Ceguera

Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo.

Jorge Luis Borges

borges_siete_noches

La producción literaria de Borges no es de las más extensas que se recuerdan, pero está llena de facetas. Hay un Borges cuentista (el más conocido), un Borges poeta (a mi juicio, el más brillante), un Borges ensayista, un Borges articulista y también hay un Borges conferenciante. Intentando ser  exhaustivos, debemos añadir un Borges guionista, un Borges bibliotecario, un Borges prologuista, un Borges traductor (tradujo entre otros a Faulkner y a Virgina Woolf), un Borges crítico literario, un Borges profesor (impartió clases de literaturas antiguas anglogermanas en la Universidad de Buenos Aires) y, quizás, alguno más. Indudablemente, también estaba el Borges humano, sobre el que también se ha escrito y analizado bastante y que siempre mantendrá algún misterio.

Aquí nos referiremos principalmente al conferenciante , aunque tratándose de Borges, la literatura toma la forma de un universo infinito en el que es difícil aislar sus componentes, así que en definitiva hablaremos de todo.

Tal vez sea esta singularidad borgiana la que hace ubicua su mención en este blog. Alguien dijo que el ajedrez es como una amante a la que se vuelve una y otra vez sin poder abandonarla del todo. En mi caso la misma imagen sirve para Borges (la del ajedrez también es válida), leerle y releerle es algo tan habitual como respirar.

Se me ocurre pensar que las facetas de Borges son algo parecido a las personalidades de Pessoa, una suerte de máscaras que le permitían moverse entre la dimensión literaria y la terrenal. Borges siempre se las arregló para vivir de un modo u otro de la literatura y Pessoa siempre vivió con la literatura.

Al hablar de su faceta como conferenciante, hay que recordar unos cuantos detalles. De un lado, en su juventud sufría una timidez que le impedía situarse ante el público, así que sus primeros pinitos en el género fueron leídos por algún amigo escritor; pero con los años consiguió controlar suficientemente este problema como para dictar el mismo las conferencias. De otro, a la llegada de Perón al poder, perdió su trabajo de bibliotecario y tuvo que impartir conferencias para ganarse la vida. Por otra parte, debido a su falta de visión, disertaba siempre de memoria.

Sus conferencias fueron numerosas y de gran calidad, esto ha llevado a estudiosos como Ricardo Pligia a considerarlas su obra tardía más destacada. Aquí nos centraremos en una de ellas perteneciente al ciclo que en 1977, entre junio y agosto, impartió en el teatro Coliseo de Buenos Aires y que posteriormente fueron transcritas y recogidas en un volumen titulado Siete noches. A lo largo de esas siete veladas trató sobre diversos temas, sobre asuntos que le eran bien conocidos siempre llevando como hilo conductor la literatura.

En la séptima y última de ellas se ocupó de la ceguera (la propia y la de otros escritores) y, de paso, de otros asuntos. Allí aprendemos de su vida, de su obra, de cómo sentía el mundo y de paso le daba sentido a algunas de sus composiciones. Nos explica el Poema de los dones (que se adelantó a esta entrada) y El oro de los tigres, que así adquiere ante nuestros ojos todo su significado:

Hasta la hora del ocaso amarillo
cuántas veces habré mirado
al poderoso tigre de Bengala
ir y venir por el predestinado camino
detrás de los barrotes de hierro,
sin sospechar que eran su cárcel.

Después vendrían otros tigres,
el tigre de fuego de Blake;
después vendrían otros oros,
el metal amoroso que era Zeus,
el anillo que cada nueve noches
engendra nueve anillos y éstos, nueve,
y no hay un fin.

Con los años fueron dejándome
los otros hermosos colores
y ahora sólo me quedan
la vaga luz, la inextricable sombra
y el oro del principio.

Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
del mito y de la épica,
oh un oro más precioso, tu cabello
que ansían estas manos.

East Lansing, 1972.

