El último encuentro con Albert Einstein

Si la armonía de la sociedad, detrás de la multiplicidad de los fenómenos, depende de la común integración en la Unidad, entonces el lenguaje de los poetas podría ser más importante que el de los científicos.

Werner Heisenberg

 

Heissenberg

 

Después de la guerra sólo volví a verle una vez, pocos meses antes de su muerte. En otoño de 1954 di un ciclo de conferencias en los Estados Unidos y Einstein me rogó visitarle en su casa de Princeton, Vivía a la sazón en una modesta y simpática vivienda unifamiliar, con su pequeño jardín, al borde del campus de la universidad Princeton, y los imponentes árboles y bellas praderas del campus radiaban aquel día de mi visita con el rojo y amarillo luminoso de los últimos días de octubre. Previamente me advirtieron abreviar al máximo la visita: Einstein padecía una afección cardíaca y tenía que cuidarse. Mas él no permitió tal cosa, con lo cual pasé allí casi toda la tarde. Sobre política no se habló. Todo el interés de Einstein giraba en torno a la interpretación de la teoría cuántica, que seguía inquietándole como 25 años antes en Bruselas. Para atraer su interés hacia mi concepción le conté un poco sobre mis intentos de llegar a una teoría de campo unificada, a la que él había dedicado también el trabajo de muchos años. Sólo que yo no creía, a diferencia de él, que cupiera concebir la teoría cuántica como una consecuencia de la teoría de campo: mi opinión era que una teoría de campo unificada de la materia —y por tanto de las partículas elementales— sólo se podía construir sobre los cimientos de la teoría cuántica. Es decir, que ésta, con sus extrañas paradojas, era el verdadero fundamento de la física moderna. Tan fundamental papel no estaba Einstein dispuesto a concederle a una teoría estadística. Admitía que, teniendo en cuenta los conocimientos del momento, era el mejor resumen de los fenómenos atómicos, pero no estaba dispuesto a aceptarla como formulación definitiva de estas leyes de la naturaleza. La frase «Pero no va a creer Ud. que Dios juega a los dados» la profería una y otra vez casi como un reproche. Las diferencias entre las dos concepciones yacían en realidad más hondo. En la física anterior, Einstein podía arrancar siempre de la imagen de un mundo objetivo que se desenvuelve en el espacio y en el tiempo y que nosotros, en cuanto físicos, sólo observamos desde afuera, por así decirlo. Las leyes de la naturaleza determinan su decurso. En la teoría cuántica ya no era posible esa idealización. Las leyes de la naturaleza versaban aquí sobre la modificación temporal de lo posible y de lo probable. Pero las decisiones que conducen de lo posible a lo fáctico sólo cabe registrarlas estadísticamente, no predecirlas. Lo cual es, en el fondo, como quitarle el suelo de debajo de los pies a la representación de la realidad de la física clásica. A una modificación tan radical no se podía acostumbrar Einstein. En los 25 años que habían transcurrido desde los congresos Solvay en Bruselas no habían convergido para nada los dos puntos de vista, y al despedirnos pensábamos en el futuro desarrollo de la física con expectativas muy distintas. Pero Einstein estaba dispuesto a aceptar la situación sin ningún asomo de amargura. Sabía las modificaciones tan ingentes que había introducido él en la ciencia a lo largo de su vida, y sabía también lo difícil que es —en ciencia como en la vida— acostumbrarse a cambios tan grandes.

 

Extraído de Encuentros y conversaciones con Einstein y otros ensayos, de Werner Heisenberg.

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7 pensamientos en “El último encuentro con Albert Einstein

  1. Desde del principio de Alquímedes, el Principio de incertidumbre ha sido el que mas me ha emocionado y me sigue emocionando, lo utilizo para toda clase de argumentos. Y es el segundo porque lo aprendí después. Y por supuesto no entiendo por qué los seres humanos tienen tantas reticencias a los grandes cambios, sin darse cuenta que ellos comienzan por los pequeños.
    Es mi disparatada, relativa y subjetiva opinión.
    MIl gracias por todo. Bienvenido de nuevo

    • Tenemos reticencia al cambio porque somos, em buena medida, inercia.
      La edición que tengo del libro es de 1980. Debí comprarlo ese año o a lo más tardar el siguiente. Tiene pates subrayadas, más técnicas que la copié aquí, pero por alguna razón este párrafo es el que mejor recuerdo.

  2. Porque es precioso, no recuerdo la parte técnica, pero recuerdo muy bien haber leido este párrafo en algún lado, por ello me ha llamado la atención.
    Y como he de irme, otro día explicaré por qué discrepo de Heisenberg en cuanto a la importancia del lenguaje, a pesar de la relatividad de Eistein y el principio de incertidumbre de él mismo.
    Cosas de anciana……….

  3. Me parece que la física cuántica seguirá dándonos sorpresas por mucho tiempo. De vez en cuando siguen saliendo noticias de nuevos hallazgos y demostraciones de prediciones que no puede dejar de sorprendernos… De lo último que he oído en la tele es la demostración de los sistemas de partículas “entrelazadas” sin importar la distancia a la que se encuentren o de que un cambio presente pueda producir una modificaciones en una partícula que ya no existe, la teleportación cuántica, la computación cuántica, etc. Pero lo que me parece una de las cuestiones más revolucionarias es el principio cuántico de que el observador incide o influye en lo observado. Creo que este principio habré un campo de consecuencias aún insospechadas sobre el tipo y grado de influencia de la mente sobre el cuerpo e incluso sobre lo que consideramos actualmente el mundo físico externo…
    Saludos Gonzalo.
    Luis Muriel

  4. Precisamente eso que te parece más revolucionario lo fue en su día y montó mucho revuelo. Es una de las señas de identidad de la teoría. La cuántica es el paradigma vigente y parece que seguirá así bastante tiempo, así que todavía dará mucho jugo.

    Un placer reencontrarte por aquí Luis.

    • Conocía desde hace tiempo ese planteamiento de la cuántica. Pero me parece que lo que se está planteando ahora es que ese principio cuántico de la influencia del observador sobre lo observado es aplicable no sólo a nivel de las partículas sino al nivel de nuestra experiencia cotidiana. Es decir: nuestra actitud mental , nuestra forma de percibir, influye decisivamente y realmente sobre lo que percibimos: sobre nuestro cuerpo y nuestro mundo físico inmediato y por ende, en base a la teoría del caos, sobre el conjunto de fenómenos del universo.
      Gracias Gonzalo

  5. Lo mismo me equivoco, pero creo que eso que mencionas no son más que metáforas (por llamarlo de alguna forma) que emplean ciertas líneas de pensamiento que quedan lejos de lo que es la ciencia.

    A la teoría del caos le tocará pronto por aquí y quizás empiece a tomar un papel relevante.

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