A partir de ahora, promete que dejarás de defraudarte a ti mismo. Sepárate de la multitud. Decide ser extraordinario y haz lo que tengas que hacer. Ahora.
Epicteto
Importa mucho más lo que tú piensas de ti mismo que lo que los otros opinen de ti.
Lucio Anneo Séneca
Hace unos días me encontré con un comentario en el blog alabando Meditaciones de Marco Aurelio. Tampoco hace mucho que aludí a los estoicos en una pregunta planteada en otro blog. Se ve que estas personas tan apartadas en el tiempo no me quedan tal lejos en la memoria. Creo que es algo normal: los que hemos recibido una educación cristiana somos, en cierto modo, estoicos (aunque con matices).
Esta escuela fue fundada por Zenón de Citio hacia el año 300 a. C. con influencias socraticas, cínicas y megáricas. Más tarde, figuras como Panecio de Rodas y Posidonio de Apamea, lo difundieron entre los romanos. En época imperial fue desarrollado por Séneca, Epicteto y el emperador Marco Aurelio. Siempre me llamó la atención que un movimiento tuviera entre sus elementos destacados a personajes socialmente tan dispares como pueden ser un esclavo y un emperador. Dejaron su huella en numerosos pensadores, desde los primeros padres de la Iglesia, hasta en Spinoza, Descartes y Kant.
Por poner un ejemplo, el cosmopolitismo que defiende la igualdad y solidaridad de los hombres surgió originalmente en el estoicismo, no en el cristianismo.
Pese a la idea popular de que el estoicismo consiste en apretar los dientes ante el infortunio (solemos decir: tómate las cosas «con filosofía» o «estoicamente»), el concepto central del estoicismo es asignar valor sólo a lo que nadie nos pueda quitar. El valor reside en cosas como la virtud, y no en los bienes materiales. El objetivo es conservar el poder sobre uno mismo. Si valoramos algo que nos pueden quitar, nos ponemos en manos de quién quiera quitárnoslo.
¿Merece la pena recordar hoy a los estoicos? Julián Marías apuntaba que la época que vivieron aquellas gentes tenía puntos en común con la que nos encontramos ahora: “una época en que se busca un apoyo para afrontar con dignidad la vida, entre las dificultades a las que el sabio intenta sobreponerse. Se apoya en la razón, que le parece su naturaleza”. Es una de esas “épocas deslucidas” como quizás sea la nuestra.
Aunque muchas de las ideas estoicas resulten actuales, debemos reconocer que pertenecen al pasado. Lo importante es no olvidar nuestra historia, a no ser que queramos descubrir la pólvora una y otra vez. Hay que resucitar el pasado, pero dándole una nueva vida: la nuestra.
Tuve un profesor de filosofía que frecuentemente parafraseaba a Newton, nos decía que la ventaja que tenemos sobre los que nos precedieron era que nosotros podemos alzarnos sobre hombros de gigantes que pensaron antes que nosotros.
En una época en lo que parece que nada es bueno si no es nuevo y, sobre todo, si viene de fuera, es fundamental que mantengamos un ancla en el pasado. Si no lo hacemos, quizás nos limitemos una y otra vez a repetir los errores de nuestros bisabuelos.
