Coherencia (III)

Somos una conversación.

Friedrich Hölderlin

 

Este tema en general y esta entrada en particular dormían desde hace más de un año el sueño de los justos. Realmente no sé por qué dejé de publicar esta serie que, como puede deducirse fácilmente, no termina aquí. He estrujado mi pobre memoria al respecto y quizás resulte que por aquel entonces me estuviese moviendo por unos derroteros excesivamente técnicos para la intención de este blog. He intentado suavizar esta falla en la medida de lo posible (alguien que creo me aprecia suele decirme que me vuelvo con frecuencia “demasiado intelectual”).  Por otro lado, puede que sea oportuno publicarla ahora, antes de seguir con otras historias abiertas aquí y relacionadas con ésta. He aquí el principal motivo por el que ahora ve la luz.

En lo que precede, hemos reflexionado sobre la importancia de la coherencia en un texto o en un discurso para que sea comprensible y sobre las condiciones necesarias para que podemos comunicarnos con los demás. Vimos en la entrada anterior que la comunicación resulta de la unión de los mundos interiores (intrapersonales) de aquellos que participan en ella y del entorno en el que tiene lugar. Hicimos hincapié en la noción de conocimiento común y en que los mensajes son aceptables o no según el contexto en que aparezcan.

Llega ahora el momento de ocuparnos brevemente de las conversaciones, pero antes reflexionaremos un poco más sobre la importancia del lenguaje, que se ha erigido en uno de los caballos de batalla de este sitio (véase ¿Por qué el lenguaje?).

La adquisición y uso de un lenguaje posibilita a los organismos a mantener formas peculiares y específicas de relación y de acción sobre el entorno en que viven. Puede considerarse, desde el punto de vista evolutivo, como un componente esencial entre los mecanismos de adaptación al medio. Al mismo tiempo, podemos entenderlo como un tipo de conocimiento que poseen, de que disponen, dichos organismos. En nuestra especie, además, el conocimiento lingüístico constituye uno de los soportes básicos de la memoria y parece tener importancia a la hora de desarrollar tareas cognitivas como son el razonamiento o la toma de decisiones (volveremos a esto cuando abordemos la relatividad lingüística).

La capacidad de un organismo vivo para adquirir y utilizar un código, es decir, una forma de conocimiento lingüístico, sea de la modalidad que sea, se denomina facultad lingüística. En el caso del lenguaje humano, esta facultad puede interpretarse como el resultado de capacidades cognitivas (innatas) o de aprendizaje (sociales en buena medida) que son comunes a otras habilidades, pero también puede verse como una habilidad específica y diferenciada que comporta requisitos estructurales o funcionales que son tanto particulares como específicos de nuestra especie (un aparato fonador y una estructura cerebral únicos).

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La forma más genuina de actividad lingüística humana es la participación en conversaciones, es decir, producir e intercambiar series coordinadas de emisiones lingüísticas por varios interlocutores en una situación comunicativa concreta. La producción del lenguaje presupone en el hablante una intención de comunicar algo a alguien y las conversaciones pueden interpretarse como conjuntos de secuencias o de emisiones lingüísticas. Sin embargo, una conversación no es, salvo excepciones patológicas muy graves o que se trate de un diálogo de besugos, una secuencia arbitraria o inconexa de emisiones por parte de los interlocutores. Han de estar cohesionadas y deben, sobre todo, ser coherentes.

¿Qué la hace coherente la conversación? Podemos identificar aquí la coherencia con la existencia de ciertas relaciones locales entre sus partes, entre las proposiciones individuales que la forman. Las contribuciones de los hablantes se organizan así en lo que se ha venido en llamar intercambio comunicativo.

