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Posts etiquetados ‘Marina’

Hacía tiempo que este blog permanecía mudo y, la verdad, me cuesta que recobre su voz. Llevo un tiempo trabajando en algunas entradas (sin demasiado entusiasmo, todo hay que decirlo) pero no termino de darles el punto que me gustaría. En espera de tiempos mejores, incluyo hoy un fragmento del libro Anatomía del miedo de José Antonio Marina.

Hace tiempo que le doy vueltas a un proyecto sobre los estoicos y la psicoterapia, alguna entrada inconclusa hay por ahí guardada y unas cuantas frases recopiladas (algunas ya han aparecido en el blog) que esperan mejores tiempos para ver la luz.

No voy a disculparme por no seguir con el tema que nos ocupaba en las últimas entradas, pues ya advertí en su día que el orden no iba a ser una virtud de este espacio y sigo creyendo firmemente que el orden termina emergiendo del caos.

Sin más dilación, cedo la palabra a don José Antonio:

No hablo del estoicismo por amor a la historia, sino porque no es historia. La moral estoica, sin duda impresionante, caló en el cristianismo, que se empapó de muchas de sus teorías, y ha durado hasta ahora. De Séneca, director espiritual de su época, se dijo que era “un alma naturalmente cristiana”. Tertuliano dice de él: Seneca saepe noster, Séneca, muchas veces nuestro, es decir, cristiano. El filósofo estoico busca la independencia, la libertad, la fuerza, y para ello tiene, en primer lugar, que librarse del miedo. Para conseguirlo no tiene que necesitar nada, salvo la virtud. “El alma recta nunca se doblega”, escribe Séneca. Los sentimientos son el resultado de un error acerca de lo que es bueno y malo. “No nos hacen sufrir las cosas –dirá Epícteto, sino las ideas que tenemos acerca de las cosas”. El sabio ha logrado la apatheia, no tiene pasiones, se mantiene impasible ante el infortunio. Los estoicos han elaborado una moral de la valentía pura y dura, basada en el desprecio del mundo y en el desprecio de la emoción. “A todo lo bueno –escribe Séneca a Lucilio- irá sin vacilaciones el hombre bueno: aunque esté ante el verdugo carnicero y el que le ha de atormentar con fuego, perseverando sin sin pensar en lo que ha de sufrir, sino en lo que ha de hacer”.

[…] Abstenerse y perseverar, abstinere et sustinere, ése es el secreto. La firmeza de ánimo es lo esencial. […]

En todos estos análisis de los filósofos estoico a y medievales, la valentía se considera un acto de la virtud, es decir, de un hábito adquirido que conforma el carácter. A esta virtud la denominaban “fortaleza”. Los estoicos, a falta de otras pasiones tenían la pasión de ordenar conceptos, aprovecharon las obras de los filósofos anteriores, y consideraron que las virtudes que había de tener el hombre bueno eran cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Los niños de mi tiempo aprendíamos esto en el catecismo católico, pero se trataba en realidad de una herencia estoica.

Un apunte más. Los estoicos, preocupados por la salud del alma, inventaron la psicoterapia, de curación anímica. Sin embargo, no aspiraban al bienestar psicológico, sino a la perfección moral. Recomiendan, por ejemplo, la pobreza para adquirir la serenidad. Algunas de sus ideas se retoman en la actualidad, aunque fuera de contexto. Todos los terapeutas cognitivos repiten la frase de Epícteto que antes he citado. Y los conductistas aplican para tratar fobias el mismo método de exposición que recomendaba Séneca a su discípulo Lucilio: “Yo deseo tanto probar la firmeza de tu alma, que te aconsejo que dediques algunos días en los cuales, contento, con poca y malísima comida y con un vestido rahez, puedas decir: ¿Es esto lo que tanto temía? pretendo que no tengas más que un jergón, un saco burdo y sórdido y seco pan; hazlo así bastantes días con objeto de que no parezca esa conducta tuya un juego, sino una verdadera prueba”.

Ilustración: “La muerte de Séneca”, cuadro de Manuel Domínguez y Sánchez.

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La filosofía existencialista puso la angustia ante el absurdo bajo los focos de la popularidad. Como contrapropuesta, Viktor Frankl habló de la búsqueda del sentido. Estamos hablando de una angustia que tal vez deberíamos escuchar en vez de intentar eliminarla, porque al hablarnos de finitud nos está hablando simultáneamente de la infinitud sobre sobre cuyo fondo destacamos y nos definimos. Los grandes maestros espirituales encuentran en esta inquietud básica su gran impulso. Heidegger lo espuso con su estremecedora vos de oráculo: ”En el siglo de la noche cósmica, es preciso que el abismo del mundo sea explorado y arrostrado. Mas para eso es menester que haya quienes lleguen al fondo del abismo”.

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Investigar es una actividad apasionante. Da igual lo que se investigue. Es una actividad cinegética, una imantación de la mente entera hacia un proyecto, que se convierte así en viva fuente de energía, es el descubrimiento excitante de unas huellas imprevistas, de un dato, de un hecho que corrobora hipótesis.

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¿Y qué podríamos decir de nuestra cultura? En este momento, la cultura occidental presiona para favorecer la insatisfacción y la agresividad. Nuestra forma de vida, la necesidad de incentivar el consumo, la velocidad de las innovaciones tecnológicas, el progreso económico, se basa en una continua incitación al deseo. Éste es el gran tema psicológico de [...]

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  Por ello, la Teoría de la inteligencia creadora debe concluir con una Ética que aclare lo que ella deja son aclarar del todo: que el modo más inteligente de ser inteligente es crear la libertad, la verdad y la dignidad.

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