Poema de los dones

Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente.

Jorge Luis Borges

El_hacedor

Hace tiempo me rondaba la idea de incluir el Poema de los dones y otros textos de Borges en una entrada sobre su ceguera. Pienso que lo que falta asomará algún día, pero hoy prefiero colocarlo aquí, junto a uno de mis desvaríos a modo de introducción y una frase que principia El Hacedor, esa brillante colección que lo alberga, es una mezcla de poesía y prosa, de imaginación y sentimiento,  cuya lectura (y relectura) recomiendo fervientemente.

Este golpe de timón comenzó con un intercambio de ideas con Félix Molina, que me  hizo caer en la cuenta que Borges nació un mes de agosto, en esa ciudad que fue a fundar un paisano al otro lado del charco y que, como nos contó Sabato, es más hermosa en otoño(1).

Los humanos somos proclives a los aniversarios y este blog no es una excepción a la regla, parece que aún nos resulta especial y casi mágico ese momento en el que se cumple un ciclo anual y, si es un múltiplo que suene bien, mejor que mejor. Tal vez un recuerdo del tiempo en que las cosechas eran vitales, quizá una necesidad de perpetuar la memoria o un ansia de inmortalidad, qué sé yo.

Recordaba el año en que se celebró el centenario del nacimiento de Borges. En fechas así los editores lanzan una andanada de textos que aprovechen esa suerte de tirón místico. Dio la casualidad que entonces leía yo mucho a Borges y sobre Borges, por lo que aquella efeméride fue para mí una especie de bendición.

Precisamente leí en aquellos días un artículo (no me he preocupado de buscarlo, si alguna vez me animo reescribiré esto) que sostenía que a los hispanohablantes nos quedaba aún por descubrir al Borges poeta; pues se suponía que al Borges narrador de historias ya lo conocíamos. No sé cuánto tenía de acertada esa tesis, pero resulta que ese era precisamente mi situación; yo era asiduo del escritor de relatos y también lo era del ensayista y conferenciante, pero salvo algún poema como Ajedrez, que conocí debido a mi afición al arte de los escaques, poco más había leído. No era yo persona de poesías o, más bien, lo era de unos pocos poemas que  atesoré con el paso de los años. Aún no había descubierto el efecto balsámico que supone sumergirse en versos y, probablemente, tampoco me hacía falta en aquel tiempo. Todo requiere su momento para poder valorarse, es una cuestión de perspectiva.

Y así, aventurándome en lecturas que hasta entonces descartaba, el Borges poeta se convirtió en un feliz descubrimiento personal, luego el tiempo se encargó de colocar sus versos en ese lugar místico al que vuelvo una y otra vez. Versos como estos:

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

En el video que sigue el propio Borges nos comenta y recita el poema. Una auténtica joya sonora.

Es fácil experimentar aquí esa especie de resurrección que nos explicaba con maestría en aquel fragmento que tomé prestado. Pues cada cual tiene su forma de amar los libros y, por desgracia, cada cual viene a encontrarse antes o después con su particular noche.

Si les apetece, visiten la entrada que Félix Molina le ha dedicado.

 

(1) Era un día de comienzos de abril, pero el otoño empezaba ya a anunciarse con signos premonitorios, como esos nostálgicos ecos de trompa —pensaba— que se oyen en el tema todavía fuerte de una sinfonía, pero que (con cierta indecisa, suave pero creciente insistencia) ya nos están advirtiendo que aquel tema está llegando a su fin y aquellos ecos de remotas trompas se harán cada vez más cercanos, hasta convertirse en el tema dominante. Alguna hoja seca, el cielo ya como preparándose para los largos días nublados de mayo y de junio, anunciaban que la estación más hermosa de Buenos Aires se acercaba en silencio. Como si después de la pesada estridencia del verano, el cielo y los árboles empezaran a asumir ese aire de recogimiento de las cosas que se preparan para un extenso letargo.

Ernesto Sabato, Sobre héroes y tumbas.

TERNURA QUÍMICA

He pensado que esta entrada de José Ángel Ordiz merece una introducción o, al menos, una explicación de por qué está aquí.
Cuando publiqué Química, José Ángel me hizo un comentario mencionando una columna de Antonio Muñoz Molina en El País titulada Ternura química. Puede leerse en este enlace.
Al leerlo (o debería decir releerlo), la sensación de que no me resultaba nuevo brotó. Comprobar que se publicó un sábado casi garantiza que estoy en lo cierto. Entonces, por una costumbre que no viene al caso, ese diario no faltaba los sábados en casa.
He intentado escarbar en las arenas del tiempo buscando la sensación que entonces que produjo aquel texto. Siempre me gustó leer a Muñoz Molina, lo achaco a que somos de tierras cercanas y, a pesar de una diferencia de edad que el tiempo va volviendo despreciable, creo por lo que le he leído que nuestra educación, ese intangible mezcla de cultura y hábitos adquiridos, fue similar. Esta es una tierra en la que por entonces (no podría asegurar que aún sea así) se podía saborear un tiempo mientras que la brisa de otro refrescaba el rostro de los que la habitaban. Además, ambos pasamos parte de nuestra vida en la ciudad de la Alhambra, un lugar que siempre deja impronta. Ya decía Machado que todas las ciudades tienen su encanto, Granada el suyo y el de todas las demás.
Creo que, en general, los que somos de ciencias intentamos ser racionales hasta que la experiencia nos enseña que debemos reconocer humildemente que somos seres emocionales. Entonces suele aparecer una suerte de tensión entre dos mundos que configura nuestra existencia. Algunos se decantan hacia uno de los extremos y otros (deconozco si los más o los menos), oscilamos como un péndulo según la vida nos empuja.
Sabemos que somos química, pero no nos resistimos a sumergirnos en mares de sentimiento cuya verdadera naturaleza de vez en cuando nos apetece ignorar.

josé ángel ordiz

Entraba yo en la sala de profesores y, acomodado ante una de las mesas, abría el periódico y buscaba presuroso la nueva colaboración de Antonio Muñoz Molina, el artículo nuevo, esas palabras suyas que me hablaban del pasado, del presente y del futuro.

Yo, por entonces, cuando aún daba clases en el instituto gijonés Padre Feijoo, no creo que estuviera mucho más pirado que mis compañeros de profesión —lo justo en un contumaz escritor de ficciones que, además, procuraba transmitir al alumnado conocimientos de química y física—, pero seguramente parecía estarlo pues cabeceaba ante el diario abierto por la página de costumbre y luego —mientras hacía mías aquellas palabras sin acritud en la acusación ni burla en lo absurdo ni complacencia excesiva en lo ejemplar; aquellas palabras cabales que también citaban obras y pensamientos de autores ilustres en los campos del arte y de la ciencia, que invitaban a beber…

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Química

Considero a la Naturaleza como un amplio laboratorio químico en el que tienen lugar toda clase de síntesis y descomposiciones.

