Psicomagia (Alejandro Jodorowsky)

Psicomagia

Viendo operar a estos terapeutas populares, que a menudo hacen pasar por milagros trucos dignos de un gran prestidigitador, concebí la noción de «trampa sagrada». Para que lo extraordinario ocurra es necesario que el enfermo, admitiendo la existencia del milagro, crea firmemente que se puede curar. Para tener éxito, el brujo, en los primeros encuentros, se ve obligado a emplear trucos que convencen a aquél de que la realidad material obedece al espíritu. Una vez que la trampa sagrada embauca al consultante, éste experimenta una transformación interior que le permite captar el mundo desde la intuición más que desde la razón. Sólo entonces el verdadero milagro puede acontecer.

Pero, me pregunté en aquella época, si se elimina la tram­pa sagrada, ¿se puede con esta terapia artística sanar a perso­nas sin fe? Por otra parte, aunque la mente racional guíe al in­dividuo, ¿podemos decir que alguien carece de fe? En todo momento el inconsciente sobrepasa los límites de nuestra ra­zón, ya sea por medio de sueños o de actos fallidos. Si es así, ¿no hay una manera de hacer actuar al inconsciente, como un aliado, de forma voluntaria? Cierto incidente que ocurrió en uno de mis cursos de psicogenealogía me indicó el camino: en el momento en que yo describía las causas de la neurosis de fracaso, un alumno, médico cirujano, cayó al suelo retorcién­dose con espasmos de dolor. Parecía un ataque de epilepsia. En medio del pánico general, sin que nadie supiese cómo ayu­darlo, me acerqué al afectado y sin saber por qué le quité, con bastante trabajo, del dedo anular de su mano izquierda el anillo de casado. Inmediatamente se calmó. Me di cuenta de que para el inconsciente los objetos que nos acompañan y rodean forman parte de su lenguaje. Así como poniéndole un anillo a una persona se la podía encadenar, quitándole ese anillo se la podía aliviar… Otra experiencia me resultó muy reveladora: mi hijo Adán, con seis meses de edad, padecía una fuerte bron­quitis. Un médico amigo, fitoterapeuta, le había recetado unas gotas de aceite esencial de plantas. Mi ex mujer Valeria, madre de Adán, debía verterle en la boca treinta gotas tres veces al día. Pronto se quejó de que el niño no mejoraba. Le dije: «Lo que pasa es que tú no crees en el remedio. ¿En qué religión fuiste educada?». «¡Como toda mexicana, en la católica!» «En­tonces vamos a agregar fe a esas gotas. Cada vez que se las des, reza un padrenuestro.» Valeria así lo hizo. Adán mejoró rápi­damente.

Comencé entonces, con gran prudencia en mis lecturas de Tarot, cuando el consultante se preguntaba cómo solucionar un problema, a recetar actos de lo que llamé «psicomagia». ¿Por qué no «magia»?

Para que su primitiva terapia funcione, el curandero, apo­yándose en el espíritu supersticioso del paciente, debe mante­ner un misterio, presentarse como propietario de poderes extrahumanos, obtenidos por una secreta iniciación, contando para curar con aliados divinos e infernales. Los remedios que da deben ingerirse sin conocer su composición y los actos re­comendados deben realizarse sin tratar de saber el porqué. En la Psicomagia, en lugar de una creencia supersticiosa se nece­sita la comprensión del consultante. Él debe saber el porqué de cada una de sus acciones. El psicomago, de curandero pasa a ser consejero: gracias a sus recetas el paciente se convierte en su propio sanador.

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