Gonzalo Torrente Ballester (Los gozos y las sombras)

La raza de los hombre fuertes desapareció hace mucho tiempo, para serlo, es necesario que un sentimiento superior haga de todas las partes del alma un bloque compacto sin una sola grieta y, sobre todo, que la conciencia no se autoanalice, que halle al mal una justificación o, al menos, que acepte una forma de perdón. La conciencia de culpa es destructora. El que carece de ella, o el que admite la realidad del perdón objetivo se libra de sus efectos. Pero, en nuestro tiempo, esas formas de alma son escasas, o se dan sólo en hombres primitivos e insignificantes. Sabemos demasiado, y no podemos escapar al saber de nosotros mismos, por mínimo que sea. En cualquier periódico halla el hombre vulgar la denuncia de sus defectos. Por otra parte, hemos perdido las defensas contra el mal. Difícilmente un hombre hoy puede creer que sus manos sólo hacen bien, porque el mal es evidente. Entonces se acude a las justificaciones sonoras, en las que no creen más que los imbéciles. Se hace el mal en nombre de cosas sublimes, en nombre de la humanidad futura, en nombre del bienestar, de lo que sea; pero el que lo hace, cuanto más de y poderoso sea, más necesita engañarse a sí mismo, convencerse de que cree en aquello que le sirve de justificación, porque en el momento en que deje de creer le comerán los monstruos de su propia alma. Quítales la acción, déjalos a solas consigo mismos, y verás como se destruyen.

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