Relatividad (y II)

Cada lengua, desde el punto de vista de otra lengua, puede ser arbitraria en sus clasificaciones.

Franz Boas.

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 En una entrada anterior, mostrábamos cómo las ideas relativistas se insertaron en el pensamiento del siglo XX. La lingüística tampoco fue ajena a esta tendencia, sobre todo cuando se asociaba con la antropología y la psicología y reclamaba para sí el status de ciencia. Dicha corriente bebe en las fuentes a las que aludíamos allí y también en la psicología de la Gestalt. Supuso una auténtica revolución en su momento y aún despierta airados debates.

Tres son las figuras claves en esta historia: Franz Boas, Edwar Sapir y Benjamin Lee Whorf, discípulo cada uno del anterior. No obstante, podíamos mirar  más atrás y encontrarnos con un aroma parecido en otros autores, siendo quizás los más significativos Johann Gottfried Herder y Wilhelm von Humbolt.

La gran aportación de Herder al tema que nos ocupa fue tomar conciencia de que el mundo entero precisa de la diversidad etnolingüística. Por la creatividad que aporta, por las posibilidades que proporcionan para encontrar con ella soluciones a los problemas humanos, por su capacidad de humanizar a la humanidad frente al materialismo, por la estimulación de las capacidades estéticas, emocionales e intelectuales en el conjunto de la humanidad que conduciría a un estadio más elevado en las actividades humanas. Para él, las grandes fuerzas creativas que inspiran a la humanidad emergen de la individualidad de las colectividades étnicas y de la autenticidad de sus lenguas.

Por su parte, von Humboldt señalaba que, a la hora de estudiar las diversas comunidades humanas, es imprescindible estudiar sus lenguas. Hizo notar que el hombre es inherentemente un ser lingüístico y social. Por consiguiente, el lenguaje como tal sólo existe en la realidad histórica de las lenguas.

Las ideas relativistas fascinaron incluso a los no especialistas, tal vez porque permitieron hacernos a la idea de que quizás el lenguaje nos estafe, nos obligue a ver la realidad de una manera determinada.

Fue Whorf quien utilizó la denominación de relatividad lingüística, refiriéndose a ésta como “un nuevo principio de relatividad”. Lingüista aficionado (trabajaba como inspector de seguros), formación científica (era ingeniero químico) y pronta muerte en 1941 (con solo 44 años), pretendió convertir a la lingüística en una ciencia, transformándola en etnolingüística. Incluso llegó a titular uno sus trabajos La lingüística como ciencia exacta.

Veamos cómo enuncia el principio de relatividad en uno de sus trabajos:

“Todos los observadores no son dirigidos por la misma evidencia física hacia la misma imagen del universo, a menos que sus fondos de experiencia lingüística sean similares o puedan ser equiparados de algún modo”.

Para entender esto un poco mejor, podemos dividir el enunciado en tres proposiciones:

  • Los hablantes de lenguas distintas, ordenan el mundo de forma distinta.
  • La lengua no es un mero instrumento para la comunicación, pues determina el pensamiento.
  • Proclama el valor de la diversidad lingüística.

La primera proposición es la propiamente relativista. Nos dice que los seres humanos se encuentran sometidos a las exigencias de una lengua particular, que se erige como medio de expresión de su sociedad. No viven en un mundo objetivo, sino uno fundado en gran medida en los hábitos del grupo. Los mundos en los que viven las diferentes sociedades son mundos distintos y no, como aclaraba Sapir, “el mismo mundo con etiquetas diferentes”.

La segunda proposición, bastante controvertida, constituye la versión dura del principio. Nos dice que la lengua no sólo sirve para comunicarse, sino que influye directamente en la forma en que pensamos. Y esta influencia es tan importante que condiciona la forma que lo hacemos.

Por último, la tercera proposición defiende, tal y como hizo repetidamente Boas en su momento, el valor de cada lengua como un monumento del espíritu humano. Todas las lenguas, nos dicen, permiten construir la realidad. No hay diferencias entre las lenguas dominantes (estándar) y otras que permanecen perdidas en la noche de los tiempos. La estructura de las lenguas indoeuropeas no es la única válida para entender el mundo, pues cada cultura tiene su forma de expresión propia, adaptada al mundo que le rodea.

