Capacidades (y II)

Por la ignorancia se desciende a la servidumbre, por la educación se asciende a la libertad.

Diego Luís Córdoba


educacion

 

Mi intención con esta entrada no es la de dar recetas, los años me han enseñado que lo que a uno nos vale no tiene que funcionar en otros y que es difícil convencer a los demás que cambien su modo de proceder. Sólo pretendo exponer una situación que no me parece adecuada y que cada cual obre en conciencia.

Si el panorama que planteamos en la entrada anterior es cierto. ¿Quiénes son los culpables de esta situación? Al pertenecer a un estado democrático, tendré que concluir que la responsabilidad es de todos: mientras que no se demuestre lo contrario, tenemos voz y voto. Evidentemente, algunos colectivos están en disposición de hacer más que otros: hay políticos, hay docentes y hay padres.

El tema de los padres daría para varias entradas pero, como no he tenido la suerte de serlo, me abstendré de opinar para que no se me acuse de hablar de lo que no conozco (aunque puede que mi condición de hijo me de cierta vela en este entierro).

El que a los políticos les importe poco esta situación me parece muy razonable: un pueblo culto quizás los mandara a la mayoría al paro (lo cual sería una buena medida de ahorro frente a la crisis). Pero el caso de los docentes es, cuando menos, más delicado.

Hace poco comentaba este asunto con un compañero cuya esposa es profesora de secundaria. Me traslada quejas sobre críos sin interés, que no aprenden, que no quieren hacer nada (esos ni nis de los que se habla ahora), que carecen de educación… Que mucha culpa es de los padres que se olvidan de que ser padre implica responsabilidades que no todos asumen.

Se me ocurre plantear que los docentes también tienen culpa del cuadro pintado. Que probablemente nos encontremos con un colectivo que, por su formación, ha estado (y sigue estándolo) en disposición de prever la situación actual y en obligación de clamar a los cuatro vientos lo que pasaba (y sigue pasando). De un colectivo que, por su poder, podría plantarse y no aceptar reformas sin sentido del mismo modo en que otras veces se han plantado para reclamar por su situación laboral.

No digo que todos los docentes hayan olvidado su función, pues todos tendremos ejemplos en contra a los que acudir. El caso del profesor Lledó, al que nos referíamos el otro día, es un buen ejemplo.

Mi compañero opina (probablemente con razón) que los docentes no son precisamente un colectivo unido (aunque yo puntualizaría que según para qué), sino que hay intereses diversos, sobre todo si pensamos que un buen puñado de ellos también pretenden ejercer de políticos.

Volviendo al profesor Lledó, en su defensa del sistema educativo alemán se encontró con una paradoja que no pudo resolver: Su discurso parte del supuesto de que un buen sistema educativo (para él el alemán lo es) debe producir ciudadanos competentes, educados, libres y cultos. Pero, si esto es así, ¿cómo nace en ese pueblo el nazismo?

En relación a esto, recuerdo de en la escuela y el instituto nos ensañaban la importancia de la historia: su estudio muestra que ésta se repite una y otra vez, debemos estudiarla para no repetir errores. Yo pensaba: si la historia se repite tanto, ¿no será que realmente no sirve para nada? O, más exactamente, no servirá para nada mientras seamos (como colectivo) como somos.

Sea como sea, el estudio de los grupos es sumamente interesante al respecto y, probablemente, trabajar en esta dirección nos enseñara mucho sobre el comportamiento humano. Hace ya bastante, Gustave Le Bon en La psychologie des foules describió a los grupos como una especie de alma colectiva, dotada de unidad psicológica, donde el individuo se sumerge dándose una degradación de su comportamiento, que se hace irracional y emocional, mediante mecanismos de sugestión y contagio. Con estas ideas, marcó el inicio de las investigaciones que establecen un nexo entre los procesos psicológicos y los fenómenos sociales. No digo que esta explicación (hoy bastante denostada) sea la solución a las paradojas expuestas, pero quizás haya que tenerla en cuenta.

 

Ilustración: http://prensanecochea.wordpress.com/

Capacidades (I)

Ferreteria

No puedo decir que el parón de publicaciones de este blog haya sido ajeno a mi voluntad, pues lo ha ocasionado precisamente ella y los caminos que sigue. Voy a cambiar un poco de tercio en aras de mi promesa de no ser ordenado y que, precisamente, necesito ordenar ideas para seguir por los derroteros planteados.

En España ante la historia y ante sí misma (1898-1936), Julián Marías presentaba, como una de las posibles causas de nuestra última guerra civil, el silencio de aquellos que estaban en disposición de predecir lo que ocurriría. Aun siendo consciente del escaso impacto que este espacio tiene, me veo obligado, por coherencia personal más que nada, a dedicar unas líneas a este tema.

Decía en otra entrada que podemos mejorar las capacidades de las personas mediante el entrenamiento y la instrucción. La adquisición de capacidades se parece bastante a la obtención de herramientas (en el sentido que he expuesto en algunos comentarios de este blog). Cuantas más herramientas tengamos, más problemas podremos solucionar.

Nuestro sistema educativo se parece de esta forma a una ferretería. Es un sitio donde adquirir herramientas para resolver problemas concretos. Bueno, no sólo eso, también es una guardería de cero a dieciséis años (aunque quizás un día de estos el estado del bienestar suba el límite de permanencia a dieciocho o veintitrés). Y conste que lo de la guardería no es de mi cosecha, hace ya bastante tiempo se lo escuché a un señor que ejercía de inspector de educación: “Si la sociedad demanda guarderías hasta los dieciséis años, tendremos que darle guarderías hasta los dieciséis años”. Es curioso que esta imagen no haya abandonado mi cabeza tras más de diez años.

Pero volvamos al asunto de las capacidades, evidentemente sin ellas somos bastante inútiles. Es como llamar al fontanero porque ha reventado una tubería y que se presente en casa sin sus trastos de matar. ¿Pero qué ocurre cuando hace falta una herramienta que no se tiene o, más interesante todavía, cuando se necesita una herramienta que no existe? Aquí de poco nos sirve ir a la ferretería, tenemos que crear una nueva herramienta o, quizás, adaptar algunas existentes para conseguir nuestros objetivos.

Aquí el sistema se queda corto, si no se enseña a ir más allá no se puede llegar. Para progresar es necesario que aparezcan pioneros, personas adelantadas a su tiempo y cerebros capaces de comprender lo que nadie ha comprendido aún. Evidentemente un buen sistema educativo no es garante de tal producción, pero ayuda.

Un sistema que se sienta satisfecho con que sus ciudadanos salgan pertrechados con unas cuantas herramientas en su maletín me resulta a todas luces insuficiente. En relación a esta postura, el profesor Lledó defendió en un programa que citamos en la sección videoteca la importancia de que la universidad no sea una fabrica de titulados adaptados a las necesidades del mercado, sino que forme a los estudiantes de modo que la consecución de un trabajo sea una consecuencia y no el único objetivo.

Seguiremos con este tema en la próxima entrega