Antoine-Laurent de Lavoisier

Bensaude

Lavoisier dio en el clavo: la química está en todas partes y ese (al menos para mí) es uno de sus mayores atractivos. Para entender el mundo que nos rodea hay que entender lo que de química hay en él. Lo difícil, por tanto, es aislar lo que es química dentro de la ciencia. En realidad, creo que la afirmación es optimista y rara vez pueden desligarse ciencia y química. Nuestro planeta son sustancias químicas, la vida se mueve gracias a reacciones químicas, nuestro cerebro responde a mecanismos químicos… Los físicos pueden decir algo parecido, y tendrán igualmente razón.

Cambiando de tercio, venía yo de leer La Nueva Alianza y Entre el Tiempo y la Eternidad cuando vi en algún sitio que habían publicado en español un libro de historia de la química firmado por Isabelle Stengers y una tal Bernadette Bensaude Vincent. No lo pensé dos veces y me dirigí a la librería de mi amiga Mercedes a encargarlo. Al llegar casualmente me enseñaron otra historia de la química que le había encargado un profesor de la facultad también aficionado a estos asuntos. Lo ojeé y concluí que no era mas que más de lo mismo. Yo el que quiero es éste —le dije enseñándole el papel dónde había apuntado la referencia. Las expectativas se cumplieron y aquel libro realmente me gustó. Me sirvió para apreciar que las ideas que iba enlazando en busca de lo que era la química ya otros las habían manejado con soltura (como no podía ser de otra manera), me enseñó mucho del desarrollo de la ciencia y abrió mi mente a nuevas ideas. ¿Se puede pedir más de un libro?

Aquí dejo un fragmento de la introducción que viene a enlazar con lo que comentaba en la entrada anterior.

Solemos dar por sentado que existe una historia de la química, una historia de la física: una historia para cada ciencia. La división del saber en disciplinas se impone como si fuera una necesidad, lo que nos parece normal porque, en el compartimentado mundo de las “asignaturas” escolares, creado a imagen de la rígida clasificación de Augusto Compte, nos han presentado la ciencia a modo de recortables, encerradas en un espléndido aislamiento.

Sin embargo, si nos dejamos llevar demasiado por las apariencias, corremos el riesgo de pasar por alto problemas esenciales, que suelen, que suelen ser los más interesantes. Si el historiador de la ciencia se ciñe demasiado a las estructuras actuales, tenderá a considerar como natural lo que fue duramente conquistado. Disciplinas como la física y la química no existen desde siempre, sino que se han constituido poco a poco y eso no se logra de la noche a la mañana. En los antiguos planes de estudios la química carecía de un lugar propio. En cambio, hacia mediados del siglo XVIII se labró una buena posición en las academias, en las universidades y entre el público ilustrado. En el siglo XIX aparece ya como una ciencia puntera, la viva imagen del progreso. ¿Cómo conquistó la química su derecho de ciudadanía? ¿Cómo se convirtió en ciencia?

La mayoría de las historias de la química han dado más o menos la misma respuesta a estos interrogantes. La química se convirtió en una ciencia al desprenderse de su envoltorio de prácticas arcaicas y de saberes ocultos. La ruptura con su oscuro pasado de tradiciones artesanales y de alquimia marca el origen de la historia. De todas formas, las opiniones están divididas acerca del acontecimiento que originó la ruptura. Dependiendo del autor, de su cultura o de su país de origen, unos lo sitúan en el siglo XVIII y nombran “padre de la química moderna” bien a Ernst Georg Stahl o bien a Antoine-Laurent Lavoisier; otros prefieren remontarse al siglo XVII y señalan el cambio de rumbo con Robert Boyle. Pero en todos los casos, la narración del pasado se ordena en torno a uno o dos puntos fijos que cambiaron la marcha de la historia. Como si fuera necesario exhibir a toda costa “un Galileo” o “un Newton”, postulan la existencia de un momento fundador a partir del cual la química, que por fin se descubre a sí misma, ya sólo tiene que caminar en línea recta para desarrollar su potencial científico y técnico.

Para terminar, les comentaré que aquel profesor disfrutó del libro antes que yo. Cuando llegó a la librería mi amiga se lo enseñó y, claro, le gustó y se lo vendió. Ya saben, donde hay confianza…

Alquimia

Exaltó en público la inteligencia de aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido una teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como una prueba de su admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

alquimistas

Tengo que reconocer (tal vez no sea la primera vez) mis dificultades para empezar un nuevo hilo argumental, así como para escoger los títulos de las entradas. En este caso ha sido especialmente complicado porque se trata de un tema en el que puedo decir, sin pecar en exceso de inmodestia, que no me es demasiado desconocido. Creo que es más fácil centrarse cuando uno tiene pocos conocimientos en la materia, pues es más difícil divagar ya que no hay por dónde hacerlo.

Una de las marcas de este blog es el desorden y la mezcolanza de temas, es así porque el que lo mantiene comparte (junto a otros muchos) estos defectos. Quedan hilos abiertos, con entradas medio escritas o simplemente esbozadas, que espero seguirán nutriendo esta página, y hoy añado uno más.

En un principio pensé titular la serie “Buscando el norte químico”, guardando similitud con una vieja entrada titulada “Buscando el norte” y que tuvo una segunda parte, pero al final decidí que “Alquimia” era un buen título pues este blog tiene, en esencia, mucho de ella y de camino me guardo la carta de desordenar el contenido cuanto quiera.

Mi intención original era escribir sobre John Dalton, pero pensé que no podía hacerlo si no explicaba primero cómo (en mi opinión y en la de otros que saben más que yo del asunto) se gestó la química. Espero que en su momento, dentro de unas entradas, se entienda este desvarío.

La química es una ciencia peculiar, pues está en medio de todo y queda algo desubicada y sin fronteras claras. Pienso que a sufrido (conceptualmente hablando) porque muchos han querido que se parezca en forma y hasta  en historia a la física; ese es, sin duda, un pesado lastre. Me atrevo a afirmar que muchos de los que salen de nuestras facultades no tienen una idea clara y concisa de en qué consiste esta ciencia. Al menos, eso me ocurrió a mí y a algunos de los que me acompañaron es aquella travesía.

Pero yo venía hoy a hablar de la alquimia, de ese cajón de sastre en el que cabe todo lo que había antes de que la química fuese química (aunque debe quedar claro, por razones que no son difíciles de imaginar y que ya asomarán aquí, que ese momento es más bien difuso).

