Coherencia (II)

En la primera entrada de esta serie, hacíamos un esbozo de cómo somos capaces de extraer la esencia de un discurso. Este asunto tiene implicaciones más allá de la explicación del funcionamiento humano, pues permite elaborar programas que faciliten la adquisición de estas capacidades. Se puede instruir a los sujetos de forma sistemática en habilidades tales como elaborar un título de un texto, identificar las relaciones dominantes en su contenido y hacer un resumen del contenido (es decir, hacer explícita su macroestructura). Esto es una muestra más de como el conocimiento nos ayuda a construir mejores personas, pero este tema lo dejaremos para otro día, hoy seguiremos reflexionando sobre las bases de la comunicación.

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Evidentemente, si la coherencia es importante en un texto escrito o en un discurso, lo es más en una conversación, que es la forma más genuina de actividad lingüística humana. Podemos definir la comunicación como la producción e intercambio de series coordinadas de emisiones lingüísticas, por uno o varios interlocutores, en una situación comunicativa dada. En línea con este supuesto, se interpreta que la producción del lenguaje es una actividad que presupone en el hablante la existencia de una intención de comunicar algo a alguien. A esto lo llamó John Langshaw Austin componente o fuerza elocutiva de una emisión.

Paul Grice, ha elevado el carácter cooperativo de los discursos a la categoría de principio regulador de las estrategias de hablantes y oyentes en sus intercambios conversacionales y lo ha interpretado como un elemento potencialmente explicativo de la actividad lingüística.

Otro punto importante en esta actividad es la noción de conocimiento común, es decir, la idea de que hablantes y oyentes comparten ciertas informaciones y creencias acerca de la naturaleza de las contribuciones comunicativas y las condiciones en que éstas pueden ser aceptables para sus interlocutores actuales. Este conocimiento común o compartido, procede de varias fuentes: la co-presencia física de los participantes en la situación comunicativa; la co-presencia lingüística, y el hecho de que hablante y oyente pueden ser identificados como miembros de una comunidad o grupo social concretos, cuyo conocimiento posibilita la realización de ciertas inferencias sobre lo que en realidad conocen.

Los discursos o las contribuciones a la conversación no son del todo aceptables o inaceptables en el mismo sentido en que una oración lo es o no gramaticalmente: más bien, son apropiados o eficaces en un contexto concreto y para unos interlocutores concretos, porque van a ser éstos y no un sistema de principios constitutivos internos al lenguaje, los que van a permitir establecer en qué condiciones puede una intención comunicativa reconocerse y por tanto realizarse.

Dicho esto, ya estamos en condiciones de abordar la coherencia de las conversaciones pero, puesto que me estoy alargando más de la cuenta, seguiremos en la próxima entrada de la serie.

Ilustración: Mefu’s Blog

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