Hacía tiempo que llevaba pensando tratar este tema aquí y me animé a releer el libro. Siempre se aprende leyendo a Borges, el decía que sabía de temas que a la mayoría de la gente no le importaban y que ignoraba aquellos de los que los demás sabían. De paso Borges te arrastra a ese mundo literario, en el que era un guía inigualable merced a su saber enciclopédico, y del que siempre se vuelve con algún tesoro en las alforjas.

Gracias a una conversación en la que casualmente mencioné el libro, me enteré que aquellas palabras que tantas veces había leído podía ahora escucharlas e incluso ver a Borges pronunciándolas. Creo que debo abusar más de San Google.

La magia de Internet nos permite ahora volver a una butaca del teatro Coliseo y disfrutar. Yo lo he hecho ya unas cuantas veces.

Lean, escuchen o, si lo prefieren, hagan ambas cosas. Esa es su elección.

The Woman I Remember

Preparo un esquema y meto la música como si fuera un filme. Me tengo que hacer los dientes. Toco con dos dientes abajo. Me hizo muy bien. Cada uno inventa, hay que saber inventar porque si no, siempre hay un problema. Chet Baker tenía un diente salido, y él tiraba por ahí.

Leandro “Gato” Barbieri

 

Si Gato Barbieri es uno de los artistas clave de la música argentina es porque logró lo que todo músico de jazz quiere lograr: un sonido propio, que sea distinto de los demás no porque no se parezca a ellos, sino porque no se parece a ningún otro.

Pablo Gianera en La Nación.

The man who sold the world

We’re nothing, and nothing will help us
Maybe we’re lying, then you better not stay
But we could be safer, just for one day.

Bowie/Eno, Heroes

The man who sold the world

 

We passed upon the stair, we spoke of was and when
Although I wasn’t there, he said I was his friend
Which came as some surprise, I spoke into his eyes
I thought you died alone, a long long time ago

Oh no, not me
I never lost control
You’re face to face
With the man who sold the world

I laughed and shook his hand, and made my way back home
I searched for form and land, for years and years I roamed
I gazed a gazely stare at all the millions here
We must have died alone, a long long time ago

Who knows? Not me
We never lost control
You’re face to face
With the man who sold the world

 

Hay entradas que no me gustaría publicar nunca y otras que no he escrito aún que algún día tendrán que salir aunque tenga el mismo sentimiento, pues hay una especie de deuda que tengo que pagar.

Estos días se escribirá y contará mucho sobre Bowie y probablemente su discográfica venda más copias de sus discos de las que pensaba, por ese afán que tenemos de intentar atrapar aquello que ya se nos ha escapado.

No merece la pena escribir mucho más aquí. Se nos ha ido otro de los que han sido capaces capaz de destilar más ideas en un tema que muchos otros en toda su obra creativa. Y se nos ha ido dejándonos lo que siempre le pedimos y por lo que, al final, siempre le recordaremos: canciones que, en algún momento, nos hicieron sentir algo especial.

 

Poema de los dones

Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente.

Jorge Luis Borges

El_hacedor

Hace tiempo me rondaba la idea de incluir el Poema de los dones y otros textos de Borges en una entrada sobre su ceguera. Pienso que lo que falta asomará algún día, pero hoy prefiero colocarlo aquí, junto a uno de mis desvaríos a modo de introducción y una frase que principia El Hacedor, esa brillante colección que lo alberga, es una mezcla de poesía y prosa, de imaginación y sentimiento,  cuya lectura (y relectura) recomiendo fervientemente.

Este golpe de timón comenzó con un intercambio de ideas con Félix Molina, que me  hizo caer en la cuenta que Borges nació un mes de agosto, en esa ciudad que fue a fundar un paisano al otro lado del charco y que, como nos contó Sabato, es más hermosa en otoño(1).

Los humanos somos proclives a los aniversarios y este blog no es una excepción a la regla, parece que aún nos resulta especial y casi mágico ese momento en el que se cumple un ciclo anual y, si es un múltiplo que suene bien, mejor que mejor. Tal vez un recuerdo del tiempo en que las cosechas eran vitales, quizá una necesidad de perpetuar la memoria o un ansia de inmortalidad, qué sé yo.