Es frecuente denostar aquello que hoy sabemos equivocado y, de igual forma, acostumbra a ser injusto. Para defender a la alquimia traigo aquí un fragmento del libro de F. Sherwood Taylor La alquimia y los alquimistas. Encontré muy joven este libro en un mercadillo y fue mucho después cuando conseguí (o pretendí)sacarle el provecho que merece.

Son pues muchas las diferencias existentes entre la Química y la Alquimia; pero a pesar de todo ello, no puede en modo alguno ignorarse la contribución de los alquimistas a la Química. Parece una cosa cierta que los alquimistas inventaron, y seguramente transmitieron, los fundamentos de la técnica de laboratorio. Nos enseñaron el modo de manipular sobre compuestos químicos y el arte de la destilación, sublimación, filtración y cristalización es debido a ellos, que también dieron nombres a reactivos tan importantes como los ácidos minerales y el alcohol. A este respecto la Alquimia es un inmediato precedente sin solución de continuidad de la ciencia moderna.

Además los alquimistas basaron su trabajo en la idea de una ley natural. No trataron de lograr intervenciones arbitrarias o milagrosas en el orden de la naturaleza, como sucedió con el tipo de magos, demasiado extendido en la Edad Media, que trataron de cambiar el curso normal de la naturaleza por medio de la invocación de los demonios. El alquimista creía que existía un proceso natural por medio del cual se había hecho y se estaba haciendo el oro en las rocas y buscaba llevar a cabo aquel proceso en el laboratorio. Su teoría de la generación del oro era incorrecta; pero al tratar de hacer lo que la naturaleza hace estaba llevando a cabo lo que se ha convertido en un respetable y corriente proceder en la ciencia. De tal modo la Alquimia, en tanto en cuanto fue una investigación de laboratorio basada en unas supuestas leyes de la naturaleza, se hallaba en la misma línea de progreso que ha movido a la ciencia moderna.

¿Tiene la ciencia actual algo que aprender de la Alquimia? Nada, nos parece, ya que la ciencia ha sido perfeccionada hasta constituir un instrumento casi perfecto para el logro de sus propósitos. No es posible ninguna importación desde el terreno filosófico o religioso en el que se movía la Alquimia al campo de la ciencia. Pero ¿tiene el hombre de ciencia algo que aprender del alquimista y de sus contemporáneos medievales? Aquel puede aprender de éstos que existen aspectos de la naturaleza que no aparecen en las revistas científicas y que nuestras impresiones sobre aquellos deben tener también algo de humano. El científico moderno debería mirar a la naturaleza bajo un aspecto valorativo y no sólo desde el punto de vista de una disposición en el tiempo y en el espacio, y reflexionar sobre el misterio de la existencia del mundo y de su relación con el hombre entregado a una labor científica.

No volveremos a los alquimistas, pero es indudable que el péndulo que ha oscilado desde una concepción de nuevo y las generaciones sucesivas verán el concepto medieval y alquimista de la naturaleza como un símbolo, incluso demasiado inexpresivo, de la filosofía natural que habrán conseguido.

Sin desmerecer en absoluto el legado instrumental y material que la alquimia nos donó a los químicos en particular (no existiríamos sin él) y a los científicos en general, lo que más ha transcendido de ella queda alejado de la ciencia material, está sobre todo en el rico lenguaje simbólico que ha impregnado todos los ámbitos de nuestra cultura. No en vano, más que homo sapiens somos homo simbolicus.

Un paseo por el Haimberg. Conclusión.

La evolución de la física atómica prosiguió en aquellos años tal como me lo había predicho Niels Bohr en el paseo por el Hainberg. Las dificultades y las contradicciones internas que se oponían a una comprensión de los átomos y de su estabilidad no pudieron ser disimuladas ni eliminadas. Al contrario, se destacaban cada vez más agudamente. Todos los intentos hechos para vencerlas con los medios conceptuales de la física tradicional parecían condenados de antemano al fracaso.

Werner Heisenberg

 

heisenberg

La frase que encabeza esta entrada está sacada, como el resto del texto de esta serie, del libro Diálogos sobre la física atómica y muestra claramente cómo la intuición de Bohr le permitió nadar con éxito por las turbulentas aguas a las que se lanzó.

Como resumen de lo que Heisenberg nos ha contado hasta ahora, diremos que Niels Bohr impartió en el verano de 1922 un ciclo de conferencias en la universidad de Gotinga (conocido por la expectación que levantó como los Festivales Bohr). El estilo de la escuela del lugar estaba más orientado a los fundamentos matemáticos de la teoría atómica que a los razonamientos intuitivos propios del físico danés. Así que, consciente de las dificultades matemáticas que le podían presentar sus anfitriones, preparó minuciosamente cada una de las conferencias. A pesar de esto, no pudo prever que un joven estudiante de veintiún años, le planteara dudas sobre la exactitud de los resultados de Kramers que había usado en su teoría. Sorprendido por la claridad de ideas que mostraba el joven, al acabar la conferencia invitó a Heisenberg a dar un paseo por los alrededores de la universidad para discutir algunos puntos. Este paseo por el Hainberg ejerció una profunda influencia en Heisenberg y dio lugar a una larga relación entre ambos físicos.

La parte científica del texto prácticamente terminó en la entrada anterior, sólo nos queda ahora terminar el paseo:

 

Las ideas de Bohr se vincularon en mi mente con el punto de vista sostenido por Robert en nuestra excursión por el lago Stamberg, a saber, que los átomos no son cosas. Pues, aunque Bohr creía conocer múltiples detalles de la estructura interior de los átomos químicos, los electrones de que se componen las capas atómicas ya no son cosas; en todo caso, no son cosas en el sentido de la física anterior, que se pudieran describir sin reservas con conceptos como lugar, velocidad, energía, extensión. Por eso pregunté a Bohr:

—Si la estructura interior de los átomos es tan poco asequible a una descripción intuitiva como usted dice, sino poseemos propiamente un lenguaje con que podamos hablar sobre esta estructura, ¿podremos entender alguna vez los átomos?

Bohr vaciló un momento, y luego dijo:

—Creo que sí. Pero deberemos saber primero lo que significa la palabra entender.

Entre tanto habíamos llegado en nuestra pequeña excursión hasta el punto más alto del Hainberg, un merendero, acaso por eso llamado Vuelta, porque es el punto en que desde antiguo se suele iniciar el retorno. Desde allí nos dirigimos de nuevo hacia el valle, esta vez en dirección al sur, con la vista sobre colinas, bosques y aldeas del valle del Laine que desde hace largo tiempo han quedado incorporadas a la ciudad.

