Buscando el norte (y II)

La vida está llena de sorpresas, aunque unas sean más gratificantes que otras. La primera sorpresa que me llevé cuando empecé a estudiar psicología es que no estaba claro qué es lo que estudiaba y, ni siquiera, si realmente tenía existencia.

Que nadie se alarme al leer esto, pues no pienso perderme en una discusión filosófica sobre lo que tiene existencia o lo que no. Sólo pretendo recalcar que el objeto de estudio de la psicología, la mente, es bastante escurridizo. El culpable de mi desasosiego fue Thomas H. Leahey, autor del libro Historia de la Psicología. Intentaré no extenderme demasiado, pues para eso está el texto original y sus fuentes bibliográficas.

¿Realmente existen las mentes? Bueno, no podemos bajar a la tienda de la esquina a comprar una docena, tampoco las podemos pesar ni medir. No obstante parece que todos pensamos que poseemos una… por lo menos en occidente. Resulta que los orientales no tienen tan claro como nosotros el concepto y esto complica más el asunto. Difícilmente una ciencia puede tener delimitación geográfica.

Por otro lado, consideramos que la mente es una condición necesaria para que exista la persona, así que si no hay mente… pues no hay personas. Hay que recordar que la psicología bebió en fuentes como la filosofía, la ética, la moral, la religión… Hacer objetivo algo que nació subjetivo es tarea de titanes.

En principio, podemos descartar que la categoría “mente” sea una clase natural y también que sea un artefacto fabricado por los hombres. Así, para salvar los muebles, nos queda la opción de considerarla una construcción social como lo es, por ejemplo, el dinero. De esta forma (siguiendo a John Searle) la psicología tendría carácter de ciencia del mismo modo que lo tiene la economía.

Una idea popular en psicología es considerar a la mente como los programas (software) que funcionan en un ordenador (el cerebro o hardware). Si esto fuese así, la psicología no podría reducirse al estudio de la física, la química y la biología cerebrales. El trabajo del psicólogo terapeuta se parecería entonces al que realiza un ingeniero de software cuando los ordenadores empiezan a colgarse.

Personalmente me tomo estas conclusiones con precaución, pues con el tiempo cambian nuestras perspectivas. En cualquier caso, no es la primera vez que los científicos es su afán reduccionista proclaman que una ciencia se reduce a otra. Por ejemplo, en el pasado siglo con el nacimiento de la mecánica cuántica, algunos físicos proclamaron que la química se podía reducir a ecuaciones de onda. A fecha de hoy, esto aún queda muy lejos. De forma similar, la biología tampoco se ha reducido a la química, pues no podemos producir vida en un matraz. Puede que con la psicología ocurra algo parecido.

Dicho esto, podemos empezar un viaje a ninguna parte con la convicción de que nuestro destino está dentro de nosotros… ¿O no?

 

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