Donde habitan los olvidos…

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos.

Rayuela, capítulo 21. Julio Cortázar.

La rima LXVI de Gustavo Adolfo Bécquer dice así:

¿De dónde vengo?… El más horrible y áspero
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.
¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas;
en donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.

De dónde venimos y a dónde vamos. La existencia después de la vida, su fin o su prórroga. Un tema interesante. Hay veces es que la vida parece acabar pero no lo hace y lo que queda entonces no se sabe bien si aún es vida o es otra cosa, un mero sucedáneo a la existencia.

El penúltimo verso da título a un poemario de Luis Cernuda en el que nos muestra, una vez más, que el lenguaje llano no está reñido con la profundidad del pensamiento. Catorce poemas llenos de sentimiento.

Aquí viene el primero de ellos. Ausencia total de métrica y rima. Poesía libre en estado puro, la menos libre de todas, si está bien hecha que diría Goytisolo. Y, de nuevo, la misma idea y de paso otras cuantas más. Romanticismo y surrealismo se funden magistralmente en estos versos.

Donde habita el olvido (1934)

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora;
donde yo solo sea
memoria de una piedra sepultada entre ortigas
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
no esconda como acero
en mi pecho su ala,
sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
sometiendo a otra vida su vida,
sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
disuelto en niebla, ausencia,
ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
donde habite el olvido.

Recuerdo. sueño y olvido aparecen una y otra vez en la obra del poeta, sevillano como también lo fue Bécquer. Octavio Paz explicó muy bien lo que representa su poesía: es un camino hacia nosotros mismos. En esto radica su valor moral.

Los versos parece que expresasen uno de esos momentos de lucidez en los que se alcanza a ver lo que el destino deparará. Una tierra lejana y la desilusión y la incomprensión como única compañía.

Muy posterior, pero con el mismo título, es este precioso tema de Joaquín Sabina, tal vez en guiño a los anteriores. La frialdad y el vacío que, llegado un punto, quedan.

Donde habita el olvido (1999)

Cuando se despertó,
no recordaba nada
de la noche anterior,
“demasiadas cervezas”,
dijo, al ver mi cabeza,
al lado de la suya, en la almohada…
y la besé otra vez,
pero ya no era ayer,
sino mañana.
Y un insolente sol,
como un ladrón, entró
por la ventana.
El día que llegó
tenía ojeras malvas
y barro en el tacón,
desnudos, pero extraños,
nos vio, roto el engaño
de la noche, la cruda luz del alba.
Era la hora de huir
y se fue, sin decir:
“llámame un día”.
Desde el balcón, la vi
perderse, en el trajín
de la Gran Vía.
Y la vida siguió,
como siguen las cosas que no
tienen mucho sentido,
una vez me contó,
un amigo común, que la vio
donde habita el olvido.
La pupila archivó
un semáforo rojo,
una mochila, un Peugeot
y aquellos ojos
miopes
y la sangre al galope
por mis venas
y una nube de arena
dentro del corazón
y esta racha de amor
sin apetito.
Los besos que perdí,
por no saber decir:
“te necesito”.
Y la vida siguió,
como siguen las cosas que no
tienen mucho sentido,
una vez me contó,
un amigo común, que la vio
donde habita el olvido.

Para Zulema Katz y Paco Urondo, que habitan en la memoria.

Letra: Joaquín Sabina y Pancho Varona.

Música: Joaquín Sabina, Antonio García de Diego y Pancho Varona.

Disco: 19 días y 500 noches (1999).

Hay vivencias que nunca caen en el pozo del olvido, intentemos o no mandarlas allí. Forman parte de esa realidad que nos golpea en el momento menos esperado.

Acaso  seamos nosotros los que imperceptiblemente hemos ido a habitar en el olvido, refugiándonos en un mundo construido a base de recuerdos. En lo que fue o también en lo que pudo haber sido y nunca fue.

Cortázar se rebela contra esto:

Me apasiona el hoy pero siempre desde el ayer (¿me hapasiona, dije?), y es así como a mi edad el pasado se vuelve presente y el presente es un extraño y  confuso futuro donde chicos con tricotas y muchachas de pelo suelto beben sus cafés créme y se acarician con una lenta gracia de gatos o de plantas.

Hay que luchar contra eso.

Hay que reinstalarse en el presente.

En origen solo pensaba poner en esta entrada los versos de Cernuda. Al final se ha convertido en una muestra de cómo las mismas ideas reaparecen una y otra vez, persistiendo en el tiempo.

Y, también, en un ejemplo más de las respuestas que siempre pueden encontrarse en un buen libro, pero –como de nuevo advierte Cortázar- sin abusar: Es triste llegar a un momento de la vida en que es más fácil abrir un libro en la página 96 y dialogar con su autor, de café a tumba, de aburrido a suicida…

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