—Hemos hablado ya sobre muchas cosas difíciles —dijo Bohr enhebrando de nuevo el diálogo— y le he contado además cómo me adentré yo mismo en esta ciencia; pero todavía no sé absolutamente nada de usted. Tiene aspecto de muy joven. casi se podría creer que ha comenzado con el estudio de la física atómica y sólo después ha aprendido la física anterior y otras cosas. Sommerfeld debe haberle iniciado muy temprano en este aventurado mundo de los átomos. Pero ¿cómo ha vivido la guerra?

Yo le confesé que tenía veinte años y estudiaba el cuarto semestre; por tanto, de la física propiamente sabía horrorosamente poco; y le hablé de los seminarios de Sommerfeld, donde me habían atraído especialmente la confusión y la ininteligibilidad de la teoría de los cuantos. Que había sido demasiado joven para ir a la guerra y que de nuestra familia sólo mi padre había combatido en Francia como oficial de la reserva; que habíamos estado muy preocupados por su suerte, pero que volvió herido en 1916. En el último año de la guerra yo había tenido que trabajar, para no pasar hambre, como mozo de labranza en una granja bávara cerca de los Alpes. Además había vivido algo las luchas revolucionarias en Munich. Pero, por lo demás, había quedado al margen de la guerra propiamente dicha.

—Me gustaría que me hablase ampliamente de usted —dijo Bohr—, para conocer de paso la situación de su país, que todavía conozco poco. Lo mismo digo del Movimiento de la Juventud, del que me han hablado los físicos de Gotinga. Tiene que visitarnos alguna vez a Copenhague, o acaso venir incluso por una temporada, a fin de poder ocuparnos juntos física. Entonces le enseñaré también nuestro pequeño país y le narraré algo de su historia.

Cuando nos acercábamos a las primeras casas de la ciudad, el diálogo se orientó hacia los físicos y matemáticos de Gotinga: Max Born, James Franck, Richard Courant y David Hilbert, que yo acababa de conocer en aquellos días, y hablamos brevemente sobre la posibilidad de que pudiera cursar también una parte de mis estudios en Gotinga. De este modo, el futuro se me presentaba lleno de ilusiones y posibilidades nuevas, que yo me pintaba con luminosos colores, de vuelta a mi pensión, tras haber acompañado a Bohr a su casa.

 

Ya antes de recibir el premio Nobel en 1922, Bohr había conseguido fondos para la construcción de un instituto de física teórica en Copenhague. Por dicha institución pasaron muchos jóvenes físicos que ayudaron a levantar el edificio de la mecánica cuántica mientras trataban de explicar la estructura de los átomos (de allí saldría la famosa interpretación de Copenhague). Cabe, no obstante, mencionar que el nacimiento de la mecánica cuántica bebe de más fuentes, pero esa es otra historia bastante larga de contar.

Ecos de la Academia Olympia

Lo fundamental en la existencia de un hombre de mi especie estriba en qué piensa y cómo piensa, y no en lo que haga o sufra.

Albert Einstein, Notas autobiográficas.

olympia

El 12 de marzo de 1953 coincidieron dos ancianos en París, sus nombres eran Conrad Habicht y Maurice Solovine. A raíz de su encuentro, decidieron enviar una postal de Notre-Dame a su viejo amigo Albert. Las señas en francés indicaban: “Al Presidente de la Academia Oyimpia, Albert Einstein, Princeton, Nueva Jersey, U.S.A.” En el exiguo espacio de la postal escribieron el siguiente texto en alemán:

Al Muy Honorable, Eminente e Incomparable Presidente de nuestra Academia.

En su ausencia, a pesar de disponer de un lugar reservado, se ha celebrado en el día de hoy una sesión solemne y triste de nuestra mundialmente famosa Academia. El sillón reservado, que procuramos mantener siempre caliente, espera, sí, espera y espera su venida.

Habicht

Yo también,  antiguo miembro de la gloriosa Academia, tengo que hacer grandes esfuerzos para contener las lágrimas cuando veo el asiento que usted debería de haber ocupado. Solo me cabe enviarle mi más humilde, respetuoso y sincero saludo.

M. Solovine.

La postal llegó a buen puerto, Einstein contestó también en alemán el 3 de abril, empleando una fingida solemnidad que no ocultaba la nostalgia de un tiempo que hacía mucho que pasó. No en vano, entonces casi todo estaba aún por hacer, mientras que en el momento de responder a la misiva casi todo estaba ya hecho:

¡A la inmortal Academia Olympia!

En tu breve pero activa existencia, querida Academia, te has deleitado, con infantil alegría, en todo lo que era limpio e inteligente. Tus miembros te crearon para mofarse de otras Academias respetables. Tras largos años de cuidadosa observación he llegado a comprender lo justificado de su burla.

Tus tres miembros hemos mostrado, al menos,  nuestra longevidad. Aunque estemos algo decrépitos, seguiremos contando, en nuestro solitario peregrinar, con un rayo de tu radiante y vivificante esplendor. A diferencia de nosotros, no has envejecido ni te has convertido en una inmensa lechuga.

¡A ti nuestra fidelidad y devoción hasta tu último y erudito suspiro!

A.E., ahora solo miembro correspondiente.

No cabe duda que, pese a sus problemas de salud, no había perdido el sentido del humor.

Los tres se habían conocido en Berna en 1902 (Einstein contaba entonces veintitrés años) y se hicieron amigos íntimos. Formaron un grupo que se reunía para leer y discutir obras de ciencia y filosofía al que bautizaron como “Academia Olympia”. Todos ellos vivían al borde de la pobreza, por lo que sus cenas frecuentemente consistían en un par de huevos duros para cada uno. Allí discutieron las obras de Mach, Mill, Platón, Poincaré, Pearson, … Muchas de las ideas epistemológicas de Einstein pueden rastrearse hasta aquellas veladas.