Recordaba el año en que se celebró el centenario del nacimiento de Borges. En fechas así los editores lanzan una andanada de textos que aprovechen esa suerte de tirón místico. Dio la casualidad que entonces leía yo mucho a Borges y sobre Borges, por lo que aquella efeméride fue para mí una especie de bendición.

Precisamente leí en aquellos días un artículo (no me he preocupado de buscarlo, si alguna vez me animo reescribiré esto) que sostenía que a los hispanohablantes nos quedaba aún por descubrir al Borges poeta; pues se suponía que al Borges narrador de historias ya lo conocíamos. No sé cuánto tenía de acertada esa tesis, pero resulta que ese era precisamente mi situación; yo era asiduo del escritor de relatos y también lo era del ensayista y conferenciante, pero salvo algún poema como Ajedrez, que conocí debido a mi afición al arte de los escaques, poco más había leído. No era yo persona de poesías o, más bien, lo era de unos pocos poemas que  atesoré con el paso de los años. Aún no había descubierto el efecto balsámico que supone sumergirse en versos y, probablemente, tampoco me hacía falta en aquel tiempo. Todo requiere su momento para poder valorarse, es una cuestión de perspectiva.

Y así, aventurándome en lecturas que hasta entonces descartaba, el Borges poeta se convirtió en un feliz descubrimiento personal, luego el tiempo se encargó de colocar sus versos en ese lugar místico al que vuelvo una y otra vez. Versos como estos:

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

En el video que sigue el propio Borges nos comenta y recita el poema. Una auténtica joya sonora.

Es fácil experimentar aquí esa especie de resurrección que nos explicaba con maestría en aquel fragmento que tomé prestado. Pues cada cual tiene su forma de amar los libros y, por desgracia, cada cual viene a encontrarse antes o después con su particular noche.

Si les apetece, visiten la entrada que Félix Molina le ha dedicado.

 

(1) Era un día de comienzos de abril, pero el otoño empezaba ya a anunciarse con signos premonitorios, como esos nostálgicos ecos de trompa —pensaba— que se oyen en el tema todavía fuerte de una sinfonía, pero que (con cierta indecisa, suave pero creciente insistencia) ya nos están advirtiendo que aquel tema está llegando a su fin y aquellos ecos de remotas trompas se harán cada vez más cercanos, hasta convertirse en el tema dominante. Alguna hoja seca, el cielo ya como preparándose para los largos días nublados de mayo y de junio, anunciaban que la estación más hermosa de Buenos Aires se acercaba en silencio. Como si después de la pesada estridencia del verano, el cielo y los árboles empezaran a asumir ese aire de recogimiento de las cosas que se preparan para un extenso letargo.

Ernesto Sabato, Sobre héroes y tumbas.

TERNURA QUÍMICA

He pensado que esta entrada de José Ángel Ordiz merece una introducción o, al menos, una explicación de por qué está aquí.
Cuando publiqué Química, José Ángel me hizo un comentario mencionando una columna de Antonio Muñoz Molina en El País titulada Ternura química. Puede leerse en este enlace.
Al leerlo (o debería decir releerlo), la sensación de que no me resultaba nuevo brotó. Comprobar que se publicó un sábado casi garantiza que estoy en lo cierto. Entonces, por una costumbre que no viene al caso, ese diario no faltaba los sábados en casa.
He intentado escarbar en las arenas del tiempo buscando la sensación que entonces que produjo aquel texto. Siempre me gustó leer a Muñoz Molina, lo achaco a que somos de tierras cercanas y, a pesar de una diferencia de edad que el tiempo va volviendo despreciable, creo por lo que le he leído que nuestra educación, ese intangible mezcla de cultura y hábitos adquiridos, fue similar. Esta es una tierra en la que por entonces (no podría asegurar que aún sea así) se podía saborear un tiempo mientras que la brisa de otro refrescaba el rostro de los que la habitaban. Además, ambos pasamos parte de nuestra vida en la ciudad de la Alhambra, un lugar que siempre deja impronta. Ya decía Machado que todas las ciudades tienen su encanto, Granada el suyo y el de todas las demás.
Creo que, en general, los que somos de ciencias intentamos ser racionales hasta que la experiencia nos enseña que debemos reconocer humildemente que somos seres emocionales. Entonces suele aparecer una suerte de tensión entre dos mundos que configura nuestra existencia. Algunos se decantan hacia uno de los extremos y otros (deconozco si los más o los menos), oscilamos como un péndulo según la vida nos empuja.
Sabemos que somos química, pero no nos resistimos a sumergirnos en mares de sentimiento cuya verdadera naturaleza de vez en cuando nos apetece ignorar.