El relativismo lingüístico entronca de este modo con el relativismo cultural. Para éste, cada grupo humano ordena su experiencia objetiva en base a una lógica diferencial y significativa, que convierte a la percepción humana, como dice Honorio Velasco (1), en una concepción histórica. La objetividad se hace determinación cultural. Depende de cómo se le atribuyen significados a ciertas concepciones que se convierten en ‘reales’ mientras que otras son rechazadas. Como diría Sahlins, “el lenguaje no entra en un mundo de percepciones objetivas alcanzadas para añadir simplemente signos exteriores y arbitrarios a objetos determinados, sino que es el mismo un mediador por excelencia, el instrumento más importante y más precioso para la conquista de y la construcción de un verdadero mundo de objetos”.

La relatividad supuso una revolución en su momento y desató largos debates que aún colean. Los argumentos de Whorf fueron combatidos con dureza y ciertamente no alcanzaban la solidez pretendida. Ha sido frecuente, como ocurre en este caso, confundir correlación con causa. Además, no se conoce que hiciera ningún estudio de campo para confirmar sus ideas. No obstante, pese a que es probable que lenguaje y pensamiento (lenguaje y cultura) estén, por así decirlo, al mismo nivel, siguen realizándose investigaciones más cuidadas que pretenden defender estas teorías.

En cualquier caso, de aquí emanan ideas que siempre habría que tener en mente: Toda cultura, por primitiva que nos parezca, merece respeto y la lengua es una parte fundamental de ella. Representa el resultado de cientos o de miles de años de existencia. Protegemos especies en peligro de extinción, pero muchas veces no hacemos lo propio con los frutos del espíritu humano. Cuando intentamos realmente comprender a estos pueblos, descubrimos que los que llamamos alegremente bárbaros muchas veces resultan serlo mucho menos de lo que lo somos los ciudadanos del mundo industrializado. Y esto podría extenderse a las relaciones con nuestros vecinos y conciudadanos. El diálogo con los demás no sólo sirve para conocerlos a ellos, sino para entendernos a nosotros mismos.

Por desgracia, la tendencia actual no parece defender la diversidad lingüística, algunos autores hablan de la formación de una lengua supra estándar, fundamentada en el inglés (aunque no de forma exclusiva) que adquiriría un carácter supranacional. Éste será un mal menor siempre que se quede en lengua vehicular y no se convierta en una lengua perfecta, que todos tengamos que adorar.

Whorf, inspirado por sus predecesores, pretendió demostrar que la superioridad de las lenguas europeas no era más que una falacia, guiada quizás por el mito de la lengua perfecta, y contribuir a la valoración de la diversidad lingüística frente a los que postulan lenguas universales.

La relatividad es, en cierto sentido, un camino en pos de la unidad de los procesos psicológicos fundamentales y, en definitiva, de uno de los principios básicos de toda la antropología: La unidad psíquica de la humanidad, la existencia de una única naturaleza humana. Puede que algún día nos ocupemos de este asunto, pues merece la pena.

 (1) Hablar y pensar, tareas culturales. Honorio M. Velasco Maillo.

Ilustración: Salud Mental y Equilibrio Emocional.

Nota: Una entrada interesante relacionada con este tema: No duermas, hay serpientes.

Shakespeare en la selva (Laura Bohannan)

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El anciano conocía cuatro tipos de “papeles”: recibos de los impuestos, recibos por el precio de la novia, recibos por gastos de cortejo y cartas. El mensajero que le traía las cartas del jefe las usaba más que nada como emblema de su cargo, dado que siempre conocía lo que éstas decían y se lo relataba al anciano. Las cartas personales de los pocos que tenían algún pariente en puestos del gobierno o las misiones eran guardadas hasta que alguien iba a un gran mercado donde hubiera un escribano que las leyera. A partir de mi llegada, me las traían a mí. Algunos hombres también me trajeron, en privado, recibos por el precio de la novia, pidiendo que cambiara los números por sumas más altas. No venían al caso los argumentos morales, puesto que en las relaciones con la parentela política esto es juego limpio, y además resulta difícil explicar a gentes ágrafas los avatares técnicos de la falsificación. Como no quería que me creyeran tan tonta como para pasarme el día mirando sin parar papeles de esa clase, les expliqué rápidamente que mi “papel” era una de las “cosas antiguas” de mi país.

“Ah”, dijo el anciano. “Cuéntanos”.