Así nos describe ese periodo Banesh Hoffmann, uno de los asistentes de Einstein en Princeton:

En torno a la semana santa de 1902, una semana después de la llegada de la primavera, un rumano, Maurice Solovine, vio en un periódico de Berna un anuncio en que Albert Einstein ofrecía sus servicios como profesor particular de física por tres francos la hora. Solovine, estudiante de filosofía en la universidad de Berna, tenía intereses muy amplios. Se dirigió a la dirección indicada en el anuncio y explicó a Einstein que estaba defraudado de las abstracciones de la filosofía y que quería estudiar más a fondo una materia más sólida como la física. Aquello tocó una cuerda sensible de Einstein, que entabló una animada discusión. Dos horas más tarde, cuando Solovine tuvo que marcharse, Einstein le acompañó la calle, donde siguieron discutiendo por espacio de media hora. Al día siguiente celebraron su primera clase, pero  lo único que hicieron fue seguir con la discusión. Al tercer día Einstein dijo que esas discusiones eran mucho más interesantes que unas clases de física. A partir de entonces, se vieron periódicamente. Pronto se les unió Konrad Habicht, matemático amigo de Einstein. Así nació lo que aquellos tres hombres bautizaron cariñosamente con el nombre de "Academia Olympia".  Lo mismo que otras personas se reúnen  para en vez de jugar a las cartas, Einstein y sus amigos se veían para hablar de  filosofía y de física y, de vez en cuando de literatura o de cualquier otro tema que se les ocurriera, con pasión y muchas veces tumultuosamente. Einstein era quien llevaba la voz cantante. Las  reuniones solían celebrarse en su apartamento, comenzaban con una cena frugal y solían pasar luego a discutir hasta altas horas de la noche, provocando las protestas de los vecinos. Los amigos leían en común y examinaban juntos las grandes obras filosóficas y científicas que más habían influido en el desarrollo de las ideas de Einstein. Sin dejar de ser un hombre solitario, Einstein se encontraba allí en su propio elemento. La Academia Olympia era algo serio, pero sobre todo una fuente de distracción.

Solovine cuenta una anécdota de esos años que muestra la medida en que Einstein podía llegar a abstraerse en un problema de su interés:

En nuestros paseos por Berna pasamos por una tienda de delicatessen donde vimos, entre otros alimentos raros, un poco de caviar en el escaparate. Su precio en Rumania era aceptable, pero en Berna era demasiado caro para mí. Esto no me impidió ensalzar los méritos de caviar en presencia de Einstein. —¿Es realmente tan bueno?— se preguntó. —Usted simplemente no puede imaginar lo delicioso que es— le contesté. Un día de febrero, le dije a Habicht: —Vamos a planear una gran sorpresa para Einstein, vamos a servir un poco de caviar en su cumpleaños, que es el 14 de marzo. Siempre que Einstein comía un plato poco común, empezaba a describirlo efusivamente con términos elogiosos. Nos quedamos encantados con la idea de verle extasiado y usando las palabras más rebuscadas que le vinieran a la cabeza para expresar su satisfacción. Cuando llegó el 14 de marzo, nos dirigimos a su apartamento para cenar juntos. Hice como que me estaba poniendo mortadela y la guarnición habitual en la mesa, aunque realmente puse el caviar en nuestros tres platos, y empecé a hablar con Einstein. Esa noche , él dirigió la conversación hacia el principio de inercia de Galileo. Siempre se ocupaba de un problema, Einstein se evadía por completo de la realidad. Cuando nos sentamos a la mesa, Einstein tomaba bocado tras bocado de caviar sin decir nada al respecto, continuando su discusión sobre el principio de inercia. Habicht y yo nos miramos el uno al otro furtivamente con asombro y, cuando Einstein había comido en todo el caviar, exclamé: —Oiga, ¿sabe usted lo que ha estado comiendo? —Por amor de Dios — le dije—, era el famoso caviar. Y , después de un minuto de silencio sepulcral, él agregó: —No importa. Es inútil servir manjares exquisitos a los paletos; son incapaces de apreciarlos.

Pero todavía estábamos decididos a que disfrutara caviar. Unos días más tarde le llevaos una porción considerable de caviar y, para evitar que lo tratara con absoluta indiferencia, entonamos con la música del tercer movimiento de la octava sinfonía de Beethoven: —Ahora estamos comiendo caviar… ahora estamos comiendo caviar… Mientras lo comía, Einstein comentó: —Admito que es plato muy bueno, pero tienes que ser un epicúreo consumado como Solovine para armar tanto alboroto por ello.

Habicht dejó Berna en 1904 y Solovine hizo lo propio al año siguiente, por lo que la academia no duró mucho. Habicht ejerció como maestro en su ciudad natal, Schaffhausen, y Solovine se trasladó a Paris, donde trabajó como editor y escritor. También fue el traductor oficial de las obras de Einstein al francés.

Pese a su breve existencia, la Academia tuvo un efecto duradero en los tres amigos, que permanecieron en contacto aunque solo fuese por carta. Einstein reconoció muchas veces la importancia de ese periodo en el desarrollo de su pensamiento. Y ya entraba ese mágico 1905 en el que cambiaría para siempre los ojos con los que miramos al mundo. En la primavera de ese año escribía a Habicht: Desgraciado, ¿por qué no no me has enviado todavía tu tesis? ¿No sabes que sería el único que la iba a leer con interés y placer? A cambio, te prometo cuatro artículos… el primero… es muy revolucionario…

 

En la foto, de izquierda a derecha, Conrad Habicht, Maurice Solovine y Albert Einstein.

¿Qué es, en realidad, «pensar»?

Esta exposición habrá cumplido su propósito si muestra al lector cómo están entretejidos los esfuerzos de una vida y por qué han llevado a expectativas de determinada especie.

Albert Einstein

 

Notas autobiográficas

 

La frase anterior resume bien la intención de este librito, de esta necrología escrita a los sesenta y siete años que es, no sin una buena dosis de sarcasmo, como la definió el mismo Einstein. Una obra con aroma a pasado (como también lo es El fin de las certidumbres al que aludíamos hace un tiempo) que, junto a la privilegiada mirada del autor hacia la génesis y desarrollo de la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, contiene algo más. Ese algo es el largo fragmento que sigue este comentario y del que he preferido no prescindir de nada. De hecho, cada vez que me acercaba a esta entrada, su longitud crecía.

Reconozco que esta parte del libro casi pasó desapercibida cuando me acerqué a él por primera vez recién publicado en la edición que aparece en la foto. Entonces me interesaban más los aspectos que acabo de mencionar, pero ahora la perspectiva ha cambiado y habrá alguna otra entrada sobre este tema, por lo que no me extenderé más ahora. Pasémosle pues la palabra a Einstein:

Siendo todavía un joven bastante precoz adquirí ya viva conciencia de la futilidad de las ansias y esperanzas que atosigan sin tregua a la mayoría de los hombres por la vida. Desde muy pronto vi también la crueldad de este acoso, crueldad que por aquellos años se ocultaba mucho mejor que hoy bajo la hipocresía y las palabras deslumbrantes. La existencia del estómago condenaba a cada cual a participar en ese ejercicio; pero aunque esta participación podía colmar el estómago, no podía satisfacer al hombre como ser pensante y sentiente. Como primera salida estaba la religión, que la máquina educativa tradicional se encarga de implantar en cada niño. De esta suerte |y pese a ser yo hijo de padres (judos) absolutamente irreligiosos| llegué a una honda religiosidad, que sin embargo hallo abrupto n a la edad de doce años. A través de la lectura de libros de divulgación científica me convencí en seguida de que mucho de lo que contaban los relatos de la Biblia no podía ser verdad. La consecuencia fue un librepensamiento realmente fanático, unido a la impresión de que el Estado miente deliberadamente a la juventud; una impresión demoledora. De esta experiencia nació la desconfianza hacia cualquier clase de autoridad, una actitud escéptica hacia las convicciones que latían en el ambiente social de turno; postura que nunca volvió a abandonarme, si bien es cierto que mas tarde, al comprender mejor las conexiones causales, perdió su primitivo filo.

