Escribir

La dificultad de la literatura no es escribir, sino escribir lo que quieres decir.

Robert Louis Stevenson

 

escribir pluma pergamino

 

Escribir no es lo mismo que hablar, lo que se escribe permanece, no se lo lleva el viento. Quizás el poner ideas negro sobre blanco suponga con frecuencia una responsabilidad no siempre aceptada: expresar aquello que se pretende y no otra cosa, con la menor ambigüedad posible.

La tarea no es siempre fácil, aunque el grupo al que nos dirigimos sea restringido o incluso se trate de un mensaje unipersonal, de una carta o de uno de los tan frecuentes hoy en día correos electrónicos. No siempre se lee lo que está escrito ni tampoco se escribe lo que se quiere transmitir. La escritura se ejecuta en un contexto perteneciente a la existencia de su autor que no siempre coincide con el que rodea y percibe su lector. Y me refiero a contexto en sentido amplio: circunstancias actuales, historia vivida… incluso el tiempo afecta. La comprensión precisa, como todo aquello que funciona adecuadamente, de una sintonía entre las partes implicadas.

Además, desconocemos si el lector llegará a nuestra obra en una ocasión propicia, si ésta le hará bien o mal. Acostumbro a decir que mis libros favoritos son aquellos que se presentaron en el momento oportuno para poderles sacar partido y que eso es más importante que su calidad, si bien –hay que admitirlo- un buen libro siempre cala más hondo si se sabe o se puede apreciar. Algo parecido ocurre con las personas que se cruzan en nuestra vida, las que ayudan a darle un sentido nunca se marcharán por muy lejos que estén. Mientras escribía esto recordé un artículo de Muñoz Molina titulado Libros que dañan.

El asumir estos riesgos no disuade al que escribe, siempre hay un motivo, una buena razón para enlazar palabras sobre un papel o una pantalla.

Unas veces la pluma fluye con soltura, animada por un alma casi mágica, mientras otras, por el contrario, la hoja en blanco se nos antoja un terreno accidentado difícilmente practicable en el que desplazarse requiere de una mezcla equilibrada de técnica y resistencia. Los más avezados en estas lides son los que habitan el monte Parnaso, los demás solo aspiramos a ser meros turistas ocasionales en sus laderas.

Empecé a redactar esto hace ya tiempo, precisamente tras una ocasión en la que o no se me entendió o no tuve la suficiente habilidad para explicarme o tal vez ocurriesen ambas cosas a un tiempo (que es lo más frecuente). Lo peor del asunto es que no era el momento apropiado para errar, pero esas situaciones, por desgracia, tampoco las escogemos. Entonces leí esta reflexión de Sócrates y me dispuse a escribir:

Una vez que algo se escribe, la composición, sea ésta la que fuere, empieza a moverse por todas partes, cayendo en las manos no sólo de aquellos que la comprenden, sino de igual manera en la de aquellos que nada tienen que ver con ellas; el escrito no sabe cómo dirigirse a la gente adecuada y no dirigirse a la equivocada. Y cuando se lo maltrata u se abusa de él injustamente, siempre necesita que sus padres acudan en su auxilio, puesto que es incapaz de defenderse o de ayudarse.

La idea esbozada quedó durmiendo el sueño de los justos, hasta que la frase de Stevenson que encabeza este texto la despertó de nuevo y ésta, a su vez, avivó otras ideas y recuerdos, muchos de ellos lejanos a esto que hoy comparto, que tal vez algún día asomen por aquí.

 

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Es cierto que la escritura no reclama siempre una comprensión exacta y precisa de lo que el escritor pretende. De hecho, son frecuentes las ocasiones en las que lo que se plantea queda abierto voluntariamente a la imaginación del que lee. Esta es una de las grandes virtudes de la literatura: cataliza la imaginación del lector, abre nuevos senderos para el discurrir los sueños propios y ajenos.

