El otro

Tengo una especial debilidad por los relatos de Jorge Luis Borges, probablemente porque llegaron a mi vida en el momento adecuado. Mientras escribo estas líneas, a mi memoria llegan un buen número de felices coincidencias: novelas, relatos, poemas, canciones… Supongo que mi caso no es una excepción, las artes y las vivencias se entremezclan de una manera que marca el curso de nuestra existencia y nos ayudan a fortalecer las conexiones neuronales que conforman nuestros recuerdos.

 

El otro, es un cuento típico de su autor y en el que se reconocen la mayor parte de los temas que pueblan sus historias. Incluido en El libro de Arena, en él un Borges anciano se encuentra con un joven Borges, son y no son la misma persona. El amable lector que no conozca este cuento y le apetezca leerlo, puede encontrarlo aquí.

Por alguna razón, cuando empecé a pensar en escribir sobre nuestro conocimiento de la identidad de la mente y en cómo introducirlo, automáticamente pensé en El otro. Espero que haya sido un buen punto de partida para entrar en materia.

Nos parece normal el reconocer a los demás como otros, pero esto no siempre fue así en nuestra vida: Hubo un tiempo, en nuestra más tierna infancia, en la que las cosas no fueron tan fáciles. Los pequeños no comprenden que los demás posean en su mente unos conocimientos distintos de los que ellos tienen, ni que se puedan guiar por datos falsos (se desarrolló un paradigma experimental para abordar este tema, la falsa creencia, que quizás retomemos otro día). Es aproximadamente a los cuatro años cuando alcanzan a comprender que entre la mente (la suya y la de los demás) y el mundo hay representaciones internas que actúan como mediadores.

Existe un concepto, de gran tradición ya en psicología cognitiva, que se emplea para designar nuestra capacidad para identificar pensamientos e intenciones a los demás: la teoría de la mente. Los investigadores se han ocupado de este tema desde distintos puntos de vista. Por un lado, han buscado trazas de esta capacidad en otras especies y, por otro, los psicólogos evolutivos han estudiado cuándo y cómo surge esta capacidad que, al parecer, tiene un carácter congénito.

Poseer una teoría de la mente significa ser capaces de de comprender cómo funciona nuestra propia mente y la de los demás (tiene pues carácter metacognitivo) y se erige como requisito básico para el desarrollo cognitivo y social de las personas.

Poco más puedo añadir hoy sin rebasar los límites que me he impuesto en las entradas de este blog, no obstante, terminaré mencionando uno de los productos de esta teoría: Algunos especialistas, con Baron-Cohen a la cabeza, relacionan la ausencia de capacidad metarepresentacional con el espectro autista.

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