Veo claro que el así perdido paraíso religioso de la juventud fue un primer intento de liberarme de las ligaduras de lo «meramente personal», de una existencia dominada por deseos, esperanzas y sentimientos primitivos. Allá fuera estaba ese gran mundo que existe independientemente de los hombres y que se alza ante nosotros como un enigma grande y eterno, pero que es accesible, en parte al menos, a la inspección y al pensamiento. Su contemplación hacía señas de liberación, y no tardé en advertir que más de uno a quien yo había llegado a estimar y admirar había hallado libertad y seguridad interior a través de la devota dedicación a ella. La aprehensión mental de este mundo extrapersonal en el marco de las posibilidades que están a nuestro alcance flotaba en mi mente, mitad consciente, mitad inconscientemente, como meta suprema. Los amigos a no perder eran aquellos hombres, del presente o del pasado, que albergaban parecidas motivaciones, as como las ideas por ellos conquistadas. El camino hacia ese paraíso no era tan cómodo ni seductor como el del paraíso religioso; pero ha demostrado ser fiable, y jamás me he arrepentido de haberlo elegido.

Lo que acabo de decir sólo es verdad en cierto sentido, al igual que un dibujo compuesto por unos cuantos trazos tampoco puede reproducir sino en sentido limitado un objeto complejo, lleno de prolijos detalles. Cuando un individuo halla solaz en las ideas bien ensambladas, puede suceder que este lado de su naturaleza termine por sobresalir en detrimento de otras facetas, llegando a determinar en medida creciente su mentalidad. Puede muy bien ocurrir entonces que este individuo vea retrospectivamente una evolución sistemática y unitaria allí donde lo realmente vivido se desarrolló en un caleidoscopio de situaciones singulares, pues la variedad de las situaciones exteriores y la estrechez del contenido momentáneo de la conciencia conllevan una especie de atomización de la vida de cada persona. El punto de giro de la evolución, en un hombre de mi talante, consiste en que el foco de atención se despega paulatinamente y en gran medida de lo momentáneo y meramente personal y se centra en el ansia de captar conceptualmente las cosas. Las esquemáticas consideraciones anteriores, contempladas desde este punto de vista, encierran tanta verdad como permite semejante concisión.

¿Qué es, en realidad, «pensar»? Cuando, al recibir impresiones sensoriales, emergen imágenes de la memoria, no se trata aun de «pensamiento». Cuando esas imágenes forman secuencias, cada uno de cuyos eslabones evoca otro, sigue sin poderse hablar de «pensamiento». Pero cuando una determinada imagen reaparece en muchas de esas secuencias, se torna, precisamente en virtud de su recurrencia, en elemento ordenador de tales sucesiones, conectando secuencias que de suyo eran inconexas. Un elemento semejante se
convierte en herramienta, en concepto. Tengo para m que el paso de la asociación libre o del «soñar» al pensamiento se caracteriza por el papel mas o menos dominante que desempeñe ahí el «concepto». En rigor no es necesario que un concepto vaya unido a un signo sensorialmente perceptible y reproducible (palabra); pero si lo esta, entonces el pensamiento se torna comunicable.

¿Con qué derecho -se preguntara el lector- opera este hombre tan despreocupada y primitivamente con ideas en un terreno tan problemático, sin hacer el mínimo intento de probar nada? Mi defensa: todo nuestro pensamiento
es de esta especie, la de un juego libre con conceptos; la justificación del juego reside en el grado de comprensión que con su ayuda podemos adquirir sobre las experiencias de los sentidos. El concepto de «verdad» no es aplicable aun a semejante estructura; a mi entender, este concepto solo entra en consideración cuando existe general consenso (convention) acerca de los elementos y reglas del juego.

No me cabe duda de que el pensamiento se desarrolla en su mayor parte sin el uso de signos (palabras), y además inconscientemente en gran medida. Porque ¿como se explica, si no, que a veces nos «asombremos», de modo completamente espontaneo de alguna experiencia? Este «asombro» parece surgir cuando una vivencia entra en conflicto con un mundo de conceptos muy fijado ya dentro de nosotros. Cuando ese conflicto es vivido dura e intensamente, repercute decisivamente sobre nuestro mundo de ideas. La evolución de este mundo es, en cierto sentido, una huida constante del «asombro”.

Un asombro de esta índole lo experimenté de niño, a los cuatro o cinco años, cuando mi padre me enseñó una brújula. El que la aguja se comportara de manera tan determinada no cuadraba para nada con la clase de fenómenos que tenían cabida en el mundo inconsciente de los conceptos (acción ligada al «contacto»). Aun recuerdo -o creo recordar- que esta experiencia me causó una impresión honda e indeleble. Detrás de las cosas tena que haber algo profundamente oculto. Frente a aquello que el hombre tiene ante sus ojos desde pequeño no reacciona de esta manera, no se asombra de la cada de los cuerpos, ni del viento y la lluvia, ni tampoco de la Luna ni de que esta no caiga, ni de la diversidad de lo animado e inanimado.

A la edad de doce años experimenté un segundo asombro de naturaleza muy distinta: fue con un librito sobre geometría euclídea del plano, que cayo en mis manos al comienzo de un curso escolar. Había allí asertos, como la intersección de las tres alturas de un triángulo en un punto por ejemplo, que -aunque en modo alguno evidentes- podían probarse con tanta seguridad que parecían estar a salvo de toda duda. Esta claridad, esta certeza ejerció sobre m una impresión indescriptible. El que los axiomas hubiera que aceptarlos sin demostración no me inquietaba; para mí era más que suficiente con poder construir demostraciones sobre esos postulados cuya validez no se me antojaba dudosa. Recuerdo, por ejemplo, que el teorema de Pitágoras me lo enseñó uno de mis tíos, antes de que el sagrado librito de geometría cayera en mis manos. Tras arduos esfuerzos logré «probar» el teorema sobre la base de la semejanza de triángulos, pareciéndome «evidente» que las relaciones de los lados de un triángulo rectángulo tenían que venir completamente determinadas por uno de los ángulos agudos. Solamente aquello que no me parecía, en análogo sentido, «evidente», necesitaba para m de prueba. Y los objetos de los que trata la geometría tampoco se me antojaban de naturaleza distinta de la de los objetos de la percepción sensorial, «los que podían verse y tocarse». Esta concepción primitiva, sobre la que seguramente descansa también la famosa cuestión kantiana en torno a la posibilidad de «juicios sintéticos a priori”, se basa naturalmente en que la relación entre esos conceptos geométricos y los objetos de la experiencia (barra rígida, intervalo, etc.) estaba allí presente de modo inconsciente.