josé ángel ordiz

Entraba yo en la sala de profesores y, acomodado ante una de las mesas, abría el periódico y buscaba presuroso la nueva colaboración de Antonio Muñoz Molina, el artículo nuevo, esas palabras suyas que me hablaban del pasado, del presente y del futuro.

Yo, por entonces, cuando aún daba clases en el instituto gijonés Padre Feijoo, no creo que estuviera mucho más pirado que mis compañeros de profesión —lo justo en un contumaz escritor de ficciones que, además, procuraba transmitir al alumnado conocimientos de química y física—, pero seguramente parecía estarlo pues cabeceaba ante el diario abierto por la página de costumbre y luego —mientras hacía mías aquellas palabras sin acritud en la acusación ni burla en lo absurdo ni complacencia excesiva en lo ejemplar; aquellas palabras cabales que también citaban obras y pensamientos de autores ilustres en los campos del arte y de la ciencia, que invitaban a beber…

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Química

Considero a la Naturaleza como un amplio laboratorio químico en el que tienen lugar toda clase de síntesis y descomposiciones.

Antoine-Laurent de Lavoisier

Bensaude

Lavoisier dio en el clavo: la química está en todas partes y ese (al menos para mí) es uno de sus mayores atractivos. Para entender el mundo que nos rodea hay que entender lo que de química hay en él. Lo difícil, por tanto, es aislar lo que es química dentro de la ciencia. En realidad, creo que la afirmación es optimista y rara vez pueden desligarse ciencia y química. Nuestro planeta son sustancias químicas, la vida se mueve gracias a reacciones químicas, nuestro cerebro responde a mecanismos químicos… Los físicos pueden decir algo parecido, y tendrán igualmente razón.

Cambiando de tercio, venía yo de leer La Nueva Alianza y Entre el Tiempo y la Eternidad cuando vi en algún sitio que habían publicado en español un libro de historia de la química firmado por Isabelle Stengers y una tal Bernadette Bensaude Vincent. No lo pensé dos veces y me dirigí a la librería de mi amiga Mercedes a encargarlo. Al llegar casualmente me enseñaron otra historia de la química que le había encargado un profesor de la facultad también aficionado a estos asuntos. Lo ojeé y concluí que no era mas que más de lo mismo. Yo el que quiero es éste —le dije enseñándole el papel dónde había apuntado la referencia. Las expectativas se cumplieron y aquel libro realmente me gustó. Me sirvió para apreciar que las ideas que iba enlazando en busca de lo que era la química ya otros las habían manejado con soltura (como no podía ser de otra manera), me enseñó mucho del desarrollo de la ciencia y abrió mi mente a nuevas ideas. ¿Se puede pedir más de un libro?

Aquí dejo un fragmento de la introducción que viene a enlazar con lo que comentaba en la entrada anterior.

Solemos dar por sentado que existe una historia de la química, una historia de la física: una historia para cada ciencia. La división del saber en disciplinas se impone como si fuera una necesidad, lo que nos parece normal porque, en el compartimentado mundo de las “asignaturas” escolares, creado a imagen de la rígida clasificación de Augusto Compte, nos han presentado la ciencia a modo de recortables, encerradas en un espléndido aislamiento.