Por contraste, a veces parece que la opacidad de lo que se escribe acaso tuviera sus caprichosas razones. Richard Feynman narraba la siguiente anécdota:

Empecé a leer el maldito papel y mis ojos se salían de las órbitas: ¡No podía entender nada de lo que allí decía! Tenía ese sentimiento de desasosiego de “No estoy a la altura de las circunstancias”, hasta que por último me dije a mí mismo: “Voy a parar y a leer despacio una frase, de forma que pueda meditar qué demonios significa”. Así que me detuve (al azar) y leí la frase siguiente muy despacito. No puedo recordarla con toda exactitud, pero se parecía mucho a esto: “El miembro individual de una comunidad social suele recibir su información por canales visuales simbólicos”. Lo leí una y otra vez, y acabé traduciéndolo. ¿Saben lo que significa? “La gente lee”.

Nuevamente don Antonio viene a mi recuerdo con otro artículo: Más juegos de palabras. Puede que al nacer en tierras cercanas entendamos algunas cosas del mismo modo, pues la cultura común, la herencia que recibimos de aquellos que pisaron estos lugares antes que nosotros, es un estupendo marco de referencia. Eso también ayuda.

En este sentido, compartir lecturas es un buen ejercicio que recomiendo con fervor. Ya sea en directo o en diferido, permite acercar vivencias, contrastar opiniones, descubrir a los otros… Así, los distintos mundos en que vivimos convergen en uno común. Tal vez si practicáramos esto más a menudo la comprensión de los demás y por ende nuestra convivencia resultaran más fáciles.

Coherencia (III)

Somos una conversación.

Friedrich Hölderlin

 

Este tema en general y esta entrada en particular dormían desde hace más de un año el sueño de los justos. Realmente no sé por qué dejé de publicar esta serie que, como puede deducirse fácilmente, no termina aquí. He estrujado mi pobre memoria al respecto y quizás resulte que por aquel entonces me estuviese moviendo por unos derroteros excesivamente técnicos para la intención de este blog. He intentado suavizar esta falla en la medida de lo posible (alguien que creo me aprecia suele decirme que me vuelvo con frecuencia “demasiado intelectual”).  Por otro lado, puede que sea oportuno publicarla ahora, antes de seguir con otras historias abiertas aquí y relacionadas con ésta. He aquí el principal motivo por el que ahora ve la luz.

En lo que precede, hemos reflexionado sobre la importancia de la coherencia en un texto o en un discurso para que sea comprensible y sobre las condiciones necesarias para que podemos comunicarnos con los demás. Vimos en la entrada anterior que la comunicación resulta de la unión de los mundos interiores (intrapersonales) de aquellos que participan en ella y del entorno en el que tiene lugar. Hicimos hincapié en la noción de conocimiento común y en que los mensajes son aceptables o no según el contexto en que aparezcan.

Llega ahora el momento de ocuparnos brevemente de las conversaciones, pero antes reflexionaremos un poco más sobre la importancia del lenguaje, que se ha erigido en uno de los caballos de batalla de este sitio (véase ¿Por qué el lenguaje?).

La adquisición y uso de un lenguaje posibilita a los organismos a mantener formas peculiares y específicas de relación y de acción sobre el entorno en que viven. Puede considerarse, desde el punto de vista evolutivo, como un componente esencial entre los mecanismos de adaptación al medio. Al mismo tiempo, podemos entenderlo como un tipo de conocimiento que poseen, de que disponen, dichos organismos. En nuestra especie, además, el conocimiento lingüístico constituye uno de los soportes básicos de la memoria y parece tener importancia a la hora de desarrollar tareas cognitivas como son el razonamiento o la toma de decisiones (volveremos a esto cuando abordemos la relatividad lingüística).

La capacidad de un organismo vivo para adquirir y utilizar un código, es decir, una forma de conocimiento lingüístico, sea de la modalidad que sea, se denomina facultad lingüística. En el caso del lenguaje humano, esta facultad puede interpretarse como el resultado de capacidades cognitivas (innatas) o de aprendizaje (sociales en buena medida) que son comunes a otras habilidades, pero también puede verse como una habilidad específica y diferenciada que comporta requisitos estructurales o funcionales que son tanto particulares como específicos de nuestra especie (un aparato fonador y una estructura cerebral únicos).