Si bien parecía que a través del pensamiento puro era posible lograr un conocimiento seguro sobre los objetos de la experiencia, el «milagro»  descansaba en un error. Mas, para quien lo vive por primera vez, no deja de ser bastante maravilloso que el hombre sea siquiera capaz de lograr, en el pensamiento puro, un grado de certidumbre y pureza como el que los griegos nos mostraron por primera vez en la geometría.

Ahora que me he dejado llevar a interrumpir esta necrología apenas iniciada, no me resisto a glosar aquí en un par de frases mi credo epistemológico, pese a que en lo que antecede ya se ha dicho, de pasada, algo al respecto. Este credo no se fraguó sino lentamente y mucho mas tarde, y no se corresponde con la postura que yo mantenía en años más jóvenes.

A un lado veo la totalidad de las experiencias sensoriales, al otro la totalidad de los conceptos y proposiciones que están recogidos en los libros. Las relaciones de los conceptos y proposiciones entre sí son de naturaleza lógica, y el quehacer del pensamiento lógico se limita estrictamente a establecer la conexión de conceptos y proposiciones entre sí según reglas fijas, sobre las cuales versa la lógica. Los conceptos y proposiciones solo cobran «sentido» o «contenido» a través de su relación con experiencias de los sentidos. El nexo entre estas y aquellos es puramente intuitivo, no es en s de naturaleza lógica. Lo que diferencia a la vacía especulación de la «verdad»  científica no es otra cosa que el grado de certeza con que se puede establecer esa relación o nexo intuitivo. El sistema de conceptos, junto con las reglas sintácticas que constituyen la estructura de los sistemas conceptuales, es una creación del hombre. Cierto que los sistemas conceptuales son en s completamente arbitrarios desde el punto de vista lógico, pero están subordinados a la finalidad de hacer viable una coordinación lo mas cierta (intuitiva) y completa posible con la totalidad de las experiencias sensoriales; en segundo lugar, aspiran a la máxima parsimonia con respecto a sus elementos lógicamente independientes (conceptos fundamentales y axiomas), es decir, conceptos no de nidos y proposiciones no derivadas.

Una proposición es correcta cuando, dentro de un sistema lógico, esta deducida
de acuerdo con las reglas lógicas aceptadas. Un sistema tiene contenido de verdad según con que grado de certeza y completitud quepa coordinarlo con la totalidad de la experiencia. Una proposición correcta obtiene su «verdad» del contenido de verdad del sistema a que pertenece.

Una observación acerca de la evolución histórica. Hume vio claramente que determinados conceptos, el de causalidad por ejemplo, no pueden derivarse del material de la experiencia mediante métodos lógicos. Kant, absolutamente persuadido de que ciertos conceptos son imprescindibles, teníalos   ̶ tal y como están elegidos ̶  por premisas necesarias de todo pensamiento, distinguiéndolos de los conceptos de origen empírico. Yo estoy convencido, sin embargo, de que esta distinción es errónea o, en cualquier caso, de que no aborda el problema con naturalidad. Todos los conceptos, incluso los más próximos a la experiencia, son, desde el punto de vista lógico, supuestos libres, exactamente igual que el concepto de causalidad, que fue inicialmente el punto de arranque de esta cuestión.

The Light

De todo lo que antecede, parece razonablemente cierto que si existe algún movimiento relativo entre la tierra y el éter luminífero, debe ser pequeño: suficientemente pequeño para refutar por completo la explicación de Fresnel de la aberración(1).

 

 

Philip Glass compuso esta pieza para conmemorar el centenario del experimento de Michelson y Morley.

En 1887 Albert A. Michelson y Edward W. Morley realizaron un experimento que hoy consideramos clásico. Dicho experimento se concibió para detectar el “viento del éter” (ese espíritu sutilísimo que diría Newton) predicho por la teoría física de la época. El resultado del experimento fue negativo, es decir, no se encontró evidencia alguna del fenómeno buscado.

 

Interferómetro

 

Con el paso del tiempo este trabajo a pasado a ser una cita más en los libros de la especialidad, pero en su día despertó sentimientos encontrados. Unos se sintieron desconsolados con un resultado que derribaba un edificio construido con paciencia a lo largo de varios siglos. Otros no le dieron importancia alegando demasiadas fuentes de error en su realización. Y, por último, estaban los que, sobre todo en Europa, nunca habían escuchado nada al respecto pues este experimento empezó a forjar su fama a raíz del revuelo que provocó la teoría especial de la relatividad. El propio Einstein realizó declaraciones contradictorias sobre la influencia que los experimentos de Michelson tuvieron en la génesis de la relatividad especial, y que oscilan entre no hay duda de que el experimento de Michelson influyó considerablemente en mi trabajo y el experimento de Michelson-Morley tuvo efectos insignificantes en el descubrimiento de la relatividad(2).

Queda para mejor ocasión sopesar si este experimento fue tan impactante para el desarrollo de la ciencia o si su papel es semejante al de la manzana de Newton o los pesos lanzados por Galileo desde la torre inclinada de Pisa.

 

(1) Albert A. Michelson y Edward W. Morley, On the relative Motion of the Earth and the Luminiferous Ether, American Journal of Science, 3ª serie, vol. 34 (1987).

(2) Citados por Gerald Holton en su ensayo Einstein, Michelson y el experimento “crucial”.

¿Una nueva racionalidad?

El mundo tiene hoy serios problemas para cuya solución necesita cada vez de más ciencia. Pero también de saber aplicarla con una mayor madurez, que sólo podrá alcanzar saliendo de sí misma, en una apertura decidida hacia otros ámbitos, en particular el mundo del arte y del pensamiento humanista(1).