Yo repliqué que no soy una contadora de historias. Contar historias es entre ellos un arte para el que se necesita habilidad; son muy exigentes, y la audiencia, crítica, hace oír su parecer. Me resistí en vano. Aquella mañana querían escuchar una historia mientras bebían. Me amenazaron con no contarme ni una más hasta que yo contara la mía. Finalmente, el anciano prometió que nadie criticaría mi estilo, “puesto que sabemos que estás peleando con nuestra lengua”. “Pero”, dijo uno de los de más edad, “tendrás que explicar lo que no entendamos, como hacemos nosotros cuando contamos nuestras historias”. Asentí, dándome cuenta de que allí estaba mi oportunidad de demostrar que Hamlet era universalmente comprensible.

[…]

“El hijo Hamlet estaba triste porque su madre se había vuelto a casar demasiado pronto. Ella no tenía necesidad de hacerlo y es nuestra costumbre que una viuda no tome nuevo marido hasta después de dos años de duelo”.

“Dos años es demasiado”, objetó la mujer del anciano… “¿Quién labrará los campos mientras estés sin marido?”.

“Hamlet”, repliqué sin pensármelo, “era lo bastante mayor como para labrar las tierras de su madre por sí mismo. Ella no precisaba volverse a casar”.–Nadie parecía convencido y renuncié–. Su madre y el gran jefe dijeron a Hamlet que no estuviera triste, porque el gran jefe mismo sería un padre para él. Es más, Hamlet habría de ser el próximo jefe, y por tanto debía quedarse allí para aprender todas las cosas propias de un jefe. Hamlet aceptó quedarse, y todos los demás se marcharon a beber cerveza.

Hice una pausa,perpleja ante cómo presentar el disgustado soliloquio de Hamlet a una audiencia que se hallaba convencida de que Claudio y Gertrudis habían actuado de la mejor manera posible. Entonces uno de los más jóvenes me preguntó quién se había casado con las restantes esposas del jefe muerto.

-No tenía más esposas –le contesté.

-¡Pero un gran jefe debe tener muchas esposas! ¿Cómo podría si no servir cerveza y preparar comida para todos sus invitados?

Respondí con firmeza que en nuestro país hasta los jefes tienen una sola mujer, que tienen criados que les hacen el trabajo y que pagan a éstos con el dinero de los impuestos.”

De nuevo repicaron que para un jefe es mejor tener muchas esposas e hijos que le ayuden a labrar sus campos y alimentar a su gente; así todos aman a aquel jefe que da mucho y no toma nada. -Los impuestos son mala cosa.

Aunque estuviera de acuerdo con este último comentario, el resto formaba parte de su modo favorito de rebajar mis argumentos. -Así es como hay que hacer, y así es como lo hacemos.

[…]

-Era una historia muy buena –añadió el anciano jefe– y la has contado con muy pocos errores. Sólo había un error más, justo al final. El veneno que bebió la madre de Hamlet obviamente estaba destinado al vencedor del combate,quienquiera que fuese. Si Laertes hubiera ganado, el gran jefe lo habría envenenado para que nadie supiera que él había tramado la muerte de Hamlet. Así, además, ya no tendría que temer la brujería de Laertes; hace falta un corazón muy fuerte para matar por brujería a la propia hermana.

Envolviéndose en su raída toga, el anciano concluyó: -Alguna vez has de contarnos más historias de tu país. Nosotros, que somos ya ancianos, te instruiremos sobre su verdadero significado, de modo que cuando vuelvas a tu tierra tus mayores vean que no has estado sentada en medio de la selva, sino entre gente que sabe cosas y que te ha enseñado sabiduría.

El texto completo del que está extraído este fragmento se puede consultar en Scribd.

El lenguaje del cuerpo (Allan Pease)

El lenguaje del cuerpo

 

Uno de los errores más graves que puede cometer un novato en el lenguaje del cuerpo es interpretar un gesto aislado de otros y de las circunstancias. Rascarse la cabeza, por ejemplo, puede significar muchas cosas: caspa, piojos, sudor, inseguridad, olvido o mentira, en función de los demás estos que se hagan simultáneamente. Para llegar a conclusiones acertadas, deberemos observar los estos en su conjunto.
Como cualquier otro lenguaje, el del cuerpo tiene también palabras, frases y puntuación. Cada esto es como una sola palabra y una palabra puede tener varios significados. Sólo cuando la palabra forma parte de una frase, puede saberse su significado correcto.
Los gestos se presentan «en frases» y siempre dicen la verdad sobre los sentimientos y actitudes de quien los hace. La persona perceptiva es la que lee bien las frases no verbales y las compara con las expresadas oralmente.

Puede consultarse en Google Libros.