Leopoldo Lugones (Los ojos de la reina)

Leve temblor exaltaba en él la vida de la intensa cabellera. Comprendíase que a título de insuperable lujo, cualquier adorno habría resultado en ella insignificante; y que por esto su dueña escondía hasta la diadema ritual, preservándole en tal forma la integridad de su negro esplendor.
Y contrastando, en el fino cobre del rostro, con aquella melena de ardiente lobreguez, que deboraba las finas cejas nerviosas, sus ojos azules, hondísimos, inmensos, que un poeta árabe habría cantado, al morir por ellos de amor, “implacables como el destino y largos como el tormento”, dilataban, con la pureza inconquistable de la luz, la antigua serenidad del mal violeta.
Pureza y serenidad, he ahí su expresión divina.
Aunque seguramente habían llorado, su rayo celeste conservaba una limpidez de estrella.
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