 

Ilya_Prigogine

 

Según Karl Popper el sentido común tiende a afirmar «que todo acontecimiento es causado por un acontecimiento, de suerte que todo acontecimiento podría ser predicho o explicado… Por otra parte, el sentido común atribuye a las personas sanas y adultas la capacidad de elegir libremente entre varios caminos distintos de acción…». En el pensamiento occidental esta tensión al interior del sentido común se traduce en un problema mayor, que William James denominó «dilema del determinismo». Dilema en el que se juega nuestra relación con el mundo, y particularmente con el tiempo. ¿El futuro está dado o en perpetua construcción? ¿Acaso la creencia en nuestra libertad es una ilusión? ¿Es una verdad que nos separa del mundo? ¿Es nuestra manera de participar en la verdad del mundo? La cuestión del tiempo se sitúa en la encrucijada del problema de la existencia y el conocimiento. El tiempo es la dimensión fundamental de nuestra existencia, pero también se inserta en el centro de la física, ya que la incorporación del tiempo en el esquema conceptual de la física galileana fue el punto de partida de la ciencia occidental.

[…]

La cuestión del tiempo y el determinismo no se limita a las ciencias: está en el centro del pensamiento occidental desde el origen de lo que denominamos racionalidad y que situamos en la época presocrática. ¿Cómo concebir la creatividad humana o cómo pensar la ética en un mundo determinista? La interrogante traduce una tensión profunda en el seno de nuestra tradición, la que a la vez pretende promover un saber objetivo y afirmar el ideal humanista de responsabilidad y libertad. Democracia y ciencia moderna son ambas heredadas de la misma historia, pero esa historia llevaría a una contradicción si las ciencias hicieran triunfar una concepción determinista de la naturaleza cuando la democracia encarna el ideal de sociedad libre. Considerarnos extraños a la naturaleza involucra un dualismo ajeno a la aventura de las ciencias y a la pasión de inteligibilidad propia del mundo occidental. Según Richard Tarnas, esa pasión es «reencontrar la unidad con las raíces del propio ser». Hoy creemos estar en un punto crucial de esa aventura, en el punto de partida de una nueva racionalidad que ya no identifica ciencia y certidumbre, probabilidad e ignorancia.

 

Este fragmento está extraído del libro El fin de las certidumbres, de Ilya Prigogine, el último que leí de él (si no contamos relecturas) y que se ha colado aquí casi por casualidad. Tenía otras intenciones en la cabeza cuando mis pensamientos y mis recuerdos me llevaron aquí. Es un libro que habla del pasado, porque el que lo escribe ya se considera parte de él, cree que su aportación a la ciencia ha concluido y es hora de pasarle el testigo a otros. Un libro más sobre el tiempo director de todo, en el que el autor se vuelve elemento partícipe de esa flecha temporal por la que tanto luchó y que tal vez sea tan solo una ilusión, pero la ilusión más transcendental de este mundo.

Cuando estas ideas vienen a mi cabeza aparece siempre la imagen de esta estatua:

 

monuci1

 

Un libro lleva a otro libro, como un pensamiento apunta a otro o una canción conduce a otra; y nunca sabemos a ciencia cierta a qué puerto arribaremos.

Prigogine ya no está de moda, como tampoco lo están buena parte de las teorías que defiende en sus libros. Aún así, hay mucho que aprender de ellos. Allí está,  por ejemplo, la mejor introducción a la obra de Boltzmann que he leído. Reconozco que tengo una deuda personal con sus libros y sus ideas, llegaron en un momento muy oportuno, se quedaron aquí y me descubrieron una forma de acercarse al mundo que no podía imaginarme.

Uno de los aspectos que más se le critica es su tendencia filosofar, según algunos, por encima de lo que debiera hacerlo un científico. Opino no obstante que filosofar nunca está de más, siempre que se haga en su lugar y sin perder la perspectiva. Cada porción del saber humano tiene su espacio propio, pero es probable que deba compartirlo con los demás para que todas evolucionen adecuadamente, no se trata de invadir territorios, sino de establecer una colaboración, una sinergia entre todas. Una alianza de conocimientos,  como la que tantas veces buscó y pregonó este autor.

Sin olvidar las aportaciones que lo llevaron a merecer el Premio Nobel de Química en 1977, sobre todo el concepto de estructura disipativa, tal vez este sea su principal legado.

 

(1) Del prólogo a La nueva alianza.

En medio de la tormenta

El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas.

Willian George Ward

 

barcos en la tormenta

 

Probablemente haga menos uso de lo que debiera de esta sección que bauticé como Palabras prestadas aunque la mayoría de las veces las tome simplemente. Me encuentro artículos que me resultan interesantes y apropiados, pero luego el tiempo hace que no pasen por aquí. Tampoco tiene demasiado sentido que sea así, pues los temas que por discurren por este sitio son bastante inmunes al transcurrir del tiempo. Intentaré remediar estos olvidos y para empezar lo haré por partida doble.

Hoy traigo una breve entrada del blog del psicólogo Carlos Díaz titulada No te rindas… en la que expone a grandes rasgos como considera que hay que afrontar en la vida las adversidades, intentando extraer enseñanzas por el camino de nuestras derrotas. Frente a lo que algunos pretenden transmitir, nuestros objetivos no se alcanzan solo porque se haga el esfuerzo adecuado y tampoco el Universo conspirará para que nuestros sueños se hagan realidad. Lo más normal será que vivamos inmersos en tragedias en primera, segunda y tercera persona.

Cuando los obstáculos se vuelven insuperables la única estrategia que nos queda es la aceptación. Creo firmemente que tenemos mucho que aprender del modo en que los estoicos entendían la existencia y, aunque no soy precisamente optimista, me voy acostumbrando a ajustar con mejor o peor acierto las velas cuando arrecia la tormenta; más que por un motivo concreto, por si las moscas, porque nunca sabemos si pese a todo los vientos terminarán por llevarnos un buen día a Ítaca y tenemos que estar preparados para desembarcar.

Este blog va cambiando de rumbo, las corrientes me llevan a surcar mares más antiguos, pero aún quedan episodios inconclusos de estos últimos años que intentaré rematar; no me gusta dejar nada a medias y pienso que al final aprendemos que el destino que perseguimos es el mismo, aunque el camino que sigamos sea otro distinto al que imaginamos en un principio. Simple y llanamente, porque somos como somos y no de otra manera. Elegimos el puerto pero el viaje, nuestra vida, depende de demasiados factores.

Tal vez cuando alcancemos la perspectiva que dan los años descubramos un imaginado sentido articulándolo todo.

Para terminar, compartiré también con vosotros un bonito texto titulado Yo iba a ser princesa que creo encaja bien aquí, está escrito por la periodista Mercè Roura, una de mis debilidades de la blogsfera. Espero que os guste.