacia mediados del siglo XVIII se labró una buena posición en las academias, en las universidades y entre el público ilustrado. En el siglo XIX aparece ya como una ciencia puntera, la viva imagen del progreso. ¿Cómo conquistó la química su derecho de ciudadanía? ¿Cómo se convirtió en ciencia?

La mayoría de las historias de la química han dado más o menos la misma respuesta a estos interrogantes. La química se convirtió en una ciencia al desprenderse de su envoltorio de prácticas arcaicas y de saberes ocultos. La ruptura con su oscuro pasado de tradiciones artesanales y de alquimia marca el origen de la historia. De todas formas, las opiniones están divididas acerca del acontecimiento que originó la ruptura. Dependiendo del autor, de su cultura o de su país de origen, unos lo sitúan en el siglo XVIII y nombran “padre de la química moderna” bien a Ernst Georg Stahl o bien a Antoine-Laurent Lavoisier; otros prefieren remontarse al siglo XVII y señalan el cambio de rumbo con Robert Boyle. Pero en todos los casos, la narración del pasado se ordena en torno a uno o dos puntos fijos que cambiaron la marcha de la historia. Como si fuera necesario exhibir a toda costa “un Galileo” o “un Newton”, postulan la existencia de un momento fundador a partir del cual la química, que por fin se descubre a sí misma, ya sólo tiene que caminar en línea recta para desarrollar su potencial científico y técnico.

Para terminar, les comentaré que aquel profesor disfrutó del libro antes que yo. Cuando llegó a la librería mi amiga se lo enseñó y, claro, le gustó y se lo vendió. Ya saben, donde hay confianza…