Dichos intercambios constan básicamente de dos movimientos: uno de inicio, siempre prospectivo (que permite establecer predicciones acerca de los tipos de respuesta posibles) y otro de respuesta, siempre retrospectivo, en el sentido de que realiza las predicciones derivadas de un movimiento de inicio anterior, aunque ocasionalmente pueden implicar también un inicio, una sonda hacia otras facetas, hacia otros temas a tratar. Es el correcto funcionamiento de estos movimientos lo que hace que la conversación resulte coherente. Siempre he encontrado similitudes entre esta descripción y un juego de tenis.

Para el hablante que participa en la conversación, la coherencia presupondrá la capacidad de establecer un modelo mental con realidad psicológica también para el oyente y la elaboración de enunciados sucesivos relevantes para este modelo mental. En definitiva, debe forjar una teoría de la mente.

Por otro lado, la teoría de la relevancia de Sperber y Wilson, bastante reconocida en este campo, destaca que la actividad comunicativa humana se rige esencialmente por criterios de economía cognitiva, lo que determina que el hablante intente producir la máxima relevancia con el mínimo esfuerzo cognitivo. Es bastante lógico pensar así, los seres vivos (casi) siempre tienden a ahorrar recursos.

En relación con esto, Sullivan propone la hipótesis del auditor fantástico según la cual todo discurso supone para el hablante la realización de un proceso de autocomposición, mediante el cual pone a prueba de la utilidad informativa potencial de sus mensajes. Esto se realizaría contrastando los mensajes planificados (pero todavía no emitidos) con un oyente supuesto o interlocutor imaginario que representa las necesidades informativas del interlocutor real. En la medida en que el modelo de interlocutor fantástico simule adecuadamente al real, el mensaje será comunicativamente eficaz. Cuando, por el contrario, su representación del auditor fantástico es inadecuada, entonces produce las emisiones o discursos que un interlocutor normal valoraría como poco claros, egocéntricos o irrelevantes en la situación conversacional planteada y, en definitiva, poco coherentes.

Todo esto puede parecer artificial y rebuscado, no es fácil asumir que nuestro inconsciente se ocupe de tantas cosas al mismo tiempo y con tanta diligencia, pero no debemos subestimar sus capacidades (recuérdese El experto y sabio inconsciente). Esta teoría se ha utilizado, por ejemplo, para explicar el lenguaje de los esquizofrénicos, destacando el carácter egocéntrico y no comunicativo de las emisiones de estos sujetos.

Nos queda aún otra coherencia que explorar: la que se aprecia entre lo que expresamos con palabras y lo que nuestro rostro y nuestros gestos, nuestros ademanes, parecen decir. Con ello terminaremos el plan que rondaba por mi cabeza para esta serie, al menos de momento.

 

Si alguien siente más curiosidad por este tema, puede consultar esta página.

Ilustración: Liderazgo y Coaching.

Coherencia (II)

En la primera entrada de esta serie, hacíamos un esbozo de cómo somos capaces de extraer la esencia de un discurso. Este asunto tiene implicaciones más allá de la explicación del funcionamiento humano, pues permite elaborar programas que faciliten la adquisición de estas capacidades. Se puede instruir a los sujetos de forma sistemática en habilidades tales como elaborar un título de un texto, identificar las relaciones dominantes en su contenido y hacer un resumen del contenido (es decir, hacer explícita su macroestructura). Esto es una muestra más de como el conocimiento nos ayuda a construir mejores personas, pero este tema lo dejaremos para otro día, hoy seguiremos reflexionando sobre las bases de la comunicación.

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Evidentemente, si la coherencia es importante en un texto escrito o en un discurso, lo es más en una conversación, que es la forma más genuina de actividad lingüística humana. Podemos definir la comunicación como la producción e intercambio de series coordinadas de emisiones lingüísticas, por uno o varios interlocutores, en una situación comunicativa dada. En línea con este supuesto, se interpreta que la producción del lenguaje es una actividad que presupone en el hablante la existencia de una intención de comunicar algo a alguien. A esto lo llamó John Langshaw Austin componente o fuerza elocutiva de una emisión.