Sin embargo, si nos dejamos llevar demasiado por las apariencias, corremos el riesgo de pasar por alto problemas esenciales, que suelen, que suelen ser los más interesantes. Si el historiador de la ciencia se ciñe demasiado a las estructuras actuales, tenderá a considerar como natural lo que fue duramente conquistado. Disciplinas como la física y la química no existen desde siempre, sino que se han constituido poco a poco y eso no se logra de la noche a la mañana. En los antiguos planes de estudios la química carecía de un lugar propio. En cambio, hacia mediados del siglo XVIII se labró una buena posición en las academias, en las universidades y entre el público ilustrado. En el siglo XIX aparece ya como una ciencia puntera, la viva imagen del progreso. ¿Cómo conquistó la química su derecho de ciudadanía? ¿Cómo se convirtió en ciencia?

La mayoría de las historias de la química han dado más o menos la misma respuesta a estos interrogantes. La química se convirtió en una ciencia al desprenderse de su envoltorio de prácticas arcaicas y de saberes ocultos. La ruptura con su oscuro pasado de tradiciones artesanales y de alquimia marca el origen de la historia. De todas formas, las opiniones están divididas acerca del acontecimiento que originó la ruptura. Dependiendo del autor, de su cultura o de su país de origen, unos lo sitúan en el siglo XVIII y nombran “padre de la química moderna” bien a Ernst Georg Stahl o bien a Antoine-Laurent Lavoisier; otros prefieren remontarse al siglo XVII y señalan el cambio de rumbo con Robert Boyle. Pero en todos los casos, la narración del pasado se ordena en torno a uno o dos puntos fijos que cambiaron la marcha de la historia. Como si fuera necesario exhibir a toda costa “un Galileo” o “un Newton”, postulan la existencia de un momento fundador a partir del cual la química, que por fin se descubre a sí misma, ya sólo tiene que caminar en línea recta para desarrollar su potencial científico y técnico.

Para terminar, les comentaré que aquel profesor disfrutó del libro antes que yo. Cuando llegó a la librería mi amiga se lo enseñó y, claro, le gustó y se lo vendió. Ya saben, donde hay confianza…

Alquimia

Exaltó en público la inteligencia de aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido una teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como una prueba de su admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

alquimistas

Tengo que reconocer (tal vez no sea la primera vez) mis dificultades para empezar un nuevo hilo argumental, así como para escoger los títulos de las entradas. En este caso ha sido especialmente complicado porque se trata de un tema en el que puedo decir, sin pecar en exceso de inmodestia, que no me es demasiado desconocido. Creo que es más fácil centrarse cuando uno tiene pocos conocimientos en la materia, pues es más difícil divagar ya que no hay por dónde hacerlo.

Una de las marcas de este blog es el desorden y la mezcolanza de temas, es así porque el que lo mantiene comparte (junto a otros muchos) estos defectos. Quedan hilos abiertos, con entradas medio escritas o simplemente esbozadas, que espero seguirán nutriendo esta página, y hoy añado uno más.

En un principio pensé titular la serie “Buscando el norte químico”, guardando similitud con una vieja entrada titulada “Buscando el norte” y que tuvo una segunda parte, pero al final decidí que “Alquimia” era un buen título pues este blog tiene, en esencia, mucho de ella y de camino me guardo la carta de desordenar el contenido cuanto quiera.

Mi intención original era escribir sobre John Dalton, pero pensé que no podía hacerlo si no explicaba primero cómo (en mi opinión y en la de otros que saben más que yo del asunto) se gestó la química. Espero que en su momento, dentro de unas entradas, se entienda este desvarío.