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La forma más genuina de actividad lingüística humana es la participación en conversaciones, es decir, producir e intercambiar series coordinadas de emisiones lingüísticas por varios interlocutores en una situación comunicativa concreta. La producción del lenguaje presupone en el hablante una intención de comunicar algo a alguien y las conversaciones pueden interpretarse como conjuntos de secuencias o de emisiones lingüísticas. Sin embargo, una conversación no es, salvo excepciones patológicas muy graves o que se trate de un diálogo de besugos, una secuencia arbitraria o inconexa de emisiones por parte de los interlocutores. Han de estar cohesionadas y deben, sobre todo, ser coherentes.

¿Qué la hace coherente la conversación? Podemos identificar aquí la coherencia con la existencia de ciertas relaciones locales entre sus partes, entre las proposiciones individuales que la forman. Las contribuciones de los hablantes se organizan así en lo que se ha venido en llamar intercambio comunicativo.

Dichos intercambios constan básicamente de dos movimientos: uno de inicio, siempre prospectivo (que permite establecer predicciones acerca de los tipos de respuesta posibles) y otro de respuesta, siempre retrospectivo, en el sentido de que realiza las predicciones derivadas de un movimiento de inicio anterior, aunque ocasionalmente pueden implicar también un inicio, una sonda hacia otras facetas, hacia otros temas a tratar. Es el correcto funcionamiento de estos movimientos lo que hace que la conversación resulte coherente. Siempre he encontrado similitudes entre esta descripción y un juego de tenis.

Para el hablante que participa en la conversación, la coherencia presupondrá la capacidad de establecer un modelo mental con realidad psicológica también para el oyente y la elaboración de enunciados sucesivos relevantes para este modelo mental. En definitiva, debe forjar una teoría de la mente.

Por otro lado, la teoría de la relevancia de Sperber y Wilson, bastante reconocida en este campo, destaca que la actividad comunicativa humana se rige esencialmente por criterios de economía cognitiva, lo que determina que el hablante intente producir la máxima relevancia con el mínimo esfuerzo cognitivo. Es bastante lógico pensar así, los seres vivos (casi) siempre tienden a ahorrar recursos.

En relación con esto, Sullivan propone la hipótesis del auditor fantástico según la cual todo discurso supone para el hablante la realización de un proceso de autocomposición, mediante el cual pone a prueba de la utilidad informativa potencial de sus mensajes. Esto se realizaría contrastando los mensajes planificados (pero todavía no emitidos) con un oyente supuesto o interlocutor imaginario que representa las necesidades informativas del interlocutor real. En la medida en que el modelo de interlocutor fantástico simule adecuadamente al real, el mensaje será comunicativamente eficaz. Cuando, por el contrario, su representación del auditor fantástico es inadecuada, entonces produce las emisiones o discursos que un interlocutor normal valoraría como poco claros, egocéntricos o irrelevantes en la situación conversacional planteada y, en definitiva, poco coherentes.

Todo esto puede parecer artificial y rebuscado, no es fácil asumir que nuestro inconsciente se ocupe de tantas cosas al mismo tiempo y con tanta diligencia, pero no debemos subestimar sus capacidades (recuérdese El experto y sabio inconsciente). Esta teoría se ha utilizado, por ejemplo, para explicar el lenguaje de los esquizofrénicos, destacando el carácter egocéntrico y no comunicativo de las emisiones de estos sujetos.

Nos queda aún otra coherencia que explorar: la que se aprecia entre lo que expresamos con palabras y lo que nuestro rostro y nuestros gestos, nuestros ademanes, parecen decir. Con ello terminaremos el plan que rondaba por mi cabeza para esta serie, al menos de momento.

 

Si alguien siente más curiosidad por este tema, puede consultar esta página.

Ilustración: Liderazgo y Coaching.