Paul Grice, ha elevado el carácter cooperativo de los discursos a la categoría de principio regulador de las estrategias de hablantes y oyentes en sus intercambios conversacionales y lo ha interpretado como un elemento potencialmente explicativo de la actividad lingüística.

Otro punto importante en esta actividad es la noción de conocimiento común, es decir, la idea de que hablantes y oyentes comparten ciertas informaciones y creencias acerca de la naturaleza de las contribuciones comunicativas y las condiciones en que éstas pueden ser aceptables para sus interlocutores actuales. Este conocimiento común o compartido, procede de varias fuentes: la co-presencia física de los participantes en la situación comunicativa; la co-presencia lingüística, y el hecho de que hablante y oyente pueden ser identificados como miembros de una comunidad o grupo social concretos, cuyo conocimiento posibilita la realización de ciertas inferencias sobre lo que en realidad conocen.

Los discursos o las contribuciones a la conversación no son del todo aceptables o inaceptables en el mismo sentido en que una oración lo es o no gramaticalmente: más bien, son apropiados o eficaces en un contexto concreto y para unos interlocutores concretos, porque van a ser éstos y no un sistema de principios constitutivos internos al lenguaje, los que van a permitir establecer en qué condiciones puede una intención comunicativa reconocerse y por tanto realizarse.

Dicho esto, ya estamos en condiciones de abordar la coherencia de las conversaciones pero, puesto que me estoy alargando más de la cuenta, seguiremos en la próxima entrada de la serie.

Ilustración: Mefu’s Blog

Coherencia (I)

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Los seres humanos necesitamos la coherencia, es algo que marca nuestra relación con los demás y con nosotros mismos. En esta entrada abordaré este tema desde varios puntos de vista, así que, para no aburrir demasiado, la presentaré en pequeñas dosis.

Escribir estos párrafos no me ha resultado fácil, pretendía relacionar varios temas y en algunos de ellos aún no tengo la suficiente soltura pues hace poco que empezaron a rondar por mi cabeza. El primer problema con que me encontré fue el de darle al texto la suficiente consistencia como para que no pareciera un cúmulo de ideas sin un eje común: tenía que producir un discurso que resultara coherente a los ojos del lector. ¿Qué nos indica que esto es así?

La comprensión del discurso (puede ser un texto escrito, una conferencia, una conversación…) no sólo implica establecer una coherencia local entre ideas, no basta con que nuestras frases tengan sentido, sino que constituye un proceso activo, basado en el supuesto (¿tácito?) de que los textos tienen un significado global, un tema. La esencia del texto se extrae de las ideas particulares que contiene pero, además, de un conjunto de conocimientos y esquemas sobre el mundo al que el discurso hace referencia y de otro conjunto de esquemas sobre la organización del propio discurso. Es decir, los textos no son coherentes por sí mismos sino porque, por decirlo de alguna forma, cuadran con nuestras ideas sobre el mundo.

Tradicionalmente, se parte de dos supuestos para explicar la comprensión:

▪ Los textos y discursos se organizan en torno a unidades globales de significado.

▪ Una parte importante de la comprensión consiste en abstraer esos componentes esenciales de significado y aplicar la coherencia global.

Pueden existir textos globalmente coherentes, pero cuya coherencia local sea difícil de establecer, exigiendo una intervención masiva de inferencias. En estos casos normalmente tenemos que leer y releer hasta que captamos el sentido del texto, que es lo que Kintsch y Van Dijk han llamado la macroestructura del discurso. 

Quizás parte del proceso expuesto pueda parecer complicado, pero lo ejecutamos con mucha frecuencia de manera inconsciente. Únicamente cuando el contenido se nos resiste tenemos que hacer un esfuerzo consciente para captar la esencia del texto, son aquellas ocasiones en las que la coherencia no nos resulta evidente.

Ilustración: InDesign09.