La química es una ciencia peculiar, pues está en medio de todo y queda algo desubicada y sin fronteras claras. Pienso que a sufrido (conceptualmente hablando) porque muchos han querido que se parezca en forma y hasta  en historia a la física; ese es, sin duda, un pesado lastre. Me atrevo a afirmar que muchos de los que salen de nuestras facultades no tienen una idea clara y concisa de en qué consiste esta ciencia. Al menos, eso me ocurrió a mí y a algunos de los que me acompañaron es aquella travesía.

Pero yo venía hoy a hablar de la alquimia, de ese cajón de sastre en el que cabe todo lo que había antes de que la química fuese química (aunque debe quedar claro, por razones que no son difíciles de imaginar y que ya asomarán aquí, que ese momento es más bien difuso).

Es frecuente denostar aquello que hoy sabemos equivocado y, de igual forma, acostumbra a ser injusto. Para defender a la alquimia traigo aquí un fragmento del libro de F. Sherwood Taylor La alquimia y los alquimistas. Encontré muy joven este libro en un mercadillo y fue mucho después cuando conseguí (o pretendí)sacarle el provecho que merece.

Son pues muchas las diferencias existentes entre la Química y la Alquimia; pero a pesar de todo ello, no puede en modo alguno ignorarse la contribución de los alquimistas a la Química. Parece una cosa cierta que los alquimistas inventaron, y seguramente transmitieron, los fundamentos de la técnica de laboratorio. Nos enseñaron el modo de manipular sobre compuestos químicos y el arte de la destilación, sublimación, filtración y cristalización es debido a ellos, que también dieron nombres a reactivos tan importantes como los ácidos minerales y el alcohol. A este respecto la Alquimia es un inmediato precedente sin solución de continuidad de la ciencia moderna.

Además los alquimistas basaron su trabajo en la idea de una ley natural. No trataron de lograr intervenciones arbitrarias o milagrosas en el orden de la naturaleza, como sucedió con el tipo de magos, demasiado extendido en la Edad Media, que trataron de cambiar el curso normal de la naturaleza por medio de la invocación de los demonios. El alquimista creía que existía un proceso natural por medio del cual se había hecho y se estaba haciendo el oro en las rocas y buscaba llevar a cabo aquel proceso en el laboratorio. Su teoría de la generación del oro era incorrecta; pero al tratar de hacer lo que la naturaleza hace estaba llevando a cabo lo que se ha convertido en un respetable y corriente proceder en la ciencia. De tal modo la Alquimia, en tanto en cuanto fue una investigación de laboratorio basada en unas supuestas leyes de la naturaleza, se hallaba en la misma línea de progreso que ha movido a la ciencia moderna.

¿Tiene la ciencia actual algo que aprender de la Alquimia? Nada, nos parece, ya que la ciencia ha sido perfeccionada hasta constituir un instrumento casi perfecto para el logro de sus propósitos. No es posible ninguna importación desde el terreno filosófico o religioso en el que se movía la Alquimia al campo de la ciencia. Pero ¿tiene el hombre de ciencia algo que aprender del alquimista y de sus contemporáneos medievales? Aquel puede aprender de éstos que existen aspectos de la naturaleza que no aparecen en las revistas científicas y que nuestras impresiones sobre aquellos deben tener también algo de humano. El científico moderno debería mirar a la naturaleza bajo un aspecto valorativo y no sólo desde el punto de vista de una disposición en el tiempo y en el espacio, y reflexionar sobre el misterio de la existencia del mundo y de su relación con el hombre entregado a una labor científica.

No volveremos a los alquimistas, pero es indudable que el péndulo que ha oscilado desde una concepción de nuevo y las generaciones sucesivas verán el concepto medieval y alquimista de la naturaleza como un símbolo, incluso demasiado inexpresivo, de la filosofía natural que habrán conseguido.

Sin desmerecer en absoluto el legado instrumental y material que la alquimia nos donó a los químicos en particular (no existiríamos sin él) y a los científicos en general, lo que más ha transcendido de ella queda alejado de la ciencia material, está sobre todo en el rico lenguaje simbólico que ha impregnado todos los ámbitos de nuestra cultura. No en vano, más que homo sapiens somos homo simbolicus.