Los límites de la empatía

 

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La empatía, la capacidad de entender a los otros, de ponerse en su lugar, son temas recurrentes en este blog. Sabemos que no podemos entender los demás si no adoptamos su mismo punto de referencia. Pero, ¿Hasta qué punto es esto posible? ¿Tiene límites esta capacidad?

Yo diría que los límites existen, pero quizás puedan superarse en muchos casos. Imaginemos a un antropólogo que se enfrenta a una cultura primitiva, a una manera de ver el mundo muy diferente a la suya. Para entenderla, cuenta con su experiencia, con su bagaje cultural, con su capacidad de observación y con los testimonios que obtiene de los nativos. ¿Es esto suficiente? Me temo que no, difícilmente podremos sentir en el otro lo que no hemos sentido previamente en nosotros mismos. No podremos sentir un profundo dolor si nunca lo hemos experimentado ni, de forma análoga, tampoco podremos sentir el amor en otro si no sabemos en qué consiste.

Renato Rosaldo, acuño el concepto de sujeto posicionado, para aludir a un punto de vista privilegiado para entender lo que nos rodea. No le resultó fácil entender esto, tuvo que perder a su hija para comprender la rabia ritualizada que destila el luto de los ilongotes y desarrollar así esta idea. Afortunadamente, no siempre se precisa experimentar tragedias para entender a los demás. Los humanos somos seres culturales, estamos inmersos en una cultura que marca nuestra existencia. Para entender a los demás, debemos conocer de dónde vienen y a dónde van.

¿Basta conocer una cultura para que se abra nuestra mente? Se trata de una condición necesaria, pero no suficiente.  Este verano, tuve la suerte de asistir a una conferencia de Honorio Velasco. En ella nos recordaba como Jomo Kenyatta (que fue primer presidente de Kenia y discípulo del gran Malinowski), enarboló la circuncisión femenina como seña de identidad de su pueblo. Quizás sea este unos de los fracasos de la inteligencia a los que alude José Antonio Marina.

Dicho esto, no puedo resistirme a citar a Malinowski: “Cuando leamos el relato de estas costumbres remotas, quizás brote en nosotros un sentimiento de solidaridad con los empeños y ambiciones de estos indígenas. Quizá comprenderemos mejor la mentalidad humana y eso nos arrastre por caminos antes nunca hollados. Quizá la comprensión de la naturaleza humana, bajo una forma lejana y extraña, nos permita aclarar nuestra propia naturaleza. En este caso, y solamente en éste, tendremos la legítima convicción de que ha valido la pena comprender a estos indígenas, a sus instituciones y sus costumbres”.

Pero hay aún un premio mayor en el esfuerzo que nos plantea el autor de la cita: comprender a los demás nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos, usando sus palabras, a “aclarar nuestra propia naturaleza”. El mensaje resulta a todas luces aleccionador: para cumplir con la máxima socrática no basta con sumergirnos en nuestra mente, también debemos hacerlo en la de los demás. No podemos aspirar a desarrollar una conciencia universal sin lograr antes el entendimiento de los pueblos, de las culturas. Tal vez merezca la pena que todos seamos, en cierto sentido, antropólogos.

 

Esta fue la última entrada publicada en el Space, el once de octubre. Lo que venga a partir de ahora pertenecerá ya a este blog.

Un pensamiento en “Los límites de la empatía

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