Una anécdota de Gordon Allport

En ocasiones echo un vistazo a las estadísticas de visitas de este sitio, me llama la atención que, salvo cuando coloco una nueva entrada, hay una que siempre destaca del resto: un fragmento de un libro de Gordon Allport. Con objeto de premiar a aquellos que hacen que este sitio siga teniendo algunas visitas, contaré una anécdota que, como explica George Boeree, aparece en todas las narraciones sobre su vida.

Allport

Allport contaba con veintidós años cuando viajó a Viena para conocer al gran Sigmund Freud. Al llegar al despacho de Freud, éste se limitó a acomodarse en un sillón esperando a que su visitante comenzara a hablar. Pasado un rato, Allport no pudo soportar más el silencio y decidió, para romper el hielo, comentarle una observación que hizo por el camino: Había visto a un niño pequeño en el autobús, estaba muy enfadado porque no se había sentado donde previamente lo había hecho una señora mayor. La opinión de Allport era que esta actitud la había aprendido de alguna forma de su madre, una mujer elegante que parecía tener un carácter dominante. Freud, en vez de tomar el comentario como una simple observación, lo tomó como una expresión de un proceso más profundo, inconsciente, en la mente de su invitado y le dijo: “¿y ese niño eras tú?”.

Boeree explica como esta experiencia hizo que Allport se diese cuenta de que la psicología profunda (el psicoanálisis) profundizaba en demasía; de la misma forma en que antes se había convencido de que el conductismo se quedaba sólo en la superficie.

Esta entrada no pretende ser una crítica al psicoanálisis. Como admirador de Paul Feyerabend  que soy, no me considero capaz de menospreciar ningún saber. El psicoanálisis ha avanzado mucho desde Freud y no está de más tenerlo en cuenta pese a que el positivismo lo haya condenado como hereje.

En principio pensé terminar aquí esta entrada, pero luego comenzaron las ideas a merodear por mi cabeza y, para aprovechar la introducción y no perder demasiado el norte que tenemos marcado, reflexionaré por un momento sobre algunos comportamientos que me recuerdan al psicoanálisis.

Alguna que otra vez me he encontrado con personas que de pronto se bloquean en mitad de una conversación, que pierden, por decirlo de alguna manera, la conexión que mantenían conmigo y que, en el mejor de los casos, cambia radicalmente de tema sin razón aparente. Yo suelo decir que pierden su brillo.

Pondré un ejemplo que me viene a la memoria y que tiene más de dos décadas: Estaba con unos compañeros de la residencia universitaria charlando una tarde y uno de ellos preguntó ¿Podíamos…? y, acto seguido, se respondió a sí mismo: No, no podemos. Nos pidió que lo dejáramos solo y nunca conseguimos saber qué ocurrió.

Reconozco que estos comportamientos me desarmaron durante mucho tiempo. Llegado este punto, sólo me quedaba pensar que yo había hecho algo mal, que no había sabido manejar esa situación. Hubo un tiempo en que pensaba que, si algo fallaba, era por mi incapacidad para manejar la situación (afortunadamente, los tiempos en los que intentaba controlarlo todo pasaron). A fuerza de que se repitiera este fenómeno en distintos entornos y con diferentes personas, terminé por pensar que probablemente hubiera algo más allá de mi torpeza social en el asunto. Ahora creo, no sé si con acierto, que en el fondo de las mentes de estas personas debe hallarse uno de esos traumas escondidos que el psicoanálisis intenta sacar a la luz.

Humanos de sociabilidad limitada (no digo que sean insociables, pues no es así), que se sienten indefensos ante un mundo que presuntamente conspira contra ellos y que, evidentemente, no están satisfechos con su vida presente.  No son personas fáciles de ayudar, pues parece que sienten que hay una única solución a sus males y que no está dentro de ellas. Además no creo que su solución sea tal, sino simplemente un alivio que entierre, quizás sólo por un tiempo, el verdadero problema.

Tal vez por eso, muchas terapias psicodinámicas son largas, muy largas. La tarea de terapeuta será sumergirse en lo más profundo de su paciente hasta encontrar el origen del trauma (ya sea real o imaginado); a continuación, intentará que éste asuma su problema. Como siempre, recuerdo que esto es una simplificación; hay mucho trabajo en la labor del terapeuta y no puede resumirse en pocas líneas. Además, las distintas escuelas harán hincapié en distintos factores según convenga. 

Por cierto, ¿Le recuerda esta descripción a alguien conocido, amable lector? 

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