Meditaciones, Libro IV (Marco Aurelio)

Meditaciones

 

Sé igual al promontorio donde sin cesar se quiebran las olas. Él permanece inconmovible, y a su alrededor se adormece la furia burbujeante del agua. «Desgraciado de mí, porque me ha pasado esto.» Nada de eso, sino: «Afortunado yo, porque a pesar de pasarme esto continúo sin pesar, ni quebrantado por el presente ni atemorizado por el porvenir.» Porque esto igual podía pasarle a cualquiera, pero no todos seguirían adelante después de esto sin pesadumbre. ¿Por qué ha de ser aquello más desgracia que esto fortuna? ¿Llamas, en fin de cuentas una desgracia del  hombre lo que no es un fallo de la naturaleza del hombre? ¿Te parece a ti que es un fallo de la naturaleza humana lo que no va en contra del deseo de su  naturaleza? ¿Por qué? Has aprendido su deseo. ¿Acaso este deseo te impide ser justo, magnánimo, moderado, prudente, libre de juicios repentinos, leal, reservado, libre, y lo demás, que si está presente, la naturaleza del hombre posee lo que le es propio? Acuérdate además en ocasión de todo lo que te lleve a la tristeza, de echar mano de este principio: que no es esto mala suerte, sino llevarlo con clase es buena fortuna.

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